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Bienvenidos a Libertad 20: Torio culmina con éxito un trabajo pero no siente como si hubiera triunfado. Cada vez tiene más dudas, pero no renuncia a volver a la Tierra.

Creada10-03-2013
Modificada15-06-2015
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Diciembre2

 

Bienvenidos a Libertad, Juan Polaino

Libertad 20

— Bien, Ticher, ¿preparado?

— Sí, Torio.

— Vigila las posibles derivaciones, y si las hay, corta la energía de inmediato.

Torio alzó una llave de potencia eléctrica. Durante unos segundos no ocurrió nada pero poco a poco comenzaron a oír un suave rumor.

El sonido de la maquinaria poniéndose en marcha aumentó lentamente hasta que, con un fuerte estruendo, las ruedas comenzaron a girar. Tras unos segundos el sonido disminuyó hasta convertirse en el rítmico golpeteo de los tacómetros que controlaban la velocidad de giro.

— ¿Alguna derivación?

Ticher frunció el ceño antes de responder.

— Pues... no.

— ¿Qué pasa?

— Es extraño, pero parece que está entrando más energía de la que nosotros estamos produciendo.

Torio, examinó el potenciómetro y lo comparó con otro que había a dos metros de distancia. No había mucha diferencia pero, efectivamente, entraba más energía de la que ellos producían.

— Los Antepasados debían tener acumuladores en alguna parte y, a pesar de los cuarenta años transcurridos, aún debe quedar alguna energía residual. No tiene importancia.

Volviéndose hacia la maquinaria, comprobó que no había ningún ruido extraño y que los engranajes encajaban perfectamente en su sitio.

— Poster, — dijo por radio — ¿todo va bien?

— Sí, Torio. Es fantástico.

— Avísame a la primera vuelta.

Torio permaneció con Ticher, examinando la maquinaria en movimiento. Unos minutos más tarde volvió a oir la voz de Poster.

— Torio, ya llega la primera marca. En este momento pasa ante mí y da la vuelta ¡ahora!.

Tras hacer algunos cálculos en su consola, Torio dijo.

— Unos cuatro kilómetros por hora. No está mal. Bien, Ticher, para los motores. Quiero hacer unas comprobaciones antes de avisar a Karel.

* * * * *

Karel fue el primero en subir por la escalera. Tras el aviso de Torio ordenó parar los trabajos en el hangar y todos descendieron al apeadero que había entre los dos tramos de escaleras. También los hombres que estaban construyendo la fábrica subieron por el camino del bosque y en ese momento no había nadie en la estación orbital que no esperase impaciente el momento en que Karel daría a Torio la orden de poner en marcha la maquinaria.

— Esto es una estupidez. — renegaba Lodren — Podríamos seguir trabajando varias horas más en lugar de estar aquí para esta ridícula exhibición.

— Hasta los kander nos hacían descansar de vez en cuando, Lodren. Llevamos diez días de un trabajo que a veces es agotador, todos necesitamos descansar y ésta es una ocasión especial. Además, lo que ha conseguido Torio nos beneficiará a todos, los hombres se sentirán menos cansados cuando lleguen al hangar y podrás hacerlos trabajar más duro.

— ¡Anda!, lo dices como si yo fuese un tirano. En fin, intentaré disfrutar de la fiesta, aunque malditas las ganas que tengo de andar dando saltos por ahí.

Karel sonrió para sí viendo a Lodren alejarse a pequeños saltos. La fuerza centrífuga generada por la rotación de la estación, en el apeadero emulaba media gravedad tan sólo. Aunque con un poco de práctica se podía caminar sin problemas, resultaba más fácil desplazarse a pequeños saltos. A Karel le recordaba la forma en que andaban los gorriones.

Torio estaba dando unas últimas instrucciones a Ticher y Karel no quiso interrumpirle, al fin y al cabo era su momento de gloria, habían tenido pocas cosas que celebrar desde su llegada y Karel había decidido que se lo habían ganado de sobra.

En ese momento los hombres estaban ocupando todo el pasillo inferior del apeadero y parte de las escaleras mecánicas. Observó que Choral estaba en un grupo formado por Draken, Tilo y algunos más comentando entusiasmados una jugada de balón—mano. Era curioso como en apenas unos días se habían organizado varios equipos de juego que pasaban casi todo el tiempo libre entrenándose y compitiendo en el campo deportivo del polo sur de la estación. Una vez, Choral volvió con una contusión en el hombro y eso le alarmó. Fue a observar un par de partidos y decidió que tendría que haber unas reglas que minimizasen el riesgo de colisión. También hizo que Choral diseñase unos protectores para la cabeza y las extremidades, las partes más expuestas a accidentes durante el juego. Algunos hombres protestaron, decían que con tanto protector perderían agilidad, pero cuando uno de los hombres se rompió la muñeca en un choque inesperado, Karel fue terminante: O se acataban las reglas y se llevaban protectores, o se terminaría el juego. Por supuesto, el juego continuó.

El resto de los hombres hablaban entre ellos produciendo una algarabía a la que Karel había tardado en acostumbrarse. En la Tierra, cuando asistían a una reunión de trabajo, los que no tuviesen quehacer solían permanecer en silencio, observando todo lo que ocurriese a su alrededor y procurando no molestar a los que estaban trabajando. Allí sin embargo, no había manera de conseguir un minuto de silencio. Muy pocos prestaban atención a lo que hacían Torio y sus hombres, la mayoría distraía la espera hablando en grupos reducidos mientras llegaba la hora en que Torio manifestase estar listo.

Unas voces exhaltadas le llamaron la atención. En el pasillo superior había también gente y por las voces reconoció a Dicas y Kestar.

— ¡ ...te vas a convertir en un simple jardinero!

— ¿ Y qué tiene de malo?. La bioquímica de las plantas es un campo que no se ha estudiado apenas, hay mucho que investigar y mucho trabajo que hacer aquí.

— ¿Trabajo? Trabajo es lo que tienes en la Tierra, investigación sobre procesos bioquímicos para resolver misterios del funcionamiento del cuerpo, sobre reacciones enzimáticas que pueden facilitar la criogenización de las células, sobre la genética de algunas bacterias cuya antiprogramación aún no ha sido totalmente resuelta...

— ¿A costa de qué?. Kestar, estoy tan asombrado como tú por todo lo que hemos descubierto pero Karel tiene razón. Y tú deberías darte cuenta. ¿Es que no recuerdas lo que hacíamos?

— ¡Investigábamos!. ¡Aprendíamos!. Descubríamos cosas que era necesario descubrir. Si te quedas con Karel no podrás completar el trabajo que llevas años realizando. Lo habrás tirado a la basura.

— Tal vez sea mejor así.

— ¿Qué?. ¿Cómo puedes decir eso?

— Nunca antes me había preguntado para qué investigábamos la criogenización. ¿Lo sabes tú?

— Porque era la Voluntad de Kander. ¿También has olvidado lo que eso significa?.

— No, pero me pregunto...

Un estridente silbido interrumpió todas las conversaciones y Karel lamentó que se produjese en ese momento pero al menos se alegró de saber que Dicas pensaba quedarse con ellos.

Volviéndose hacia Torio, vio que éste se acercaba con una consola en la mano.

— Karel, puedes dar la orden a Ticher cuando quieras.

— No. El mérito es tuyo. Da tú la orden.

Por un momento, Torio vaciló. Después abrió la consola y dijo sólo una palabra.

— Adelante.

Tras unos segundos oyeron un bajo rumor, el sonido de la maquinaria poniéndose en funcionamiento. Los travesaños de las escaleras que había ante ellos empezaron a moverse, unos hacia arriba y otros hacia abajo. Iban despacio, lo suficiente para poder agarrarse a ellos pero mucho más rápido que si estuviesen trepando. Era la segunda máquina de los Antepasados que conseguían hacer funcionar después de las bombas de suministro de agua pero no sería la última.

— Karel, ¿quieres subir?

Se acercó hasta unos centímetros de un leve escalón de donde surgían los travesaños y, con cuidado, puso los pies sobre uno de ellos. Se agarró con rapidez a otro travesaño que había ante su vista y en unos segundos había ascendido varios metros.

“No es difícil. En cuanto lo haga unas cuantas veces podré hacerlo con soltura.”

En la escasa gravedad, Karel recordó que allí pesaba la mitad que en el ecuador, no costaba apenas esfuerzo mantenerse firmemente agarrado a los escalones así que, tras comprobar que no había peligro de caer miró hacia abajo.

A unos cinco metros de distancia iba Torio que estaba ascendiendo para llegar a su altura, más atrás vio más hombres hasta que la curvatura del pasillo le impidió seguir viendo la escalera. Conforme ascendía su peso era cada vez menor.

— Como verás, — dijo Torio al llegar a su altura y ponerse a su lado — la velocidad de subida es de unos cuatro kilómetros por hora pero los motores se pueden graduar para adquirir hasta quince kilómetros por hora. Conforme los hombres vayan adquiriendo práctica en subir y apearse podríamos aumentar la velocidad hasta llegar a la máxima posible sin aumentar el riesgo de accidentes. Con todo y con eso, el tiempo para ascender desde el apeadero hasta la torre, o viceversa, se ha reducido a menos de cinco minutos en lugar de los casi quince que tardábamos antes.

» Ya casi estamos llegando a la torre y no sentimos apenas la fuerza centrífuga de la estación. Lo único que se nota en este momento es la fuerza de Coriolis conforme perdemos velocidad radial pero como la escalera está ligeramente inclinada hacia la izquierda, el componente vectorial de dicha fuerza se sigue confundiendo con aquélla.

» Ahora te recomendaría que, cuando la escalera llegue a su fin, te des la vuelta y te agarres al cable que hay encima de la escalera. Y luego será mejor que te apartes rápido a un lado, porque me parece que todos los demás se han subido también a la escalera. Espero que quepamos todos en el vestíbulo.

Por encima de ellos apareció por fin el final del pasillo. A pesar de lo que Torio le había dicho, Karel dejó pasar el pico de loro que pasó sobre él y esperó hasta que la lámina transparente que cubría los travesaños le impidiese seguir agarrándolos. Se dio la vuelta entonces y se agarró al cable para frenar, aunque pudo comprobar que, si no se llega a agarrar al cable, hubiera seguido flotando en línea recta hasta pasar por el pasillo que había enfrente.

Torio había frenado unos metros antes pero ya se había soltado para apartarse de la trayectoria de los hombres que venían detrás. Él hizo lo mismo y se encontró flotando en el vestíbulo en medio del alboroto de los hombres que, no habiendo sido avisados, empezaron a chocar entre sí.

— ¡ Eh, cuidado !.

— ¡Apartaos!.

Poco a poco fue cayendo hacia una de las paredes del vestíbulo, aquella de la que salían los tres pasillos que iban al interior de la estación. Controló la caída para saltar de rebote hacia un lugar donde se pudiese agarrar y, al ver el caos que se había formado en apenas un minuto, estalló en una estruendosa carcajada.

Al menos veinte hombres estaban flotando en medio del vestíbulo y otros tantos se habían colado por el pasillo que daba a la torre. Algunos ascendían por el cable para regresar al vestíbulo y chocaban con los que aún estaban subiendo por la escalera. La velocidad a la que llegaban no era excesiva y no había riesgo de que nadie resultara dañado pero los choques y tropezones se sucedían en medio de un maremagnum de brazos y piernas que se movían en todas direcciones intentando asirse a cualquier sitio.

Vio a Choral pasar por su lado pero aunque estiró el brazo con rapidez no pudo alcanzarle. No importaba, Choral se agarró a la pierna de Lodren que estaba braceando inútilmente por agarrarse a cualquier sitio. Lodren puso cara de espanto cuando vió que estaba girando hasta que Choral le soltó a tiempo para desviarse hacia la pared en la que se encontraba Karel.

— ¡Uff! — exclamó al llegar a su lado — Vaya la que se ha organizado.

Cuando todos los hombres, incluido Lodren, estuvieron por fin agarrados a algún sitio estable y dejaron de flotar a la deriva, Torio volvió a hablar.

— No sé cuál será la velocidad óptima de la escalera pero si podemos hacerla funcionar a nueve kilómetros por hora, el tiempo necesario para llegar desde el apeadero hasta aquí será sólo de dos minutos: diez veces menos de lo que hemos tardado hasta ahora. Ahora bien, en llegar desde el refugio hasta el apeadero tardamos unos veinte minutos andando. No es un tiempo excesivo, pero si consiguiésemos que volvieran a funcionar las escaleras mecánicas desde el río al apeadero ahorraríamos más de diez minutos de tiempo. He examinado el mecanismo que controla el funcionamiento de las escaleras mecánicas y es más complicado y requiere bastante más energía pero pienso que en dos o tres días podríamos conseguir que volviesen a funcionar.

— No lo creo necesario de momento. Como bien has dicho el camino desde el río al apeadero es un paseo relajante que no llega a cansar a nadie. Además, ya hemos terminado el hangar y tenemos que dedicar todos los esfuerzos a construir la lanzadera y para eso harán falta todos los hombres.

— Bien, supongo que podremos hacerlo cuando terminemos de construir...

Torio se detuvo pero no sin que antes Karel se diera cuenta de lo que estuvo a punto de decir.

— Es decir, supongo que eso será lo que hagamos dentro de varios meses cuando volvamos a la estación y... y vosotros os halláis ido.

Las últimas palabras las dijo tan bajo que Karel y Choral apenas pudieron oírle.

— No obstante, — prosiguió — aún nos queda recorrer más de un kilómetro desde aquí hasta el hangar. En pocos días hemos conseguido una cierta soltura y podemos trepar por los cables a unos cinco kilómetros por hora, lo que supone algo más de diez minutos, pero sigue siendo un recorrido incómodo, sobre todo si tenemos que llevar carga. Así que he pensado que si conseguimos hacer funcionar los cables a diez km/h ¡y además seguimos trepando por ellos podremos alcanzar fácilmente más de quince km/h!. ¡Menos de cuatro minutos!.

Sin esperar respuesta de Karel, Torio abrió la consola de su brazo.

— Poster: Adelante.

Los hombres que se hallaban agarrados a alguno de los varios cables que atravesaban el vestíbulo se soltaron al notar cómo éstos empezaban a moverse. Algunos quedaron flotando en medio de la sala pero fueron cayendo lentamente hacia la pared donde se encontraba Karel. Las secciones de colores que había en los cables empezaron a moverse con lentitud y poco a poco fueron acelerando.

— Karel, si no te importa, me gustaría que te agarraras al cable que va hacia la torre. Sólo va a cuatro km/h pero conforme vayamos adquiriendo práctica lo haremos ir cada vez más rápido. Sólo tienes que fijarte en las desviaciones. Esto lo digo para todos los que vayan a subir hasta los hangares. Cuando veáis que un cable está a punto de terminar siempre habrá, unos diez metros antes, una barra circular giratoria que os permitirá cambiar de dirección para agarraros a un nuevo cable. Estad pendientes pero si falláis una desviación tampoco hay motivo de alarma. Por el diseño de las barras y rampas que se cruzan con los cables es prácticamente imposible hacerse daño en ninguna parte del recorrido.

Karel estaba sorprendido. Aunque Torio le había informado de que había conseguido hacer funcionar las escaleras, no le había dicho nada de los cables. Nunca le habían gustado las sorpresas pero ésta, desde luego, era una sorpresa muy agradable.

Saltó con suavidad los diez metros que le separaban del cable que le había indicado Torio. Era el mismo al que se había agarrado para frenar y del que tuvo que separarse con rapidez para apartarse de la avalancha de hombres que se le venían encima. Se agarró y apenas sintió más que un leve tirón que lo impulsó hacia una de las habitaciones que había bajo la torre.

Tal como Torio le había dicho, el cable se introducía por un orificio al fondo, pero unos metros antes había una barra circular que en su punto más cercano llegaba hasta un metro del cable. Hizo el cambio sin dificultad y trazó una suave curva que le condujo hasta un metro de distancia del cable que ascendía hacia la torre. De nuevo hizo el cambio y unos segundos después penetraba en la torre, ascendiendo con lentitud. Torio iba tras él y, unos metros más abajo iban más hombres aunque se dio cuenta de que en la base de la torre algunos hombres no habían realizado correctamente el cambio de cables y se encontraban flotando a la deriva.

Karel se soltó del cable y siguió desplazándose a la misma velocidad que éste aunque el aire le frenaba un poco. Volvió a agarrarse y probó a trepar como había hecho siempre. La única diferencia que notó era que el aire le acariciaba el rostro con más velocidad que antes, pero no le costaba más trabajo ascender y sin embargo notaba que iba mucho más rápido. Al mirar hacia arriba empezó a ver barras circulares situadas de trecho en trecho. Todas estaban más o menos por el mismo cuadrante de la torre para dejar los otros tres libres de obstáculos, todas pasaban a un metro de distancia del cable, por lo que sería sumamente fácil agarrarse a cualquiera, y todas conducían a diversos pasillos, cada uno de los cuales comunicaría con una de las fábricas que había alrededor de la torre. A unos tres metros de distancia bajaba el otro cable, en paralelo, en dirección a la estación.

Aunque iban despacio, el tiempo se le hizo corto hasta que llegaron al extremo de la torre. Se agarró a la última barra que le dirigió en una suave curva hasta el pasillo del hangar pero se detuvo antes de entrar en él y observó a los hombres que llegaban. Éstos venían a distancias irregulares pues algunos habían trepado por el cable en movimiento mientras que otros no.

Torio fue el primero en llegar a su lado. Draken, Choral y casi todo el grupo de los que jugaban a balón—mano llegaron a continuación. Los demás iban cada vez más espaciados y algunos de ellos erraron al intentar cogerse a la barra por la que ellos habían descendido y fueron a chocar con una superficie que los desvió sin brusquedad para apartarlos de los cables.

Cuando todos llegaron al extremo, Karel esperó unos minutos a que se calmaran y dijo procurando que todos lo oyesen.

— Torio, te felicito. Esto nos ahorrará bastante tiempo en los desplazamientos al hangar y hará que todos regresemos con más comodidad a nuestras casas cuando terminemos el trabajo. Creo que hablo por todos al decir que te estamos agradecidos.

Torio se ruborizó ante la alabanza que fue secundada por los murmullos de todos los hombres que allí se encontraban. Por un momento se sintió halagado. Estaba orgulloso de lo que había hecho y satisfecho de haber sido útil a los demás.

Esperó algo más pero no llegaba. Un minuto después la satisfacción que sentía desapareció y fue sustituida por un sentimiento de culpa que le impidió seguir disfrutando del jolgorio general.

* * * * *

Torio no podía dormir. Tras varias horas intentándolo sin conseguirlo había decidido salir a pasear por la orilla del río. Después de dar una vuelta completa a la estación, en lo que empleó poco más de una hora, cruzó la ciudad y caminó lentamente por un sendero que cruzaba el bosque. La brisa agitaba las ramas secas de los árboles produciendo un sonido que le provocaba escalofríos. De vez en cuando oía alguna rama romperse y caer. Llegó a un claro del bosque desde el que podía ver, como un valle extendido ante él, la ciudad que dormía.

Había dejado encendida la luz de su casa.

Encogiéndose de hombros empezó a recoger ramas del suelo amontonándolas en medio del claro. Acercó varias piedras disponiéndolas en círculo y dentro formó un montículo con las ramas más finas cubierto de otro de ramas más gruesas. Dejó a mano varios troncos y limpió la zona alrededor eliminando las ramillas que hubiese. Por último cogió la linterna y, cerrando el foco al mínimo, apretó el botón que convertiría la inofensiva luz en un rayo láser. Unas minúsculas llamas empezaron a lamer las secas ramas propagándose de una a otra hasta acariciar las ramas más gruesas.

Al ver que el fuego empezaba a agarrarse a éstas, apartó una piedra para que entrase la brisa y las llamas se extendieron con rapidez.

Un minuto después empezó a echar troncos y, cuando éstos también agarraron, volvió a colocar la piedra en su lugar.

Resguardada del aire la base de la hoguera, las llamas apenas ascendían manteniendo unos abrasadores rescoldos que conservarían su calor durante varias horas.

La luz de la hoguera iluminaba el claro haciéndolo destacar y sumiendo en la oscuridad el resto del paisaje.

Y por un brevísimo instante un nuevo resplandor pareció iluminar la estación, el brillo de la hoguera reflejado en una lágrima que cayó de las mejillas de Torio.

* * * * *

— ¿Es que no puedes hacer nada bien?.

— ¡Yo no tengo la culpa!. Lodren me dijo que había que soldar esas placas y es lo que he hecho.

— ¡Pero primero había que bañarlas en ácido pentaglialténico para activar los biocircuitos lógicos!. ¿Cómo vamos a darles el baño ahora?.

Tador bajó la vista avergonzado y a punto de romper en llanto. Todos se habían vuelto ante las voces de Torio y contemplaban asombrados la escena.

Llevándose las manos a la cabeza, Torio se dio media vuelta alejándose de Tador.

— ¡Ticher!. Ven conmigo. A ver si podemos arreglar este estropicio.

Se alejaron hacia la puerta de la nave bajo la mirada disgustada de Karel. Éste había notado que en los últimos días Torio se exasperaba con facilidad y más de una vez había tenido que hacer un esfuerzo para no amonestarle delante de sus hombres. Era lógico que alguien cometiese un error de vez en cuando, era algo con lo que había que contar y para eso estaban los exhaustivos controles de calidad a que sometían todos los componentes. Cierto que allí tenían que ser sumamente cuidadosos pues ya Dicas había avisado que había una tremenda escasez de ciertos elementos necesarios para sintetizar algunas neuroenzimas, pero eso no justificaba la forma en que Torio había amonestado a Tador.

El caso es que no era Torio el único que parecía irritado, algo parecía cernirse sobre ellos y Karel aún no estaba seguro de qué era lo que estaba pasando pero sí se daba cuenta de que, fuera lo que fuese, les estaba afectando a todos.

Choral y Poster se habían acercado a Tador para intentar consolarle y Lodren había hecho volver a los demás al trabajo. Karel volvió al diseño que tenía en pantalla. Acababa de transmitir los datos al brazo robot y estaba ejecutando una simulación para ver el resultado antes de proceder a trabajar con planchas metálicas reales. Satisfecho del resultado, conectó el alimentador de láminas y lo puso bajo el control del robot. Transmitió la orden de inicio y una lámina se deslizó hasta posarse sobre unas guías. El brazo robot descendió y disparó un rayo desintegrador que fue dibujando el primer diseño previamente programado. En primer lugar se grabó el número y la descripción de la pieza, junto con un dibujo de la situación física donde se había de ensamblar. A continuación se perforaron varios agujeros, unos rectangulares, otros circulares, y al lado de cada uno, en letras más pequeñas, el numero de la pieza que se había de ensamblar. Por último se perforó el perfil y la pieza, separada ya de la plancha de la que había nacido, se elevó para deslizarse hacia una bandeja lateral.

Los trozos restantes fueron recortados en rectángulos de unos centímetros de largo para dirigirse por una cinta continua hacia un recipiente donde se almacenarían. Cuando el recipiente estuviese lleno de recortes, éstos serían echados en un caldero para fabricar más planchas.

Karel detuvo el brazo robot y tomó la primera plancha que había surgido de sus entrañas. Los bordes habían quedado perfectamente biselados para evitar cortes, cada perforación tenía grabado al lado el código y la descripción de la pieza que tenía que encajar en él y en la parte superior izquierda un rectángulo identificaba la pieza en sí, así como un esquema de la posición que debía ocupar dentro de la maquinaria del motor de la lanzadera.

Volvió a dejar la plancha en su sitio e hizo que el robot continuase su trabajo fabricando, una tras otra, todas las láminas que Lodren había diseñado.

— Ober, controla el funcionamiento de la laminadora y avísame si hay algún problema.

— Sí, Karel.

Se alejó hacia Lodren que, con Dicas, estaba en la sección de baterías. Esta sección casi siempre olía bastante mal por lo que antes de entrar se colocó una mascarilla que le protegiese en parte del olor.

— Lodren, ¿cómo va todo?.

— ¿Cómo quieres que vaya?. Mal. Llevamos atraso en varias etapas y encima hemos tenido que desmontar dos baterías que estaban mal montadas.

— Las baterías no estaban mal montadas pero ya te dije que no tenemos suficiente flúor para fabricar enzimas restrictoras y es lo que hace que las nuevas baterías se agoten con tanta facilidad.

— ¿Facilidad?. Las últimas baterías que cargaste se agotaron en menos de diez días. Sólo sé que nos queda energía para menos de un mes y si no resuelves pronto ese problema...

— Bueno, Lodren, está bien. —interrumpió Karel— ¿Qué demonios te pasa?.

— Pues me pasa que muchos de mis hombres no prestan la debida atención en el trabajo, que cometen descuidos estúpidos y que encima se irritan si les llamo la atención.

— Yo no estoy irritado. —replicó Dicas— sólo te he dicho que estoy haciendo todo lo posible con los escasos medios de los que disponemos pero tú no pareces enterarte...

— No lo entiendo, Dicas. — intervino Karel — ¿Dices que no hay suficiente flúor?. ¿Le has preguntado al ordenador?.

— No ha hecho falta, en todo el material que rescataste de la nave sólo había un contenedor de elementos básicos y en él sólo había unas pocas cápsulas de flúor que ya están casi agotadas.

— Dicas, Diren encontró varios depósitos de compuestos fluorados en las depuradoras de agua. Están inventariados en el ordenador. ¿No le has preguntado?.

— Pues... no. — contestó Dicas, azorado — No sabía que...

— Es que tu obligación no es saberlo, — interrumpió Lodren — sino pedir lo que necesites al ordenador y él te dirá lo que hay y dónde hay, si es que ha sido inventariado. Esto es lo que pasa cuando no se hacen las cosas como es debido, si no tenías flúor suficiente tenías que haberle preguntado al ordenador y no estaríamos como estamos en estos momentos.

— Bueno, Lodren, cálmate.

— ¿Calmarme?, ¿Cómo quieres que me calme si estamos perdiendo el tiempo en tonterías cuando deberíamos estar mucho más adelantados en la construcción de...?

— ¡Lodren!. ¿Te estás viendo?.

— ¿Qué quieres decir?.

— ¿Cómo es que estás tan irritado?.

— Yo no estoy irritado, pero me gustaría que las cosas se hicieran bien. Aunque fuera por una sola vez en la vida.

— Basta, Lodren. Llama a Diren y Torio: tendremos una reunión dentro de media hora. Que todo el mundo termine el trabajo que tenga entre manos y se vaya a descansar.

— ¿Estás loco?. Si no hubiera nada que hacer, pase. Pero estando en la fase de ensamblado y quedando aún cinco horas de...

— ¡Es una orden, Lodren!. ¿Me has entendido?.

— ¡Sí, maldita sea!. ¡Te he entendido!. Toper, Kestar, ...todos. Dejad lo que estéis haciendo en este momento y largaos. ¡Se acabó el trabajo por hoy!

Karel apretó los puños a sus costados y contuvo la respiración mientras recitaba los Mandamientos Kander.

* * * * *

— Parece que en estos veinte días de trabajo hemos avanzado bastante. El casco de la lanzadera está casi terminado y estamos iniciando la fabricación de los componentes internos. Nos encontramos con problemas y los vamos resolviendo según se presentan. Entonces ¿qué es lo que está pasando?.

Diren los miró a todos extrañado. Le había sorprendido que se convocase una reunión con tanta urgencia que hubiera tenido que dejar a la mitad su trabajo en el hangar. Aún más le sorprendía la actitud de Lodren y Torio. Ambos estaban inmersos en un absoluto mutismo, ni siquiera le habían saludado cuando entró en el salón de la casa de Karel.

— ¿Qué quieres decir, Karel?.

— Aquí, estos dos jefes de equipo están siempre de mal humor, regañando a sus hombres por motivos nimios y demostrando un mal genio impropio de su grado.

— No son motivos nimios, Karel. —replicó Lodren— Estamos construyendo, o intentándolo al menos, una lanzadera para que regresen a la Tierra los hombres que lo deseen. Cualquier detalle, por nimio que te pueda parecer a tí, puede provocar la muerte de todos ellos así que no hay “detalles nimios”. En cuanto a mi genio, es el mismo de siempre. Me molesta la incompetencia, y desde que me asignaste la mitad del equipo de Pactor esa incompetencia ha llegado a extremos tales que no puedo confiar nada a mis hombres sin tener que supervisarlo yo. Eso es lo que está pasando.

— ¿Quieres decir que los hombres de Pactor eran incompetentes?. Pactor ha dirigido su equipo durante muchos años y nunca me ha dado esa sensación. Al contrario, era capaz de dirigirlos sin necesidad de andar dando voces como haces tú siempre.

— ¡Así le iba!. En los últimos años bajó su productividad. Recuerda que estaba previsto que trajésemos cuatro lanzaderas y él no fue capaz de terminar más que dos. No sé cómo se las apañaba porque desde luego sus hombres son unos incompetentes y lo malo es que están contagiando a los míos.

— ¿Opinas tú igual, Torio?.

— Sí, Karel. Desde que me asignaste varios hombres de Pactor he tenido que aumentar la supervisión de todos los trabajos. La verdad es que he llegado a estar tan harto que... Bueno, ya lo has visto hoy.

— ¿Y tú, Diren?.

— ¡Por supuesto que no!. Sólo me has asignado siete hombres de Pactor pero son tan competentes como el que más y me resulta difícil creer que por pura casualidad me hayan tocado a mí los mejores. No me lo creo.

— Entonces ¿cómo te explicas lo que les pasa a Torio y Lodren?.

— No me lo explico. Quizás están manejando más hombres de los que son capaces.

— ¡Ja!. —exclamó Lodren— En la Tierra he llegado a dirigir más de trescientos hombres y nunca había tenido tantos problemas como tengo aquí con treinta.

— Diren, ¿cómo manejas tú a tus hombres?.

— Como siempre, Karel. Les doy órdenes. Espero que obedezcan. Recibo sus informes. Aunque nunca había sido jefe de equipo hasta ahora, sí que he dirigido a pequeños grupos de manera provisional cuando ha hecho falta y nunca he tenido ningún problema como el que mencionáis.

— ¿Y no cometen errores?.

— Pues claro que sí. Por la tarde, cuando llevamos más de diez horas de trabajo, empiezan a reducir su rendimiento por eso les encargo los trabajos más importantes por la mañana y dejo para la tarde las tareas menos cansadas y en las que un error o una distracción no implique problemas graves.

— ¿Cómo?. — preguntó Lodren.

— ¿Qué quieres decir con que disminuye su rendimiento?.

— Bueno, es lógico. Casi todos los días trabajamos unas doce o quince horas. Llega un momento en que estás tan agotado que no puedes prestar atención a los detalles, cometes errores, tienes menos ganas de hacer las cosas...

— Un momento, que yo me entere. — interrumpió Lodren — Siempre que ha sido necesario hemos trabajado entre doce y quince horas diarias y nunca he visto que disminuya el rendimiento de los hombres. ¿No estarás equivocado?.

— No lo sé, Lodren. Lo único que sé es que desde hace años organizo mis tareas de esa forma y me ha dado buen resultado. Cuando he tenido hombres a mi cargo he actuado de la misma forma.

— ¿Desde cuando?. — preguntó Karel.

— Desde que me has puesto al mando de los trabajos del hangar.

— No. Quiero decir, ¿desde cuándo organizas tu trabajo de esa forma?.

A Diren le pareció una pregunta estúpida. La verdad es que había olvidado cuándo empezó a hacerlo así, pero al ver la cara de Karel se dió cuenta de que para él era importante conocer la respuesta. Diren intentó recordarlo. Eran más de cinco años, desde luego. ¿Diez?. De repente abrió los ojos con sorpresa.

Al ver el gesto de sorpresa de Diren, Karel estalló en una carcajada que sorprendió a Lodren y Torio.

— Bueno, ¿cuál es el chiste?.

Karel ignoró la pregunta de Lodren.

— ¿Lo entiendes, Diren?.

— No estoy seguro. Creo...

— Deja que lo explique yo, y luego dime si me equivoco. Hace doce años descubriste que podías ocultar tus emociones a los kander. Al principio lo harías inconscientemente, y no siempre, pero después te esforzaste en pasar desapercibido. Bueno, pues lo conseguiste. Digamos que te volviste invisible para los kander.

» Algún tiempo más tarde notaste que bajaba tu rendimiento en el trabajo. Cuando llevabas diez horas trabajando te distraías, perdías la capacidad de concentración, cometías errores.

» Eso te disgustaba y tú tenías que ocultar ese disgusto para que los kander no lo percibiesen, así que ensayaste diversas formas de soportar quince horas de trabajo sin que tus emociones te traicionaran. Al final encontraste el sistema que has seguido hasta hoy sin acordarte siquiera de por qué estableciste ese sistema.

» ¿Fue así como ocurrió?.

— Sí, pero nunca...

— ¡Pero, bueno!. ¿Queréis decirnos de una vez de lo que estáis hablando?.

— Es evidente, Lodren. Trabajamos demasiado. Ningún hombre puede soportar quince horas de trabajo seguidas durante veinte días consecutivos. Por eso todos estamos cansados, agotados, cometemos errores y nos irritamos con tanta facilidad.

— Pero en la Tierra siempre...

Lodren se detuvo, comprendiendo por fin.

— En la Tierra — explicó Karel — estábamos controlados por los kander. Podíamos trabajar durante quince o más horas. Durante veinte o cuarenta días seguidos. Cuando nos sentíamos cansados, los kander nos animaban. Cuando no teníamos ganas de seguir, los kander hacían que las tuviéramos. Cuando nos irritábamos, los kander nos tranquilizaban.

— Y ahora que no está Kander...

— Exacto. Ahora que no está Kander no podemos soportar ese ritmo de trabajo sin pagar las consecuencias. Tendremos que reorganizar nuestro sistema de trabajo, no sé, hacer turnos de descanso...

— Ni hablar. En este momento ya vamos con atraso, si reducimos las horas de trabajo podemos llegar a tardar el doble de lo previsto.

— No necesariamente. — dijo Diren — Lodren, no deberías confundir cantidad con calidad. Seguro que en este momento gastas casi una cuarta parte de tu tiempo en corregir errores y supervisar el trabajo de tus hombres.

— Más. Bastante más.

— Estoy seguro de si reducimos la jornada laboral, los hombres lo agradecerán. Se distraerán menos, cometerán menos errores y en general aumentará la productividad.

— Eso son fantasías. No veo cómo trabajando menos horas vamos a...

Karel dejó de prestar atención a la conversación al fijarse en Torio. Desde hacía unos minutos no había dicho nada y se dio cuenta de que estaba pálido.

— Torio, ¿te encuentras bien?.

Torio hizo un esfuerzo por volver a la realidad. Durante el último minuto había estado apretando los brazos del sillón en que se sentaba y tuvo que ordenar a sus dedos que se relajaran. Consiguió ponerse en pie pero aunque aún era de día no conseguía ver con claridad el camino hacia la puerta. Alzó las manos para limpiarse los ojos y se sorprendió al notar que tenía las mejillas mojadas.

— ¿Torio?.

— Es mentira.

Comenzó a caminar hacia la puerta pero se detuvo al chocar con el borde de la mesa. Volvió a limpiarse los ojos.

— Torio, espera, no te vayas.

Sin hacer caso a Karel, Torio reemprendió el camino hacia la puerta deteniéndose sólo al ver una sombra en su camino.

— Torio, por favor, espera.

— Es mentira. ¡Es mentira! ¡¡¡ES MENTIRA!!!

Karel no se apartó cuando Torio alzó los puños y comenzó a darle golpes en el pecho. Aguantó hasta que los golpes comenzaron a debilitarse y después estrechó a Torio en un protector abrazo. Hizo una señal a Lodren y Diren para que se fueran y Lodren estuvo a punto de decir algo, pero se contuvo ante un brusco gesto de Diren. En silencio salieron de la habitación dejando a Torio sollozando débilmente en brazos de Karel.

* * * * *

Torio tomó el vaso de las manos de Karel y lo apuró de un solo trago. Karel lo recogió y trajo otro de la cocina pero éste lo mantuvo en las manos sin probarlo.

No recordaba haber visto salir a Diren ni Lodren. Un rato después llegó Choral pero se fue enseguida ante un gesto de Karel. Desde entonces no había dicho nada, había permanecido en silencio, encogido en el sofá y sollozando. Sólo en los últimos minutos había sido capaz de incorporarse.

Karel había estado allí todo el tiempo, abrazándole cuando estaba más dolido, consolándole en silencio, atento a sus movimientos.

¿ Cómo había sabido que tenía sed?.

Y aún estaba allí, sin hacer el menor ruido, como si supiese que necesitaba silencio. Silencio y tiempo. Tiempo para pensar, para decidir, para recordar.

— No lo sentí.

— ¿Que es lo que no sentiste?.

Torio tomó un sorbo de agua antes de responder.

— Hace años, yo estaba en el equipo de Pactor. Fabricábamos todo tipo de herramientas, desintegradores, linternas, ordenadores, vehículos de todo tipo. Una vez, Pactor vino con un nuevo proyecto, los aerodeslizadores. Todos estábamos entusiasmados, si conseguíamos fabricarlos tendríamos un vehículo capaz de desplazarse a altas velocidades por cualquier tipo de terreno sin llegar a tocarlo. Durante semanas, Pactor y Lodren se reunían durante horas todos los días para resolver el problema, diseñar motores, buscar soluciones.

» Era un problema difícil. Las cuñas gravitacionales sólo afectan a las masas que hay dentro del campo que generan, pero el tamaño de un campo que englobase todo el vehículo requeriría una cuña no demasiado grande pero sí con un gran consumo de energía. Trabajamos en la miniaturización de los componentes, todos los días hacíamos experimentos para intentar reducir el tamaño de las baterías. Incluso se redujo el tamaño del campo para que no englobase a todo el aerodeslizador, sino sólo a unas esferas metálicas incrustadas en el chasis y que soportarían al resto del vehículo.

» Llegamos al límite. A pesar de todos nuestros esfuerzos no conseguimos baterías que tuviesen un tamaño más o menos portable y con la suficiente potencia para alimentar las cuñas durante más que unos pocos minutos.

Torio volvió a tomar otro trago de agua.

— No sé a quién se le ocurrió la solución, creo que fue a Lodren. Al fin y al cabo no teníamos que elevarnos a mucha altura así que, ¿porqué no utilizar campos de inducción?. Éstos no servirían de nada mientras el vehículo estuviese detenido, pero una vez superada una velocidad crítica podrían activarse y desconectar las cuñas gravitacionales. Y al frenar se desactivarían para volver a conectar aquellas.

» Así, en un recorrido de media hora, las cuñas sólo llegarían a estar encendidas durante unos segundos al principio y al final, el resto del tiempo nos desplazaríamos con campos electromagnéticos que consumen mucha menos energía.

» Nos pusimos manos a la obra y en tres semanas tuvimos listo el primer prototipo.

» Hubo problemas aerodinámicos, a altas velocidades se perdía estabilidad así que se tuvieron que añadir giroscopios.

» No sé si sabes como funciona un giróscopo, es una masa metálica en forma de esfera, cilindro o rueda atravesada por un eje. Se hace girar esa masa a alta velocidad, mil revoluciones por segundo, por ejemplo. Entonces el eje permanece fijo, hace falta mucha fuerza para inclinarlo. Teóricamente, si el giroscopio está montado en una mesa con tres patas, podemos quitar una pata y la mesa no se inclinará. Podemos quitar la segunda y aunque la mesa sólo tenga una pata, aunque esté en un equilibrio imposible, no se inclinará. Al quitar la tercera pata, la mesa caerá al suelo, pero ni aún así llegará a inclinarse hacia ningun lado.

» Se me ocurrió una idea. ¿Qué ocurriría si la masa metálica estuviese magnetizada?. En lugar de acelerarla mecánicamente podríamos acelerarla mediante campos magnéticos, no harían falta los engranajes que utilizábamos en aquella época para transferirles la velocidad. Durante varios días estuve haciendo cálculos hasta convencerme de que podría funcionar. Me costaba creerlo pero de mis cálculos se deducía que con mucha menos energía se podrían conseguir velocidades de giro cien y hasta mil veces más elevadas.

» El ahorro energético era importante pero me pregunté que pasaría cuando ya no hiciese falta el giróscopo, cuando se apagasen los motores. La esfera seguiría girando, perdiendo velocidad lentamente hasta detenerse pero tardaría muchas horas en hacerlo, quizás varios días. ¿Y si fuese posible recuperar la energía cinética de la esfera conforme se detuviese?. Cuando me dí cuenta de lo que había pensado me sorprendí por las implicaciones. El aerodeslizador no tendría que llevar pesadas baterías que produjesen energía sino varios giróscopos que actuarían al mismo tiempo como estabilizadores y como acumuladores eléctricos. Por la noche, cuando no se usasen, se podrían acelerar los giróscopos hasta cientos o miles de revoluciones por segundo usando baterías normales, y por el día toda esa energía cinética acumulada podría reconvertirse casi sin pérdidas en energía eléctrica que alimentase a las cuñas y a las bobinas electromagnéticas.

» Desarrollé la idea durante dos días más antes de comunicársela a Pactor.

» Le entusiasmó.

» Trabajamos sin descanso, improvisábamos, reinventábamos cosas que no servían. Fueron dos semanas agotadoras que acabaron en un rotundo éxito.

Torio observó el vaso, de nuevo vacío, que tenía en las manos. Lo que había contado había servido para distraerle de lo que tenía que decir, y esto era tan doloroso que de nuevo sintió que las lágrimas volvían a sus ojos.

— ¿Nunca lo has sentido, Karel?. Cuando haces un trabajo bien hecho, ¿no has sentido el Éxtasis, la Satisfacción plena, la Felicidad completa que te embarga haciendo que todo en el universo encaje en su sitio, llenándote de...?.

Torio se detuvo, incapaz de seguir. Se secó las lágrimas y permaneció en silencio observando un invisible horizonte.

Karel le cogió el vaso de las manos y fue a la cocina a rellenarlo.

Cuando volvió a sentarse frente a él, Torio parpadeó y salió de su ensoñación.

— Volví a sentirlo varias veces, cada vez que terminaba un proyecto bien hecho. Ni el sexo, ni el amor, ni el estudio, ni los juegos, no hay nada que se pueda comparar a esa sensación.

» ¡Y yo intentaba provocarla!.

» Cada vez que finalizaba un proyecto hacía lo posible por encontrar otro que pudiese interesar a Kander. Me tiraba días y días pensando y estudiando a la espera de que se me volviese a ocurrir otra idea que pudiera hacerme sentir de nuevo esa sensación. ¿No lo has hecho tú?.

» Sí, todos lo hemos hecho. Siempre intentando conseguir el Premio, el Éxtasis absoluto, la Felicidad suprema.

» Quizás era eso lo que esperaba cuando conseguí que funcionaran las escaleras mecánicas. No lo sé. El caso es que cuando me felicitaste delante de todos los hombres me sentí orgulloso del éxito conseguido. Me sentí satisfecho, ¡lo había conseguido!.

» ...

» Pero no lo sentí.

Torio guardó silencio y Karel supo que había terminado. Comprendía la forma en que Torio debía sentirse porque también él había intentado muchas veces conseguir el Premio y se dio cuenta de repente de que efectivamente era eso, un premio.

Un premio de los kander.

Cuando Lodren le explicó en cierta ocasión cómo se podían condicionar a algunos animales para que reaccionasen de una forma determinada a determinados estímulos, lo entendió pero pensó que eso no funcionaría con los hombres.

Ahora se daba cuenta de que sí funcionaría.

Había funcionado durante cuarenta y dos años.

Premio y castigo. Los kander premiaban las buenas acciones con alegría, placer, éxtasis. Y castigaban las malas con pena, remordimientos, miedo.

Condicionamiento.

— No creo que volvamos a sentirlo nunca. — dijo Karel.

Y se sorprendió al pensar que no lo echaría de menos.

Mientras Torio permanecía en silencio y se iba tranquilizando, Karel no pudo evitar rememorar todo lo que habían pasado desde que llegaron a la estación. Habían sufrido la muerte de Kander, habían descubierto terribles verdades, habían sentido miedo de las sombras del pasado y terror de las del futuro. Y en todo momento habían actuado dirigidos por ese miedo.

Al perder a Kander perdían muchas cosas, Karel había decidido huir porque pensaba que regresar a la Tierra les llevaría a perder también la vida.

Perder, siempre perder.

( no sé qué será mejor )

Sí, ahora sí lo sabía.

— ¿Sabes, Torio?. Hace varios años amé con profunda pasión a un hombre. No sé si lo llegaste a conocer, era Tanis. Éramos muy distintos, pero al mismo tiempo muy parecidos. No nos gustaban las mismas cosas y nuestras opiniones casi nunca coincidían en nada. Varias veces nos separamos, cuando estábamos hartos de discutir, y a la semana siguiente volvíamos a estar juntos porque a pesar de todas nuestras diferencias, cuando estábamos juntos éramos felices. Podíamos hablar de muchos temas, discutir incluso, pero estar separados unas horas nos hacía sentir vacíos. Y sin embargo, siempre que tenía una oportunidad se apuntaba a cualquier viaje de estudios que se planease. Decía que lo hacía para tener el placer de reencontrarme a su vuelta pero yo no lo creía. En realidad pienso que le gustaban esos viajes de estudio a las ciudades de los Antepasados para aprender sobre ellos. Hubiera sido feliz aquí.

Torio permanecía cabizbajo sin decir una palabra. Prestaba atención a cada una de las palabras de Karel y le sorprendía lo que éste le estaba contando pues jamás le había oído una confidencia como ésa.

— Le amaba, — prosiguió Karel — y ese amor era un sentimiento que nacía de lo más íntimo de mi ser. Nadie me había obligado a amarle y yo no hubiera podido amar a otra persona estando él allí. Era un sentimiento puro, sin matices. Era un sentimiento mío. ¿Entiendes, Torio?.

» Hay sentimientos así, tú mismo lo has dicho. Cuando conseguiste que funcionaran las escaleras te sentiste orgulloso de ello, sentiste satisfacción. Esos eran sentimientos tuyos y nadie podrá quitártelos. Pero no sentiste el éxtasis que esperabas por que ese es el premio que los kander dan a quienes obedecen, es el lubricante que hace que las herramientas sigan funcionando.

» Los kander nos han controlado siempre a través de nuestras emociones, con placer y dolor, alegría y tristeza, esperanza y desesperación. En cada circustancia nos aplicaban el tratamiento necesario para hacer que siguiéramos funcionando, para que no nos apartásemos de las reglas que ellos nos habían dado. Su control no era total, no pudieron vencer la repugnancia que Pactor sentía por las mujeres. Tampoco se dieron cuenta durante años de que Diren había conseguido ocultar sus sentimientos para engañarlos, para ser libre mucho antes de saber lo que significa esa palabra.

» ¿El éxtasis?. Sí, era bonito. Era la recompensa que nos daban los kander cuando terminábamos un proyecto, un placer tan inmenso que nos hacía correr como locos para hacer más y más cosas que pudieran beneficiar a los kander.

» Para que ellos nos volvieran a recompensar.

» Me pregunto...

» Torio, ¿cómo será vivir con tus propios sentimientos, sin que nadie te los altere, sin que nadie los utilice para controlarte?.

Torio no contestó aunque Karel se dio cuenta de que tampoco negó nada de lo que había dicho.

— No sé cómo será. Seguramente más difícil pero creo... Sí, estoy seguro de que aprenderemos, y cuando lo hagamos... podremos ser felices.

Dejó pasar unos minutos en silencio. Torio seguía pensando en todo lo que había dicho Karel y éste se dio cuenta de que había tomado una resolución.

— ¿Te quedarás con nosotros?

— No, Karel. Nada ha cambiado. En los últimos días he pensado mucho en todo esto y no he llegado a ninguna conclusión. Eso es lo que me duele, que antes estaba convencido de tener razón y hoy tengo dudas. Si huyo con vosotros seguiré con esas dudas para siempre. No, debo averiguar la verdad y la única forma es regresar a la Tierra. Sólo te diré que a partir de ahora no pienso intentar convencer a nadie de que regrese conmigo, no creo que pudiera soportarlo si... si otros se equivocasen por mi culpa.

— ¿Te das cuenta de que si tenemos razón será tu muerte?

— Sí, me doy cuenta, pero no puedo hacer otra cosa. Volveré a la Tierra porque es mi deber. Volveré a la Tierra porque debo estar seguro. De una cosa o de la otra. Y si eso supone mi muerte... En fin, al menos moriré sabiendo la verdad.

   

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