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Ciudades del Espacio, Gerard K. O'Neill. Capítulo 1: Carta desde el Espacio

Creada31-03-2013
Modificada30-05-2015
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Febrero8

 

Ciudades del Espacio, Gerard K. O'Neill

Carta desde el Espacio

Hacia la mitad de la década de los 70 un nuevo concepto ha irrumpido en la palestra del debate público. Si los razonamientos en que se basa son correctos puede que ponga a nuestro alcance nuevas fuentes de energía y materiales inéditos, al tiempo que contribuya a la conservación de nuestro medio ambiente. Al principio se habló de «colonización del espacio»; hoy, a medida que el tema va siendo objeto de discusión progresivamente seria en círculos gubernamentales, de negocios, universitarios y periodísticos, tendemos a referirnos a ello con apelativos menos espectaculares, como construcción espacial o en órbita elevada.

El concepto de la población del espacio por el hombre es ciertamente viejo; en cierto modo puede hallarse ya en los días primeros del hacer científico, y antes incluso en el misticismo. Ha sido tema de ficción durante varios decenios, y por lo menos una discusión creativa en torno a un satélite artificial habitado fue escrita ya por Edward Everett Hale durante la segunda mitad del siglo XIX. El físico ruso Konstantin Tsiolkowsky preveía ya, hace setenta y cinco años, algunos de los elementos de nuestro concepto de comunidad espacial con notable claridad. En una novela, Beyond the Planet Earth, escrita hacia 1900 y publicada unos veinte años más tarde, Tsiolkowsky describe a sus primeros viajeros en el espacio construyendo invernaderos fuera de la sombra de la Tierra, para obtener cosechas con que mantener a una población de emigrados de nuestro planeta; sus astronautas visitaron la Luna, pero sólo a modo de excursión al pasar; su destino último eran los asteroides, vasto depósito de recursos.

Otros autores, los más de nuestro siglo, han acariciado asimismo la idea de los hábitats espaciales. Lasswitz en 1897 y Bernal, Oberth, Von Pirquet y Noordung en la década de los años veinte, continuaron con el tema, como hicieran también Wernher von Braun, Dandridge Colé y Krafft Ehricke entre los años 1950 y 1960. Aunque muchas de esas ideas encuentran debido eco en este libro, habría sido difícil antes de 1969 formar con ellas una imagen coherente sin incurrir en graves lagunas técnicas.

Nuestro objeto no es otro que el de hallar modos en que toda la humanidad pueda participar de los beneficios surgidos de la rápida expansión de los conocimientos, al tiempo que evitar que los aspectos materiales de tal expansión degraden ese reducto mundial donde vivimos. Necesariamente, muchos de los temas e intereses abordados en la obra son materialistas; pero es más que la supervivencia material lo que anda en juego. Los más elevados logros de la humanidad en las artes, música y literatura no se habrían producido jamás sin la concurrencia de cierta medida de desahogo y riqueza; y no debiéramos avergonzarnos de investigar de qué forma toda la humanidad puede participar de esa opulencia.

Un programa firme en cuanto al desarrollo de los recursos del espacio depende, claro está, de decisiones aún por tomar, aunque parece que la construcción de unas instalaciones en órbita elevada pudiera iniciarse en un plazo de siete a diez años en base a la tecnología hoy en desarrollo con miras al transbordador espacial, y hallar terminación satisfactoria dentro de quince a veinticinco años.

El interés gubernamental en las instalaciones en órbita elevada sigue parejo al curso de los cálculos económicos acerca de su viabilidad y provecho. Estas consideraciones sugieren que una comunidad de esa índole podría suministrar notables cantidades de energía a la Tierra, y que una inversión particular, acaso multinacional, en un primer hábitat espacial, bien pudiera reportar múltiples beneficios.

Gran parte del interés público fluye por derroteros más humanos: que miles de personas hoy vivientes puedan optar en el plazo de dos decenios por vivir y trabajar en una nueva frontera. Si el proyecto en cuestión se realiza tan pronto como sea técnicamente posible, algo semejante a la siguiente «carta desde el espacio» podría escribirse ya hacia la década de 1990.

Queridos Brian y Nancy:

Comprendo que antes de decidiros queráis saber algo más al respecto, de labios de alguien que vive y trabaja ya en el espacio.

Según decís habéis llegado ya a las "finales" en el proceso de selección. La etapa siguiente será, pues, la entrevista de admisión. Luego, si os hacen una oferta, tendréis que decidir si ingresáis en el curso de adiestramiento de seis meses. Aunque nunca llegué a formar parte del Peace Corps, entiendo que los métodos selectivos son similares. La mayor parte de los componentes de vuestro grupo pasará las pruebas.

Viene luego el gran paso del primer vuelo espacial, la permanencia en órbita durante tres semanas. Actualmente el vuelo ha pasado ya a ser algo rutinario; comprobaréis que el interior del vehículo unifásico es muy semejante al de cualquiera de los reactores comerciales pequeños. Viajaréis ciento cincuenta a la vez. La aceleración será más elevada que en el caso de la aviación comercial, pero nada que deba preocuparos. La puesta en órbita dura sólo unos veinte minutos, al cabo de los cuales experimentaréis algo realmente nuevo: la gravedad cero. Puede que os sintáis un tanto mareados al principio, como si os hallarais a bordo de un barco en alta mar. Ese período de prueba de tres semanas sirve para eliminar a aquellos candidatos excesivamente sensibles al mareo y para averiguar quiénes pueden adaptarse fácil y rápidamente a esa variación diaria entre la gravedad normal y nula. Esto es importante porque nuestros hogares poseen gravedad por causa de la rotación, y muchos de nosotros trabajamos en la industria de la construcción, donde la gravedad no existe en absoluto. Los que pueden adaptarse a una alternancia rápida obtienen asimismo puestos de trabajo mejor pagados. El período de ensayo proporciona a la gente, por tanto, la ocasión de decidir, si es preciso, que "aquello no les va".

Una vez transcurridas esas tres semanas estaréis listos para pasar a uno de los "cruceros" de comunicación. A Jenny y a mí nos encantó el viaje. Iréis en el Goddard o en el Tsiolkowsky, que tardan una semana más o menos en efectuar el trayecto. La mitad de los pasajeros serán probablemente neófitos como vosotros, en tanto que la otra la compondrán quienes regresan de sus vacaciones en la Tierra. La nave gira sobre sí misma de manera que dispondréis de gravedad normal en las dependencias públicas, y algo menor en las cabinas dormitorio. Durante el período de adiestramiento de seis meses habréis tomado asimismo varios cursos acelerados en lenguas extranjeras, así que estaréis en situación de relacionaros con algún acompañante de otro país. A nosotros nos encanta visitar a menudo comunidades vecinas, con ocasión de reuniones o fiestas sociales, y ciertamente gustamos de conversar con quienquiera que se nos ponga a tiro, aunque como sabéis, nuestra capacidad lingüística no va mucho más allá de la variedad llamada "de restaurante".

En el espacio y cerca ya de las colonias, lo más digno de destacar y lo más grande que veréis serán las estaciones de energía, satélites del Sol, en curso de montaje para el suministro de la Tierra. Estas estaciones son unas diez veces mayores que los propios hábitats. De éstos no percibiréis gran detalle desde el exterior porque se hallan debidamente protegidos de los rayos cósmicos, las erupciones solares y meteoros varios por una gruesa capa de material heterogéneo, principalmente escorias de las industrias elaboradoras.

Vista Interior de Isla 1Todos los habitats son variaciones de una forma esférica, cilindrica o anular básicas. Nosotros vivimos en Bernal Alpha, una esfera de unos quinientos metros de diámetro, con una circunferencia interior, a modo de ecuador, de casi dos kilómetros. En esta vía anular se celebran carreras en pista y competiciones ciclistas. Este camino completa un círculo, siguiendo el ecuador; en sus proximidades se encuentra nuestro pequeño río. Bernal Alpha gira una vez cada treinta y dos segundos, de manera que se consigue en su ecuador una gravedad igual a la terrestre. La tierra forma un vasto valle curvado, que asciende desde el ecuador hasta las llamadas "líneas de latitud" de 45°, a cada lado. La zona de solares se dispone principalmente en forma de apartamentos escalonados de escasa altura, vías peatonales destinadas al comercio y pequeños parques.

Muchos servicios, industrias ligeras y tiendas varias han sido instalados en el subsuelo o en una esfera central de baja gravedad, cuando no escalonadamente con mucha inclinación, ya que preferimos destinar la mayor parte de nuestra zona habitable a césped y jardines o parques. Nuestro sol llega a nosotros con un ángulo de unos 45°, es decir, como lo haría en la Tierra mediadas la mañana o la tarde; la duración del día y, por consiguiente, el clima son regulados a voluntad, conforme a nuestra mayor o menor admisión de luz solar. Nos regimos por tiempo horario de Cabo Cañaveral, pero otras dos comunidades vecinas se han adscrito a zonas horarias diferentes. Todos servimos a las mismas industrias, de manera que las operaciones de producción prosiguen ininterrumpidamente durante veinticuatro horas cada día, en tres turnos, sin que nadie tenga que trabajar por ello en el de noche.

Alpha goza de un clima hawaiano, lo cual nos permite llevar una vida al exterior durante todo el año. Nuestro apartamento es de dimensiones semejantes a la vieja casa que poseíamos en la Tierra y cuenta, además, con jardín. Comoquiera que Alpha fue uno de los primeros hábitats construidos, nuestros árboles han tenido tiempo de desarrollarse y de alcanzar buen tamaño.

Repararéis en seguida en la pequeña escala a que parecen haber sido construidas todas las cosas; sin embargo, para tratarse de una comunidad de 10.000 personas no podemos quejarnos en cuanto a disponibilidades para el entretenimiento: cuatro pequeños cines, unos cuantos restaurantes de no poca calidad y un gran número de agrupaciones teatrales y musicales. Nos lleva sólo unos minutos el desplazarnos a las comunidades vecinas, así que les hacemos frecuentes visitas, bien para ir al cine u otras funciones, bien para cambiar simplemente de ambiente. En el complejo recreativo sometido a baja gravedad abundan las representaciones de ballet y, creednos, a una décima parte de la gravedad normal es un espectáculo verdaderamente magnífico. Ya lo conocéis por la televisión, pero es incomparablemente mejor en la realidad. Esas instalaciones de recreo son comunes a todos los habitantes de esta región del espacio; pero aquí mismo, en Alpha, contamos también con piscinas con baja gravedad y con recintos especiales para la práctica del vuelo autónomo, es decir, autopropulsado. Por otra parte, a Jenny y a mí nos gusta mucho ascender a nuestro "Polo Norte" o pedalear a lo largo del eje de ingravidez de nuestra esfera, especialmente después de la puesta del sol, para contemplar las ricas y matizadas tonalidades de las vías que discurren más abajo.

Preguntáis acerca de nuestro gobierno. Pues bien, varía de una comunidad a otra. Legalmente todas se encuentran bajo la jurisdicción de la Corporación de Satélites Energéticos (COSAE) fundada en la década de 1980 como consorcio multinacional lucrativo por acuerdo de las Naciones Unidas. Y la verdad es que COSAE nos concede relativa libertad con tal de que la productividad y los beneficios se mantengan elevados. Supongo que no quieren para sí otra "partida bostoniana del té". Existen casi tantos gobiernos locales distintos como grupos nacionales conviven en las colonias; el nuestro es de corte corporativo, que mal funcionaría, ciertamente, en un colectivo de 10.000 personas de no ser por el hecho de que los más andamos demasiado ocupados para dedicarnos a las campañas electorales y porque las condiciones básicas de la supervivencia en nuestro hábitat requieren un elevado nivel de competencia por parte de los encargados de mantenimiento. Nuestros jóvenes tienen que trabajar un año en uno de los grupos de conservación de las constantes que hacen viable la vida en las colonias (viene a ser el equivalente del servicio militar de la Tierra), de manera que si el gobierno regular o los miembros de mantenimiento fallaran en algún sentido, su sustitución se produciría en un abrir y cerrar de ojos.

Nos hizo mucha gracia vuestro comentario acerca del tener que disertar frente a grupos cívicos; Jenny y yo tuvimos que pasar por lo mismo.

A título de información para vuestras conferencias mencionaré algunos puntos fundamentales. La provisión inicial de agua para cada hábitat se obtiene combinando hidrógeno traído de la Tierra con ocho veces su peso en oxígeno lunar. Aquí en L5 el oxígeno es un subproducto de los procesos industriales productores de metales y vidrio. Nuestro suelo, nuestra tierra, proviene, claro está, de la Luna, y es fértil una vez se le han incorporado nitratos y agua. Dada nuestra ilimitada energía, de coste irrisorio, nos hallamos libres de toda clase de contaminación. Donde la energía apenas cuesta nada y las materias primas son, en cambio, relativamente caras, sale muy a cuenta el descomponer los productos de desecho en sus elementos componentes.

Por el momento no existen comunidades en número suficiente como para que los viajes a larga distancia constituyan problema; sin embargo, para cuando las haya, dispersas en miles de kilómetros, sabemos ya cómo funcionará el sistema de transporte. Podemos simplemente acelerar un vehículo mediante un motor eléctrico situado en una de las comunidades y llevarlo a una elevada velocidad de crucero para, recorridos ya varios miles de kilómetros, ser frenado y detenido por cable desde su punto de destino.

Hace mucho tiempo, alguien calculó el tamaño máximo de los habitáis espaciales. Estos podrían alcanzar dimensiones de hasta casi veinte kilómetros de diámetro, con suelo habitable de varios centenares de kilómetros cuadrados. Ya se está hablando de transferir la base minera de la Luna a los asteroides, donde contaríamos con una gama completa de elementos, inclusive carbono, nitrógeno e hidrógeno. En cuanto a energía no nos ha de costar más el obtener materiales de los asteroides en vez de procurárnoslos de la Tierra, y además tendría que resultarnos mucho más barato porque el sistema de transporte no habrá de requerir fuerzas de propulsión elevadas. También se ha calculado el crecimiento posible una vez hayamos empezado a utilizar material de los asteroides. La respuesta se nos ofreció absurdamente grande: con los materiales conocidos y no usados existentes allí se podrían construir comunidades espaciales con una superficie habitable total 3.000 veces mayor que la de la Tierra.

Volviendo a nuestra situación personal, la vida aquí es muy cómoda. Hay verduras y frutas en sazón en todo momento, pues disponemos de cilindros agrícolas para cada mes del año, cada uno de los cuales cuenta con su propia regulación de diurnidad. Nosotros cultivamos aguacates y papayas en nuestro jardín y jamás hemos de recurrir a los insecticidas. Y no sabéis lo agradable que resulta el broncearse sin correr el riesgo de ser picados por los mosquitos. Por verse libres de estas plagas vale la pena el pasar por todas las inspecciones previas al embarque en el transbordador de salida de la Tierra.

Preguntáis si nos sentimos aislados. Hay entre nosotros quienes ocasionalmente sufren de añoranza, probablemente porque pertenecemos a la primera generación de inmigrantes y ello hace que los brotes de leve claustrofobia no sean raros. Lo cierto es que no afectan en modo alguno a los nacidos aquí. De todas formas, al firmar el contrato se estipulan unas cláusulas que, en ese sentido, ayudan considerablemente. Una hace referencia a la posibilidad de contar gratuitamente con determinados espacios en la comunicación telefónica y videofónica con la Tierra. Otra establece el uso de transporte de ida y vuelta al planeta en función, claro está, de las disponibilidades. Jenny y yo nos tomamos una excedencia de seis meses después de una permanencia de tres años. Durante nuestra visita no nos privamos de nada, pues nuestros sueldos son pagados en parte en moneda terrestre; ambos estamos empleados, Jenny como inspectora de turbinas, y yo en montaje de precisión. Casa, comida, ropas y demás son cargados en nuestra cuenta con SHARES (Standard High-orbital Acquisiton-units Recorded Electronically) (), de modo que la parte de sueldo pagada en la Tierra se acumula en el banco. A nuestro regreso disponíamos, por tanto, de un buen capital, que no se agotó ni siquiera en seis meses, pese a haber vivido allí, como he dicho, con el máximo desahogo e incluso con lujo.

Descubrimos algo, no obstante, que puede que responda a vuestra cuestión básica: hacia el término de nuestras vacaciones nos dimos cuenta de que estábamos perfectamente preparados, y si me apuráis, hasta deseosos de regresar. Echábamos de menos nuestro propio hogar. Jenny es muy amante del jardín, como sabéis, y aunque durante nuestra ausencia había quienes lo cuidaban, tenía muchas ganas de disfrutar de nuevo de él. Por mi parte, ¡qué queréis!, echaba de menos a mis compañeros de trabajo. Para deciros qué otras cosas tiraban también de nosotros baste añadir que los hábitats espaciales son lugares realmente fascinantes. Se amplían, crecen y se transforman con tal rapidez que una mera ausencia de seis meses te hace perder un montón de interesantes ocurrencias.

¿Que si os gustaría vivir aquí? De los que vinieron con nosotros más de la mitad se han declarado ansiosos de permanecer una vez haya concluido su contrato inicial de cinco años. Si no ando equivocado, creo que la colonización y población de Alaska ha discurrido en proporción semejante.

Ahora es cuando nosotros empezamos a preguntarnos si deseamos o no volver a la Tierra. Esta decisión no habrá de ser tomada sino dentro de veinte años, pero sabemos ya que no será fácil. Algunos de nosotros, los más dotados mecánicamente, hemos formado un club de diseño de vehículos espaciales de construcción propia: algo parecido a los que forman en la Tierra los constructores caseros de avionetas. La verdad es que acariciamos la idea de ir a colonizar uno de los pequeños asteroides vecinos, y los cálculos lo hacen viable. Y, francamente, si nuestra hija, su marido y los niños deciden acompañarnos, me parece que son mayores las probabilidades de alejarnos aún más que las de regresar.

Si resolvéis venir decidnos en qué vuelo e iremos a esperaros. Cenaremos juntos, hablaremos de muchas cosas y os ayudaremos a instalaros.

Con nuestros mejores deseos de buena suerte en las pruebas, vuestros

Edward y Jenny.

Al explorar esas posibilidades debemos tener en cuenta que se trata precisamente de eso: de posibilidades; no de predicciones o profecías. La escala de tiempo apuntada puede que no sea del todo exacta y que deban transcurrir más de quince a veinte años antes de alcanzar la viabilidad mínima; puede también, por otra parte, que este pronóstico resulte excesivamente prudente y que los acontecimientos técnicos se sucedan con tal celeridad que el plazo se acorte considerablemente. El «cuándo» no pertenece a la ciencia sino a una interacción imprevisible y sumamente compleja de eventos políticos, personales, tecnológicos, etc., no ajenos, además, al azar. Estimo improbable, no obstante, el establecimiento de la primera comunidad espacial antes de 1990; pero también considero improbable que se vea postergado más de quince años a partir de esa fecha, es decir, más allá del 2005. Ninguna de estas fechas queda muy alejada; ambas pertenecen a la vida de la mayoría de los presentes. En lo tocante a fechas me da que pensar el hecho de que Konstantin Tsiolkovski, ese gran visionario y pionero del espacio, se reveló asimismo muy cauto y modesto al fijar el «cuándo» del primer vuelo orbital en torno a la Tierra: lo estimó para el año 2017.

Robert Goddard (1882-1945), gran parte de cuya vida fue dedicada a la tarea más práctica, y por tanto más difícil, de reducir la teoría de los cohetes al plano operativo y material, previno nuestra posible estrechez de miras advirtiendo:

«Es difícil decir qué es imposible, porque los sueños de ayer son esperanza hoy y realidad mañana.»

   

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