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Ciudades del Espacio, Gerard K. O'Neill. Capítulo 10: Otra Carta desde el Espacio

Creada31-03-2013
Modificada30-05-2015
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Julio1

 

Ciudades del Espacio, Gerard K. O'Neill

Otra carta desde el Espacio

Durante la colonización de nuestro propio Nuevo Mundo, en el hemisferio occidental, las comunicaciones a través del océano entre familiares adquirieron gran importancia. Las cartas de los primeros inmigrantes disiparon los temores de los parientes que habían quedado atrás, y en muchos casos les animaron a decidirse a su vez. Tras el establecimiento de L5, las comunicaciones con el "Viejo País" serán mucho más rápidas: los teléfonos con pantalla televisiva pueden operar con una demora de menos de dos segundos. Parece probable que incluso las comunidades espaciales más tempranas estén equipadas con sistemas de transmisión postal electrónicos, y pienso que las cartas que se crucen entre los miembros de una misma familia serán tan importantes para la humanización del espacio como lo fueran para la colonización de Estados Unidos. Y cuando el tiempo no apremie y se sienta la necesidad del contacto físico con el papel escrito por el remitente, el correo enviado en base al espacio de carga disponible puede resultar más satisfactorio.

He aquí cartas como las que podrían escribir personas que hubieran emigrado a L5 unos pocos años después de los pioneros. A diferencia de los emigrantes jóvenes, que podrían constituir la mayoría, nos imaginamos que la que sigue ha sido escrita por una pareja cuyos hijos han crecido, se han casado y han fundado familias en la Tierra. La experiencia laboral y una trayectoria de estabilidad y responsabilidad podrían ser factores importantes a tener en cuenta por el Comité de Selección de los primeros emigrantes a las colonias espaciales. Con el paso del tiempo, no obstante, es de esperar que eventualmente puedan viajar a ellas prácticamente todos aquellos que así lo deseen.

 

Queridos Peggy y Arthur:

15 de enero de 20...: Jenny y yo hemos pasado ya veinticuatro horas en la Estación Uno, de modo que enviaré esta nota por el videocorreo mientras nuestras impresiones siguen frescas. Nos alegró alejarnos del frío y del viento del Norte, aunque he de decir que también en Cabo Cañaveral nos hizo falta el abrigo; tanto es así que he oído decir que en Florida están preocupados por su cosecha de naranjas. Una vez en la Terminal del Espacio nos encontramos como en casa gracias a nuestro curso de seis meses en la Escuela de Entrenamiento. Además, algunos de nuestros antiguos compañeros de clase iban a encontrarse en el mismo vuelo. Después de los últimos controles médicos y de haber pesado nuestros equipajes respectivos nos dirigimos a los vestuarios para cambiarnos de ropa. Luego, ducha, lavado de cabello, y corredor adelante hasta las "dependencias estériles": ya sabéis, nadie quiere proporcionar pasaje libre a L5 a ningún chinche o animalillo que pueda comerse las plantas de la colonia. Nuestros trajes espaciales habían sido ya preparados, bien limpios y recién planchados. Claro que nos los habíamos probado ya en la Escuela, y Jenny había devuelto el suyo un par de veces para que le ajustaran la medida. No la culpo... esos materiales tan ligeros no dan mucha opción a la fantasía.

El transbordador se hallaba ya en pista cuando llegamos a la sala de espera, y su tripulación atendía en aquel momento a la carga de combustible. Tuvimos que aguardar una hora, y si no os llamamos es porque no teníamos nada aún, realmente, que contaros. Por fin, los 150 pasajeros nos instalamos en nuestras respectivas literas; las almohadas son, por cierto, muy delgadas, pero no nos importó porque sabíamos que debíamos permanecer allí sólo una media hora. Vimos nuestro despegue en las pantallas de televisión y, ¡creedme!, se experimenta una sensación muy particular cuando uno piensa que se encuentra allá, encima de todos aquellos fuegos artificiales. La aceleración no resultó tan molesta, después de todo, especialmente en posición yacente: algo así como la centrífuga de la Escuela; al final llegamos a 3-g, y yo podía levantar aún la pierna sin demasiado esfuerzo. La ausencia de gravedad, en cambio, nos resultó muy extraña al principio, pero nos mantuvimos quietos, como indica el manual, y no hubo nadie que se mareara. La pantalla de televisión nos ofrecía el avance del transbordador de camino a Estación Uno, donde sentimos una ligera sacudida al atracar. Las azafatas de la Estación se nos acercaron al poco flotando ingrávidamente y nos ayudaron a poner pie en la misma, lo cual llevó algún tiempo: como veinte minutos, diría yo. Total, desde el momento del lanzamiento hasta Estación Uno, menos de una hora.

Hay una rampa que "desciende" al borde externo, de modo que uno al caminar vuelve paulatinamente desde gravedad cero a la normal. El vestíbulo y restaurante del lugar han aparecido tantas veces en televisión que me ahorraré la tarea de describirlos; te hablaré, en cambio, de las gentes. Tuvimos mucha suerte, nos quedaban sólo veinticuatro horas del ciclo de tres días que media entre una nave y otra, y la estación estaba muy llena. Los siete vuelos del transbordador anteriores al nuestro habían transportado grupos procedentes de lugares muy diversos: había chinos, rusos, algunos nigerianos y no pocos hindúes. Puedo ver a Jenny desde donde escribo: se encuentra en uno de los jardines interiores y parece haber trabado conversación con una muchacha que, por su aspecto, diría que proviene de algún punto del Sureste asiático. Me imagino que también se pirra por las flores.


17 de enero: Para cuando los 2.000 de nuestro contingente estuvimos instalados, el hotel estaba a rebosar. Sin embargo, está bien eso de que haya tantas ventanas para la observación; nosotros, concretamente, nos pasamos las horas muertas contemplando la Tierra. Y yo incluso tomé un montón de diapositivas, pues es posible que no gocemos otra vez de esta vista en los próximos dos o tres años. Las habitaciones del hotel están bien, la verdad, pero no paramos en ellas más de lo indispensable. ¡Hay demasiado por ver: la Tierra, las películas que pasan ininterrumpidamente en los numerosos cines, las personas...!

Por fin volvimos a nuestra habitación para contemplar la entrada del Konstantin Tsiolkowsky... ¡Se veía mejor en la pantalla de televisión! Fue un gran espectáculo: primero apareció el extremo del dispositivo de propulsión, con sus brillantes faros iluminando las nubes de vapor desprendidas. Casi podíamos contarlas, de lo despacio que discurrían. Llevó bastante tiempo la aparición completa de la nave. Primero fue su alto y erguido palo; luego las vergas con las centelleantes luces rojas de navegación. No logramos ver los vientos u obenques que mantienen tensa toda la estructura. Por fin apareció la nave en sí: una gran esfera desprovista totalmente de ventanas, y por detrás de ella un enorme reflector discoidal para la captación de la energía solar. Unas tres horas costó el acomodarnos a todos con nuestro equipaje. La verdad es que aún no estamos acostumbrados a la ingravidez.

El capitán nos ofreció un hermoso discurso a través de las pantallas de vídeo. Habló de los tres turnos establecidos tanto para la tripulación como para los pasajeros, conforme a las tres zonas horarias prevalentes en la Tierra y separadas entre sí por períodos de ocho horas: Moscú, Cabo Cañaveral y el Pacífico Occidental. Los restaurantes trabajan, pues, ininterrumpidamente y a pleno ritmo. No hay ventanas, claro, debido a la coraza protectora contra la radiación cósmica, pero las grandes pantallas de vídeo instaladas en cada habitación nos proporcionan buenas vistas, y además han sido dispuestas de tal manera que nadie diría que el Tsiolkowsky se encuentra en rotación.

18 de enero: Realmente a uno le tienen ocupado aquí. Comprendo ahora perfectamente por qué llama el capitán "escuelas volantes" al Tsiolkowsky y al Goddard. Jenny y yo asistimos a un curso para practicar nuestros Ruso y Japonés Básicos. Y nos damos cuenta ahora de que, no sin intención, han dispuesto las comidas de un modo muy particular: mientras uno de los turnos desayuna, el otro cena, y al efecto han colocado tarjetas nominales en cada mesa. Y está bien claro lo que pretenden: disponer mesas de cuatro, con una pareja de Rusia o China o del Japón, de manera que es prácticamente imposible no entrar en contacto con gentes de esas nacionalidades. La pareja japonesa que hemos conocido esta mañana van destinados a la construcción de la planta energética, igual que nosotros: él es un experto en la fundición de palas de turbina hechas de titanio, y como quiera que Jenny ha sido preparada desde hace medio año para inspeccionar precisamente esos productos, su conversación versó en principio sobre esa materia. La chica japonesa, en cambio, es especialista en agricultura, de modo que he aprendido un montón de cosas acerca del sistema de que se valen para conseguir tantísimos alimentos en las colonias japonesas a partir de terreno más bien escaso. Tengo que admitir, sin embargo, que su inglés es mucho mejor que mi "Japonés Básico" y, además, creo que me han mentido descaradamente: ¡usan mucho más que 800 palabras!
Ha habido una enorme excitación hoy cuando nos hemos cruzado con el Robert H. Goddard de camino a Estación Uno. Ha estado a la vista durante más de una hora, y nuestra tripulación ha proporcionado, además, unos magníficos telescopios y avisó con suficiente antelación para que el clic de las cámaras fotográficas se llegara a hacer casi ensordecedor. Me temo que el número de aparatos supera con mucho al de pasajeros.

Durante la cena hemos conocido a una pareja hindú. El trabaja en la construcción, lo cual tiene sentido, desde luego, pues el gobierno de su país se ha volcado en el establecimiento de hábitats más que en la instalación de plantas de energía, como hacen los demás. ¡Ah!, creo que me olvidé de deciros que pasamos la órbita de las plantas de energía el primer día. Ahora, a medida que describimos nuestra espiral de salida, vemos de vez en cuando una de ellas, luminosa en la distancia y en dirección a la Tierra.

Las comunidades de L5 se están aproximando a pasos agigantados y todo el mundo se muestra visiblemente excitado. Debo admitir que me asaltan las dudas en algún que otro momento. Todos los que nos rodean son en su mayoría jóvenes, y yo me pregunto si Jenny y yo, con cincuenta años cumplidos, estamos aún en situación de aprender nuevas cosas y costumbres. De momento nos gusta todo lo que tenemos a nuestro alrededor, y el capitán se muestra muy ocurrente cada día con ocasión de su discurso habitual. Supongo que le resulta fácil después de haberlo repetido cada doce días durante los dos años que lleva prestando este servicio. Pero no comprendo por qué sigue excusándose por la comida: es mucho mejor que la que te dan algunas líneas aéreas. Hoy, Jenny ha pedido un plato de curry de los incluidos en el menú hindú. Yo no me he atrevido; me he inclinado más bien por el socorrido bistec con patatas; pero he probado algo de lo suyo y era en verdad excelente.

20 de enero: Ha sido estupenda nuestra larga comunicación con vosotros esta mañana por el vídeo. Esta media hora gratis semanal va a significar mucho para nosotros. Nos ha parecido que nuestros nietos han crecido incluso desde que nos ausentamos. Evidentemente nos hemos olvidado de la mayoría de las cosas que queríamos deciros, pero han ocurrido tantas que no habría habido manera de contároslo todo.

Ya os dijimos que atracamos en Isla Uno; parece que ahora se usa parcialmente como hotel receptor, lugar donde pueden atracar el Tsiolkowsky y el Goddard, y donde los pasajeros son clasificados y redistribuidos conforme a sus comunidades de destino específicas. Hemos cambiado ya algunas direcciones con conocidos, y nuestra lista de invitaciones para cuando nos hayamos instalado del todo es ya notable.

Isla Uno es pequeña, desde luego, de unos quinientos metros tan sólo de diámetro. Se rige por el tiempo de Cañaveral, en tanto que otras dos comunidades próximas han sido incluidas en otras dos zonas horarias. Muchos de los pasajeros desembarcaron en las otras para no tener que alterar su turno de trabajo.

Me pregunto cómo sería al principio, quiero decir para las personas que vivieron en ese primer hábitat durante varios años antes de la construcción de la primera de las Islas Dos. Quizá no lo pasaran mal. A Jenny y a mí nos dieron uno de los apartamentos más pequeños: dos grandes habitaciones, cocina y baño, y un agradable jardín. Esta primera Isla Uno cuenta con un clima constantemente "hawaiano", debido a que no estaban muy seguros al principio de poder dominar perfectamente los cambios climáticos y, por tanto, no se atrevieron a imponerle muchos esfuerzos a las estructuras. Los viejos aquí dicen que el clima de Uno es aburrido, pero después de los inviernos de Michigan celebramos poder tomar baños de sol en todo momento. En el jardín hay algunas grandes plantas tropicales, y es evidente que los primeros habitantes del lugar gustaban de los aguacates; hay varios de esos árboles, y los frutos de uno de ellos estaban justo en su punto para ofrecernos un sabroso complemento de nuestro almuerzo.

La verdad es que parece como si estuviéramos de vacaciones: un tiempo tan bueno, y ¡tantas cosas nuevas que ver! Además, excuso deciros que no íbamos a perdernos las primeras posibilidades inéditas de Isla Uno: el vuelo a propulsión muscular y la natación y el buceo, digamos, a "cámara lenta".

Desde nuestra tumbona en el jardín, poco después de habernos instalado (no diré después de haber deshecho las maletas, pues ya me diréis, con un límite de peso de 50 kg, ¡no es mucho ciertamente lo que hay por desempaquetar!) podíamos elevar la vista a través del gran corredor que conduce a las llamadas áreas-ag o zonas donde se practica la agricultura con todos esos medios mecánicos. La superficie curva del hábitat está toda ella escalonada y plantada: hierba brillante y fresca por doquier. El Sol se encuentra en un ángulo más o menos correspondiente al de las 11 de la mañana, y eso en todo momento, es decir, salvo de noche, cuando corren una especie de pantallas para el descanso nocturno. Cada mañana, alrededor de las siete, hay algo de "lluvia", de modo que al despertarnos todo se presenta fresco y limpio, aromado por la fragancia de flores que flota en el aire. Isla Uno es demasiado pequeña para contar realmente con clima propio, de modo que la "lluvia" nos llega desde unos conductos que, afinando mucho la vista, alcanzamos incluso a ver a unos doscientos cincuenta metros de altura.

Exactamente en la vertical, por encima de nuestras propias cabezas, podemos vislumbrar los jardines de los apartamentos del otro extremo de la esfera, y luego la curvatura de ésta. Por alguna razón no nos resultan tan extraño ver árboles que crecen de arriba abajo corno el verlos, a un cuarto de círculo de nosotros, haciéndolo horizontalmente.

Muchos de los jardines son abiertos, pero alguien nos dijo que los colonos que prefieren el pequeño tamaño de Isla Uno a las nuevas posibilidades que actualmente se ofrecen en muchos sitios diferentes y que, por consiguiente, han optado por quedarse aquí, han instalado una especie de gasas en parte de su césped, donde pueden tomar el sol desnudos sin el riesgo de ser vistos desde el "cielo". Por cierto que, mirando ahora hacia él, podemos ver las figuras de numerosas personas dedicadas a la práctica del vuelo a propulsión muscular a unos doscientos cincuenta o trescientos metros por encima de nuestras cabezas.

Los apartamentos aparecen reunidos en edificios de estructura escalonada, de modo que cada uno de ellos cuenta con su propio jardín; los edificios, a su vez, se agrupan en pequeños pueblos separados entre sí por bosques y parques. Resulta muy grato el explorar por los alrededores, además de una sana ocasión de hacer algo de ejercicio físico, pues no hay carreteras sino pintorescas sendas que ascienden a partir del "ecuador".

Al parecer aquí gustan mucho las flores, y no hay vereda ni parque que no aparezca rodeado de ellas. Me imagino que debe de ser en parte por la facilidad de su cultivo: no hay malas hierbas, ni bichos de ninguna clase que haya que pulverizar, y siempre la cantidad justa de sol y lluvia. Según tengo entendido, el llamado Club de Jardinería es una de las organizaciones más importantes en cada comunidad, donde muchos de los residentes se ofrecen voluntarios para cuidar de pequeñas zonas de los parques y jardines públicos.

Cerca del río se encuentra la "Quinta Avenida", es decir, la zona comercial donde están casi todas las tiendas. Se halla dividida en dos niveles, con áreas peatonales que discurren entre coloridos arriates. Yo diría que la mitad de la zona ha sido tomada por los restaurantes, y ello se debe, al parecer, a que en los comienzos de Isla Uno ni hombres ni mujeres tenían mucho tiempo que dedicar a la cocina, ¡tanto era lo que había que hacer! Todos los restaurantes son pequeños, y muchos de ellos ofrecen sólo tentempiés o platos combinados. Hemos visto numerosas librerías, una importante biblioteca y no pocos cines.

Más abajo, pasado el cinturón de árboles, hemos descubierto numerosas pistas de tenis y campos de deportes. Y, claro, junto al ecuador se encuentra el parque y las playas ribereñas del río.

Con ocasión de nuestra primera exploración no parábamos de mirar hacia arriba para contemplar a las numerosas personas dedicadas a la práctica del vuelo; la verdad es que la cosa nos maravilló, de modo que empezamos a ascender más allá de uno de los pueblecillos por donde las colinas se hacen cada vez más empinadas. La sensación era realmente extraña, pues a medida que íbamos ganando altura nos sentíamos más ligeros. Pasada la zona verde del parque nos encontramos junto a uno de los puentes tendidos por encima de las ventanas, caminando con un ángulo de 45°, pero con creciente facilidad dada nuestra pérdida relativa de peso. Más allá de las ventanas dimos con una vereda de gran pendiente que discurría sinuosa entre hiedra y arbustos, como si se tratara de una senda hawaiana. En la cumbre encontramos a un montón de gente (se ve que todos los recién llegados nos habíamos puesto a explorar a la vez y, por lo visto, sin revelar una gran originalidad de ideas). Confieso que cuando probé de flotar por primera vez en las instalaciones agravitatorias del club (donde no hay rotación) me sentí algo mal. A Jenny, en cambio, le encantó, y tan pronto como quedó libre uno de los pedaloplanos se abalanzó en pos de él. Yo la observaba desde la dependencia de gravedad cero. El pedaloplano te sitúa en un ángulo semejante al que adoptarías de estar echado; no hay realmente asiento alguno y tan sólo una barra de mando a la altura de la cadera. Las alas son pequeñas, pero dispuestas en tres niveles: se trata de un triplano. Las dos hélices son casi tan grandes como las alas, y se mueven al pedalear en sentido contrario.
Jenny tuvo algunos problemas justo junto al eje porque allí no existe "peso" alguno y el aparato ha sido diseñado para operar donde se sienta por lo menos un mínimo de gravedad. Una vez hubo bajado unos pocos metros adquirió nuevamente fácil sustentación y se dejó derivar hacia una fina red desde la que emprendió nuevamente la marcha para alejarse unos cuatrocientos metros, dar la vuelta y regresar al punto de partida. Pero entonces surgió el problema; se encontraba algo cansada y parecía que le quedaba aún mucho por recorrer; solución: se recostó un tiempo en la red dispuesta en lo alto (pende de las tuberías responsables de la "lluvia") y no pasó nada. A su vuelta yo me sentía más animado y quise probar el invento. No me alejé tanto como ella, pero sí lo suficiente para comprobar lo divertido que resulta. Alguien nos dijo que en Isla Tres quieren instalar una especie de bar flotante en lo alto, a 0,5 g; este vuelo despertará ciertamente la sed de los esforzados.

2 de febrero: Vuestro padre empieza a meterse de lleno en su trabajo, como hace siempre, de modo que las vacaciones han terminado por el momento, ahora me toca a mí atender la correspondencia. Fue muy delicado de vuestra parte que hicierais todos esos preparativos para nuestra llamada semanal. Los niños estaban preciosos. Además, creo que empiezan a acostumbrarse a las llamadas y ya no parecen en modo alguno cohibidos.

De camino a Isla Dos dimos en los muelles con un grupo más bien triste. Se trata de algunos de nuestros compañeros de las clases de adiestramiento, que han decidido que no les va lo de aquí y regresan a la Tierra. No se trata de ningún problema físico, pues es prácticamente imposible sentir el menor mareo o algo semejante en un hábitat tan grande como Isla Dos. Me imagino que para muchos de ellos tanta novedad y diferencia es demasiado y, sencillamente, no han podido superarlo. Los veteranos dicen que se trata de un caso ya conocido y que recibe el nombre de "síndrome QSM..." No comprendimos a qué se referían hasta que alguien nos dio el soplo: QSM... no es otra cosa que "¿Qué se me ha perdido aquí?"

Después de Isla Uno, "Dos" nos pareció enorme. El diseño y el paisaje básicos son similares, salvo en que "Dos" no es tan cálida y cuenta con un clima adecuado para pinos y abetos. Ya sabéis que me encantan los rododendros; pues bien, nuestro apartamento tiene un montón de ellos apretujados contra las paredes del jardín. No creo que papá os contara mucho acerca de nuestro apartamento, aunque ya pudisteis haceros una pequeña idea a través del vídeo. Han hecho una gran cosa aquí: dado que el Sol se encuentra casi en nuestro cénit, han dispuesto una separación de medio metro o así entre un apartamento y otro, suficiente para que la luz caiga directamente sobre un gran parterre dispuesto justo delante del gran ventanal de la sala de estar. Ello nos proporciona una estancia no sólo muy soleada, sino perfectamente insonorizada; no se oye para nada a los vecinos. Los pájaros, en cambio, son bastante ruidosos, especialmente por la mañana y después de la lluvia, cuando hacen su salida también las mariposas.

Vamos con frecuencia a los restaurantes, donde hemos ido conociendo a mucha gente. Todos son muy simpáticos, y la verdad, nos encontramos muy seguros y cómodos aquí. Dado que todos llegamos con tan poco y que los sueldos son abonados directamente en la cuenta del banco, nadie parece cerrar jamás la puerta de casa. Yo suelo comprar en el supermercado; ¡eso sí que lo encontraríais enormemente diferente! Todas las verduras y frutas son verdaderamente espectaculares, en especial las tropicales. Al principio me encantó la idea de poder comprar fresas y guayabas, pero ya nos estamos acostumbrando al hecho de que aquí es "temporada" en todo instante. Papá echa de menos sus bistecs, pero yo le digo que en la Tierra tampoco podíamos comprarlos, ¡con esos precios!, así que no tiene por qué quejarse. Me he adherido a un club de cocina y al Club de Jardinería, y ahora voy a tratar de repetir una receta que conseguí hace unos días en un restaurante. Es pollo, pero cocinado de una manera muy particular que le da un gusto como de langosta. Luego me las veré con un jamón en jalea: para dos personas tan sólo puede resolverte la papeleta durante toda una semana o más.

A ambos nos encanta la natación en baja gravedad, especialmente subacuática. Las olas parecen llegar a ti con tanta lentitud (y así es, de hecho, como llegan) que tienes tiempo de dar varias brazadas antes de que te pesque la siguiente.
Una cosa que ambos encontramos estupenda es la semana de seis días con sólo cuatro laborables. Digo sólo cuatro, pero en realidad hay tantos clubs y organizaciones de trabajos voluntarios que siempre nos sorprendemos trabajando mucho más durante los fines de semana que en la propia fábrica. Ha sido planificado así para que los parques, restaurantes, iglesias y demás instalaciones públicas sean usadas eficientemente y sin que se produzcan aglomeraciones. Con sólo la tercera parte de la población disfrutando de fin de semana en un momento dado, jamás encuentras los parques vacíos un día y atestados el siguiente.

15 de febrero: Nunca había conseguido que papá me acompañara al ballet allá en la Tierra, pero una compañía rusa de una de las comunidades de esta nacionalidad estuvo aquí el otro día y fuimos a verla. La representación tuvo lugar a una décima parte de la gravedad normal, y la coreografía había sido creada precisamente atendiendo a esta circunstancia; no es que yo entienda mucho, la verdad, pero todos pudimos darnos cuenta de que toda la gracilidad, encanto y suavidad de movimientos resultaban potenciados en esas condiciones de escasa gravedad, donde no hay apenas peso alguno que los coarte. Salimos maravillados.

Lo que sigue va especialmente dirigido a ti, querida, pues por mucho que quiera a mi yerno hay algunas cosas que me apuraría un poco que él leyera. En suma, lo que quiero decir es que me gustaría que tuvierais la oportunidad de venir aquí algún día. Habíamos oído hablar del hotel en gravedad cero, claro, pero nada de lo que sabíamos podía habernos preparado para lo que vino después. Papá lo había arreglado todo para nuestro aniversario, pero guardó el secreto hasta el final. Primero me llevó a un pequeño restaurante italiano en uno de los pueblecitos de las colinas: luz de velas, música suave, una vista espléndida y comida excelente. Luego, tras una breve parada en casa para recoger algunas cosas, nos dirigimos al hotel de la Isla Flotante para pasar el fin de semana. La mayor parte de las dependencias, como el salón y los restaurantes, se encuentran a un décimo de la gravedad normal..., ¡ah! y las duchas..., pero, ¡oh...!, las habitaciones... Querida, ¡es indescriptible! Puedes ver la televisión o escuchar música, si quieres, claro, pero -como dice papá- esas habitaciones han sido diseñadas con un fin determinado. No me puedo imaginar que alguna vez podáis llevaros mal, pero si alguna vez tenéis un problema, antes de que sea demasiado serio, ¡tráete a tu marido aquí para vuestra segunda luna de miel! Puede que jamás deseéis regresar. Ahora que hemos descubierto de qué se trata va a ser mucho más difícil para nosotros el volver a la Tierra.

Con cariño, y muy feliz,

Edward

Se considera que el viaje de Edward y Jenny tiene lugar a los doce o quince años de haber sido terminada la construcción de Isla Uno. En la escala de tiempo más rápida posible puede que para entonces se produzca un incremento de la población total del espacio que la lleve de 500.000 a 1.000.000 en un período de dos años, lo cual supone unas setecientas personas cada día: no mucho si lo comparamos con el tráfico que ven nuestros principales aeropuertos, pero más de lo que puede absorber el transbordador espacial, a menos que la flota de los mismos y las instalaciones de lanzamiento se amplíen considerablemente. De acuerdo con los estudios realizados por la NASA y algunos de sus patrocinados, creo que bastante antes de la terminación del siglo se contará con vehículos de transbordo propulsados por cohetes químicos de tipo más complejo y refinado que los actuales, capaces de elevarse de la Tierra y acelerar a velocidad orbital sin necesidad de proceder por fases (es decir, de desprenderse de componentes). Tales vehículos se encuentran al alcance, se dice, de la tecnología de 1980, de modo que no me parece precipitado afirmar que dispondremos de ellos para los años siguientes a 1990 o a principios del siguiente siglo. Su existencia abaratará notablemente el coste de la transferencia desde la Tierra a una órbita. Hay unas frases de Theodore Taylor muy relevantes en lo que se refiere a la cuestión de los sistemas de transporte espacial actuales:

Los costes actuales de la colocación de carga en órbita son elevados por las mismas razones que lo sería la aviación comercial con reactores si tuviera que sujetarse a las siguientes reglas:
            1. Sólo habrá un vuelo al mes.
            2. El aeroplano será desechado después de cada vuelo.
            3. La totalidad de los costes de construcción de los aeropuertos internacionales, de origen y destino, será cubierta por las tarifas de carga.

El modo de abaratar el coste de la elevación de carga a una órbita es, pues, obvio: desarrollemos vehículos plenamente reutilizables y descubramos un mercado lo suficiente grande para justificar una mayor frecuencia de vuelos. Sin embargo, hay dos "pegas" en este razonamiento: en primer lugar, los estudios hasta ahora efectuados indican que, si dependemos de la propulsión mediante cohetes químicos, sería extraordinariamente difícil, si no imposible, construir un vehículo totalmente reutilizable capaz de realizar el viaje de ida y vuelta de la Tierra a L5 sin necesidad de repostar. En segundo lugar, los costes de desarrollo de un vehículo que suponga un gran avance sobre la situación tecnológica actual son muy elevados. Para el llamado "super-transbordador", por ejemplo, vehículo capaz de poner en órbita grandes cargas y de efectuar viajes de ida y vuelta sin desprenderse de ninguno de sus componentes, he visto estudios de la NASA que estiman costes de desarrollo de 40 a 60 mil millones de dólares. El vehículo imaginado en las cartas de Edward y Jenny es de clase más modesta y portador de una carga mucho más pequeña.

Durante el período de tiempo en el que se sitúan mis conjeturas supongo que no resultará aún práctico obtener carbono, nitrógeno e hidrógeno de los asteroides. Por prudencia, pues, nos parece mejor suponer que será necesario transportar desde la Tierra aproximadamente una tonelada de esos elementos por cada emigrante Esta carga no tendría por qué viajar en el mismo vehículo de alta seguridad usado para el transporte humano.
Para el transporte de setecientos pasajeros por día mediante cohetes de una sola fase con cargas de unas dos o tres veces las susceptibles de ser elevadas por el transbordador actual, sería necesario efectuar unos cinco viajes diarios. Tratándose de un vehículo enteramente reutilizable que no requiere operaciones de montaje sino sólo de repostamiento antes de cada uno de los vuelos, ese régimen de lanzamiento no parece excesivo, incluso si por entonces carecemos de lugares de despegue adicionales, aparte los dos ya establecidos (en Estados Unidos y Rusia respectivamente). Las necesidades de carga podrían ser mayores en cuanto a tonelaje; pero no, probablemente, en lo tocante a número de vuelos. Un vuelo cada tres horas aproximadamente por un HLV derivado del transbordador bastaría para transportar los suministros necesarios para iniciar la agricultura y para establecer un medio ambiente agradable, incluso durante el período de rápida acumulación de población en L5. Para cuando necesitemos de ese nivel de transporte de carga usaremos probablemente el mismo vehículo de una sola fase, y unos pocos vuelos diarios bastarán. Por otra parte, semejante vehículo quemará probablemente combustibles mucho más limpios que los que requiere el transbordador espacial existente.

El problema de la traslación más allá de una órbita baja es del todo diferente: las ventajas de contar con energía solar en todo momento y el fácil acceso a materias primas lunares sólo pueden disfrutarse a distancia de escape; pero pasar de una órbita baja a un punto situado a gran distancia requiere mucho más tiempo y, si la Tierra sigue siendo la fuente de los suministros, una vía logística mucho más larga y delgada. El problema es análogo al que presenta un vuelo de avión a larga distancia. Si queremos que el aeroplano alcance su destino, dé la vuelta y regrese a origen sin necesidad de repostar, convertimos la cuestión en un asunto mucho más espinoso que si permitimos que el avión reposte en destino de emprender el viaje de vuelta.

La transferencia desde una órbita baja a L5 es, en primer lugar y para los pasajeros, un problema de tiempo: incluso contando con motores de elevado impulso, capaces de producir grandes cambios en la velocidad del cohete en un período de una hora o menos, el tiempo de viaje hasta alcanzar la distancia de escape es de aproximadamente tres días. El sencillo tipo de acomodación que sería adecuado para un vuelo de media hora, y hasta de varias horas, sería absolutamente insoportable para un viaje que durase varios días. "Steerage to the Stars" (a las estrellas en tercera clase) no es la imagen que desearíamos alcanzar en relación con la humanización del espacio.
Afortunadamente se dan algunas ventajas compensadoras de las que cabe hacer uso para obviar este problema: a partir de una órbita baja y hacia fuera no hay ya necesidad alguna de que los motores deban ser capaces de suministrar un impulso mayor que el peso del vehículo. Si no nos importa el proceder con un viaje relativamente lento, el impulso y la aceleración de la máquina propulsora pueden ser relativamente bajos. Y si nos aprovechamos del hecho de que L5 se encontrará en un lugar donde la masa reactiva resultará bastante barata, parece claro que en vez de desarrollar vehículos monstruo de despegue de la Tierra mejor sería el resolver el problema desde uno y otro lado del viaje. L5 es el lugar ideal para la construcción de grandes aeronaves cuyo diseño se vería libre de todas las limitaciones impuestas por la entrada en atmósferas planetarias. Motores basados en el impulsor de masas pueden "repostar" en L5 con masa de reacción procedente bien de escorias industriales bien de oxígeno líquido.

Se supone que las naves espaciales Konstantin Tsiolkowsky y Robert H. Goddard poseen una masa en vacío de unas 3.000 toneladas, de las cuales aproximadamente dos terceras partes corresponderían a sus impulsores de masas que harían las veces de motores a reacción y a las plantas solares generadoras de energía. Los impulsores lograrían velocidades de escape aproximadamente dos veces mayores que las del mejor cohete propulsado químicamente, más o menos iguales que las de las máquinas similares, mucho anteriores, intensivamente estudiadas hacia finales de la década de los setenta para los primeros días del establecimiento de la producción industrial en el espacio. Estos impulsores, portadores de baterías de células solares cual velamen de antiguo velero de aparejo cuadrado, se extenderían a lo largo de varios kilómetros, pero ello sería perfectamente viable para vehículos jamás pensados para un medio atmosférico.

Para calcular el rendimiento del Goddard es necesario conocer el peso de sus baterías de células solares. Voy a suponer unas tres toneladas y media por cada megavatio. El Johnson Space Center de la NASA llegó a la conclusión de que ello resultaría plenamente factible, incluso en el decenio de 1980, para una estación satélite de energía solar. En el caso del Goddard, de construcción mucho más tardía, ha de ser perfectamente alcanzable, especialmente cuando uno piensa que en el caso de una nave espacial no es necesario tratar de rebajar el coste del motor a un valor tan mínimo como el que requiere una central generadora económica. Para el Tsiolkowsky, el Goddard y otras naves hermanas, los tiempos de navegación correspondientes serían de unas tres semanas para el viaje L5-órbita baja y de algo más de una semana para el trayecto contrario: aproximadamente lo que lleva cruzar el Atlántico en un navío de tamaño medio. Las diferencias en el tiempo de viaje provienen del hecho de que el motor sería de impulso constante y que a su partida de L5 las naves estarían cargadas de masas de reacción. Esa diferencia se revelaría favorable para los viajeros de salida, quienes gozarían de una velocidad más elevada que la de la tripulación descendente de L5 a la órbita baja. Más tarde, acaso dos decenios después, cuando las necesidades de transporte sean mucho mayores, puede que los ingenieros logren construir baterías solares menos voluminosas. Si consiguen establecer una proporción de una tonelada por megavatio, el tiempo de viaje puede reducirse a poco más de tres días. Otras posibilidades, inclusive la que contempla la emisión de energía por medio de rayos láser o de microondas, han sido asimismo estudiadas. No considero, sin embargo, la vía nuclear, y la razón es clara: si el desarrollo de las comunidades ha de proseguir sin limitaciones durante mucho tiempo no cabe introducir en ellas elementos que impondrían un límite tan pronto como las cifras totales o el transporte global requerido excedieran de un modesto valor. No me parece que tenga sentido proyectar un sistema de transporte espacial en torno a una fuente de energía que tendría que proceder de la Tierra.

Podemos calcular unos límites superior e inferior para el precio del pasaje de ida a L5 en el período de tiempo comprendido entre los años finales de la década de los noventa y los iniciales del nuevo siglo. El límite inferior resulta de suponer duraciones de circunvalación o ida y vuelta de aproximadamente un mes y costes de nave tres veces mayores por tonelada que los de un avión comercial actual. El total se cifra en unos 6.000 dólares. El coste de la masa de reacción representaría sólo una pequeña fracción de ese total, puesto que sería muy abundante en L5. Un precio aún más bajo podría darse si las naves llevaran una carga completa bien de pasajeros bien en la bodega en ambos sentidos del viaje.
El límite superior es de 30.000 dólares, y resulta de suponer que cada navío debe de tener unos ingresos iguales a su propio coste en el plazo de dieciocho meses. El coste de los billetes en las aeronaves comerciales en los Estados Unidos responden aproximadamente a esta estimación sobre el precio de compra del avión; sin embargo, incluyen los costes de combustible total, los cuales representan una fracción más elevada del coste financiero. Tanto la cifra de 6.000 dólares como la de 30.000 no son sino una pequeña parte de la productividad de un obrero industrial a lo largo de un solo año en el favorable emplazamiento de L5, y probablemente representarían el ingreso de tan sólo unos meses.

Hemos supuesto que Edward, Jenny y coemigrantes aparecen en escena tras los primeros colonos de Lagrangia. Los primeros llegados se habrán enfrentado con condiciones más difíciles y con un medio más limitado, aunque menos duro que el que recibiera a nuestros antepasados cuando el Nuevo Mundo fue abierto a la colonización. No habrá "indios hostiles" y sí, en cambio, abundante comida.

Como ya hemos dicho, en las comunidades la agricultura será intensiva y muy mecanizada. Mediante la programación del cierre y apertura de delgadas pantallas situadas a varios kilómetros en la dirección del Sol, en las zonas agrícolas se disfrutará de largos días estivales libres de nubes y de tormentas. Monótonos, puede decirse, pero un campo de grano no requiere variedad. Las temperaturas se mantendrán siempre relativamente elevadas para que cultivos tales como el maíz, los boniatos, el sorgo u otros de crecimiento rápido puedan ofrecer hasta cuatro cosechas al año. Los rastrojos y algunos granos se destinarán a la alimentación de pollos, cerdos y pavos, de modo que los colonos puedan gozar de una dieta variada que comprenda carnes de elevado contenido proteínico. No habrá necesidad alguna de insecticidas o plaguicidas en las Islas, porque la agricultura será iniciada con semillas cuidadosamente inspeccionadas procedentes de la Tierra. El suelo lunar inicial será estéril y no se introducirá en él sino agua, abono químico y las cepas de bacterias necesarias para favorecer el crecimiento de las plantas.

Aunque el ganado bovino puede resultar demasiado exigente en espacio y poco eficiente en la transformación de vegetales en carne como para ganarse un puesto en el mundo espacial, persistirá una buena razón para introducir una pequeña partida de vacas lecheras: los niños seguirán necesitando de su producto.

En los pueblos de las Islas ha de haber insectos, quizá mariposas, que puedan servir de alimento a las aves, pero no hay por qué contar con mosquitos, cucarachas o ratas, por ejemplo. Las ropas espaciales descritas por Edward y Jennie pueden ser ligeras, pues el ambiente en que se viva estará libre de extraños climáticos. No habrá "grandes espacios abiertos", pero tampoco disfrutan de ellos los habitantes de las latitudes septentrionales de la Tierra, que deben pasar largos inviernos casi siempre en interiores.

Al tratar de imaginarnos cómo será la vida de los primeros colonos hemos de parar mientes en una de nuestras necesidades más enraizadas en nosotros como seres humanos sanos: la de sentirnos valiosos, de que nuestro esfuerzo y trabajo son necesarios y apreciados. En Isla Uno todos tendrán la sensación de que su actividad es necesaria e importante; no habrá desempleo. Es probable que los residentes tempranos creen comunidades estrechamente unidas y que sus pueblos desarrollen identidades peculiares, aunque sólo queden entre sí a unos pocos minutos de viaje.

Muchas de las diversiones de las comunidades primeras serán como las que cabe esperar en cualquier pequeño establecimiento humano próspero en la Tierra: buenos restaurantes, cines, bibliotecas, acaso pequeñas discotecas. Con todo, algunas cosas serán del todo diferentes: no habrá automóviles y tampoco polución; los desplazamientos se harán a pie o en bicicleta. Para cuando sea construida la primera Isla Dos puede que sea posible contar con algo más que el pequeño río imaginado para Isla Uno: con un lago; con inagotable energía solar al alcance de la mano, el lago puede rodearse de playas bañadas por olas acaso lo suficientemente grandes como para que permitan la práctica del surf sobre sus crestas.

   

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