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Bienvenidos a Libertad 21: La lanzadera está por fin terminada. Torio y varios de sus hombres regresan a la Tierra sin saber lo que van a encontrar.

Creada10-03-2013
Modificada15-06-2015
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Agosto3

 

Bienvenidos a Libertad, Juan Polaino

Libertad 21

— ¿¡Qué!?.

Karel miró a Lodren con asombro. Había esperado alguna reacción parecida pero ni mucho menos el grito que había pegado Lodren.

— ¿Sólo once hombres?. — volvió a repetir Lodren.

— Sí. Once hombres. — respondió Torio.

— Y Pactor. — añadió Kestar desafiante.

— ¿Quieres decir que sólo once hombres quieren bajar a la Tierra?. ¿No habeis podido convencer a nadie más?.

— Habéis hecho un buen trabajo asustando a los hombres. — dijo Kestar con rencor y mirando de soslayo a Torio — Muchos tienen miedo de que podáis tener razón y por eso no se han decidido. Pero no te alegres demasiado, no es que quieran huir contigo, lo que quieren es esperar y comprobar que Kander no nos mata. Entonces bajarán ellos en una segunda lanzadera.

— No. — intervino Karel — No se construirá otra lanzadera si la primera va casi vacía. Empezaremos de inmediato la fabricación de la nave y el que no quiera venir se quedará en la estación hasta que vengan los kander. Decídselo así a todos. La lanzadera partirá pasado mañana a las nueve. Los que quieran volver a la Tierra que vayan con vosotros. Los que se queden trabajarán en la nave. Después que decidan si quieren venir con nosotros o quedarse. En cuanto a Pactor, debo negarme a que lo llevéis con vosotros. Todos los que estamos aquí hemos tenido la posibilidad de elegir. Él no, así que me considero responsable de su seguridad y no me quedaría tranquilo enviándolo a lo que creo que sería su muerte segura.

Kestar salió con rapidez de la sala, seguido por Torio.

— Bueno, ¿qué te parece?. Sólo once hombres volverán a la Tierra.

— No te extrañe, Lodren. Como dijo Choral, la mayoría de los hombres son lo suficientemente inteligentes para darse cuenta de la verdad. Los que me preocupan, en realidad son los que han decidido quedarse pero aún no están seguros de querer venir con nosotros.

— ¡Bah!. Déjalos que se lleven la sorpresa. No creo que vayan a causar problemas.

— Eso espero. Sinceramente, eso espero.

* * * * *

La lanzadera partió a las cuatro de la madrugada. En ella viajaban Karel, Lodren, Draken pilotando y ocho hombres más que habían sido seleccionados por Karel tras muchas dudas.

Se dirigieron, no a la Tierra, sino en dirección a la Luna. Cuando los hombres empezaron a despertar en la estación, ya habían localizado con el radar su objetivo.

Extrañado por no haber visto a Karel en toda la mañana, Torio fue a preguntar a Lodren mientras éste era el segundo en abordar la nave que les había llevado a Libertad.

Corrió alarmado hacia la torre norte, deseando estar equivocado. No podía creer que Karel, que en ese momento estaba golpeando una abrazadera en la sala de motores de la nave, hubiera podido huir de la estación llevándose la lanzadera.

Ni siquiera cuando vio el hangar vacío donde había sido construida fue capaz de comprender lo que estaba pasando. Sólo sabía que le habían engañado.

— No te preocupes, — dijo Diren a su espalda — Karel volverá en unas cuantas horas sin hacer ningún daño a la lanzadera.

— ¿Dónde han ido?.

— A la nave en la que vinimos. Está en órbita alrededor de la Luna.

— Pero... ¿para qué han ido allí?.

— En los almacenes quedaron muchas piezas de material que aún podrían funcionar. Pensamos en aprovisionarnos de todo lo que pudiéramos.

— Pero... ¿por qué no han dicho nada?, ¿por qué lo habéis mantenido en secreto?.

— Karel pensó que si lo sabías podrías oponerte.

— No. ¡Qué tontería!. Pueden coger lo que quieran de la nave. ¿Por qué iba a importarnos?.

— Mañana volverás a la Tierra. Si conoces nuestros planes informarás de ellos a los kander. Por eso no queríamos que lo supieras.

— ¿Pensabais que no nos íbamos a dar cuenta?.

— Bueno. No sabemos mucho de mentiras. Nunca hemos tenido que mentir así que no sabíamos muy bien cómo hacerlo. No teníamos garantías de que no te enterarías pero decidimos probar. Podría haber salido bien.

— ¡Además de locos os habéis vuelto estúpidos!.

Torio se alejó flotando en dirección a la torre para volver a la esfera. Estaba furioso y no se dio cuenta de la sonrisa que fugazmente cruzó el rostro de Diren.

* * * * *

— Aquí, sujeta aquí.

Lodren pasó por encima del motor mientras Tilo sujetaba con firmeza para impedir que chocase con el casco.

— ¡Maldita rotación!. Tenía que haber pensado algo para detener el giro de la nave.

— Es tarde para pensar en eso ahora, Lodren. — dijo Karel — Tenemos que apañarnos con lo que tenemos.

Con una serie de anclajes y cebos tractores consiguieron sacar el motor del casco.

— ¡Cuidado!. — exclamó Lodren — Ahí va. Draken, ¿puedes pescarlo?.

— Sí. Allá voy.

— Bien, Karel. La primera parte ya está hecha. Vamos por la segunda.

— Adelante.

Se dirigieron hacia los hangares donde encontraron a los restantes hombres trasladando unas cajas hacia el portón.

— ¿Cómo vais, Baltis?.

— Bien, Karel. Hemos terminado de colocar las últimas cajas junto a la puerta del hangar. Solo quedan las cuñas gravitacionales.

— Bien, seguid con ello. Nosotros nos vamos a la lanzadera. Os avisaremos cuando os vayamos a necesitar.

— Sí, Karel.

— Choral, estamos listos para saltar. Avísanos.

— Sí, Karel. Esperad. Dieciséis. Ocho. Cuatro. Tres. Dos. Uno. ¡Ahora!.

Los cuatro hombres desconectaron al mismo tiempo las botas magnéticas y la escasa fuerza centrífuga los dirigió directamente hacia la lanzadera. Con un gancho magnético se dirigieron hacia la panza de aquélla, donde el motor iónico del destrozado pecio les esperaba.

— ¡Toper, maldita sea!. ¿Por qué no has abierto ya la compuerta del motor?.

* * * * *

— Hemos sido traicionados.

— Vamos, Kestar. No tienes por qué suponer eso. Recuerda que Diren está aquí, y él no se hubiera quedado si no estuviese convencido de que Karel va a volver. Además, ¿a dónde quieres que vayan con una simple lanzadera?. Aunque fuera capaz de llegar a la órbita de Marte, no llevan alimentos, ni siquiera oxígeno suficiente para una travesía tan larga. Karel volverá, sólo han ido a la nave en la que vinimos para recoger algunas herramientas y repuestos.

— Si están lo suficientemente locos como para volverse contra Kander, también pueden estarlo lo bastante como para intentar irse.

— Olvídalo. Diren afirma que Karel volverá antes de terminar el día y yo le creo.

— Quizás ese es el problema.

— ¿Qué quieres decir?.

— No lo sé, pero hay muchos hombres que esperaban algo más de ti de lo que has hecho. Hombres que se han vuelto atrás simplemente por que no has querido hablar.

— ¿Para qué iba a hablar?. Tú mismo te has encargado de decir todo lo que a mí se me hubiese ocurrido, y lo has hecho con mucha más vehemencia que yo.

— Pero a ti te habrían escuchado más que a mí.

— Si no eran capaces de reconocer la verdad puesta en tus labios, tampoco la hubieran reconocido en los míos.

Kestar observó a Torio alejarse hacia su casa. Sabía desde hacía días que algo no andaba bien, que cada vez eran más los indecisos que habían ido abandonando el proyecto de volver a la Tierra. Y sabía sin el menor género de dudas que la culpa era de Torio, del inesperado y sorprendente silencio que había guardado en las últimas semanas.

Kestar había sido testigo del proceso, al principio eran más de cincuenta los hombres dispuestos a regresar. Poco a poco hubieron algunas deserciones debidas más que nada al desconcierto ante el hecho de que tres de los jefes estuvieran a favor de huir de Kander, otro se hubiese convertido en un vegetal, y sólo Torio abogase por volver a la Tierra.

De repente Dicas desertó, y varios hombres más con él. Cuando Kestar se quiso dar cuenta, ya eran apenas treinta los decididos a regresar. Pensó que las cosas quedarían así definitivamente, pero cuando notó el repentino silencio de Torio, comprendió que algo no iba bien. No, nada bien.

Las cosas empezaron a cambiar. En un traidor intento de convencer a los hombres, Karel redujo la jornada laboral en varias horas diarias y estableció turnos de trabajo para que cada hombre descansara un día de cada ocho.

Los hombres se reunían para hablar alrededor de Torio de lo que harían cuando volviesen a la Tierra, soñando con futuros reencuentros, planeando nuevas metas.

Kestar observó las miradas esperanzadas, los largos silencios, el desconcierto...

Empezaron a irse, y Kestar vio cómo ocurría en cada caso pero no fue capaz de hacer nada para evitarlo.

Habló con Torio, o lo intentó en varias ocasiones, pero no consiguió una explicación de lo que estaba ocurriendo.

Con la mirada aún en la espalda de Torio, volvió a murmurar:

— Hemos sido traicionados.

* * * * *

"El secreto se les ha fastidiado." pensó Torio divertido. Estaba en el hangar del extremo de la torre norte. Al menos veinte hombres estaban contemplando con él por la ventana cómo se producía el atraque de la lanzadera.

A pesar de los intentos de Diren por apaciguar a los hombres, la alarma había cundido entre ellos cuando supieron que Karel los había abandonado y más de uno emitió un sonoro suspiro de alivio cuando Diren les informó que el radar había detectado la lanzadera en su camino de regreso.

Sin cerrar la compuerta exterior, para que nadie pudiese entrar, los hombres saltaron de la lanzadera y abriendo las compuertas de ésta empezaron a sacar el material que habían podido rescatar de la nave destruida.

— Está bien. — dijo Diren — Ya habéis visto que han vuelto como os dije. Ahora ya os podéis ir.

Los hombres comenzaron a alejarse. Torio permaneció en la ventana.

— Torio, por favor, tienes que irte.

— ¿Por qué?.

— Es una orden de Karel. Avisa a los que quieran ir contigo que estén preparados mañana a las nueve. El que no llegue a tiempo se quedará aquí.

Torio se fue alejando despacio mirando varias veces atrás por el camino. La última vez que miró vio a Diren entrar en el hangar saliendo dos hombres que se quedaron en la puerta.

"Están ocultando algo, lo sé. Pero ¿qué y por qué?."

Al agarrarse al cable que lo llevaría a la esfera, se dio cuenta de repente.

"¡Pues claro!. Las cuñas gravitacionales. Pero no pueden hacer nada sin impulsores. ¿Qué diablos habrá pensado Lodren?."

* * * * *

Torio estuvo pensando en ello durante casi toda la noche. Por más que pensaba no podía imaginar qué era lo que Karel se había propuesto hacer con lo que fuera que hubieran sacado de la nave. De hecho, desde que había comenzado la construcción de la lanzadera se estuvo preguntando siempre por qué no construían al mismo tiempo la nave para los que fueran a huir. Suponía que construirían ambas a la vez ya que era posible que después quedase demasiada poca gente para la más complicada construcción de la nave. Con el tiempo llegó a la conclusión de que Karel no quería empezarla hasta que Torio volviese a la Tierra. Y no entendía el motivo.

Las cuñas estaban destinadas en principio a aumentar la fuerza gravitatoria en las habitaciones de Kander pero si Karel había decidido huir de ellos, no creía que fueran a construirlas.

También se podrían usar para anular la fuerza gravitatoria en una zona del espacio, así era como funcionaban las cámaras de entrenamiento antigravitatorio allá en la Tierra, pero en el espacio no hacían falta para nada. Si Karel quisiera construir una cámara antigravedad, sólo tenía que levantar cuatro paredes y un tejado sobre el hangar de la torre sur. De hecho, la misma esfera de balón—mano era un lugar idóneo para entrenamientos antigravedad, por lo que tampoco tenía sentido construir cámaras antigravedad en el espacio.

La tercera utilidad que se le ocurrió era la de naves con propulsión inercial. Si se rodease una nave con el campo generado por una cuña, podría manipularse la estructura del espacio alrededor de la nave para hacer que ésta “cayese” en la dirección y con la aceleración que se desease pero con ello no se llegaría muy lejos. Simplemente a una velocidad de mil kilómetros por segundo, la resistencia del espacio a la deformación haría que las cuñas perdiesen su efectividad y eso haría que tardasen varias semanas en alcanzar la órbita de Marte o Venus. Construir una nave para más de cincuenta personas que les mantuviera con vida durante tanto tiempo era algo que Torio consideraba imposible, por muy geniales que fuesen las ideas de Lodren.

Entonces, si no era para ninguna de esas tres cosas, ¿para qué querían las cuñas?.

Torio se durmió sin hallar la respuesta a esta pregunta, y deseando que su regreso a la Tierra acabase de resolver todas sus dudas. Kander las resolvería todas.

* * * * *

Estaban a la salida del refugio.

Los doce hombres que iban a volver a la Tierra eran los únicos que estaban vestidos con el traje de vacío completo. A su alrededor los demás hombres que se iban a quedar en la estación, les contemplaban con un sentimiento de respeto y admiración. Respeto porque estaban actuando según su creencia de que Kander les recibiría con los brazos abiertos. Admiración por el valor que demostraban al asumir el riesgo de estar equivocados. Algunos querían ir con ellos, volver a Kander, pero no estaban seguros. La duda había arraigado en su ánimo y preferían esperar que otros volvieran primero, antes que arriesgarse ellos. Otros, sin embargo, estaban convencidos de que Torio y los que con él volvieran a la Tierra, estarían pronto muertos.

Unos pocos intentaban convencerles de que se dirigían a una muerte segura. La mayoría permanecía en silencio respetando su decisión o quizás esperando que Torio, una vez en la Tierra, les llamase para confirmarles que no había ningún peligro.

Los hombres cruzaron el río y se dirigieron hacia el apeadero que había a mitad del camino de los pasillos que les llevarían a la torre norte.

Intentaban bromear entre ellos, pero el silencio que les rodeaba era tan lúgubre, tan antinatural después de oír casi constantemente los gritos y murmullos de conversaciones lejanas en toda la estación que acabó imponiéndose a sus bromas.

Al llegar junto al apeadero, Torio se volvió a contemplar la ciudad por última vez. Aún era temprano y una ligera bruma cubría las orillas del río. En sus márgenes, la hierba lucía un hermoso color verde que se extendía, salpicado de numerosas casas, hasta el inicio del bosque. Éste aún era una colección de ramas secas que se alzaban desnudas para intentar encontrarse con las que había en el extremo opuesto, pero no lo sería por mucho tiempo. Aunque no habían tenido tiempo de limpiarlo, Torio había podido ver que en algunos sitios volvían a salir de la tierra pequeños brotes que en pocos años llegarían a sustituir a los árboles muertos.

Sintiendo un nudo en la garganta, dio la vuelta y penetró en el apeadero. Dos minutos más tarde pasaron por el vestíbulo de la base de la torre y se agarraron al cable que los llevaría al extremo opuesto de la misma. Tardaron menos de cinco minutos en llegar y entraron por un pasillo que les conduciría al hangar. Junto a la puerta, con los pies en la pared y el traje de vacío puesto sin el casco, Karel y Lodren les esperaban.

Torio saltó despacio hacia ellos cayendo de pie a su lado. Sus hombres se colocaron a su espalda. Los demás que les habían seguido se agarraron a diversos puntos de las paredes.

Torio sintió un escalofrío al contemplar la escena. Sin fuerza de gravedad que les permitiera orientarse, "abajo" era una palabra sin sentido. Lo que veían sus ojos era una habitación con el suelo, las paredes y el techo cubiertos de carne humana, carne que les contemplaba.

— Torio, por favor, recapacita. Aún estás a tiempo. Lo que decimos Lodren, Diren y yo, es cierto. Los kander os van a matar. Por favor, no volváis.

— No, Karel. — respondió Torio sobreponiéndose — Estáis equivocados. Kander nos recibirá con los brazos abiertos, contento de recuperarnos. Le hemos sido fieles y no hay motivo para que nos castigue. Y os lo demostraré. En cuanto aterricemos os llamaré por radio y os diré que hemos vuelto a casa, que nos han echado de menos y que podéis volver sin temor. Es nuestro sitio, Karel, es allí donde debemos estar.

Karel apartó el rostro para ocultar unas lágrimas.

— Sois estúpidos. — insistió Lodren — ¿No os dais cuenta de que todo lo que hemos descubierto desde que estamos sin el control de los kander es verdad?. ¿Cómo podéis ir a la...?.

— ¡Por favor, Lodren!. Hemos tomado nuestra decisión. Vosotros habéis tomado la vuestra. ¡Con libertad!. Dejadnos a nosotros también ser libres.

— Está bien, Torio. Basta, Lodren, no podemos convencerle ni obligarle. Torio, espero que tengas razón. Espero sinceramente estar equivocado. Pero si cambias de idea, si alguno de vosotros cambia de idea...

— No, Karel. Si tenemos razón no cambiaremos de idea. Y si al final no tenemos razón, no podremos.

— Está bien, pasemos al hangar.

— Espera, ¿dónde está Diren?. Me gustaría despedirme de él.

— No ha podido venir.

— Es curioso. — meditó Torio — Diren siempre ha sido un hombre frío y solitario. Ahora, en cambio, se ha vuelto más emotivo. Nunca antes le había visto...

— Bueno, Torio. — interrumpió Lodren — Si vais a iros será mejor que lo hagáis cuanto antes. Es preferible que lleguéis antes de que se haga de noche en la Tierra.

— Sí, vamos.

Agachándose hacia la puerta que estaba a sus pies, fueron desconectando las botas y, agarrados al marco, se impulsaron hacia el interior del hangar. Algunos hombres más entraron.

— Los que no tengan traje, — dijo Karel — no paséis. Vamos a cerrar esta puerta para abrir la exterior. Aún no hemos instalado campos de fuerza en la puerta del hangar, así que no puede haber nadie sin traje.

Esperó que volvieran a salir antes de cerrar la puerta. Luego se dirigió hacia la lanzadera donde ya Torio y Kestar se estaban familiarizando con los mandos ayudados por Draken y Choral.

— La trayectoria está programada por completo, pero si tenéis que hacer alguna corrección, desde esta consola se controlan los alerones. ¡No intentéis usarlos en la reentrada!. Esperad a que la velocidad descienda a los mil ochocientos Km/h. Torio, si cambiáis de idea y decidís volver antes de entrar en la atmósfera podréis hacerlo con este mando, pero una vez entréis en la atmósfera no habrá marcha atrás. Tendréis una autonomía de vuelo de mil quinientos kilómetros, aunque he programado la reentrada para que se produzca directamente sobre la ciudadela Kander. Os hemos instalado una radio que rescatamos ayer de la nave. Podréis comunicaros con nosotros por el camino. O con la Tierra para avisar de vuestra llegada.

Karel entró en la cabina de mando.

— Torio, los hombres ya están asegurados en sus asientos. Puedes salir cuando quieras en los próximos quince minutos. El ordenador corregirá la trayectoria una vez que salgáis, pero no debéis tardar más de quince minutos o tendría que rehacer todos los cálculos.

— Sí. Karel, Draken me ha dicho que nos habéis puesto una radio rescatada de la nave. Gracias.

— Llamadnos si...

Karel se mordió los labios y salió de la cabina sin terminar la frase. Choral y Draken saltaron tras él para reunirse con Lodren que los esperaba junto a la puerta interior del hangar.

Se pusieron los cascos y se aseguraron, con cuerdas que sacaron del cinturón, a unas barras que corrían por la pared.

Lodren comprobó que la puerta de la lanzadera había sido cerrada antes de abrir las compuertas que comunicaban con el exterior. Durante apenas unos segundos sintieron la succión del aire al escapar del hangar para perderse en el vacío.

Un minuto más tarde, la lanzadera se soltó de sus enganches y comenzó a salir del hangar perdiéndose en pocos minutos en la eterna noche espacial.

Quedaron solos contemplando la puerta vacía a través de la cual se veía pasar el terrible fulgor de infinitas estrellas.

— Me siento mal. — murmuró Karel.

Choral le pasó el brazo por los hombros intentando consolarle.

Todas sus esperanzas iban en aquella lanzadera.

* * * * *

Apenas una hora más tarde estaban todos reunidos en el anfiteatro. Karel los había convocado para una reunión y los hombres sentían curiosidad por el motivo de la misma.

— Os he reunido a todos para informaros de nuestros planes. No podíamos decir nada antes pues no queríamos que los conocieran ninguno de los que volviesen a la Tierra y que pudiesen informar a los kander. Torio y los que han querido regresar con él han salido hace una hora así que no hay motivo para seguir guardándolos en secreto.

»Sé que algunos de los que os habéis quedado estáis esperando un mensaje de Torio para saber si podéis descender a la Tierra sin peligro. Quizás confiabais en quedaros en la estación hasta que los kander vinieran a rescataros. Lamento comunicaros que os quedaréis en Libertad, pero Libertad no se quedará aquí.

»Ayer rescatamos de la nave todo el material que pudimos traer. El resto lo lanzamos hacia aquí y llegará dentro de tres días. Lo recogeremos con la lanzadera y lo introduciremos en la estación.

»Entre el material que hemos rescatado se encuentran las cuñas gravitacionales y el propio motor iónico de la nave. Con este último hemos corrido un riesgo muy grande, podemos llegar a perderlo. Pero era un riesgo necesario.

»Lodren modificará las cuñas gravitacionales y las emplazará en la base de las torres. El campo generado por ellas rodeará toda la estación orbital. Anularemos la atracción gravitatoria que nos mantiene en el punto de Lagrange cinco, en órbita alrededor de la Tierra. Al hacerlo, la estación viajará en una trayectoria rectilínea en dirección a Júpiter. Según Isai Draikas hay allí varias bases y estaciones similares a ésta. Intentaremos encontrarlas para ver lo que podemos aprender de nuestros Antepasados. Entonces decidiremos lo que haremos a continuación. Pero hagamos lo que hagamos éste será, para siempre, nuestro hogar.

»Tardaremos varios meses en hacer el recorrido. Durante el viaje tendremos que fabricar espejos cada vez más grandes para que podamos recibir la misma cantidad de radiación solar. Tendremos trabajo, pero no demasiado. Tendremos tiempo para aprender todo lo que podamos de nuestros Antepasados. Aprenderemos de la vida de Isai Draikas cómo vivir en libertad, cómo sobrevivir en el espacio.

»Aprenderemos a luchar.

»Aunque nos repugne la violencia aprenderemos a luchar por las cosas que queremos y tal vez, algún día, podamos regresar a la Tierra y echar de ella a los kander.

»Ese planeta es nuestro y lucharemos por él, por volver a caminar por sus playas y sus bosques, por volver a contemplar el horizonte, las montañas, las tormentas y el arco iris.

»Recuperaremos la Tierra y seremos libres.

* * * * *

Torio estaba intranquilo. A lo largo de las últimas horas había hablado en dos ocasiones con Lodren, allá en Libertad, sin que hubiese conseguido, en cambio, contactar con la Tierra.

Faltaban unos diez minutos para penetrar en la atmósfera y aún no había habido respuesta del planeta.

Comprobó todos los parámetros que mostraba el ordenador en las pantallas. Draken había hecho un buen trabajo. También Lodren al diseñar la lanzadera. Bastaría cambiar los motores por otros de mayor potencia y sería capaz de volver a despegar para viajar de nuevo al espacio. Aunque era demasiado pequeña. Kander no cabría en ella. Necesitaría una nave más grande, como la nave exploradora.

"Es curioso." pensó. "No le pusimos nombre a la nave exploradora. Claro que ¿para qué?. Las cosas no necesitan nombre. Libertad no era una estación orbital, era un sueño.

Sin saber porqué, se sintió intranquilo. Había algo que no era capaz de identificar a pesar de resultarle vagamente familiar. Era como si estuviese a punto de recordar algo pero sin llegar a saber lo que era.

— ¿Kander?. — murmuró Kestar a su lado.

Se dio cuenta entonces. Era Kander. Volvían a sentir su presencia.

Una oleada de sentimientos les embargó. Sintieron Interés, Curiosidad, Alarma, Reconocimiento, Comprensión, Sorpresa...

Sin darse cuenta, Torio puso su mano sobre la palanca que le había indicado Draken. Aún no habían penetrado en la atmósfera así que esa palanca podría hacerlos volver a la estación si detectaban...

Sintieron Amor.

Torio se relajó al momento sintiendo que le embargaba una enorme sensación de Alegría.

Habían vuelto a casa.

   

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