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Bienvenidos a Libertad 17: A pesar de las evidencias, Torio no quiere creer lo que han descubierto. Insiste en volver a la Tierra.

Creada10-03-2013
Modificada15-06-2015
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Septiembre3

 

Bienvenidos a Libertad, Juan Polaino

Libertad 17

La enorme estación orbital flotaba ingrávida en el espacio. Nada a su alrededor indicaba que hubiese vida en ella. De vez en cuando se notaba un leve movimiento. El gigantesco espejo situado alrededor del extremo de la torre sur giraba unos cinco grados dos veces al día. Se mantenía perfectamente inmóvil durante dieciséis horas. Después giraba levemente para volver a permanecer inmóvil durante otras ocho horas. Al cabo de este tiempo volvía a tomar la posición original. El ciclo se repetía incesantemente y era el único signo que delataba la presencia de vida inteligente.

Pero aunque no había otro signo de movimiento, salvo la eterna rotación sobre su eje, en su interior había vida.

Tras cuarenta y dos años vencida por el rigor del vacío y el frío del espacio, la Naturaleza había empezado a trabajar.

Las semillas, las raíces congeladas de las gramíneas, habían vuelto a la vida cubriendo la cara interna de la esfera de un color verde claro, color de vida.

Algunas algas y bacterias habían sobrevivido al rigor del espacio y volvían a reproducirse en el agua saturada de minerales que inundaba el cauce del río que corría por el ecuador de la esfera.

Allá, alrededor de los polos, el musgo reverdecía sobre las rocas y las esporas depositadas décadas atrás por los helechos intentaban volver a brotar de la tierra.

Alimentadas por la luz del Sol y por la humedad del aire, ciertas clases de hongos abrieron sus píleos de apenas unos milímetros de diámetro cubriendo los bosques de pequeños botones rosados.

Sí, incluso los arbustos y árboles esperaban con paciencia el momento en que nuevos tallos volverían a surgir de la tierra para llenar el interior de la esfera con el rumoroso sonido de sus hojas agitadas por la brisa.

Pero la forma de vida más evolucionada que había en la estación orbital parecía estar a punto de extinguirse.

Los hombres, que habían desarrollado una incesante actividad en la estación desde su llegada, apenas se movían más que para trasladarse indolentes de un lugar a otro, hablar entre ellos y volver a trasladarse para unirse a otro grupo.

Desde la enorme ventana redonda del almacén del polo sur de la estación, Choral observaba sus movimientos preguntándose si podrían soportar todo lo que, tan de golpe, habían aprendido.

— ¡No responden, maldita sea!.

Se volvió hacia Karel que, en la radio, intentaba comunicar con la Tierra desde hacía dos horas. Flexionó su cuerpo agarrándose a la barandilla que rodeaba la ventana y, colocando los pies en la pared, saltó en dirección a él. Como siempre se desvió ligeramente a la izquierda en su camino. Aunque había estado practicando durante casi una hora, aún no era capaz de calcular correctamente la rotación de la estación. Se preguntó si en los otros edificios que había alrededor del almacén sería más fácil al haber una leve gravedad que les alejaría del eje de rotación.

— ¿No has encontrado la avería?.

— No hay ninguna avería. He examinado todos los módulos y las conexiones son correctas. Cada uno de ellos funciona bien por separado y en distintas combinaciones. Incluso he construido otra radio con piezas que teníamos en el almacén y no ha servido de nada. La radio funciona perfectamente pero desde la Tierra no quieren responder.

— ¿Por qué no iban a responder?. Aún no saben nada de lo que hemos hecho. La última vez que hablaste con Korander fue esta mañana. ¿Te dijo o dijiste algo que...?

— No. Aún no habían pasado... muchas cosas. Pensaba que quedaba una esperanza de convencer a Pactor. No sabía que se podía... Algo ha ocurrido, pero no sé lo que es.

— Veamos, te comunicabas con Korander dos veces al día, una por la mañana y otra por la tarde. ¿Alguien más hablaba con él, o hablabas con alguien más?.

— No. Todos los días a las nueve de la mañana y a las nueve de la tarde me ponía en contacto con él. Una vez le habló Pactor pero fue al principio, antes de que nadie descubriese nada. Desde hace ocho días sólo yo he hablado con él. Y ni siquiera había un técnico que manejase la radio en la Tierra. La manejaba él mismo.

— ¿Qué motivo podría tener Kander para querer cortar las comunicaciones?.

— Ninguno. Bueno, quizás decidiese cortar las comunicaciones si descubriese lo que estamos haciendo, pero no hay ningún medio por el que se haya podido enterar de nada.

— A no ser que alguien le informase.

Karel se quedó unos segundos en suspenso. Después se dirigió a la consola y se puso a teclear furiosas órdenes. Unos segundos después se apartó de la pantalla asombrado.

— ¡Torio!.

— ¿Qué?.

— Torio ha llamado a la Tierra esta mañana. Varias horas después que yo. Cuando...

— Cuando le enviaste a por las correas para atar a Pactor.

— Pero ¿por qué?. Quiero decir, creí que estaba con nosotros, que entendía todo lo que había pasado y que estaba de acuerdo. ¿Por qué ha llamado a la Tierra?.

— ¿Puedes saber lo que ha dicho?.

— Sí. Es decir, si no ha... No, él no tiene autoridad para modificar los registros. Sólo Pactor y yo...

Volvió a inclinarse sobre el teclado transmitiéndole órdenes a toda velocidad bajo la atenta mirada de Choral.

Unos segundos después apareció en pantalla la transcripción de la conversación de Torio.

— Aquí está. Torio llamó a la Tierra y le respondió un técnico de radio. Pidió hablar con Korander y le dijeron que no podían molestarle. Que les informara a ellos si había alguna emergencia. Torio les dijo... ¡que yo me había vuelto loco!, que todos en la estación se habían vuelto locos y que Pactor... Entonces llamaron a Korander. ¡Le ha informado de todo!.

— ¿Han habido más comunicaciones?.

Karel volvió a teclear en la consola. Unos segundos después apareció en pantalla un esquema temporal.

— Estas son todas las comunicaciones que se han producido desde que montamos la radio. Estas líneas indican... sí, son dos comunicaciones diarias hasta hoy. Aquí abajo, a la izquierda, se indican las transmisiones que hemos hecho en las dos últimas horas pero que no han conseguido respuesta. No han habido más comunicaciones.

— ¿Qué son estas tres líneas sueltas que hay a la derecha?.

— Basura. Todos los cuerpos planetarios emiten basura electromagnética constantemente. Normalmente el ordenador las ignora pero a veces se producen ráfagas de alta intensidad y quedan registradas aunque no tengan códigos de transmisión.

* * * * *

— ¿Que Torio ha hecho ¿QUÉ??.

— Ha llamado a la Tierra y ha informado de todo a Korander. Desde entonces no hemos vuelto a conseguir comunicación con la Tierra. Choral y yo lo hemos intentado durante dos horas, pero nadie contesta a nuestras llamadas.

— Pero ¿por qué?. Podíamos haber seguido engañando a Korander durante bastante tiempo. No tenía por qué avisar...

— Por eso os lo hemos dicho a vosotros primero, Lodren. No sé qué podemos hacer. Ni lo que hará Kander.

— Bueno, habrá que estudiarlo. Si Kander decidiese matarnos de inmediato podría construir un cohete no tripulado en menos de un mes. En él nos enviaría un regalito que nos destruiría... Karel, tenemos que huir cuanto antes de esta estación. Aquí corremos peligro inmediato.

— No hace falta. — dijo Diren.

— ¿Que no hace falta?. Diren, sabiendo que somos un peligro para ellos los kander intentarán matarnos cuanto antes.

— Olvidas que necesitan la estación orbital. Lodren, Karel, no sé si os habéis preguntado por qué hemos hecho este viaje.

— Los kander querían utilizar la estación como base para hacer exploraciones por el sistema solar. — dijo Karel.

— Sí. ¿Por qué?.

— ¿Por qué?. Kander quiere explorar el sistema solar para... bueno, supongo que para estudiar los planetas exteriores.

— Sí, Karel, eso es lo que nos han dicho. Pero no es lo que yo he preguntado. Lo que me interesa saber no es para qué, sino por qué. Dime, si querían investigar los planetas del sistema solar ¿por qué no han utilizado su nave?. Ellos han venido a la Tierra desde una estrella que no es la nuestra, así que sabemos que tienen una nave interestelar con la que han venido desde una estrella situada a, por lo menos, cinco años luz de distancia. Y lo mismo podrían haber venido desde setenta mil años luz porque no sabemos donde está su estrella, podría estar en cualquier lugar de la galaxia. Hemos estado durante cuatro años entrenándonos, estudiando, diseñando y por fin construyendo la nave en la que hemos venido. Y en todo este tiempo a ninguno de nosotros se le ha ocurrido preguntarse porqué no han cogido su propia nave y venido aquí en diez minutos.

— Yo se lo pregunté a Kander en cierta ocasión. — dijo Lodren.

— ¿Qué? — se sorprendió Diren — No creí que... Y ¿qué te dijo?.

— Me dijo que no le interesaba la estación en sí misma, que no le hacía falta para nada. En realidad, solo quería enseñarnos a construir naves para que fuésemos capaces de hacerlo el día en que ellos se fueran.

Diren permaneció indeciso unos segundos.

— Y ¿crees que puede ser verdad?.

— No lo sé. En aquel momento lo creí, y no me volví a hacer más preguntas sobre el tema. Ahora...

— ¿Es posible — preguntó Karel — que te dijeran una mentira lo suficientemente inteligente como para que no tuvieses más dudas?.

— Es posible. Pero si no es esa la razón ¿cuál es?.

— Yo había pensado — dijo Diren — que lo que en realidad ocurría era que su nave no funcionaba. Ha estado posada en la Tierra durante cuarenta y dos años. Quizás su nave no funciona y por eso nos han hecho venir aquí. Quieren irse. Quieren volver a su planeta. Y necesitan otra nave porque la suya no funciona.

— No. — dijo Lodren — Es imposible. La estación es algo más pequeña que la nave de los kander pero no creo que pudiera ser acondicionada para viajes interestelares. Interplanetarios sí, pero no sería capaz de viajar a la estrella más cercana. Tardaría varios siglos...

— ¿Interplanetarios?. — interrumpió Karel — ¿Has dicho interplanetarios?.

— Sí, claro. Se podrían instalar unas cuñas gravitacionales en la base de las torres y desplazarla por todo el sistema solar. Tendríamos que construir unos espejos más grandes si nos alejásemos demasiado del Sol para seguir captando la misma cantidad de energía. Podríamos... naturalmente si tuviéramos cuñas gravitacionales. Como se fueron con la nave éstas no son sino hipótesis infundadas.

— Espera, Lodren. Aclara esto. Las cuñas gravitacionales que llevábamos ¿no eran para aumentar la gravedad en las habitaciones de los kander?.

— Sí, claro, pero igual que se pueden usar para inclinar el campo gravitatorio de una zona del espacio aumentando su gravedad, también pueden nivelarlo haciendo que desaparezca. Así funcionaban las salas de entrenamiento allá en la Tierra. Si hiciésemos eso en la estación, ésta dejaría de ser atraída por la Luna, la Tierra y el Sol y seguiría una trayectoria rectilínea a través del espacio. Es más, controlando la inclinación del campo gravitatorio podríamos hacer que la estación “cayese” en la dirección y con la aceleración que deseásemos sin que en el interior se apreciasen efectos inerciales. Por desgracia no tuvimos tiempo de sacar de la nave las cuñas que traíamos.

Karel se sintió frustrado. Por un momento pensó que podría ser posible huir con toda la estación orbital.

— De todas formas, Diren, si lo que dices es cierto y los kander necesitan la estación intacta, no podrán destruirla, así que para matarnos sin dañarla tendrá que venir un kander al menos en una nave tripulada. Tardarán seis meses, cuatro si se dan prisa, en construirla. Tenemos tiempo de sobra para construir nuestra nave y huir antes de que lleguen.

— Y ¿a dónde iremos?. — preguntó Choral.

— Diren seguirá traduciendo los libros y averiguando todo lo que pueda sobre las estaciones y bases de los Antepasados que hay en el sistema solar. Cuando las conozcamos todas decidiremos.

— ¿Y Torio?. ¿Qué haremos con él?.

— Hablar. No creo que podamos hacer otra cosa.

— Si no os importa, — dijo Diren — yo volveré a la escuela mientras vais a hablar con él. Prefiero seguir traduciendo los libros. — se levantó para irse — Por cierto, Choral, ¿cómo están reaccionando los hombres?.

— Muchos están en la biblioteca hojeando las fotografías de los libros y hablando entre ellos. Aún no saben qué pensar. ¿No han ido a la escuela?.

— ¿Que si no han ido?. Prácticamente me han echado de la sala donde estaba trabajando. Ahora mismo hay unos quince hombres hojeando los libros. He tenido que organizar a varios para bajar todos los libros de la planta superior y ahora estoy trabajando en ella.

— ¿Les has ordenado — dijo Karel — que no se lleven ninguno?.

— Se lo he pedido. No creo que dar órdenes sea prudente en estos momentos.

— ¿Te queda mucho para traducirlos todos?.

— Esta tarde le llevé a Karel la mitad del primero y ahora mismo estoy a punto de terminarlo. Karel, si ya no tenemos que enviar más informes a la Tierra, me gustaría usar el ordenador para traducirlos. Tardaría mucho menos tiempo en hacerlo si no tuviera que andar todos los días metiendo la información y volviéndola a sacar antes de la comunicación a la Tierra.

— Bien. — asintió Karel — daré instrucciones al ordenador para que no envíe más informes a la Tierra y para que nadie salvo nosotros pueda usar la radio. Y que me avise si se recibe alguna otra transmisión de la Tierra.

* * * * *

Encontraron a Torio en el salón de la casa que les servía de vivienda. Estaba sentado en un sillón y leyendo las hojas impresas en las que estaba la traducción de los libros escritos por Diren.

Al entrar ellos en la sala se sobresaltó.

— Torio, ¿cómo está Pactor?.

— Sigue igual. He intentado darle de comer pero... escupe toda la comida. No sé qué podemos hacer.

Karel se sentó en un sillón frente a él. Lodren y Choral se sentaron a los lados.

— Torio, sabemos que has hablado con Korander y le has dicho todo lo que ha ocurrido en los últimos días. ¿Por qué?.

Torio no respondió. Su mirada, insegura, recorría la habitación sin llegar a posarse más de un segundo en el mismo sitio.

— Podemos comprender que no estés de acuerdo con nosotros. Han sido demasiadas cosas las que han ocurrido en muy poco tiempo. Pero ¿por qué no nos has dicho que...?

— ¡Porque estáis locos todos!. ¿Es que no os dais cuenta?. ¿Cómo podéis creer, decir las cosas terribles que habéis dicho acerca de Kander?. Él nos ha criado, nos ha educado, nos ha dado todo lo que tenemos. Y vosotros decís que nos utiliza, que nos ha engañado toda nuestra vida. ¿Que clase de hombres sois?.

Aquel estallido les sorprendió tanto que no fueron capaces de reaccionar.

— ¿No crees — preguntó Choral — nada de lo que hemos descubierto?.

— ¡Por supuesto que no!. Todos habéis supuesto desde el principio que Kander nos ha mentido. Pero ¿y si no fue así?. Todo lo que habéis descubierto carece de sentido. No es posible que Kander nos domine mentalmente. Ni que los hombres y las madres vivieran juntos. ¡Ni que Kander nos vaya a matar!.

— ¿Y cómo explicas entonces — preguntó Lodren — todas las evidencias que hemos encontrado en esta estación orbital?.

— Es evidente ¿no?. Sabemos que existen al menos dos razas inteligentes en el universo. Pero sabemos también que una de ellas estaba enferma, loca, que era capaz de usar la violencia dentro de su misma especie. Para hacer daño a otros hombres. Para matar. Lo que yo creo es que los Antepasados se mataron entre ellos. Es lo que han hecho a lo largo de toda su existencia.

»Desde que formaron la primera civilización sólo han progresado a base de construir máquinas de matar. Primero hicieron máquinas que podían matar a una persona, después a muchas. Al final, su capacidad de matar superó toda medida. Inventaron una máquina que podía matar a la gente a distancia, ¡que la podía matar de Terror!.

»Los habitantes de esta estación eran el Enemigo. ¿Cómo no lo habéis comprendido antes?. Eran sin duda Antepasados que se separaron de la Tierra muchos años antes y se convirtieron en el Enemigo. Que lucharon en numerosas guerras contra la Tierra. Que adquirieron distintas costumbres, costumbres salvajes propiciadas por su salvajismo y su locura. ¡Y que al final inventaron la máquina de matar definitiva!. La máquina que podía matar de Terror a todo un planeta.

»El Terror que sentimos cuando llegamos aquí no fue el terror de Kander al saber que iba a morir. ¿Cómo habéis podido pensar eso?. ¡Era el Terror provocado por la máquina de matar que había inventado el Enemigo!. Se activó accidentalmente por las vibraciones del desintegrador cuando generamos la atmósfera en la estación. Nos hizo perder el conocimiento a todos y por eso Miro no pudo desviar la lanzadera para salvar la vida de Kander.

»Yo lo he comprendido todo. ¿Por qué vosotros no?.

No dijeron nada durante varios minutos. Se quedaron mirando a Torio y pensando en todo lo que había dicho.

— Torio, — preguntó Choral — ¿por qué no has dicho antes lo que pensabas?.

— Porque no lo he descubierto hasta esta misma tarde. Karel, Lodren, ¿Habéis leído las traducciones de Diren?.

— Yo empecé a leerlas esta tarde, cuando me las trajo Diren. — dijo Karel — Solo pude leer unas páginas hasta que tuve que ir a comunicarme con Korander.

— Pues deberíais hacerlo cuanto antes. Aquí se describe como era el Enemigo. Eran mezquinos, ruines, desconfiados y traidores. Eran capaces de mentir, de pelear, de matar incluso, por conseguir un beneficio. En estas páginas se narra cómo hay una guerra entre dos ciudades, una en el espacio y la otra en la Tierra e Isai Draikas es un traidor que cambia de bando para acabar engañándolos a todos. No comprendo cómo Diren ha sido capaz de describir algunas de estas escenas. ¡Sí, lo comprendo!. Ha enloquecido. Habéis enloquecido todos.

— Pero si no creías las cosas que decíamos — insistió Choral — ¿por qué te callaste durante todos estos días?.

— ¡Porque tenía miedo!. Veía cómo os estabais volviendo locos uno tras otro y no entendía nada de lo que encontrábamos aquí. Sabía que no podíais tener razón pero tampoco encontraba nada que lo explicase. Esta mañana, mientras Karel hablaba con Korander, intenté hablar con Pactor, decirle que debíamos contárselo todo a Kander. Se volvió loco de nuevo y me atacó como una bestia salvaje. Si Karel no regresa a tiempo creo que me hubiera matado. Entonces me di cuenta de que no podía seguir callando. Tenía que informar a Kander y tal vez él, por mediación de Korander pudiera darme una explicación a todo lo que hemos averiguado.

»Pero esta tarde lo he entendido todo. Después de leer esto.

Su expresión era de asco al mirar los papeles que había sobre la mesa.

Pasaron unos minutos mientras recapacitaban. Al fin, Karel se decidió a romper el silencio.

— Torio, creo que no tienes razón. Es posible que los Antepasados sean mezquinos y violentos. Es incluso posible que se maten entre ellos. Pero no creo que los habitantes de esta estación matasen a los habitantes de la Tierra. Recuerda que, por lo que hemos podido aprender de los libros, la mayoría de las guerras que hicieron los Antepasados eran por motivos territoriales. Las guerras se producirían entre distintas regiones, entre distintos continentes. Y aquí vivían hombres de los cinco continentes, como Diren ha comprobado por los diferentes idiomas en que están escritos los libros. Además, en el espacio no hay territorios. No tendría sentido hacer una guerra territorial cuando se pueden construir estaciones como ésta o incluso más grandes y explorar todo el universo.

»Creo que aquí vivían Antepasados como los que había en la Tierra. Creo que después de siglos, de milenios de guerra tal vez, habían aprendido a vivir en paz entre ellos y habían sido capaces de vivir juntos. Creo que conservaron esos libros para que les sirvieran de aviso a las futuras generaciones sobre los peligros de la violencia.

»Creo que los kander llegaron hace cuarenta y dos años y destruyeron todo eso. Que nos han utilizado como herramientas. Que nos han quitado el pasado. Que nos han quitado la libertad.

»Sí, vivían de una forma diferente a nosotros. Tenían mujeres y convivían con ellas. Y tenían niños a los que criaban en común. ¿Quién puede saber si su forma de vida era mejor o peor que la nuestra?. Sus costumbres nos parecen abominables pero las nuestras nos han sido enseñadas por los kander, nos han sido impuestas. No eran las costumbres de los Antepasados. Tal vez llegue la hora en que tengamos que intentar vivir según esas costumbres.

— No sabes lo que dices, Karel. ¿Crees que podrías gozar con una... madre?. ¿Es que no recuerdas lo desagradables, lo...?.

— ¿Por qué?. — preguntó Choral interrumpiendo a Torio — ¿Por qué os resultaba a todos tan desagradable aparearos con las mujeres?.

— ¡Porque son asquerosas!. Apenas tienen inteligencia, ni sentimientos. Y el simple acto del apareamiento es...

— Lodren, — preguntó Choral, ignorándole — ¿Podría ser que los kander os hicieran sentir repugnancia durante el apareamiento para que no sintiérais ningún tipo de sentimiento por ellas?.

Lodren no respondió de inmediato. Se quedó sentado con la boca abierta contemplando a Choral asombrado.

— ¡Pues claro!. — respondió al cabo de unos segundos — Quiero decir, no tenemos pruebas de que así lo hicieran pero ahora que lo dices bien podría ser una explicación. Era condicionamiento. Una vez leí sobre un experimento de... ¡Mierda, tienes razón!. Los kander nos hacían sentir asco para que no pensáramos en las mujeres como miembros de nuestra misma especie.

— ¡Estáis locos!. — gritó Torio — no hacéis más que inventaros estupideces acerca de Kander. Ellos nos han criado, nos han enseñado todo lo que sabemos...

— ¡Llámales! — volvió a interrumpirle Choral — Karel, déjale que llame a la Tierra.

— No creo... — empezó a protestar Karel.

— Sí. Que hable con los kander. Que ellos hablen con nosotros. Que nos convenzan de que estamos equivocados. ¡Que nos lo demuestren!. Empezamos a tener problemas por no confiar entre nosotros ¿no?. Pues no cometamos el mismo error. Confiemos en ellos. Hablemos con ellos. Si es que podemos.

Karel se quedó contemplando a Choral, indeciso. Abrió la consola de su brazo y le dio unas órdenes.

— Ya está. Puedes llamar.

Torio tomó su consola mirándolos desconfiado.

Hizo varios intentos por llamar a la Tierra. Las ondas no le respondieron.

— ¿Creéis que podéis engañarme?. — preguntó al comprobar que no iba a haber respuesta — Habéis desconectado la radio.

Una vez más Karel y Choral se sintieron desanimados. ¿Cómo se podía convencer a quien no quería ser convencido?.

— ¿Qué vais a hacer ahora?. — preguntó Torio — ¿Encerrarme?. Es lo lógico, así no podré decir la verdad a nadie y podréis engañar a todos los demás.

— No. — respondió Karel — Realmente había pensado en ello, pero no creo que estés loco. Sólo pienso que estás equivocado. Los kander nos encerrarían, nos matarían a todos. Eso es lo que creo. Pero no pienso actuar como ellos. Tienes libertad para hacer lo que quieras. Puedes hablar con los demás hombres, decirles lo que piensas que es la verdad. Nosotros también haremos lo mismo. Contaremos a los hombres nuestra verdad. Y ellos tendrán libertad para elegir. Es más de lo que nunca han hecho los kander.

Karel se levantó para irse, y Choral le siguió hasta la puerta. Al llegar a ella Karel se dio cuenta de que Lodren seguía aún sentado.

— ¿Lodren?.

— ¿Eh?. Perdona, Karel. Es que estaba pensando. Creo que acabará por gustarme eso de la libertad.

— ¿Qué quieres decir?.

— Bueno, creo que es evidente. Dime, ¿alguna vez habías visto una escena como ésta?. Dos hombres hablando. Exponiendo distintos puntos de vista. Argumentando. Intentando convencerse el uno al otro. Uno está equivocado. O quizás los dos o ninguno, ¿qué importa?. Pero la discusión no se resuelve con una orden, ni con amenazas, ni encerrando uno de ellos al otro. "No estás loco, sino equivocado". Dime ¿no es una demostración palpable de que los kander ya no nos dominan?. ¿De que podemos elegir una opinión y creer en ella a pesar de todos los argumentos, órdenes y amenazas que nos hagan?. Sí, creo que me gustará eso de la libertad.

Sin esperar una respuesta, se levantó y se encaminó hacia la puerta. Antes de cerrarla, Karel vio que la cara de Torio reflejaba más incertidumbre que nunca.

   

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