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Bienvenidos a Libertad 19: Se inicia la construcción de una lanzadera para regresar a la Tierra. Muchos discuten si volver o no.

Creada10-03-2013
Modificada15-06-2015
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Junio4

 

Bienvenidos a Libertad, Juan Polaino

Libertad 19

La construcción de la nave comenzó tres días más tarde en el hangar de la torre norte. Al mismo tiempo se construyó una fábrica en un claro del bosque norte, cerca del apeadero, con el fin de elaborar allí los componentes que no requiriesen ingravidez, pero lo suficientemente lejos del ecuador como para que las piezas pesasen algo más de la mitad de lo que pesarían en la Tierra.

La nave que se había de construir aún no estaba diseñada del todo, muchos hombres aún no habían decidido adónde querían ir, por lo que Lodren optó por construir para empezar una lanzadera con capacidad para cuarenta hombres. Rediseñó los planos por completo cambiando mamparos, desplazando los motores... Hizo trabajar a los hombres como nunca habían trabajado antes.

* * * * *

— ¡Uff!. — exclamó Karel dejándose caer agotado en el sofá — Jamás había estado tan cansado. Ni siquiera cuando los kander nos hacían trabajar de lo lindo. Tengo la espalda destrozada.

— Deberías hacer ejercicio. — dijo Choral que se encontraba leyendo los libros de Isai Draikas — Te vendría bien para la espalda.

— Ni hablar. No pienso mover un hueso hasta que alguien venga a recogerme y llevarme a la cama.

Choral se levantó y poniéndose de pie sobre el sofá se sentó sobre sus piernas comenzando a darle un masaje en la espalda.

— Pobrecito. ¿Sabes lo que te vendría bien?. Un ejercicio que no cansa y que entona el cuerpo de maravilla.

— Lo siento, Koideso. No creo que fuera capaz de levantar ni un gramo, y mucho menos un palmo.

— ¡Tonto!, — exclamó Choral riendo — no me refiero a eso. Estos últimos días he estado yendo al eje sur con Tilo, Baltis y algunos más. Uno de los edificios que hay es como un almacén esférico y dentro hay otra esfera de plástico transparente. Tilo se estuvo devanando los sesos para averiguar lo que podía ser y al final ¿sabes lo que encontró?.

— ¿Qué?. — preguntó Karel renunciando de buena gana a adivinarlo.

— ¡Pelotas!. Las hay de varios tamaños. ¿Te imaginas un partido de pelota jugando en un campo esférico y sin gravedad?.

— ¿Sin gravedad?.

— Está tan cerca del eje que se puede saltar con facilidad todo el diámetro de la esfera. La superficie interior es lisa pero no resbala y te puedes apoyar con bastante facilidad para saltar y rebotar en la dirección que quieras. En dos puntos opuestos hay unos marcadores de tantos. Es divertido. Desde que lo descubrimos hemos echado muchos partidos. Pero si no quieres cansarte, déjate flotar y descansa. O goza. Nunca hemos gozado en condiciones de ingravidez, ¿no crees que sería divertido?.

— Me estás tentando. ¿Van muchos hombres por allí?.

— Cada vez más, desde que lo descubrimos. Tilo también ha descubierto un edificio con muchos dormitorios individuales. ¿Sabes lo que pienso?. Que a los Antepasados les gustaba gozar en la intimidad. En todos los libros de Isai Draikas, cuando se describen escenas de sexo entre un hombre y una mujer, lo hacen siempre en dormitorios privados, y nunca hay gente alrededor. No es que describan mucho, la verdad es que me gustaría saber mejor como pueden practicar el sexo un hombre y una mujer, pero estos libros no explican casi nada.

— Bueno, — respondió Karel dándose la vuelta entre sus piernas — quizás se tocasen aquí... ¡O aquí...!

— ¡Oh, Boidabeko!. ¡Mi Karel!

* * * * *

Hagamos como los Antepasados y pasemos directamente al final de la escena.

* * * * *

— ¿Estás mejor?. — preguntó Choral.

— Mucho más relajado. Sabes dar unos masajes estupendos.

— ¿Crees que los Antepasados podrían...?

— ¡Los Antepasados!. Lo olvidé. Tengo que ver a Diren.

— ¿Por qué?.

— ¿No te acuerdas?. Hoy se han cumplido tres días desde el último mensaje de radio que recibimos. Ven conmigo. Nos enteraremos de si ha tenido éxito su experimento.

— ¿Qué experimento?.

— No lo sé muy bien. Me dijo que no estaba seguro de cómo lo iba a hacer. Vamos. Te enterarás al mismo tiempo que yo.

Salieron de la casa y se dirigieron a la escuela. En el camino encontraron numerosos hombres tumbados en la hierba y leyendo los libros que Diren había traducido.

— Míralos. — dijo Karel — Temíamos que cuando supiesen que no estaban controlados se iban a volver contra nosotros. Que no nos obedecerían. Pero hoy los he visto trabajar como nunca. Han obedecido todas las órdenes sin rechistar. Incluso Torio. Y eso que es el que está más en contra nuestra.

— Puede ser porque estamos construyendo la lanzadera para volver a la Tierra. Quizás no estén tan entusiasmados cuando empecemos a construir la nave para huir de los kander.

— ¿Sabes?. No sé porqué, pero no lo creo. Han cambiado. Antes trabajaban y hacían las cosas para cumplir la voluntad de los kander. Era su principal... nuestro principal objetivo. Ahora en cambio trabajamos por nuestro propio bien o por el bien de nuestros compañeros. Creo que hay algo hermoso en todo esto.

Entraron en la escuela y se dirigieron a la segunda planta. Diren había tenido que prohibir a los hombres que se sentaran en las escaleras pues armaban demasiado ruido y no le dejaban concentrarse en su trabajo. Al final tuvo que acceder a que pudieran sacar los libros fuera del edificio pero haciéndoles prometer que los cuidarían y los devolverían al interior cuando terminaran de hojearlos.

Encontraron a Diren trabajando con el ordenador.

— Hola, Diren. — dijo Karel — ¿Cómo fue el experimento?.

— Mal. No han respondido.

— Bueno. Tampoco confiaba mucho en que lo hicieran. Infórmame de lo que has hecho.

— Ayer, dos de los hombres de Lodren montaron el segundo receptor en la lanzadera. Júpiter se encuentra ahora a cincuenta y siete minutos luz de nosotros. Esta mañana grabé un mensaje de tres minutos en nuestro idioma y en el de los Antepasados. No creo que sea el mismo en el que están las tres palabras que nos han enviado pero no podía hacer otra cosa. Si había allí hombres de todos los continentes es posible que alguno lo entendiera.

»Esta tarde enviamos los mensajes dos veces con una pausa de un minuto entre ellos y calculando que los terminasen de recibir un minuto antes de que ellos envíen el suyo. Otra pausa, esta vez de dos minutos, y volver a enviarlos dos veces con la misma pausa. Calculé que si hay alguien enviando el mensaje podría estar allí cuando fuera a emitirlo y oiría el nuestro. A pesar de todo volví a emitir el mensaje en el momento en que lo recibimos. Si no lo habían oído antes, al menos, esperarían respuesta.

»Aparte de eso, cuando faltaba una media hora para que llegase el mensaje, colocamos la lanzadera a trescientos kilómetros de distancia de la estación en dirección a Júpiter y programamos los dos ordenadores para que en el momento de recibir la señal se emitiesen un mensaje mutuamente. De esa forma tendríamos todos los parámetros necesarios para conocer la dirección exacta de la que viene el mensaje.

»Comprobamos que el mensaje viene de Júpiter. Podría venir de una estrella que casualmente estuviese detrás de él pero no lo creo, las probabilidades son infinitesimales. De todas formas, dentro de tres días volveremos a comprobarlo y así no tendremos ninguna duda pues Júpiter se habrá desplazado con respecto al campo de estrellas.

— ¿No ha habido respuesta, entonces?.

— Sólo el mensaje. Llegó con unos segundos de adelanto con respecto a lo que yo había calculado, pero eso fue porque nos estamos acercando a Júpiter y no calculé la diferencia en las distancias. Aparte de eso no ha habido ninguna señal más. Nada que haga suponer que hayan recibido el mensaje. Y ya han pasado cinco horas desde que recibieron los nuestros. ¡Deberían haber respondido!.

— Es posible que no haya nadie para responder. Mira, Diren, he estado pensando. Esta estación hacía poco que se había terminado cuando llegaron los kander. No estaba completamente habitada y los hombres y mujeres de la estación tuvieron que huir. Ahora bien, los kander tenían una nave que podía viajar a Júpiter en cuestión de horas o minutos. Antes de posarla definitivamente en la Tierra se habrían asegurado de que no dejaban a nadie en todo el sistema solar que pudiera amenazarles, así que, después de recogeros a los niños, fueron a Júpiter, a la Luna, a los asteroides, y en todas partes hicieron lo mismo que hicieron en la Tierra: Matar a todos los que encontraron. Después se posaron en la Tierra y allí se quedaron hasta hoy. La emisión que recibimos es, tiene que ser, una transmisión automática. No habrá nadie que nos reciba cuando lleguemos dentro de algunos meses.

— De todas formas, si no te importa, me gustaría enviar mensajes a todos los lugares que menciona Isai Draikas. Es posible que en algún sitio...

— Sí. Inténtalo. Pero... ¿has localizado ya alguna máquina que permita leer los cartuchos de la biblioteca?.

— No. He pedido a los hombres que busquen por todas partes, pero ninguno ha podido encontrarla. Sólo podemos leer los libros de Isai Draikas y otros que explican cómo se pronuncian las palabras. Todos los demás están en su mayoría en un idioma totalmente distinto y que no tiene casi ningún punto de similitud con el primero.

— Encontraste un libro que servía para enseñar un idioma a los que hablasen otro. Podrías utilizarlo...

— Ya lo intenté. — interrumpió Diren, frustrado — En esta estación hay libros en cinco idiomas, el ochenta y dos por ciento está en uno. El doce por ciento en un segundo. Casi todo el resto en un tercero. Luego está mi idioma, del que solo tengo los libros de Isai Draikas y un par de libros didácticos. Por último hay un idioma del que sólo tengo dos libros, uno de medicina y otro en el que no hay dibujos por lo que ignoro de lo que trata. Temo que mi idioma era el cuarto en importancia dentro de la estación. No es mucho para trabajar con ello.

— Dijiste que en la biblioteca encontraste varios cartuchos con palabras de tu idioma.

— Sí. Pero no sé como se leen. Y no disponemos de máquinas capaces de descubrir cómo estaban codificados.

— Bien. Sigue trabajando en ello en tus ratos libres. Pero de momento te necesito para dirigir a los hombres en la construcción del hangar. Lodren no puede dirigirlos a todos. Tiene que rediseñar la nave y quiero que empecemos a construirla cuanto antes.

— Sí, Karel. — dijo Diren con resignación — ¿No podemos hacer nada más?.

— De momento, no. — respondió Karel sonriendo — Pero podremos.

Salieron de la habitación y caminaron en silencio durante un rato. Karel no quería hablar y agradeció el silencio de Choral. Tenía muchas cosas en que pensar.

Se acercaron a un parque en el que había bancos y algunos aparatos de hierro cuya utilidad habían ignorado hasta que uno de los hombres descubrió que eran aparatos de juegos infantiles. Hacía cuarenta y dos años, algunos niños jugaron allí vigilados por la atenta mirada de sus padres. Karel no quería creer que nunca más fuesen a ser utilizados.

En los últimos días había dado miles de vueltas a este problema pero eran tantos los imponderables que no sabía si se podrían resolver todos ellos.

De pronto observó que Choral le miraba sonriendo.

— ¿Qué?.

Choral no respondió. Sonrió aún más.

— ¿Qué pasa?. ¿Por qué te ríes?.

— Estaba pensando que nunca te había visto sonreír a Diren.

Karel sintió que una nube pasaba ante su vista.

Le había odiado.

Sí, le había odiado con todas sus fuerzas por su inhumanidad, su frialdad, su...

— Ya no le odias.

— No lo sé. Durante años pensé que la muerte de Tanis había sido culpa suya, pero nunca me di cuenta de que le odiase.

— Kander mitigaba tu odio. Cuando estabas cerca de él te sentías violento y le odiabas, pero Kander contenía ese odio para que no influyese en tus actos. ¿Sabes?, no sé cuanto tiempo hubiera podido dominarte Kander, pero no creo que mucho más. Incluso en la Tierra se te notaba demasiado que le odiabas y que no soportabas su presencia. Lo que no entiendo es ¿cómo has dejado de odiarle?.

— Quizás tenía que salir.

— ¿Qué?.

— Koideso, ¿crees que es bueno que los kander controlen nuestros sentimientos?.

— Bueno, nos hacía la vida más sencilla. No teníamos que preocuparnos de muchas cosas.

— Es posible, pero mira a Pactor. Nunca ha sido una persona violenta pero en el momento en que no ha estado controlado por Kander...

— Precisamente. Si hubiésemos seguido siendo controlados nada le habría ocurrido. Dicas dice que parece haber sufrido una conmoción cerebral, pero no está seguro. En toda su vida sólo ha tratado partos y alguna que otra lesión leve en los hombres. Nunca ha tenido que tratar algo como lo que le aqueja a Pactor.

— No me has entendido. En cierta ocasión Pactor desobedeció a Kander. Cuando le ordenaron aparearse sintió tal repugnancia que no pudo obedecer. ¡Kander no consiguió eliminar su repugnancia!.

— ¿Y?.

— Supongo que los kander pueden alterar nuestros sentimientos si no son muy fuertes, pero no pueden destruirlos. Yo sentí odio por Diren cuando me comunicó la muerte de Tanis. Y no pude dar salida a ese odio, Kander me lo impidió. Tras la muerte de Kander, sin embargo, el odio estaba ahí, Kander no lo había destruido. Quise perjudicarle, degradarle, encerrarle... si se me hubiese podido ocurrir quizás hasta matarle, pero no pude. Estaban ocurriendo tantas cosas que tenía... sí, tenía miedo de todo. Pero cuando me di cuenta de que Diren no era el culpable... no sé, supongo que el odio desapareció. Lo que los kander no habían conseguido en dos años lo consiguieron unos cuantos días de libertad.

— ¿Sigues teniendo miedo?.

— Sí, pero también tengo esperanza. Eso es algo nuevo, algo que nunca había sentido cuando estaba bajo el control de los kander.

Se levantaron para seguir su paseo entre los árboles.

— ¿Sabes?. Nunca entendí por qué me ascendieron antes que a Pactor. Él estaba más capacitado que yo para el mando. Ahora lo entiendo. Los kander no lo ascendieron porque tenía un carácter muy fuerte, porque una vez fue capaz de desobedecerles. Eso debió provocarle resentimiento. Durante años ha tenido sentimientos de envidia y resentimiento hacia mí, sentimientos que los kander han podido mitigar pero no destruir. Cuando Kander murió todos esos sentimientos salieron a flote llegando al extremo de querer matarme. Por eso ha huido.

— ¿Huido?. — preguntó Choral, extrañado.

— Dicas dice que su cuerpo está en perfectas condiciones físicas. Las heridas y contusiones se están curando y dentro de un par de semanas no quedará rastro de ellas. Incluso ha dejado de tener convulsiones y ataques de violencia. Lo que Pactor tiene es que ha descubierto... un Antepasado en su interior. Siempre hablamos de los Antepasados en tercera persona, como si nosotros no tuviésemos nada que ver con ellos. Pero tenemos los mismos genes, los mismos cuerpos, las mismas mentes. Como dijo Torio, los Antepasados eran violentos, mezquinos, envidiosos... Nosotros también lo somos pero no lo hemos descubierto hasta ahora.

Caminaron en silencio durante un largo rato. De vez en cuando oían un grito debilitado por la distancia. Algunos hombres estaban jugando en el río. Por el pasillo de bajada de la torre sur comenzó a surgir un grupo que sin duda había estado jugando un partido a la pelota. Junto al refugio, otros hombres estaban comiendo. Cerca de la biblioteca, sobre el césped junto a la orilla del río, un grupo de tres o cuatro hombres estaban gozando del sexo. Choral sonrió al pensar que, seguramente, se habían ayudado a excitarse contemplando las fotografías de las mujeres.

Lamentó que Pactor no pudiese ver nada de esto.

— ¿Crees que se curará?.

— No lo sé. Espero que sí. No depende de Kander, depende de él.

* * * * *

— Karel, ¿puedo hablar contigo?.

— Pasa, Torio. Dime.

— Preferiría que fuese en privado.

— Si no os importa, — dijo Choral levantándose — iré a dar una vuelta.

Se dirigió hacia la puerta, y salió de la casa dejándolos solos.

— Dime, Torio.

— Esta mañana he pasado por el refugio. ¿Sabes que desde hace varios días no duerme nadie en él?. He pensado que deberíamos desmontarlo, al menos los dormitorios.

Karel asintió con la cabeza. Sabía que el refugio no se usaba más que para comer desde hacía tiempo, pero no había visto ningún motivo para desmantelarlo. También sabía que Torio no quería hablarle de eso.

— Es curioso. Al entrar en él he tenido una sensación de añoranza. Echo de menos muchas cosas de la Tierra. Los campos, el mar, las noches de luna llena, las playas...

Karel sintió una cuchillada de nostalgia. También él echaba de menos todo eso y muchas más cosas, pero hacía tiempo que había decidido que no servía de nada pensar en ello.

— Recuerdo una noche, durante un viaje de estudios, que nos quedamos a dormir cerca de la playa. No había Luna y brillaban...

— Dime, Torio. ¿Has venido a hablarme de algo en particular o sólo quieres convencerme de que vuelva a la Tierra?.

Torio sonrió tristemente.

— Sólo quería recordarte las cosas hermosas que hay en la Tierra. Y recordarte también que éramos felices. ¿Cómo puedes pensar que Kander nos controlaba y nos utilizaba como simples herramientas?. Si fuera así no nos hubiera dejado salir nunca de la ciudadela, ni nos hubiera permitido ser felices, ni nos habría enseñado todo lo que sabemos. Karel, estoy seguro de que te equivocas. Kander nos ama. Siempre nos ha tratado bien. Kander no puede ser tan cruel como piensas si nos ha tratado de esa forma.

Karel permaneció en silencio con la mirada perdida al fondo de la sala.

— Dime, Torio. — dijo por fin — ¿Has leído los libros que tradujo Diren?.

— Sí, y sólo describen costumbres extrañas. Muchas cosas ni siquiera Diren las comprende y por eso están llenos de notas a pie de página, para intentar darle una explicación a lo que no la puede tener.

— Te equivocas. No es que Diren no las comprenda, sino que nosotros nunca las hemos conocido. En estos libros se habla de cosas que nunca hemos imaginado. Quien escribió la vida de Isai Draikas estaba escribiendo para gente de su época, gente que tenía las mismas costumbres que él. El escritor no podía suponer que iban a ser leídos por nosotros, así que no se molestó en explicar cada pequeño detalle que para él carecía de importancia. Esos detalles son los que no entendemos. Y sin embargo... hay cosas que podemos comprender. Hemos deducido muchas cosas acerca de la vida de los Antepasados y hemos encontrado palabras que describen cosas que desconocíamos. Empezando por libertad, mujer, hijo, familia, avión, bañador. Están también las palabras que hemos entendido y que describen horribles conceptos: tortura, guerra, política, sacrificio, publicidad. Luego están aquellas cuyo significado desconocemos. Dinero, terrorismo, Dios, corbata. Todas estas palabras describen cosas que nunca habíamos imaginado, y algunas aún no las podemos imaginar. Pero también usaban palabras que tienen una traducción directa, que para ellos significaban lo mismo que para nosotros. Estudio, felicidad, paisaje, belleza, estrellas... y Amor. No eran tan distintos a nosotros.

— No podréis volver a ver nunca un paisaje de la Tierra. No podréis contemplar la belleza de las primeras estrellas apareciendo en el cielo tras el atardecer. No tendréis nunca felicidad.

Karel sintió un dolor inmenso mientras las lágrimas le surgían de los ojos.

— Torio, por favor, no me tortures. — se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano antes de continuar — Dime, ¿cómo te llamas?.

— ¿Eh?. No entiendo... Soy Torio Boikasebo.

— No. Torio es un grado, una palabra que describe tu profesión y categoría. Boikasebo es un número. El número de orden de tu nacimiento. Todos nosotros estamos numerados. Ahí, ese tatuaje sobre tu pecho. Para los kander sólo eres la herramienta número BKSB (cuatro mil ochocientos uno) que se puede usar para dirigir equipos de hasta quince hombres en tareas de mantenimiento y fabricación. No tienes nombre, como ninguno de nosotros.

— Es ridículo. Boikasebo es mi nombre aunque también...

— Todos los Antepasados tenían un nombre desde su nacimiento. También se les asignaba un número de serie, y posteriormente podían tener un grado, una profesión. Pero antes que nada tenían un nombre que los convertía en personas. Para los kander no somos personas, sólo un grado y un número. ¡Una herramienta con número de serie!.

— Karel, no tiene sentido. Olvidas que los kander no nos explotaban, no nos mataban a trabajar hasta reventar. Nos enseñaron todo lo que sabemos. Nos dieron libertad para amar a quien deseáramos. Para ser felices.

— Mientras siguiésemos funcionando como buenas herramientas. Nos cuidaban para que durásemos más. Pero cuando una herramienta se estropeaba, cuando no respondía según su voluntad, se deshacían de ella. Acuérdate de los locos.

— Karel, no me hagas esto. Quiero volver a la Tierra. Tengo que volver a la Tierra. Karel, no podemos vivir así, necesitamos a Kander para que nos cuide. Si nos controla mentalmente me da igual, pero no puedo vivir dudando constantemente de todo lo que hago, de todo lo que digo... dudando de mis hombres, sin saber si en algún momento van a...

Karel permaneció callado durante unos minutos. Comprendía el sufrimiento de Torio. Había pasado por lo mismo hacía varios días. Sabía que no podría decir nada que le consolara, por eso dejó pasar el dolor en silencio.

— Estáis equivocados. — murmuró Torio, al fin — Estáis equivocados.

— Torio, quisiera que te quedaras. Quisiera que os quedarais todos. Pero no puedo ordenároslo. Tenéis que ser vosotros, todos y cada uno de vosotros, quienes toméis vuestra propia decisión.

— ¿Y si nos equivocamos?.

— Eso es lo más terrible de la libertad. Nadie nos dice lo que tenemos que hacer. Tenemos que elegir y podemos equivocarnos. Y si nos equivocamos tenemos que vivir con ello, sufrir las consecuencias. Si nosotros nos equivocamos no volveremos a ver la Tierra y quizás no podamos ser nunca felices. Viviremos condenados a vagar por el espacio sin tener un lugar al que ir, huyendo para siempre, tal vez sin necesidad, de los kander. Si os equivocáis vosotros moriréis. No sé qué será mejor. De verdad, Torio, no lo sé.

   

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