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Bienvenidos a Libertad 22: Diren, en su última misión por salvar el futuro de la Humanidad.

Creada10-03-2013
Modificada15-06-2015
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Abril3

 

Bienvenidos a Libertad, Juan Polaino

Libertad 22

La noche había caído sobre la ciudadela.

Las estrellas brillaban en el cielo alumbrando el camino de los enamorados que paseaban por la orilla de la playa.

Suaves olas bañaban sus pies mientras contemplaban cómo la Luna creciente construía un puente plateado que se perdía en el horizonte.

En el bosque había un grupo de hombres alrededor de una hoguera. Bailaban, cantaban, jugaban y gozaban alegrándose del regreso de los amigos que habían creído perder para siempre.

Eran felices.

Más allá del bosque estaba el antiguo aeropuerto.

Allí estaban los gigantescos hangares en los que habían construido la primera nave exploradora Kander.

Allí estaban construyendo la segunda.

Al fondo del aeropuerto había una pista sobre la que nada se había construido, estaba demasiado lejos de la carretera como para que valiera la pena construir nada, por eso era la única pista de aterrizaje que estaba intacta tras cuarenta y dos años de inactividad.

En su extremo más alejado había una lanzadera.

La habían dejado allí tras su aterrizaje pues sus motores se pararon y no fueron capaces de hacerla andar hasta los hangares. Mañana lo volverían a intentar.

En su interior, todo era silencio.

Silenciosamente, un panel se alzó del suelo.

Giró sobre unos bien engrasados goznes y de su interior surgió Diren.

Con calma, relajado, sin hacer siquiera el más mínimo esfuerzo por relajarse, se volvió para coger una mochila del hueco que había bajo el suelo de la lanzadera. Cerró con cuidado el panel dirigiéndose hacia la puerta.

Se aseguró de que no había nadie a la vista antes de salir de la lanzadera. En el horizonte, la Luna se despedía con un último destello hasta la noche siguiente. Más arriba, en el cielo, una pequeña estrella apenas destacaba entre las que le rodeaban.

Libertad.

Sintió la presencia de Kander resbalar sobre su mente.

Cerró los ojos lentamente mientras comenzaba a calcular potencias de dos. Uno, dos, cuatro, ocho, dieciséis, treinta y dos, sesenta y cuatro...

Siguió durante unos minutos hasta llegar a ocho mil ciento noventa y dos. Era demasiado fácil. En el sistema de numeración decimal de Isai Draikas podría representar alguna dificultad. En el sistema hexadecimal que ellos usaban sería sumamente fácil llegar hasta cantidades enormes sin apenas esfuerzo mental.

Bajó de la nave empezando a calcular potencias de tres. Tres, nueve, veintisiete, ochenta y uno... Era más difícil pues tenía que hacer sumas cada vez más largas y el hecho de concentrarse en ellas le hizo olvidar sus temores.

Cruzó la pista de aterrizaje perdiéndose en la oscuridad del bosque. Caminó hacia el este durante casi una hora antes de girar al norte. Llegó a una carretera y la siguió durante unos diez minutos hasta llegar al recinto. Al llegar a la primera puerta siguió su camino durante unos cinco minutos más.

Allí estaba.

Se preguntó si en su interior habría alguna mujer despierta. La puerta estaba abierta.

Nadie podía, nadie quería escapar.

Si los informes de Lodren eran correctos, en el pasillo habría tres puertas a la izquierda y dos a la derecha. Y una más en el extremo.

Llegó a esta última y observó el interior por una pequeña ventana de cristal. La habitación era más grande de lo que había supuesto. Había cuatro hileras de unas treinta cunas cada una. Al fondo de la sala había cuatro camas donde dormían cuatro mujeres.

Abrió la puerta unos centímetros y, agachándose, se quitó la mochila de polipel que depositó en el suelo. Sacó de ella una bombona de unos dos litros de volumen y le conectó un tubo de goma cuyo extremo opuesto introdujo por el resquicio de la puerta. Volvió a cerrarla hasta que sólo quedó espacio para el tubo. Entonces abrió la válvula.

Silenciosamente, el invisible gas empezó a llenar la habitación. Una de las mujeres abrió los ojos e intentó levantarse. Después cayó desmadejada en la cama.

Se puso una mascarilla sobre el rostro. Tendría aire para diez minutos pero esperaba salir en cinco.

Penetró en la habitación y una a una, comenzó a revisar las cunas examinando el sexo de las criaturas. Niño, niño, niño, niño... ¿dónde estaban las niñas?. ¡En la cuarta hilera!.

Sí, allí estaban todas las niñas alineadas.

Extendió las lonas en el suelo y empezó a seleccionar a aquellas que fuesen más grandes. Al coger con prisas a la primera niña se asustó al notar que su cuello se doblaba exageradamente hacia atrás. Volvió a dejarla en la cuna y la cogió tal como Lodren le había explicado, sujetándole la cabeza con una mano mientras con la otra la alzaba por las nalgas.

Con rapidez puso tres niñas en cada lona alarmado por la extraordinaria blandura de sus cuerpos. Mientras ataba las puntas de una de las lonas con el extremo de una cuerda, deseó que no les pasara nada durante el accidentado viaje que les esperaba. Con el extremo opuesto de la cuerda ató las puntas de la otra lona dejando unos sesenta centímetros de cuerda entre ambos fardos. Se puso el arnés y sobre él se pasó la cuerda por los hombros y, posteriormente, bajo sus brazos a la espalda. Las enganchó en unas eslingas que había preparado a propósito para esta tarea asegurándose así de que los fardos no se bambolearían en su camino.

Comenzó el regreso a la lanzadera.

Con casi cuarenta kilos a su espalda tardaría una hora y media en llegar a ella. La droga empezaría a perder su efecto en dos horas. Demasiado justo de tiempo.

Tropezó varias veces en la oscuridad del bosque, y ya temía haberse perdido cuando notó que a su espalda empezaba a clarear el día. Sabiendo ahora que iba en la dirección correcta se apresuró todo lo que pudo y diez minutos más tarde alcanzó las pistas del aeropuerto.

El cielo se había vuelto gris azulado. La claridad le permitía ver hasta el final de las pistas. Todo estaba solitario, silencioso.

Se dirigió hacia la lanzadera que le esperaba a doscientos metros de distancia cuando oyó un gemido a su espalda.

Uno de los fardos comenzó a agitarse de repente, surgiendo de él un pequeño grito que resonó a través del aire de la noche.

<¿. . . . .?>

Sintió la presencia de Kander con la seguridad que da la experiencia de muchos años de conocimiento.

Sólo fue un gemido. La niña debió dormirse al momento. La presencia de Kander fue difuminándose mientras Diren repetía incansable las potencias de tres intentando no pensar, no sentir, provocar el más absoluto vacío en su mente. Le costaba más trabajo del que había pensado. Después de haber permanecido durante dos meses sin tener que controlar sus emociones, le resultaba casi doloroso volver a hacerlo.

Alcanzó la lanzadera. La puerta estaba a metro y medio de altura. Puso los fardos a un lado de ella, en el interior. Se izó con los brazos.

<. . . . .>

Kander estaba buscándole. Sentía su presencia acercarse y alejarse continuamente en su mente.

Cerró la puerta y se dirigió a la cabina de control.

Abrió un panel camuflado en la pared. En la consola que apareció tecleó una escueta orden.

Tenía un minuto.

Se quitó el arnés. Junto a la consola había una cápsula que se introdujo entre los dientes. La mordió y los gases encerrados en su interior le inundaron la garganta.

Lo había conseguido. El sentimiento de triunfo le...

<¡. . . . . . . . . .!>

— ¡¡¡NOOOOOOOOOOOooooooooooo!!!

* * * * *

Pactor intentaba atravesar la puerta sin conseguirlo. El sabor salado de la sangre le hacía sentir una inmensa sed mientras lacerantes agujas se le clavaban en el cerebro provocándole una agonía de dolor.

No sabía cuánto tiempo llevaba intentándolo, no pensaba, no sabía nada más que tenía que salir de aquella habitación antes de que fuera demasiado tarde, pero sus esfuerzos chocaban en vano contra una invisible pero irresistible fuerza que le impedía dar un solo paso.

Sus pies resbalaron en un charco de sangre que había en el suelo y estuvo a punto de caer, pero recuperó el equilibrio y empujó de nuevo, y otra vez, y otra vez, ignorando el dolor, ignorando el miedo, ignorando todo lo que no fuese cruzar cuanto antes aquél invisible muro que le retenía contra su voluntad.

Un sonido a sus espaldas hizo que se le desorbitaran los ojos con un pánico cerval. Sin mirar atrás, comprendiendo que era su última oportunidad de escapar, empujó

con

todas

sus

fuerzas.

— ¡¡¡NOOOOOOOOOOOooooooooooo!!!

* * * * *

Pactor despertó sobresaltado sentándose de repente en la cama. Tenía el cuerpo empapado de sudor y la habitación daba vueltas a su alrededor. Echando una mano hacia atrás se apoyó para conservar el equilibrio. Respiró hondo durante unos minutos mientras la sangre le volvía al cerebro y tomaba conciencia de lo que le rodeaba.

Agitando la cabeza para calmar una repentina jaqueca, se levantó y caminó hasta la ventana. Se apoyó en el marco y, a través del cristal, contempló el paisaje.

Una leve penumbra iluminaba la estación dándole un aspecto fantasmagórico. No acababa de acostumbrarse a tener a la vista todo el interior de la esfera y echaba de menos los paisajes planos en los que el cielo se unía con el mar en un infinito horizonte.

"¿Qué ha pasado aquí?."

El paisaje que contemplaba era totalmente distinto a como lo recordaba.

En los primeros días pasados en la estación, la hierba, recién descongelada tras cuarenta y dos años expuesta al vacío del espacio, había adquirido un deprimente color pardo amarillento. Las hojas muertas de los árboles habían caído al ser agitadas por la eterna brisa de la estación. Lodren le había explicado que el movimiento giratorio de la esfera no era seguido al mismo tiempo por todo el aire de su interior. La convección del aire, alterada por la diferencia de velocidad del mismo a distintas alturas, hacía que en la superficie siempre se notara una ligera brisa en la dirección contraria al giro de la estación. Por tal razón habían tenido que cubrir en los primeros días el polvo que había quedado como residuo tras extraer la atmósfera del terreno base de la esfera.

Ahora en cambio veía las praderas cubiertas de verde hierba. Las hojas caídas habían desaparecido y en algunos sitios descubrió pequeños arbustos que no recordaba que estuvieran antes allí.

Apoyó las manos en el cristal para intentar ver lo más posible de la estación.

Notó un leve incremento de la luminosidad que le rodeaba. En apenas diez segundos la luz aumentó iluminando, desde los anillos que formaban los ventanales, el más oculto rincón de la esfera.

Había amanecido un nuevo día.

Vio el verde de la hierba, las hojas de las pequeñas matas que empezaban a brotar en toda la esfera, las... ¿flores?, no, los pequeños píleos de algunas setas.

Se volvió hacia la habitación y se sorprendió al ver una segunda cama en la habitación y un hombre dormido en ella.

— Fasel. — se acercó a él y le sacudió el hombro — ¡Eh, Fasel, despierta!.

Fasel abrió los ojos y le miró sin expresión durante unos segundos. Después los abrió aún más y saltó de la cama dando un fuerte portazo al salir gritando de la habitación.

— ¡Karel!. ¡¡Karel!!.

Oyó los fuertes golpes que daba en la puerta de la habitación de Karel y unos segundos después unos agitados susurros seguidos de rápidos pasos hacia su dormitorio.

— ¡Pactor!. — exclamó Karel deteniéndose atónito en la puerta.

— Karel, ¿Qué demonios está pasando aquí?.

* * * * *

— ¿Y no recuerdas nada de éstos días?. — preguntó Lodren.

Lodren había venido corriendo desde su casa y le estaba examinando con un escáner médico.

— ¿Qué días?. Lodren, ¿cuánto tiempo he estado dormido?.

— Bueno, yo no diría que has estado dormido. Durante algún tiempo has estado... bueno, ausente. Dormías y despertabas pero eras incapaz de reaccionar. Te hemos tenido que alimentar durante...

— ¿Cuánto tiempo?.

— Treinta y cuatro días.

— ¿¡Treinta y cuatro...!?

— Bueno. Ahora parece que estás bien, aunque más tarde me gustaría que Dicas te hiciera un examen médico a fondo. Lo importante es que te has recuperado, sea lo que sea que te haya ocurrido. Es una suerte que esto te haya pasado en Libertad. Si llegamos a estar en la Tierra...

— Pactor. — interrumpió Karel — ¿Qué es lo último que recuerdas?.

— Lo último que recuerdo... No hicimos nada especial. Sí, fue el primer día que dimos descanso para todos los hombres. Estuve hablando con Lodren sobre la lanzadera que tenía que diseñar.

— ¿Recuerdas cuando Choral vino a decirnos lo que había descubierto?.

— ¿Esa estupidez?. Sí, claro. Decía que había oído una conversación ¡desde el extremo opuesto de la esfera!. Treinta y cuatro días. Supongo que era una estupidez, ¿no?.

— No, no lo era. Encargué a Torio que hiciera un experimento. Comprobamos que en algunos sitios del ecuador, cerca del río, el sonido se refleja en la superficie lisa del agua y de los ventanales y se puede volver a concentrar en el extremo diametralmente opuesto de la esfera. Además, la diferencia de temperatura entre las distintas capas de aire actúa también como una lente para el sonido de ahí que el fenómeno sólo se produzca a determinadas horas del día. Choral oyó realmente la conversación.

— ¿Seguro?. Me parece increíble que...

— Seguro, Pactor. Fue el pasatiempo favorito de los hombres durante varios días. Todos querían encontrar un sitio desde el que pudieran hablar con alguien a mil ochocientos metros de distancia.

— ¿Todos?. ¿Se lo habéis dicho a todos?.

Karel y Lodren se miraron durante unos segundos. Con un encogimiento de hombros, Lodren se sentó en un sillón.

— Pactor, inténtalo. ¿Seguro que no recuerdas nada más después de aquello?.

Éste intentó concentrarse durante algunos minutos. Recordaba perfectamente cuando Choral vino a decir que había oído esa increíble conversación. Le encargaron... Sí, sonrió al recordar que Choral creía que Karel y Diren...

Algunas imágenes le vinieron a la mente, pero eran imágenes sin sentido.

— Había... había una puerta abierta. Yo intentaba salir pero no podía, algo me lo impedía. Alguien me dijo...

Pactor intentó forzar los recuerdos. Había algo más, algo importante pero por más que lo intentaba las imágenes permanecían confusas. Incapaz, sí, y temeroso de llegar a entenderlas, decidió pasarlas por alto.

— Torio... Recuerdo que Torio me estaba hablando. Quería llamar a Kander pero no recuerdo para qué. Sólo sé que yo no quería que lo hiciera. Tenía... Tenía que impedírselo.

— ¿No recuerdas nada más?.

— Había algo que no debíamos decir a los hombres... Debíamos ocultarlo.

Karel desistió de forzarle a recordar. Aparentemente Pactor no recordaba los ataques de violencia que había tenido. Quizás era lo mejor para él, pero existía la posibilidad de que volviera a tener esos ataques. ¿Podrían confiar en él?.

Tendría que ponerlo a prueba y esperar que Pactor fuera capaz de asimilar todo lo que habían descubierto.

— Hemos dejado de tener secretos con nuestros hombres. Se lo hemos dicho todo.

Pactor respiró hondo y permaneció pensativo unos segundos.

— ¿Cómo les ha afectado?.

— Cada uno ha reaccionado de una forma distinta. Algunos nos han creído, otros no. Pactor, ¿qué crees tú?.

— No lo sé. No puedo aceptar algunas de las cosas que hacían los Antepasados. Pero tampoco me gusta lo que...

Se detuvo para levantarse y dirigirse a la ventana. Frente a la escuela había varios grupos de hombres sentados en la hierba y comentando las imágenes que veían en los libros. No dejaba de sorprenderse por todo lo que había sucedido en su ausencia. Treinta y cuatro días.

Uno de los hombres miró hacia la ventana viéndole. Inmediatamente avisó a sus compañeros que se volvieron hacia él sonriéndole y saludándole con la mano.

Alzó la mano en un saludo inacabado.

— ¿Dónde están Torio y Diren?.

— Hemos construido una nave para que regresasen aquellos que quisieran volver con los kander. Ayer por la mañana salieron Torio y once hombres más hacia la Tierra.

— ¿Diren ha vuelto a la Tierra?. No creí que él quisiera volver.

Pasados unos segundos sin recibir contestación, se volvió hacia Karel, mirándole intrigado.

— Construimos un compartimento secreto bajo los asientos. Diren ha vuelto a la Tierra, pero oculto para que nadie en la nave supiese que iba con ellos. Esperamos que...

— ¿Que habéis hecho qué?. Karel, no entiendo nada. Diren no puede ocultarse de Kander. Y ¿es una nave o una lanzadera?. Y ¿para qué y por qué...?

— Pactor, espera, deja que te explique. Diren descubrió hace años que los kander no leen nuestros pensamientos, sino nuestras emociones. Desde entonces ha vivido entre nosotros ocultando sus sentimientos a todo el mundo, incluso a los kander. Ha sido duro para él pero nos demostró que se les puede engañar. No sólo eso, si controlas tus emociones y las inhibes por completo, los kander ni siquiera pueden detectarte. Diren lo ha hecho durante más de diez años y nunca le descubrieron. Estaba de acuerdo con nosotros en que teníamos que huir de la Tierra, pero si nos íbamos así, sin más, no continuaríamos existiendo como hombres libres más que hasta que muriésemos. No habría más hombres libres entonces, y creemos que los kander vivirán más tiempo que nosotros. Teníamos que regresar a la Tierra para robar las niñas recién nacidas que hubiese en la guardería. Dentro de once o doce años podrán empezar a reproducirse y tendremos un futuro por el que vivir. Y Diren era el único que podía intentarlo con alguna probabilidad de éxito.

— Estás loco. ¿Lo sabes?.

— Sí. — contestó Karel sonriendo y mirando a Pactor con cautela — Estamos todos locos. Pero queremos vivir.

Pactor se volvió de nuevo hacia la ventana. Le gustaba contemplar el aire limpio, la ciudad resplandeciente, los hombres alegres leyendo, hablando, jugando en el río.

— Kander es el Enemigo.

Era una afirmación, más que una pregunta.

— Sí.

— Tenéis que contarme muchas cosas.

— Pregunta lo que quieras. Ya no habrá más secretos. Ni entre nosotros ni con nuestros hombres.

— ¿Podrá Diren regresar en la lanzadera?. No teníamos mucho combustible.

— No es una lanzadera. Por fuera puede parecerlo, pero le hemos acoplado el motor de la nave exploradora y una cuña gravitacional. Lodren no pudo probarlo antes de que partiera pero está seguro de que funcionará. Torio y sus hombres no conocen la capacidad de la nave, así que los kander no podrán averiguarlo hasta que la nave despegue para regresar. Con Diren y todas las niñas que pueda traer.

— "Los kander". — Pactor guardó silencio durante largos segundos. Karel, Lodren y Choral no quisieron interrumpir sus pensamientos — Vendrán dentro de... cinco meses.

— No estaremos aquí. Lodren colocará las restantes cuñas gravitacionales en la base de las torres. Servirán para anular las fuerzas gravitatorias que nos retienen en órbita alrededor de la Tierra. Seguiremos un camino en línea recta que nos llevará a Júpiter, lejos de su alcance para siempre. Intentaremos encontrar las antiguas bases de nuestros Antepasados. Viviremos en esta estación orbital. Si Diren consigue traer las niñas, tendremos hijos a los que enseñaremos a vivir libres. Algún día los kander morirán, o se irán. O les echaremos de nuestro planeta. Tendremos que aprender a luchar por lo que queremos. Y queremos volver a la Tierra como hombres libres.

Se levantó para acercarse a la ventana y se colocó a su lado. Contemplaron la ciudad, el río, los bosques. Los hombres.

— Es un buen motivo por el que vivir. Es un buen motivo para luchar. Dime, Pactor, ¿quieres venir con nosotros?.

Pactor no contestó en varios minutos. Pensaba en todo lo que había vivido allá en la Tierra. Su infancia en la guardería siempre estudiando y jugando con otros niños. El pupilaje cuando salió de la guardería para ir a vivir con su tutor que le enseñó a manejar el ordenador y descubrir todos los conocimientos que en él habían introducido los kander. Que le enseñó a convivir con otros adultos, a controlar sus emociones negativas, a disfrutar de la vida, de los paseos, del sexo, de la belleza de los paisajes.

Recordó a todos sus amantes, cómo los había amado.

— Éramos felices.

— Sí. Los kander tenían que hacernos felices para que no les perturbáramos con emociones negativas. Ahora podemos ser felices para nosotros. Podemos ser felices y libres.

Nunca volvería a contemplar un atardecer.

Nunca volvería a contemplar el cielo estrellado bajo la luz de la Luna.

— No sé lo que debo hacer.

— Cuando los kander nos controlaban — dijo Karel tras unos minutos de silencio — siempre hacíamos lo "correcto", lo que más les beneficiaba a ellos. No teníamos que dudar. Es lo malo de la libertad. Tenemos dudas. Tenemos que decidir entre muchas opciones cuál es la mejor para nosotros y cuál para nuestros hombres. A veces es difícil elegir, pero todos lo hacemos tarde o temprano.

»Lodren tardará cinco días en instalar las cuñas. Si decides volver a la Tierra encontraremos el medio de dejarte en ella aunque preferiría que vinieras con nosotros.

* * * * *

— Karel, ¡la nave!.

Karel contempló la pantalla del radar observando el punto azul destellante que indicaba que Diren había vuelto.

— Lodren, ¿habrá despertado ya?.

— Debería haber despertado. La cápsula sólo le mantendría inconsciente un par de horas, hasta que estuviese fuera del alcance de los kander. El ordenador ha traído la nave hasta aquí, pero él debería estar despierto.

— Entonces ¿por qué no ha llamado?. Draken, contacta con el ordenador y dirige la operación de atraque.

— Sí, Karel.

Permanecieron en tenso silencio mientras la nave se acercaba a la base. Pronto llegó a trescientos metros y se dio la vuelta para entrar marcha atrás en el hangar.

La puerta exterior se cerró al mismo tiempo que la nave conectaba los enganches magnéticos que la sujetaran a la pared del hangar.

Sintieron un zumbido en los oídos mientras el aire de la torre pasaba lentamente por una rendija para llenar el vacío del hangar.

Cuando la puerta se abrió por fin, saltaron en dirección a la nave. Ésta se abrió antes de que llegaran y se dirigieron directamente a la cabina de control.

El cuerpo de Diren, retorcido en una postura inverosímil, yacía en la pared, frente a la puerta.

Pactor se asustó al ver su rostro crispado en una mueca de Terror, los restos de una cápsula asomando entre sus dientes.

Lodren y Karel chocaron con él por la espalda empujándole hacia el cuadro de mandos. Se sujetó como pudo y se volvió para seguir contemplando aquel rostro aterrorizado, aquel cuerpo que una vez había sido Diren Sadeko.

Su rostro expresaba todo el dolor del mundo, todo el Terror que puede soportar un hombre sin llegar a volverse loco. Y aún más.

Se preguntó cómo era posible semejante Pánico, cómo se podía luchar contra una cosa así.

Un sonido consiguió apartarles de sus pensamientos.

Amortiguados, llegaron a sus oídos los llantos de varios niños.

— Karel, Pactor, vamos. — dijo Lodren — Tenemos que encontrarlos.

Salieron de la cabina y comenzaron a buscar entre los asientos. Al llegar a la tercera fila, Lodren gritó.

— ¡Aquí están!.

Pactor y Karel se acercaron y pudieron contemplar dos sacos atados entre sí que rebullían inquietos contra el respaldo de un asiento.

Lodren, que había sido el primero en llegar, desató cuidadosamente las puntas de una de las lonas y ante ellos surgió una niña que, agitándose, comenzó a flotar por el interior de la cabina.

— Karel, ¡cógela!. — exclamó asustado Pactor.

— ¿Cómo?. ¡No sé cómo se coge una niña!.

— ¡Imbéciles!, ¿Cómo se va a coger?. — diciendo esto, Lodren saltó en el aire cogiendo a la niña antes de que chocara con el techo. La estrechó desmañadamente contra su pecho como había visto hacer a las madres en la Tierra después del parto. La niña, al sentir los latidos de su corazón, dejó de gimotear durante unos segundos escondiendo la cara en el pecho de Lodren — ¡Mierda!. ¡Está cubierto de mierda!. Creo que tiene hambre.

— ¿Puedo coger uno?. — dijo Draken que estaba en la puerta.

Karel asintió y Draken saltó hacia donde estaban ellos. Inclinándose, metió las manos en la lona y sacó una niña que los miró con severa mirada.

— Parece que está enfadado. — dijo Choral.

— Enfadada. — corrigió Karel.

— Llevan todo el día sin comer. — dijo Lodren — Karel, debemos llevarlas a la ciudad ahora mismo y darles de comer.

— ¿Qué comen las niñas?.

— Su dieta es muy similar a la nuestra. Aunque necesitan mayor aporte de proteínas y calcio. Arreglaré uno de los fermentadores para que fabrique el tipo de alimentos que necesitan. De momento se tendrán que apañar con la nuestra. Choral, no te quedes ahí pasmado. Coge una niña y vamos. Poster, Pactor, y tú, Karel, coged una niña cada uno. ¡Vamos!. ¡No tenemos todo el día!.

Pactor desató el otro saco sacando de él una niña que puso en los brazos de Poster.

— ¡Oh, Kander!. — exclamó éste.

La siguiente niña fue a parar a los brazos de Choral, que se alejó casi sin atreverse a respirar.

Cuando Karel cogió la quinta, no quedaba más que una en el primer saco.

Pactor la cogió por las axilas y miró a su alrededor buscando a quien dársela. No quedaba nadie.

Por la puerta acababa de salir Karel y estaba él solo en la lanzadera con una niña en las manos.

Se preguntó quién podría llevarla. Entonces la miró.

La niña se chupaba los dedos mirándole con ojos curiosos. Tenía unas feas orejas que sobresalían bajo unos cabellos finos y pajizos. La pequeña nariz le recordó la cara de un cerdito. Era francamente fea.

Incluso su nombre sonaba fatal.

— Doipafezo. — murmuró con disgusto observando las cuatro cifras tatuadas sobre su clavícula izquierda. Esto significaba que en la Tierra habían nacido ya catorce mil novecientas veintisiete personas, incluidos los mayores, desde la llegada de los kander. Se preguntó cómo era posible, la población de la ciudadela nunca había superado los ocho mil hombres. Suponiendo que hubiera dos mil... mujeres, la numeración no debería ser tan alta. A no ser que los demás...

La niña pegó un repentino chillido agitando las manos y Pactor se asustó temiendo haberla apretado demasiado.

¡Se estaba riendo!.

¡Miraba a Pactor y se reía!.

La estrechó con suavidad contra su pecho. Saltó con cuidado hacia la puerta y, desde ella, en dirección a la torre. La recorrió rodeado de hombres silenciosos que contemplaban asombrados aquella escena nunca vista.

Un hombre con un niño en sus brazos. No, ¡una niña!.

Podían oír con perfecta claridad los jadeos de asombro, los suspiros de admiración que la escena provocaba en todos los presentes. Al llegar al cable de bajada se agarró con una mano sujetando a la niña con firmeza. Descendió hacia la esfera. Al entrar en el túnel de comunicación con ésta se soltó para agarrarse a una barra que lo desviase hacia otro cable que lo llevó hasta el inicio de la escalera de bajada. Se agarró a uno de los travesaños y llevado por el mismo impulso se dio la vuelta para colocar los pies en un travesaño inferior. Al llegar al apeadero, al final de la escalera, se deslizó con suavidad por la rampa de llegada hasta poner los pies en el suelo del pasillo. Unas semanas antes Torio había conseguido que volviesen a funcionar los cables de la torre y el tramo superior de escaleras pero Karel no había querido que perdiera el tiempo en hacer funcionar el tramo inferior por lo que el resto del camino lo tendrian que hacer a pie. Salió al exterior del apeadero y siguió el camino que en una suave pendiente descendía por la ladera de la esfera, atravesando el bosque norte.

Delante de él iban otros cinco hombres con cinco niñas en los brazos. Tras él, unos cincuenta hombres le seguían.

Los anillos que alumbraban la esfera le dieron una agradable sensación de calor conforme se acercaban al río.

Lo cruzaron por uno de los varios puentes que permitían pasar a la orilla sur para dirigirse desde ahí al refugio.

Al llegar ante su puerta, Lodren depositó la niña que llevaba en la verde hierba y entró con varios hombres a por comida. Una a una, todas fueron depositadas en la hierba, aunque a Pactor le costó trabajo soltar a Su Niña.

Todos los hombres estaban a su alrededor.

Pactor contempló aquella masa de rostros que les miraban con asombro.

— Miradlas. — dijo Karel — Son niñas. Algún día serán mujeres. Algún día serán las madres de nuestros hijos. Nosotros las criaremos. Nosotros las educaremos como hemos educado a nuestros niños. Quizás sea cierto lo que decía Diren, que las mujeres pueden ser tan inteligentes como los hombres. Quizás no, pero no importa. Les daremos todo el cuidado que necesiten. Todo el Amor que podamos. Porque ellas son nuestro futuro.

»Quiero volver a la Tierra, a ese planeta hermoso que hay allí abajo. Pero quiero volver como un hombre libre. Quizás no pueda conseguirlo en toda mi vida. No mientras estén los kander. Quizás podamos luchar con ellos de alguna forma y echarlos de nuestro planeta para siempre. Pero si no lo consigo, si no puedo volver a pisar nunca la Tierra, aún me queda una esperanza. Mis hijos lo conseguirán. Nuestros hijos lo conseguirán.

Pactor no entendió algunas de las palabras que Karel había pronunciado aunque podía adivinar su significado. Notó, sin embargo, que los demás hombres sí las habían entendido.

Eran las palabras que Diren les había enseñado.

¿Cuántas palabras más habrían aprendido?. ¿Cuántas cosas más podrían aprender de los Antepasados?.

Nuestros Antepasados.

Vio a Lodren que salía del refugio con varios platos de comida. Les dio uno a cada uno de ellos y se sentó en el suelo cogiendo a una niña y sentándola en su regazo.

— Haced lo mismo que yo. — dijo.

Se sentaron en círculo intentando coger a las niñas de la misma forma en que lo había hecho Lodren.

Era difícil darles de comer con las cucharas. Más de la mitad de la comida iba a parar al suelo, a la cara, al pecho.

— No puedo. — dijo Choral — Echa toda la comida fuera. Que lo intente otro.

— No. — replicó Lodren — Estas niñas son nuestras, de todos nosotros. Y todos tendremos que aprender a darles de comer. Fijaos en cómo lo hago yo. Se lo he visto hacer muchas veces a las mujeres aunque era con niños más grandes. A los niños de esta edad solían darles el pecho.

— ¿El pecho?. — preguntó Choral, desconcertado.

— Es igual. Hacedlo con cuidado y con paciencia. Veréis como lo conseguís.

Pactor consiguió meter media cucharada de comida en la boca de su niña, y vio satisfecho cómo la devoraba para volver a abrirla pidiendo más.

Siguió dándole más y más cucharadas sorprendido por la rapidez con que comía. Poco a poco la niña fue pidiendo comida con más lentitud. Cerrando los ojos, se acurrucó contra su pecho.

— Karel. Iré con vosotros.

— Lo sé. — respondió éste con una sonrisa.

Contempló el rostro de la niña que dormitaba en su regazo. De pronto se sobresaltó al sentirla eructar. Unas gotas de papilla resbalaron por su barbilla hacia el cuello.

— Tendremos que buscar una casa que sirva de recinto.

Karel se echó a reír.

— No, Pactor. No habrá ningún recinto. Tendremos a las niñas con nosotros y las criaremos tal como se criaban entre los Antepasados. Lo que también haremos será darles un nombre.

— ¿Un nombre?. ¿Quieres decir un nombre distinto a cada una?.

— Sí. Olvidemos los grados y los números. Cada uno de nuestros hijos tendrá un nombre desde su nacimiento. — alzando a su niña en alto, momento que ésta aprovechó para eructar, dijo — A ti te llamaré Diren. Desde ahora y para siempre. Algún día te explicaré porqué. ¿Quién sabe?. — añadió sonriendo — A lo mejor un día llegas a ser un buen oficial científico. — volviendo a ponerla en su regazo contempló como se iba adormeciendo — Dime, Pactor, ¿qué nombre le pondrás a tu hija?

— ¿Puedo elegir?

— Sí.

Pactor miró a su alrededor.

Todos los hombres estaban sentados en la hierba, admirando, contemplando emocionados el rostro de las niñas. Los más cercanos escuchaban la conversación y esperaban su respuesta. Todos sentían algo de envidia por que fuera Pactor quien iba a darle un nombre a su hija. La hija de todos ellos.

Sintió la suave caricia del aire en su rostro.

Notó la calidez del Sol difuminada por los espejos.

Oyó el murmullo del agua del río acariciando las orillas.

Bajó la vista y contempló los ojos cerrados, la pequeña nariz, las preciosas orejas.

— Te llamarás Libertad.

 

Fin

   

Perdón por la interrupción

La Ley me obliga a darte el siguiente

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