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Bienvenidos a Libertad 8: Los supervivientes se van adaptando a la vida en la estación y siguen los trabajos de reparación.

Creada10-03-2013
Modificada15-06-2015
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Abril3

 

Bienvenidos a Libertad, Juan Polaino

Karel 8

Karel despertó de pronto en medio de la noche.

Consultó el reloj que había sobre la puerta y comprobó que apenas había dormido unas cuatro horas. Sin duda le habría despertado el sonido del cambio de guardia.

Intentó dormir de nuevo pero un pensamiento se repetía incesantemente en su cerebro.

¡Había mentido a Korander!.

Lo había hecho por un buen motivo, proteger a Pactor y a Lodren (sí, y a él mismo) de un castigo prematuro por unos pensamientos que tenían muy serias implicaciones.

Pero tarde o temprano Korander descubriría que le había mentido.

¿Podría evitarlo?.

Se levantó en medio del silencio del dormitorio, con cuidado de no despertar a Choral, y cogiendo su traje de vacío se dirigió a los aseos. Allí se vistió y se dirigió hacia la puerta que comunicaba con el exterior.

Las luces habían sido reducidas a muy baja intensidad durante el período de descanso. La temperatura del aire había ascendido hasta unos treinta grados bajo cero gracias a los calefactores que habían estado funcionando desde hacía más de diez horas. Según Lodren no podrían calentar mucho más el aire, pero si podían reconstruir el sistema de espejos original de la estación para que el mismo Sol hiciera el trabajo, pronto podrían olvidarse de los calefactores y de los trajes de vacío que, en realidad, solo usaban ya para protegerse del frío.

Se dirigió hacia los almacenes de la torre sur a los que llegó en unos veinte minutos y conectó su consola al ordenador de la lanzadera.

Había más de mil horas de audio y doscientas de vídeo en las cintas y no podía revisarlas todas, pero pidió al ordenador que eliminase todas las referencias a libros de papel en los registros, así como las conversaciones mantenidas con Pactor y Lodren en lo referente a que fuera Kander la causa del ataque que todos sufrieron.

Tenía que haberle hablado a Korander de la desobediencia de Diren, ¿por qué no lo había hecho?. No sabía qué podría hacer con él y tal vez Korander le habría aconsejado algo. Ahora era demasiado tarde, si le informaba, éste le preguntaría por qué no lo hizo al narrarle todo lo acontecido desde su llegada. Cada respuesta llevaría a una nueva pregunta y no estaba seguro de poder mentir lo suficientemente bien para evitar ser descubierto. Tal vez Korander desconfiase y podría sospechar que le había mentido. Karel no podía permitirlo.

Hizo que el ordenador le mostrara en un gráfico temporal todas las comunicaciones efectuadas en el tiempo transcurrido desde que llegaron a la estación. Cambió de sitio algunas de las comunicaciones para rellenar los huecos de tiempo que habían quedado y pidió un análisis semántico de cualquier conversación que transgrediera alguno de los dieciséis Mandamientos Kander.

Cuando consideró que había depurado lo suficiente la memoria del ordenador, hizo que éste borrara todas las órdenes enviadas desde su terminal en las dos últimas horas.

Aún faltaba una hora para despertar a la gente cuando regresó al refugio. Habló unos minutos con el centinela que había en la puerta antes de entrar y volver a quitarse el traje.

Estaba excitado.

Suavemente, cuidando de no hacer ruidos en la oscuridad, se dirigió hacia su colchoneta. Al introducirse bajo la manta, Choral abrió los ojos y le sonrió. Gozaron durante largo rato entre caricias y jadeos hasta llegar al orgasmo y entonces Choral volvió a dormirse.

Karel se quedó durante largo rato tendido sobre la colchoneta, contemplando el techo en medio de los mil ruidos que poblaban el interior del refugio.

Se sentía bien.

Aunque las dos veces que había dormido despertó casi en seguida, se sentía ahora mucho más relajado de lo que se había sentido desde que llegaron a la estación.

En la ciudadela, allá en la Tierra, estaría bastante avanzada la mañana y los hombres estarían trabajando por todos lados. Los niños en la guardería estarían quizás jugando entre ellos, tal vez estudiando ciencias o en su clase de autocontrol. Las madres...

Se revolvió intranquilo en la colchoneta agitando ligeramente a Choral.

Éste se había portado muy bien según los informes de Draken. Aprendía con rapidez los controles de la lanzadera y probablemente podría manejarla pronto él solo.

Karel tenía que hablar con los jefes de equipo y tenía que hacerlo sin radio, de tal forma que el ordenador no tuviese conocimiento de lo que les diría. Tras asegurarse de que Choral estaba de nuevo profundamente dormido, se levantó con cuidado y caminó por el dormitorio buscando a los jefes de equipo. Los despertó con cuidado de no molestar a nadie más y los citó en los aseos.

Allí estaban apenas unos minutos más tarde mirándole extrañados.

— Bien, — comenzó Karel — os he despertado para organizar el trabajo del día. Lodren, te encargarás de preparar la construcción del espejo bajo la torre sur. Torio y su equipo estarán a tu disposición, así como Draken y Choral en la lanzadera, pero no salgáis de la esfera hasta comprobar que ha terminado la tormenta de radiaciones. ¿Cuánto tiempo necesitarás para construir el espejo?.

— Para fabricarlo unas cuatro o cinco horas, y una o dos más para colocarlo en su sitio.

— Tienes todo lo que necesitas?.

— Sí, Karel.

— ¿Cuánto tiempo tardará en calentarse la estación hasta una temperatura que permita trabajar sin trajes?

— Bueno, calculo que unas treinta o cuarenta horas. Claro que tenemos que tener cuidado de ir controlando la presión atmosférica conforme asciende la temperatura, para evitar que supere la de la Tierra al nivel del mar. Primero pensé en expulsar el aire sobrante por alguna de las torres, pero luego me di cuenta de que podemos comprimirlo en un tanque que fabricaríamos específicamente para ello. Podremos hacerlo en uno de los almacenes de la torre sur que ya he examinado y simplemente habría que sellarlo internamente dejando unas válvulas manométricas en el lugar de la puerta y unas bombas neumáticas que bombeen el aire al interior o al exterior según aumente o disminuya la presión atmosférica.

— Bien. Dentro de quince minutos se encenderán las luces. Podéis retiraros y estar preparados para empezar cuanto antes.

— Perdona, Karel. — interrumpió Torio — ¿No vamos a seguir buscando a Remo?.

— Seguiremos buscándolo, pero te necesito con Lodren. Pactor y Diren se encargarán de continuar la búsqueda.

Torio volvió a los dormitorios seguido de Lodren y quedando solos Pactor, Diren y Karel.

— Pactor, ¿tienes algo que decirme?.

— No, Karel.

— Entonces atiende lo que te digo. No quiero volver a oír por radio ningún comentario como el que me hiciste ayer. Dentro de poco podremos prescindir de los trajes dentro de toda la estación. Si se te vuelve a ocurrir alguna idea extraña quiero que me la comentes, pero en privado, sin radio y sin nadie que pueda oír. ¿Has entendido?.

— Sí, Karel.

— Bien. No comentes con nadie esta conversación. Diren y tú continuaréis la búsqueda de Remo. Tiene que estar en algún sitio. La estación no es tan grande, recorredla entera, mirad en todos los rincones y cuando terminéis comenzad a examinar el interior de todas las casas. Hace dos días que desapareció, tiene que aparecer.

— Sí, Karel.

— Es todo, puedes retirarte.

Pactor no respondió. Se quedó mirando a Karel durante unos segundos con una expresión que éste no había visto antes en ningún rostro.

Cuando Pactor se volvió por fin para dirigirse al dormitorio, Karel se sintió aliviado. No comprendía lo que acababa de pasar en esos segundos pero estaba asustado. La mirada de Pactor debía significar algo y temía que fuera algo desagradable.

Volviéndose hacia Diren se preguntó lo que debía hacer con él, si es que podía hacer algo. Por un momento le pareció percibir un leve brillo de ¿miedo? en sus ojos aunque era difícil analizar su rostro. Nunca había conocido a nadie que pareciera tan insensible como Diren.

— Diren, cuando te dirigías a la torre sur comentaste algo que me extrañó. ¿Lo recuerdas?.

— No sé a qué te refieres. — respondió Diren tras una leve vacilación.

— Fue justo cuando llegabas a la torre sur. Te pregunté por qué habías entrado a investigar en un edificio desatendiendo mis órdenes de que te dirigieses a la torre.

— Sí, — contestó Diren desconcertado — y te expuse los motivos que tuve en aquel momento.

— Pero añadiste algo que me extrañó. Dijiste que estabas entrando en una zona de almacenes y recreo antes de entrar siquiera en ella. ¿Cómo supiste lo que era antes de entrar?.

— Ya te expliqué que habíamos visto las láminas con planos de los edificios principales de la estación en el edificio que entré a investigar. El ordenador reconoció los almacenes cuando llegamos a corta distancia y, al repasar los planos comprendí lo que eran.

— Sí, pero describiste también unos aparatos que, lo recuerdo perfectamente, dijiste que podían ser usados para, en la escasa gravedad de la zona cercana a los polos, desplazarse por el aire con la simple fuerza de unos pedales.

Diren permaneció en silencio.

— Dime, ¿cómo supiste de la existencia de esos aparatos?.

— ¿No estaban en las láminas?.

— No. Las he revisado todas y no hay ninguna que describa nada parecido.

Diren tardó varios segundos en contestar y Karel pensó que parecía sorprendido. Sorprendido y aliviado aunque no llegaba a entender el motivo. Estaba a punto de insistir cuando Diren respondió por fin.

— Entonces imagino que las recordé.

— ¿Qué?.

— Karel, quise explicártelo cuando entramos por primera vez en la estación. Todo esto yo lo he visto antes. Siempre he tenido extraños sueños a los que no sacaba ningún sentido. Desde que llegamos a esta estación recuerdo cosas que ignoraba conocer. Me pasó con los cables transportadores de la torre norte, me ha pasado con el río la primera vez que lo vi. Y también he recordado eso.

— Diren, no digas tonterías, no puedes recordar algo... ¿Quieres decir que estuviste aquí antes del ataque del Enemigo?.

— No. No lo creo, desde luego, pero recuerdo cosas de antes.

— De antes de ¿qué?.

— De antes de que viniera Kander.

Karel le contempló desconcertado. ¿Podía ser cierto lo que Diren decía?. Aunque a los mayores no les gustaba recordar aquella época, sabía que casi ninguno recordaba nada de antes del ataque del Enemigo y de la llegada de Kander. El mismo Lodren se negaba siquiera a intentar recordarlo. Sin embargo Diren hablaba de ello con una naturalidad que le desconcertaba. A pesar de todo lo que dijese, no acababa de creerlo.

Karel quería preguntarle, acusarle más bien de haber ojeado un libro de los Antepasados, pero ¿cómo hacerlo sin acusarse él mismo, sin admitir que él también había mirado ese libro?.

Las luces se encendieron en ese momento.

— Está bien. — dijo Karel reluctante — Puedes retirarte.

— Sí, Karel.

Al verlo alejarse, Karel sintió que había perdido una oportunidad aunque no podía estar seguro de qué clase de oportunidad se trataba. Algo sí sabía, vigilaría estrechamente a Diren a partir de ahora.

Lamentó no poder ducharse, pero Lodren aún no sabía si iban a poder disponer de agua suficiente para varios meses así que ésta estaba aún racionada. Tomando una esponja húmeda comenzó a lavarse mientras los aseos empezaban lentamente a llenarse de hombres que venían a asearse antes de volver a meterse en los trajes para un nuevo día de duro trabajo.

* * * * *

— Algunos hombres están descansando aún, tras haber hecho guardia durante la noche. Los equipos de Lodren y Torio están construyendo un espejo en el exterior destinado a reflejar la luz del Sol hacia la cara interna de los escudos, donde se reflejará hacia el interior de la esfera a través de los ventanales. Esto servirá, no sólo para iluminarla sino también para calentarla, con lo que podremos ahorrar bastante energía. Los demás hombres están realizando misiones de reconocimiento en las distintas dependencias de la estación.

Korander tenía un aspecto bastante cansado cuando contestó.

— ¿Cuanto tiempo podréis sobrevivir en la estación?.

— Lodren ha calculado que podremos ahorrar gran cantidad de energía una vez hayamos iluminado y calentado la esfera desde el exterior, tal como lo hacían los Antepasados. En tal caso la emplearemos casi toda en los fermentadores, con lo que quizás podamos resistir indefinidamente. El agua tampoco es ya un problema inmediato pues podemos racionarla y reciclarla, y cuando falte podremos conseguir más descomponiendo el combustible químico del tanque que rescatamos de la nave. Lodren ha calculado que, racionándola, tendremos agua para más de ocho meses. Espero que mucho antes estemos de vuelta en la Tierra. De todas formas me temo que dentro de poco nos vamos a quedar sin trabajo. El plan era estar en la estación dos semanas preparando el terreno para la siguiente expedición, pero hemos perdido casi todo el material. No podremos habilitar las habitaciones para Kander y el resto del trabajo podemos haberlo terminado en un par de semanas. Después no podremos hacer otra cosa que esperar.

— Kander está estudiando vuestra situación. Karel, he hablado con él durante casi toda la noche y me ha hecho muchas preguntas que no he sabido responder. Anoche enviaste sólo los datos de telemetría, ¿por qué no enviaste los registros de radio y vídeo?.

— Lo siento Korander, cuando pediste que enviara los datos pensé que te referías sólo a los de telemetría. Si lo deseas te enviaré los demás datos en este momento.

— Sí, hazlo. — contestó Korander irritado.

Karel hizo que el ordenador enviara a la Tierra todos los registros de la memoria.

— A partir de ahora, programa el ordenador para que envíe todos los datos cada veinticuatro horas. Todos. Kander opina que mientras más sepamos de vuestra situación mejor os podremos ayudar.

— Sí, Korander.

— Volveré a ponerme en contacto contigo cuando hayamos analizado estos datos.

— Sí, Korander.

Karel cortó la comunicación y respiró aliviado.

Sintió algo que no supo describir al comprobar que podía mentir a Korander sin que éste se diera cuenta. Kander no era capaz de captar su mente a semejante distancia y por tanto tenía las manos libres para arreglar cualquier problema a su manera antes de tener que darle explicaciones. No dudaba que tarde o temprano sería descubierto, pero confiaba en que antes él mismo revelaría todos los hechos a Korander y éste comprendería que era lo único que Karel podía haber hecho.

Mucho más tranquilo de lo que había estado en el tiempo transcurrido desde que llegaron a la estación, hizo un repaso escueto de los problemas que tenía que resolver antes de contarle toda la verdad a Kander.

En primer lugar estaba la desobediencia de Diren. Le resultaba evidente que éste había inventado una increíble historia para justificar su conocimiento de las aerocicletas.

Había mirado el libro, no tenía ninguna duda de ello, sin embargo no podía acusarlo sin delatarse a sí mismo. Tendría que esperar otra ocasión para sorprenderle de tal forma que él no se viera implicado. Y la ocasión se presentaría, si Diren había desobedecido una vez, desobedecería más veces. Sólo tenía que tenerlo vigilado constantemente hasta que lo sorprendiese en una situación comprometida.

Después, Pactor. ¿Cómo, por Kander, había llegado a imaginar...?

Tendría que hablar con él cuando pudieran hacerlo en privado, sin radio ni ordenador que grabasen sus palabras, y convencerlo de que estaba equivocado, que Kander no pudo ser el causante del ataque de Terror que sufrieron hacía ya...

¿Cuándo?. ¿Se refería Pactor al ataque de hacía dos días o al que sufrió la humanidad cuarenta y dos años atrás?. En cualquier caso debía convencerlo de que estaba equivocado, de que había sido un ataque del Enemigo. Si no podía convencerlo Kander pensaría que se había vuelto loco y, a su regreso a la Tierra, lo tendría que encerrar. Y era muy difícil curar la locura, Karel no conocía a nadie que hubiese sanado tras haber sido encerrado por Kander.

Por el bien de su amigo, debía convencerlo de que estaba equivocado.

Lodren era el siguiente problema que tenía que resolver. Tenía que hablar con él y averiguar lo que pensaba en realidad. Podía ser un lapsus el hecho de que hubiese mencionado 'el Terror de Kander' o podía ser que se hubiese dejado influir por lo que él le dijo. Lodren había sido su tutor de ciencias durante tres años, después de Karel, le apreciaba bastante y no podría soportar que fuera encerrado.

No podía permitir que pensara que Pactor tenía razón, quizás fuera difícil pero tenía que convencerlos a los dos.

En cuanto a las madres, ya no lo consideraba un problema. Kander les había dado la misma educación que recibían los Antepasados, eso estaba claro, así que lo que aparecía en ese libro debían ser mentiras, aberraciones de una mente enferma tanto más peligrosa en cuanto que había disfrazado mentiras evidentes dentro de lo que parecía un manual técnico de la construcción de la estación orbital. Karel nunca lo había pensado antes pero comprendió enseguida que la mejor forma de mentira podía ser la que se escondía en una irrebatible verdad.

Ahora comprendía porqué Kander había prohibido los libros de los Antepasados, porque a personas débiles podrían hacerles creer abominaciones tales que sólo la mente de un loco sería capaz de imaginar.

Y en cuanto resolviese estos cuatro problemas, podría contar toda la verdad a Korander, y éste comprendería que Karel había obrado correctamente, ya que era lo único que se podía hacer.

* * * * *

Pactor estaba enfadado.

No bastaba que Karel les hubiese llamado antes de hora para darles unas instrucciones que muy bien podían haber esperado hasta que se hubiesen aseado y vestido, también tuvo que soportar una reprimenda delante de Diren y luego ser expulsado como si no quisieran que se enterara de algo.

Pero ¿qué se creía Karel que estaba haciendo?. ¿Tan importante era lo que él había comentado?. Sólo había dicho que en su opinión los hombres de la primera generación se habían equivocado al suponer que habían sufrido un ataque del Enemigo. Y que se debería examinar la posibilidad de que el accidente hubiese sido provocado.

Karel no sólo se había negado a considerar esas hipótesis, sino que incluso le había prohibido hablar de ellas con nadie.

Y ahora, esos paseos nocturnos de los que le habían informado sus hombres le alarmaron. ¿Acaso Karel tenía secretos con los jefes de equipo?. Se preguntó si Karel obedecería órdenes de Kander o si estaba actuando por su cuenta. En tal caso su deber era vigilar a Karel, examinar sus actos y comunicar a la Tierra lo que observase. Si comprobaba que estaba equivocado, que Karel estaba cumpliendo con su deber según la voluntad de Kander, se callaría. Acataría las órdenes como siempre había hecho y aceptaría cualquier castigo que le pudiera sobrevenir por sus sospechas. Pero si tenía razón no dudaba que Kander destituiría a Karel y él sería el nuevo Karel de la misión.

Apuntó en su consola la distribución de las habitaciones del edificio que estaba examinando pensando en la estupidez de unos antepasados que desperdiciaban el espacio de esa forma. En vez de disponer de aseo y dormitorios comunes, había dos aseos y tres dormitorios con una sola cama en cada uno.

Casi todos los edificios pequeños tenían la misma distribución, variando el número de aseos y de dormitorios y contando también con varias habitaciones más cuyo destino ignoraba. Si hubiesen sido más racionales podían haber hecho edificios más pequeños, con menos tabiques y con un costo mucho menor. Y ¿por qué en casi todas las casas había una cama grande y las demás eran demasiado pequeñas para poder gozar cómodamente en ellas?. ¿Acaso sólo una pareja podía gozar mientras los demás hombres de la casa tenían que esperar el turno de disfrutar de la cama doble?.

Hubo otras cosas que le parecieron buenas ideas, como tener las camas elevadas unos veinte centímetros sobre el suelo, habiendo bajo ellas una serie de cajones que servirían para almacenar mantas y ropas al tiempo que actuarían como aislante térmico del suelo.

También en los aseos descubrió algunos aparatos cuyo uso, descubierto gracias a la intuición de Diren, le pareció sumamente original e interesante.

Incluso era buena la idea de disponer de una sala común, aparte de los dormitorios, donde los hombres de la casa pudieran reunirse a estudiar y charlar entre ellos, sin tener que sentarse en el suelo entre las camas.

Tomó nota de las pantallas de terminal que encontró y apuntó cuáles eran las que tenían teclado y cuáles no.

Cerrando la puerta a su espalda se dirigió hacia la siguiente casa. En ésta se llevó una sorpresa, pues comprobó que en ella había muchas más cosas que en los edificios anteriores. En la cocina, los armarios aparecían llenos de envases, algunos de los cubiertos y platos que en las casas anteriores estaban dispuestas en los cajones y armarios, se encontraban aquí en la pila que suponía servía para lavarlos. Tomó uno de los platos y comprobó que efectivamente estaba sucio con restos secos de algo que quizás en su día podían haber sido alimentos.

Al pasar al salón encontró una gran cantidad de artículos cuya finalidad le era desconocida pero que supuso ornamental.

En una estantería vio varios libros que ignoró.

En el suelo, tras un sofá, descubrió un retrato de cuatro personas que supuso serían los habitantes de la casa. Le pareció extraño que dos de ellos llevaran el cabello bastante corto sin llegarles siquiera a los hombros. Guardó el retrato en su mochila y ascendió a la planta superior contemplando varias imágenes clavadas en la pared que parecían haber sido hechas a mano y que representaban paisajes campestres con ciervos y caballos.

En los dormitorios imperaba un gran desorden. Ropas tiradas sin orden ni concierto sobre las camas sin hacer, revelaban una gran indisciplina o una gran prisa por abandonar el edificio.

— Diren, — llamó por la radio — he encontrado algo extraño. ¿Puedes venir?.

— Enseguida.

Unos minutos más tarde llegó Diren y se puso a examinar la casa.

— ¿Qué opinas?. — preguntó Pactor.

— Parece como si los hombres que vivían en esta casa la hubieran abandonado con bastante rapidez.

— En el salón he encontrado la foto de cuatro hombres que debían ser los habitantes de la casa. Hay tres dormitorios, uno con una cama doble y otros dos con camas individuales. El resto de las habitaciones muestran una distribución similar a las del resto de las casas.

— ¿Crees — preguntó Diren tras una vacilación — que las otras casas estuvieran abandonadas y sólo unas pocas estuvieran habitadas?.

— Sería posible, pero ¿por qué motivo iba a ser así?.

— Tal vez la estación estaba recién construida y aún no había sido ocupada por completo, eso explicaría el hecho de que haya sólo algunas casas con restos de habitantes. Quizás sólo habían empezado a habitarla cuando tuvieron que abandonar la estación dejando todo este desorden.

— Es posible, quizás por eso éste es el único edificio donde he visto libros y cuadros en las paredes.

Diren no dijo nada durante unos segundos. Aunque había visto los cuadros al subir por la escalera, no se había dado cuenta de que hubiera libros. De ser así, este sería el tercer sitio donde los había encontrado. Y sabía que tenía que haber muchos más.

Un fuerte resplandor les llamó la atención hacia las ventanas. Asomándose a ellas pudieron contemplar cómo los ventanales emitían una gran luminosidad en la que pudieron reconocer la luz del Sol.

Salieron a la terraza sintiendo a través del casco el calor que, reflejado en los espejos de los escudos, les iluminaba desde todas las direcciones al mismo tiempo. Diren alzó las manos hacia el casco y se lo quitó sintiendo al mismo tiempo las punzadas del gélido aire y la calidez del Sol.

— ¡Es maravilloso, Pactor!. ¡Ya no estamos encerrados!.

* * * * *

Lo mismo sintió Karel al quitarse el casco para percibir en el rostro los primeros rayos de Sol que penetraban en la estación desde hacía más de cuarenta años. Otros hombres, al verle, hicieron lo mismo y disfrutaron durante varios minutos antes de tener que volver a ponerse los cascos para resguardarse del frío.

Las radiaciones solares eran cálidas, pero llegaban difuminadas desde casi todos los puntos de los ventanales situados sobre sus cabezas.

En cambio desde cierta altura hacia abajo no llegaba luz ni calor.

Karel lamentó que se hubiesen perdido las imágenes captadas por Torio de la cara interna de los escudos. De no ser así le hubiese pedido al ordenador un análisis de la trayectoria de todos los rayos luminosos que incidiesen en un punto de la cara interna de la esfera, y no le hubiera sorprendido nada descubrir que las pequeñas diferencias en la orientación de los espejos contiguos que había detectado servían para que cada punto de la esfera fuera iluminado por muchos espejos distribuidos a lo largo de los sesenta grados que estuviesen más en el cenit de dicho punto.

A su alrededor podía ver la ciudad con mucha más claridad que hasta ahora.

Los edificios que tenía enfrente estaban sucios de todo el polvo que había descendido desde el polo norte de donde habían extraído el material para generar la atmósfera de la estación. Las paredes grises, los cristales sucios, la hierba, antes verde, cubierta ahora de un polvo marrón oscuro hacían, en suma, que aquella fuera la ciudad más sucia que había visto en su vida.

Al darse la vuelta comprobó que en la dirección opuesta las casas aparecían mucho más limpias, sólo el césped se veía sucio allá donde no hubiera casas. Sin embargo, junto a ellas, había una especie de sombra verde de césped sobre la que no había caído apenas polvo.

Karel examinó el termómetro de su casco y comprobó que la temperatura había subido dos grados en apenas cinco minutos. Los números parpadearon mientras los miraba y un grado más se añadió a los anteriores.

Volviéndose con resignación hacia Kestar Ramejo se preparó para soportar lo que éste tuviera que decirle.

— Bien, continúa.

— Sí, Karel. Lo que he pensado es lo siguiente. Podemos construir una nave tipo lanzadera con planeadores que nos permitirían ingresar en la atmósfera y regresar a la Tierra. Sólo tendría capacidad para unas treinta y cinco personas pero nada nos impide construir dos de ellas utilizando el material de las estructuras situadas alrededor de la torre norte. Habría material de sobra y calculo que podríamos terminar la primera de ellas en cuestión de treinta días como máximo. De esta forma no tendríamos que esperar seis meses hasta que Kander pudiera venir a rescatarnos.

— ¿Cómo podríamos construirla en tan poco tiempo?.

— Porque no sería una nave, sino un simple planeador con uno o dos motores a reacción de baja potencia. No tendría capacidad para despegar de la Tierra, ni siquiera para un viaje de más de unos pocos días de duración, pero sí para romper la barrera térmica de la atmósfera y llegar planeando al aeropuerto de la ciudadela. Se requerirían cálculos muy precisos para la reentrada, pero disponemos de bastantes componentes electrónicos para fabricar dos sencillos ordenadores de control de vuelo.

— ¿Se lo has dicho a Lodren?.

Kestar titubeó unos segundos antes de contestar.

— No. Está en el exterior y cuando he intentado ponerme en contacto con él...

— Te ha mandado a paseo. No me extraña. Sabiendo que está ocupado dirigiendo a dos equipos de hombres que están haciendo un trabajo urgente y necesario, deberías haber esperado a que hubiese estado libre antes de molestarle. Y encima te saltas la jerarquía y vienes a comunicármelo a mí sin...

— Pero, Andis, es urgente que...

— ¡Olvidas mi rango y aún tienes el valor de interrumpirme!. Kestar, no voy a castigarte por esta vez pero te advierto que no toleraré que te saltes la jerarquía. Tu jefe de equipo es Lodren y a él debes dirigirte. Y si él lo considera conveniente me expondrá tu plan en el momento oportuno.

— Perdona, Karel, pero el Enemigo...

— ¡No hay ningún Enemigo, maldita sea!. Vuelve a tu trabajo inmediatamente y procura no volver a dirigirte a mí hasta que Lodren te autorice a ello. Si vuelves a molestarme sin permiso de Lodren te encerraré donde no vuelva a verte en mucho tiempo.

— Sí, Karel. Perdona, Karel.

Diciendo esto, se volvió para alejarse rápidamente hacia donde quiera que tuviese su trabajo, quedándose Karel solo y furioso.

Maldita sea, ¿cómo se atrevía Kestar a saltarse de esa forma la jerarquía?. Le había hecho perder los estribos cuando por fin comenzaba a estar tranquilo.

Malhumorado, reemprendió el camino hacia la torre sur a donde se dirigía antes de ser abordado por Kestar.

No podía creer que un hombre pudiera estar tan asustado como Kestar Ramejo. ¿Cómo se podía tener tanto miedo?.

Desde la muerte de Kander, Karel había notado su falta como un terrible vacío que le llevaba a buscar constantemente algo sin llegar a saber lo que era. Era casi como si hubiese olvidado algo de suma importancia, algo que era imprescindible recordar pero de lo que no conseguía atisbar el menor indicio.

La presencia de Kander le había acompañado durante toda su vida dándole confianza en sí mismo, indicándole cuándo algo era correcto y cuándo no, animándole en sus momentos de tristeza y calmándole en sus momentos de intranquilidad.

Sin la ayuda de Kander era difícil incluso decidir cuestiones tan simples como el momento de levantarse de la cama.

Pero precisamente por tener que tomar una decisión tras otra, por pensar constantemente en lo que cada hombre tenía que hacer a continuación, Karel estaba empezando a superar su pérdida.

Quizás él no necesitaba a Kander tanto como Kestar.

“¿No hay ningún enemigo?”.

Deteniéndose de pronto, pidió al ordenador que reprodujese el final de su conversación con Kestar. Oyó su propia voz iracunda y le costó trabajo reconocerla.

¿Había él dicho eso?.

No podía creerlo. Quería decir que el Enemigo no volvería a atacarles, que podían estar tranquilos y que no había motivo para tener miedo.

¿Cómo reaccionaría Kander si supiese lo que había dicho?.

Pidió al ordenador que sustituyera la frase "no hay ningún Enemigo" por "olvídate del Enemigo". Aunque Kestar pudiese recordar las palabras exactas que empleó, dudaba que pudiese estar seguro de ellas si veía la transcripción. Y si comentaba su frase a alguien, quien examinase las transcripciones pensaría que era él el que había interpretado mal la frase.

Decidió que debía vigilar a Kestar y le pidió al ordenador que analizase todas sus conversaciones y le avisase cuando éstas se refiriesen a él o al Enemigo.

Por desgracia dentro de poco tiempo la temperatura de la estación ascendería lo suficiente para que no hicieran falta ya los trajes... ni las radios.

Una nueva idea se le ocurrió. Quería convencer a Lodren y Pactor de que estaban equivocados en sus suposiciones, pero quería hacerlo sin que la conversación pasara por el ordenador. Si aplazase la reunión de coordinación de hoy a mañana...

Si, mañana celebrarían la reunión. Según Lodren, en unas treinta horas conseguirían una temperatura más o menos fresca pero que les permitiría trabajar sin los incómodos trajes espaciales.

“Mañana lo arreglaremos todo” pensó.

* * * * *

— Es muy complicado. — dijo Choral, desesperanzado.

— No, no lo es tanto. — respondió Draken — Sólo tienes que recordar que los objetos en el espacio no se mueven en líneas rectas sino curvas, girando siempre alrededor de algo. En este caso la estación y nosotros estamos girando alrededor de la Tierra y ésta alrededor del Sol. Para nuestros cálculos podemos suponer que la Tierra está detenida en el espacio, al fin y al cabo la curvatura de su órbita en unos minutos es casi despreciable, pero no podemos hacer lo mismo con la estación.

— Entonces, para dirigirnos hacia la estación ¿no podemos ir en línea recta?.

— En distancias cortas sí. Pero imagínate que en este momento estamos a cien kilómetros detrás de la estación y a la misma velocidad que ésta. Estamos en la misma órbita. Pero si aceleras, estarás aumentando tu velocidad, seguirás una curva más amplia que te llevará a una órbita de mayor altura.

— Pero de todas formas iré más rápido que la estación y la alcanzaré, aunque sea pasando por encima. ¿No?.

— No irás más rápido, Choral. Tendrás más velocidad lineal pero habrás perdido velocidad angular. Al acelerar has cambiado de órbita. Ahora estás en una órbita más alta y por consiguiente más lenta. Mira, es como los planetas en torno al Sol. Mientras más lejos están, más tiempo tardan en girar alrededor del Sol.

— Entonces para alcanzar a la estación ¿tendría que frenar?

— ¡Exacto!. Con ello descenderías a una órbita más baja y con mayor velocidad angular.

— Y adelantaría a la estación por abajo.

— Sí, pero antes de adelantarla tienes que volver a acelerar para regresar a tu órbita actual.

— Y lo tengo que hacer en el segundo exacto para regresar a esta órbita a, pongamos quinientos metros de la estación. Entiendo. ¿Cuánto tendría que frenar?

— Más tarde te enseñaré a introducir los parámetros en el ordenador. Ahora estamos llegando a la torre. Toma los mandos y aterriza.

— ¿Quién?, ¿¿Yo??.

— Sí, claro. — respondió Draken riendo — Vamos, ya has realizado algunas maniobras bastante difíciles. Ésta no es más difícil que las otras.

Choral soltó un resoplido entre dientes.

Inclinándose sobre el ordenador le pidió la velocidad de la lanzadera. Frunció el ceño ante la respuesta y pidió una vectorización sobre el eje de la estación. Se estaban desplazando a ocho metros por segundo en una trayectoria que pasaría a noventa metros de la torre y a doscientos de la entrada del hangar.

Contempló a los hombres que estaban trabajando en la plataforma recién construida junto a las compuertas en el centro de la torre. La plataforma le pareció tan pequeña que no creía que pudiera aterrizar allí.

Lo primero era adquirir la misma velocidad y dirección de la estación. Después podría acelerar un poco, lo suficiente para colocarse justo debajo de la torre sur, apuntando hacia ella. Debería hacer que la nave girase a la misma velocidad que la estación, pero no estaba seguro de si sería mejor hacerlo antes o después de entrar en el hangar. Eso lo decidiría más tarde. De momento programó la secuencia que les llevaría hasta la entrada. El momento óptimo de inicio de secuencia apareció en pantalla en una cuenta atrás.

— Espera un momento, Choral. Estás programando una trayectoria, pero también hay que girar. Hay que procurar SIEMPRE ahorrar el máximo de combustible. Intenta que la lanzadera realice el giro al mismo tiempo que se dirige a su destino.

Choral miró la pantalla desconcertado. ¿Cómo podría hacerlo?. De momento anuló la secuencia que había introducido. Calculó que podría provocar el giro con al menos dos impulsos laterales, y otros dos para detener el giro cuando llegase a su destino. La primera secuencia de trayectoria quedó alterada y tuvo que volver a corregirla. Cuando completó las dos secuencias las proyectó en una simulación y tras comprobar que teóricamente funcionarían programó el inicio de la maniobra.

Esta vez el consumo de combustible previsto era mucho menor y Draken no hizo ningún comentario.

Esperó la cuenta atrás y dio la orden de ejecución.

Ahora no tenía nada más que hacer, el ordenador se encargaría de dirigir la maniobra a partir de ese momento encendiendo y apagando los motores en el instante oportuno. Choral intentó relajarse pero no lo consiguió. Esto no le había pasado nunca antes de la muerte de Kander. Normalmente bastaba que empezara a ponerse nervioso o preocupado para que de inmediato Kander le tranquilizase. En este momento le hubiera gustado que ocurriese lo mismo.

Sin embargo Draken estaba tranquilo mientras observaba el acercamiento.

»Tiene confianza en sí mismo. — pensó — En sí mismo y en la lanzadera. Yo también tengo que adquirir esa confianza sin depender de Kander como hemos hecho hasta ahora.

Más tranquilo, observó el extremo de la torre ante él. Ésta seguía dando vueltas y la lanzadera se desplazaba con lentitud hacia la puerta faltando un minuto para el contacto. En ese minuto la estación daría una vuelta más pero, según los cálculos, al acabar la maniobra ellos también estarían girando a la misma velocidad.

Tomó los mandos que controlaban los anclajes y esperó.

Por el rabillo del ojo vio que Draken parecía estar quedándose dormido.

»Pero ¿qué está haciendo?. ¿No se irá a dormir ahora?.

De nuevo en tensión, controló la maniobra de acercamiento. Era correcta. La lanzadera estaba ya dentro del hangar y estaba girando cada vez más rápida, hasta igualar la velocidad de giro del hangar. 

Mordiéndose los labios se obligó a esperar, a no precipitarse. Tenía que activar los anclajes en el momento exacto, ni un segundo antes ni un segundo después.

»Así, así, con suavidad. Eso es, no debes perder el control. Ahora, cuando la velocidad relativa se reduzca a cero, activas los anclajes. Espera, espera... ¡Ahora!.

Choral pulsó la última orden de la secuencia y oyó el fuerte sonido de los anclajes magnéticos al posarse en la pared interna del hangar.

Había aterrizado.

Asombrado, miró a Draken.

— ¡Lo he hecho!.

— ¡Ah!. ¿Sí?. — respondió Draken sonriendo mientras desactivaba los motores y preparaba la lanzadera para un largo descanso.

— ¡He aterrizado en en hangar!.

— ¡Pues claro!. ¿Acaso lo dudabas?. Sinceramente, después que me contaste cómo lo hiciste en el simulador tenía mis dudas, pero te he visto moverte por aquí en estos dos días y desde luego nunca vi a nadie que aprendiese tan rápido. Anda, vamos, tenemos que informar a Lodren.

Soltándose los arneses se dirigieron hacia la zona de carga. La fuerza centrífuga los empujaba ligeramente hacia las paredes pero no tuvieron dificultad, una vez abierta la compuerta, en recoger el cable que les tendía uno de los hombres de Lodren.

Enganchándolo a sus cinturones salieron de la lanzadera y con un suave tirón fueron izados hacia la puerta de acceso a la torre. Cuatro hombres estaban fijando varios anclajes más para asegurar la lanzadera y Draken se dirigió hacia ellos para supervisar su trabajo.

Choral contempló con envidia como se movía en la ingravidez. Aunque todos se habían entrenado en salas antigravedad, los pilotos habían recibido mucho más entrenamiento. Sabían moverse en el espacio como nadie. Se preguntó si alguna vez podría igualar la gracia con la que Draken saltaba de un asidero a otro, apoyándose en determinados sitios para corregir su rumbo o aumentar la velocidad.

Mirando hacia el exterior pudo ver las estrellas. En la dirección opuesta estaba el acceso a la torre. Junto al borde del hangar había un saliente que sobresalía varios metros de la pared del hangar. Al comprobar que su peso era muy escaso, apenas se sentía pesar unos veinte kilos, decidió asomarse al saliente, y lo que vió le dejó impresionado.

Ahora estaba en el exterior del hangar, en una especie de balcón desde el que podía mirar hacia el norte, hacia el resto de la estación. Pudo ver el espejo que acababan de colocar.

Desde donde estaba lo veía como un anillo casi perfecto con un agujero circular en su interior. El radio interior era del mismo tamaño que la esfera y el exterior que los escudos. Había algo engañoso en la perspectiva y era que en realidad su forma era la de una elipse que medía como un cincuenta por ciento más de largo que de ancho, y el agujero interior tenía exactamente la misma forma, pero su superficie estaba inclinada cuarenta y cinco grados con relación a la torre. La punta más cercana del espejo parecía girar alrededor de la torre pero era una sensación falsa. El espejo estaba inmóvil, estático en el espacio, inclinado cuarenta y cinco grados con relación a la torre y cuarenta y cinco grados con relación a los rayos del Sol. Era la torre, junto con toda la estación orbital la que giraba en el interior del espejo.

Mirando a través del agujero central del espejo pudo ver la torre en toda su longitud, y al final se veía el escudo sur tras el cual se encontraba la estación.

Su misión había sido un éxito como ya sabía por los mensajes recibidos por radio, y ardía en impaciencia por volver a la estación y contemplar, aunque tarde, aquel nuevo amanecer.

— Vamos, Choral. — dijo Draken al volver a su lado — la lanzadera ya está asegurada y no va a hacer más falta en dos días al menos. A ver si Lodren nos da algún otro trabajo.

Llegaron al extremo interno del hangar y desde allí, a través de una cámara de aislamiento, pasaron a la torre que les llevaría a la estación.

Mientras Choral se agarraba a una cinta de transporte trepando por ella a bastante velocidad, Draken se mantenía a su misma altura impulsándose de vez en cuando en algún saliente de la pared. En pocos minutos llegaron a la base de la torre penetrando en el gigantesco almacén.

Antes de buscar a Lodren saltaron hacia la ventana circular que había en el centro del techo del hangar. Draken llegó el primero y se volvió para asegurarse de que Choral había calculado bien el salto. Cuando éste se agarró a la barandilla que rodeaba la ventana contemplaron el paisaje del interior de la esfera.

Desde donde estaban podían ver toda la superficie de la estación iluminada por los rayos del Sol. Sorprendentemente vieron que el anillo de ventanales del hemisferio opuesto estaba casi completamente negro. El anillo más cercano estaba demasiado cerca de ellos y no podían llegar a verlo.

— ¿Cómo es posible?. — exclamó Draken — La luz está penetrando por los ventanales, ¿cómo pueden verse tan oscuros?.

— No creo que estén oscuros. — respondió Choral — Es el contraste entre una zona que refleja la luz y otra que solamente la deja pasar. Por lo visto los espejos reflejan la luz hacia la zona del bosque y la ciudad, no hacia los casquetes polares. Por eso la mayoría de las plantas congeladas que hay cerca de los polos son helechos y hongos, plantas de sombra. Hacia aquí sólo viene luz indirecta reflejada desde la ciudad.

Admiraron el paisaje durante unos minutos.

Draken pidió al ordenador que le mostrase en el casco la posición de Lodren.

Dos puntos de luz aparecieron ante su vista. Uno de ellos estaba justo frente a sus ojos. El otro, abajo a la derecha. Giró su casco en dirección al punto móvil que se fue acercando al central. Cuando ambos coincidieron estaba mirando hacia un grupo de hombres que, en el extremo opuesto de la esfera se movían alrededor de una mancha oscura en la superficie cercana a los edificios del polo norte.

Siguiendo su mirada, Choral también localizó al grupo.

— ¿Qué estarán haciendo?.

— Ni idea. — cambiando el tono de voz, habló a la radio — Lodren, hemos terminado la misión. La lanzadera está aparcada dentro del hangar y en condiciones de partir de inmediato cuando sea necesario. Choral y yo esperamos instrucciones.

— Quedan dos horas para la noche. — dijo Lodren — Podéis descansar hasta entonces. ¿Qué tal se ha portado Choral?.

— Bien.

— ¿Cómo que bien?. Bien y ¿qué más?. Quiero saber si vale como piloto, si se puede confiar en él en caso de emergencia, si podrá aprender a controlar con precisión la lanzadera.

— Le falta práctica. No hizo más que el primer curso de pilotaje antes de que Kander le diera otro destino. Creo que podría alcanzar mi nivel si practica con el simulador durante un par de meses.

— Lo malo es que no tenemos un simulador aquí. Solo contamos con una mísera lanzadera de verdad. ¿Cuándo crees que será capaz de hacer maniobras él solito?.

— Ya ha realizado algunas maniobras sencillas bajo mi supervisión. Si pudiésemos practicar unas horas todos los días me atrevería a dejarle pilotar solo dentro de diez o veinte días.

— ¡Buff!. O sea que no nos sirve para nada. Olvida lo de las prácticas, no podemos gastar el combustible en tonterías cuando tenemos que conservarlo para extraer el hidrógeno que vamos a necesitar. De todas formas es lo mejor que tenemos. Recomendaré a Karel que te lo transfiera como ayudante permanente. ¿Estás de acuerdo?.

— Sí, Lodren. — contestó Draken asombrado de que le pidiese su opinión.

— Ahora olvidadme hasta mañana, tengo mucho trabajo que hacer.

— ¡Bien!. — exclamó Draken cuando comprobó que se había cortado la comunicación. Se volvió hacia Choral para informarle de lo que había dicho Lodren pero se interrumpió al notar que aquél estaba hablando.

Sin querer interrumpir su conversación por radio decidió esperar a que terminase.

Unos minutos más tarde Choral terminó de hablar.

— Por la expresión de tu cara adivino con quién has estado hablando. — comentó.

— Draken, tengo buenas noticias, quizás no tengamos que esperar seis meses a ser rescatados. Es posible que podamos volver a la Tierra en uno o dos meses como máximo.

— ¡Vaya!, es estupendo, pero ¿cómo?.

— No lo sé, Karel no me lo ha explicado todo. Tiene aún que hablar con Lodren para ver si es posible y hasta entonces no quiere dar la noticia oficialmente.

— Espero que sea posible. — volviéndose hacia la ventana contempló la ciudad diseminada por el cinturón de la estación — Dime, ¿notas mucho la ausencia de Kander?.

— A veces. La verdad es que no he tenido mucho tiempo para sentirlo. El primer día fue terrible pero estaba tan agotado después del rescate del material de la nave y de meterlo todo en los almacenes que no tuve fuerzas para pensar en ello. Hoy he estado tan concentrado en lo que hacías con la lanzadera y en cómo lo hacías que tampoco aunque ha habido veces que me hubiera tranquilizado sentir su presencia. Supongo que mañana, si no salimos, será peor.

— Es lo que me pasa a mí. Quizás yo he tenido más tiempo para pensar que tú, al fin y al cabo tengo bastante práctica de vuelo, aunque sea simulado, y muchas maniobras puedo hacerlas de forma más o menos rutinaria. He pensado y he imaginado cosas... Dime, ¿alguna vez soñaste con vivir en un lugar como éste?.

— No. — contestó Choral extrañado — ¿Por qué?.

— Mira, acabamos de venir del espacio donde hemos pilotado una lanzadera durante todo el día para construir un espejo que ilumine la estación. No se tú pero a mí, pilotar es el trabajo que más me gusta. Y cuando terminamos no regresamos a una nave ni a la Tierra, sino aquí. Mira la ciudad, mira los bosques. Ahora imagina que la ciudad estuviese habitada por todos nosotros. Imagina que los bosques están vivos, que el río está lleno de agua y peces, que la hierba está fresca para tumbarse en ella con tus amigos y que Kander está con nosotros.

»Lo tendríamos todo, la naturaleza, la compañía de los amigos, la soledad cuando lo desees, Kander...

»Y el espacio.

Choral estaba impresionado. No había visto antes a Draken tan exaltado aunque no comprendía muy bien lo que intentaba explicarle.

— ¿Qué tiene el espacio que te atraiga tanto?.

— ¿Que qué tiene? — Draken le miró con asombro — Pues... No sé, las estrellas, el infinito, la ingravidez, el poder moverte en cualquier dirección sin estar pegado a una superficie... ¿Es que a ti no te atrae todo eso?.

— Sí, desde luego, aunque no creo que lo cambiase por lo que hay en la Tierra. Allí tenemos playas que no se pueden comparar con nada que pueda haber en el espacio. Y montañas gigantescas. Y extensas llanuras. Y puestas de sol. Y horizontes sin fin.

»Aquí no tenemos nada de eso. Aunque estuviese llena de vida ésta no sería más que una pequeña esfera hueca flotando en medio del vacío.

»¡Y en la Tierra hay tanto por descubrir aún!.

Draken lo miraba escéptico.

— ¿Qué puede haber en la Tierra?. Donde quiera que vayas, alguien ha estado allí antes. Solo encuentras ruinas de viejas ciudades, escombreras y carreteras derruidas. Aquí tienes todo el universo por explorar. Algún día construiremos naves para viajar a otros planetas, y tarde o temprano Kander nos enseñará técnica hiperespacial. Podremos abandonar el sistema solar y viajar a otras estrellas. Podremos explorar no un planeta sino toda la galaxia. ¿Cómo puedes comparar eso con una pequeña roca de seis mil kilómetros de radio perdida en...

— ¡Una pequeña roca!. ¿¡Una pequeña roca!?.

— ¡Una minúscula, ínfima roca perdida en el rincón más ignorado de la galaxia!. Lo que Kander debería hacer sería llevarnos a todos a su planeta de origen, donde quiera que esté, y ¡entonces sabrías lo que es explorar de verdad!.

— ¡No digas tonterías!. Precisamente a su planeta Kander no nos podría llevar nunca, nos destruiría de inmediato. Y en cuanto a esa ‘pequeña roca’, no deberías hablar tan despectivamente del planeta de nuestros Antepasados. En Él hemos nacido y crecido. En Él moriremos algún día. Y lo más importante, en Él hemos vivido todas las cosas que nos han hecho felices a lo largo de nuestra vida. Vivimos en un pequeño rincón de un inmenso continente. Conocemos unos diez mil kilómetros cuadrados a nuestro alrededor y nunca hemos viajado a más de quinientos kilómetros de distancia de la ciudadela. Hace ya años que exploramos las ocho ciudades más cercanas y numerosas aldeas. Creo que va siendo hora de explorar otras ciudades y continentes y, algún día, habitar otras tierras.

— ¿Te alejarías de la ciudadela?.

— ¿Qué te extraña?. Tú hablabas hace un minuto de alejarte en el espacio. Yo no me iría a más de veinte mil kilómetros.

— Pero yo iría con Kander y tú hablas de irte a otros lugares del planeta sin él.

— No creo que estar a algo más de mil kilómetros de Kander represente diferencia en lo que se refiere a sentir su presencia. Tendríamos que hacer algunos experimentos para averiguar a qué distancia dejamos de sentirle y mantenernos dentro de ese radio, y aún así tendríamos millones de kilómetros cuadrados para explorar.

Draken contempló el paisaje que se ofrecía a su vista y lo comparó con la imagen del mundo imaginado por Choral. No le parecía que explorar la Tierra fuese tan emocionante, aunque a menudo había observado que sus gustos no eran siempre compartidos por sus otros compañeros. Incluso entre los pilotos había diferencias substanciales en la manera de evaluar los beneficios de la navegación espacial. Choral, por ejemplo, se había revelado como un magnífico técnico a quien entusiasmaba el control que tenía sobre la máquina, pero sólo como un medio para comprender el funcionamiento de las leyes de la mecánica y de la física. A Draken no le interesaba tanto el control ni el funcionamiento de la lanzadera como las inmensas posibilidades de navegar y explorar porque sí, sin pensar en los posibles beneficios que sus descubrimientos pudieran aportar al bagaje de conocimientos científicos.

— Es posible que tengas razón. — contemporizó — Hay muchas cosas que descubrir en la Tierra y también en el espacio. Quizás podríamos hacer ambas cosas. — Se sorprendió al percibir un leve gesto de fastidio en el rostro de Choral. — ¿No crees?.

— No lo sé. Kander nunca nos ha dejado alejarnos demasiado de la ciudadela. De hecho, en los últimos años se han hecho muy pocas exploraciones a las ocho ciudades y sólo han ido unos cuantos. ¿Y si Kander no quiere que exploremos en el planeta?.

— En tal caso no hay más que hablar. Kander sí permite la exploración del espacio. Hasta él mismo ha venido con nosotros. Aprovechemos lo que tenemos y olvidemos lo que no agrada a Kander.

Choral se concentró por unos minutos en lo que hacía el equipo de Lodren. Estaban dirigiendo varios rayos láser hacia la mancha oscura en la que habían quedado los restos del material del que habían extraído la atmósfera de la estación. Se preguntó el motivo. El polvo. ¡Pues claro!. El material no utilizado había quedado en estado de polvo. La baja gravedad existente cerca de los polos haría que las turbulencias del aire arrastraran el polvo ensuciando aún más la ya de por sí sucia ciudad. Al bañar la superficie del polvo con rayos láser de alto poder calórico podrían fundirla para formar una costra cristalina que impediría que aquél siguiese esparciéndose.

— ¿Por qué?. — murmuró tristemente.

— ¿Qué?.

— ¿Por qué Kander no quiere que exploremos más exhaustivamente los alrededores de la ciudadela?. Durante años se han hecho muchas expediciones a las ciudades pero cada vez son menos.

— El sabrá. Quizás hay algún peligro en el territorio que nos rodea. Mira lo que le pasó a Tanis.

— Lo sé. Pero en tal caso deberíamos descubrir esos peligros y luchar contra ellos, no renunciar a las exploraciones.

— Kander lo ha decidido así. Cuando lo estime oportuno dará permiso para explorar otros territorios. Hasta entonces sólo hay que esperar.

Choral volvió a guardar silencio. No estaba de acuerdo con Draken. Por un momento se sobresaltó al pensar que la opinión de éste era la voluntad de Kander. ¿Podía no estar de acuerdo con la voluntad de Kander?.

— Vamos, — dijo Draken — Podemos explorar algunos edificios antes de volver al campamento a pasar la noche.

"¿Explorar?", pensó Choral divertido. Soltándose de la barandilla saltó hacia la salida detrás de Draken que se disponía a hacer aquello que había menospreciado unos minutos antes.

   

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