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Bienvenidos a Libertad 10: Los oficiales de la tripulación, sorprendidos por lo que han descubierto, deciden seguir investigando.

Creada10-03-2013
Modificada15-06-2015
Total Visitas189
Abril4

 

Bienvenidos a Libertad, Juan Polaino

Choral 10

— Karel, he leído tu último informe y estoy muy satisfecho del mismo. Esta misma mañana someteré tus propuestas a Kander y a la tarde te comunicaré su decisión. Ahora quisiera hablar contigo en privado.

Karel comprobó que no había nadie a su alrededor que pudiese oír su conversación con Korander. Se aseguró también de que el ordenador no transmitía la conversación a ningún receptor más que al suyo.

— Sí, Korander.

— ¿Qué te pasó ayer?. ¿Por qué enviaste a Pactor a hablar conmigo por la tarde?. ¿Te encuentras enfermo?.

Se preguntó hasta qué punto podría mentir antes de que Korander, o Kander al ver posteriormente la cinta, descubriesen algo extraño en su comportamiento. El interés de Korander no era personal, no estaba realmente interesado en su salud. Más bien estaba interesado en saber si Karel se había sentido desbordado por sus nuevas responsabilidades y era incapaz de dirigir convenientemente a sus hombres.

— No, Korander. Sólo estaba agotado. Después de tantas horas de trabajo y tensión, sin apenas haber descansado por las noches, no sé en realidad lo que me pasó. Pero ya estoy mucho mejor y no volverá a ocurrir. Puedes estar tranquilo.

— Escucha, sé que ha sido todo muy repentino, que habéis pasado un trauma y una terrible incertidumbre por vuestro destino. Pero quiero que sepas que, si en algún momento te consideras incapaz de asumir el cargo de Karel...

— No...

— ...puedes consultarme cualquier duda en cualquier momento. Conozco tus evaluaciones y sé que eres capaz de dirigir a todos tus hombres con eficacia y superar todas las dificultades que se os presenten. En ocasiones el mando puede ser difícil. Debemos ser capaces de tomar importantes decisiones y, a veces, de ellas pueden depender las vidas de algunos hombres. Si eso te resulta difícil en alguna ocasión, yo estoy aquí para ayudarte en todo momento.

— Gracias, Korander. Espero no defraudarte.

Karel cortó la comunicación aliviado. Por un momento había temido que Korander le destituyese del puesto y pusiera a otro en su lugar, y entonces no podría hacer nada de lo que, muy esquemáticamente, había estado planeando durante la noche. Ahora en cambio sabía que podía estar más tranquilo. Korander le había ratificado en su puesto ¡e incluso se había ofrecido a ayudarle si tenía dudas sobre el mando!. Sonrió en su interior pensando cómo reaccionaría si le planteaba algunas dudas, pero no sobre el mando. Sin duda le tacharía de loco y daría las órdenes oportunas a Pactor para que lo encerrara y lo mantuviera bajo custodia hasta que volvieran a la Tierra.

Tomando de nuevo la consola pidió las pantallas de los trajes del equipo de Lodren. Éste se encontraba en el exterior de la torre sur terminando de ajustar unos dispositivos que desviarían el espejo exterior unos cuantos grados cuando desearan tener en la esfera un período de oscuridad nocturna.

Ya iba siendo hora. Aunque el espejo fabricado al extremo de la torre sur sólo llevaba unas cuarenta horas en su posición, la temperatura del interior de la esfera había superado los cuarenta grados centígrados durante la noche.

Pasándose el brazo por la frente para limpiarse el sudor, se preguntó si tendrían que volver a usar los trajes de vacío para protegerse ahora del calor.

No. Por una de las pantallas vio que Lodren terminaba de ajustar unos aparatos en el borde interno del espejo y se alejaba hacia la torre. Habían construido un anillo alrededor de ésta, como a un metro de su superficie, que se mantenía estático mientras la torre giraba en su interior. El espejo, en forma de anillo circular, se mantenía también estático alrededor de la torre pero inclinado unos cuarenta y cinco grados para reflejar la luz del sol hacia los espejos que había en el interior del escudo norte, desde donde se reflejarían, una parte hacia los ventanales del norte de la esfera, la otra hacia los espejos del escudo sur y a sus propios ventanales.

Apretando unas teclas de su consola, Lodren dio unas instrucciones al ordenador y se apartó para observar el espejo.

Unos segundos después, éste comenzó a girar lentamente. Karel sintió que la luminosidad que le rodeaba empezaba a disminuir. Cuando el espejo se detuvo, tras haber ganado unos pocos grados de inclinación, la luz en el interior de la esfera se había reducido considerablemente. No habían quedado tan a oscuras como si fuera de noche y, de hecho, podían ver a todo lo largo de la estación, pero la ciudad había quedado sumida en una leve penumbra que, permitiendo trabajar con comodidad, era casi como el preludio del amanecer.

Pensó felicitar a Lodren por su trabajo pero no quiso distraerlo en ese momento.

En el interior de la esfera los equipos de Diren y Pactor examinaban más edificios en busca de restos de los Antepasados. Diren tenía su ordenador apagado y no pudo ver lo que estaba haciendo, pero pidió al ordenador central su localización y éste le informó de que en el momento de apagarlo hacía unos minutos que había entrado en el edificio que se suponía era el recinto de las madres.

Examinó las últimas imágenes recogidas por él y se sorprendió tanto como sin duda se había sorprendido Diren. El edificio donde había entrado no era, desde luego, el recinto de las madres, ya sabía sin ningún género de duda que no existía tal recinto. La primera habitación en la que entró Diren tenía unas veinte pequeñas mesas con sus correspondientes sillas orientadas todas hacia una de las paredes donde había lo que parecía una gran pantalla de ordenador cuya negrura contrastaba enormemente con el color de las paredes. Sobre una tarima, a un lado de la gran pantalla, había una mesa más grande orientada hacia las otras mesas. Al otro lado vio un armario con las puertas de cristal a cuyo través se veían varios estantes llenos de libros.

Era en ese momento cuando acababan los registros de la cámara de Diren.

Diren había encontrado más libros.

¡E inmediatamente después había desconectado el ordenador!.

Si antes había tenido alguna duda, ahora estaba seguro.

Se dirigió hacia el edificio, que estaba a un cuarto de circunferencia, unos mil trescientos metros, pensando sorprenderle en el momento en que aún estuviese mirando los libros. Tendría entonces la excusa perfecta para destituirle y denunciarle a Korander sin tener que admitir que él mismo había infringido el mismo Mandamiento.

Cuando estaba a punto de llegar al edificio oyó la voz de Pactor que le llamaba por radio.

— Karel, ¿puedo hablar contigo?.

— En este momento estoy ocupado. ¿Qué quieres?.

— He descubierto algo extraño en una de las casas. Creo que deberías verlo.

— Pactor, intenta ser más específico. ¿Qué has descubierto?.

— No creo que debamos hablar de ello por radio. Necesito enseñártelo personalmente.

— Está bien. En este momento estoy llegando al recinto de las madres. ¿Puedes traer lo que sea que me quieras enseñar?.

— Sí. Estaré allí en veinte minutos.

Karel se alegró de la llamada de Pactor. No solo descubriría la desobediencia de Diren sorprendiéndolo en el acto, sino que además contaría con un testigo directo que ratificaría su acusación.

Al llegar a la puerta estuvo tentado de esperar a Pactor antes de entrar y sorprender juntos a Diren, pero no pudo resistir la tentación de sorprenderle cuanto antes.

Entró en un amplio vestíbulo y, guiado por las últimas imágenes grabadas por las cámaras de Diren, siguió sus pasos.

Silenciosamente penetró en la habitación en la que Diren había entrado justo antes de desconectar los sistemas de su traje.

Lo vio al fondo, inclinado ante una mesa cubierta por más de una decena de libros que se esparcían abiertos y mostrando numerosas fotografías, dibujos y mapas. Sin embargo, el libro que estaba hojeando con suma concentración no contenía más que caracteres. Tan absorto estaba en su examen que no oyó a Karel acercarse.

— Diren, ¿qué estás haciendo?.

Éste tuvo un sobresalto tan grande que dejó caer el libro al suelo.

Karel no pudo evitar divertirse con la expresión de Diren, aterrorizado al comprobar que había sido descubierto.

— ¿Y bien?. Te he hecho una pregunta. ¿Qué estás haciendo?.

Poco a poco, Diren fue recuperando su compostura. Había sido sorprendido, sí. Estaba quebrantando un Mandamiento, sí. Pero Karel se dio cuenta de que comenzaba a tranquilizarse y a asumir de nuevo su carácter frío e impertérrito. Eso le irritó. ¿Cómo podía llegar a estar tan tranquilo?.

— ¡Contesta! — gritó con indignación — Has estado mirando los libros, eso es evidente. ¿Acaso te has vuelto loco que eres capaz de desobedecerme e incluso desobedecer a Kander?.

Diren se agachó para recoger el libro caído a sus pies y, sacudiéndole el polvo, volvió a colocarlo sobre la mesa.

— Sí, Karel, estaba mirando los libros. No sólo eso, los estaba leyendo.

— ¿Qué?. Ahora lo entiendo. Te has vuelto loco.

— ¿Loco?. — contestó Diren con una amarga sonrisa — No, Karel. Quizás soy yo quien está más cuerdo en esta estación.

— Eso lo veremos. De momento quedarás confinado al refugio y no saldrás de él hasta que Kander lo decida. Informaré a Korander de inmediato. — Se volvió para abandonar la sala.

— ¿No vas a dejar que te explique...?

— ¡No hay nada que explicar!. — Karel se detuvo junto a la puerta disfrutando al ver cómo Diren se debatía indeciso — Quizás Kander pueda curarte, pero no lo creo. Hasta ahora no ha conseguido curar a ninguno de los que se han vuelto locos en los últimos años, y tu locura es mayor que la de nadie que yo haya conocido.

— Karel, es importante que me escuches. Antes de que informes a Kander debo explicarte lo que he descubierto.

— Lo que hayas podido descubrir en los libros no importa. Lo importante es que has quebrantado los Mandamientos. ¿Por qué tendría que escucharte?.

— ¡Por Tanis!.

Karel sintió como una bofetada en el rostro. Con la vista nublada por la furia y las manos fuertemente apretadas a sus costados, avanzó hacia Diren hasta quedar su rostro a escasos centímetros del de Diren.

— ¿Cómo te atreves a pronunciar su nombre?. Después de lo que hiciste debería...

— ¡Yo no lo sabía!. Karel, hasta que llegamos a esta estación nunca lo supe.

Karel se sintió desconcertado.

— ¿De qué estás hablando?.

— Cuando Tanis murió no supe qué debía hacer con su cuerpo. Nunca había visto morir a nadie desde la llegada de Kander. Lodren y yo hablamos de llevar su cadáver a la ciudadela pero Kander nos dijo que lo abandonásemos.

— ¡Mientes!. Kander no hubiera permitido que abandonaseis a Tanis en medio de un montón de ruinas.

— Cuando te di la noticia me odiaste. Pensé que con el tiempo habías dejado de hacerlo, pero cuando encontramos el cuerpo de Chaco y organizaste su funeral comprendí que eso era lo que debíamos haber hecho con Tanis. Karel, en ese momento me odié por haber abandonado su cuerpo pero no pudimos hacer otra cosa. Kander nos lo había ordenado.

Karel se sentía desbordado por la oleada de sentimientos contradictorios que luchaban por hacerse oír en su interior.

Pensó un momento en el sufrimiento de Poster, en lo que habría sufrido si el cuerpo de Chaco hubiera sido arrojado al espacio como un desperdicio.

El funeral que Karel había improvisado quizás no significara nada para Chaco, su destino habría sido el mismo, ser arrojado al espacio. Pero la dignidad, el respeto y el sentimiento que virtieron en el acto convirtieron algo necesario en un medio para que Poster pudiera liberar unos sentimientos que de otro modo le hubieran ahogado durante años.

Como le habían ahogado a él.

¿Realmente había odiado a Diren?.

Sí, lo había hecho.

Durante dos años había evitado su presencia cuando era posible. Le había ignorado cuando estaba presente. Le había reprendido cada vez que cometía una falta. Y nunca, nunca, le había felicitado cuando cumplía de manera impecable sus obligaciones.

Recordó las veces que había felicitado a sus hombres cuando hacían un trabajo bien hecho. A Diren siempre le encontraba faltas que desvirtuaban sus éxitos. No importaba lo que hiciera, Karel siempre había encontrado algo que criticar en él.

Siempre, desde la muerte de Tanis.

Si en vez de Diren hubiera sorprendido a Lodren, o a Pactor, o a cualquier otro, ¿no le hubiera dado la oportunidad de explicarse?. Después podría aceptar o desechar sus excusas, pero a ellos al menos les hubiera escuchado.

Sintiéndose de repente avergonzado por su propio injusto proceder, decidió que lo menos que podía hacer era dar una oportunidad a Diren de que se explicase.

— Está bien, oiré lo que tengas que decirme aunque no creo que nada de lo que digas pueda justificar tus actos.

Diren dio un suspiro de alivio al oír la inesperada respuesta de Karel. Se frotó el rostro con las manos al tiempo que intentaba decidir cómo empezar.

Karel se sintió sorprendido del gesto. Nunca había visto a Diren mostrar alivio ni, prácticamente, ninguna otra emoción. Esperó pacientemente a que Diren comenzara a hablar.

— Karel, sé que te costará creerlo pero debes hacerlo. ¡Yo sabía leer antes de la llegada de Kander!. Era apenas un niño de cinco años pero sabía leer. Lodren no sabía, Kestar no sabía, ninguno de los mayores sabía pero yo sí. Desde que llegamos a esta estación he estado recordando cosas, cada vez más, y cuando vi la biblioteca...

— ¡La biblioteca!. ¡Sabías que era una biblioteca!.

— Había unas palabras sobre la puerta. No podía reconocer la mayoría de ellas pero algunas se parecían mucho a otras y supe que eran las mismas palabras en distintos idiomas. Y en uno de esos idiomas reconocí perfectamente lo que ponían.

— Ya. — asintió Karel, escéptico — ¿Y qué se supone que ponían?.

— Biblioteca de Libertad.

— ¿Libertad?. ¿Y qué es eso?.

— Es el nombre de la estación, el nombre que le daban los Antepasados. Es una palabra que significa... algo así como cuando no tienes... propietarios, cuando puedes elegir.

— ¿Elegir?. Diren, no lo entiendo. ¿Por qué iban a tener los Antepasados una palabra para designar algo cuyo opuesto no tiene ningún sentido?. ¿Cómo podrías no elegir?. ¿Propietarios?. Los hombres no pueden tener propietarios. ¿A qué se aplica esa palabra?.

— ¡No lo sé!. Pero lo importante es que fui capaz de reconocer esas palabras. — con un gesto de frustración, Diren continuó — Karel, tienes que entenderme. En la Tierra hice varios viajes de inspección con Lodren y nunca había encontrado un mensaje que pudiese leer. Tenía la sensación de conocer los caracteres pero nunca fui capaz de reconocer una palabra.

— ¿Miraste libros en la Tierra?.

— ¡No!. Eran los caracteres que ponían los Antepasados sobre las puertas de sus casas y en las señales de las calles. Nunca se me ocurrió hojear un libro por la sencilla razón de que no sabía que podría entenderlo. Pero nada más llegar aquí encuentro tres palabras que reconozco, prácticamente en el primer edificio que veo. Entré en él y descubrí... miles de libros pero de un tipo que no podía leer. Supuse que eran libros pero en forma de cartuchos que tienen que ser leídos por medio de un ordenador. Pero en la parte frontal de los cartuchos aparecían los títulos de los libros. ¡Y pude reconocer algunas palabras en algunos de ellos!.

»Había un libro sobre una de las mesas y quise comprobar si podía entenderlo. Esperé a que mis hombres enviaran todas las láminas de las paredes al ordenador y cuando salieron y me quedé solo, lo cogí. Sí, lo cogí y lo abrí y examiné varias de sus páginas. Allí fue donde vi el dibujo de las máquinas voladoras por las que me preguntaste. ¡Y por eso sé que tú hiciste lo mismo!.

— ¿Qué?.

— En cuanto pude regresé a la biblioteca y el libro ya no estaba. Busqué por todos lados hasta encontrar el letrero que dejaste en una puerta y supe que habías escondido allí el libro. Lo escondiste pero no pusiste la marca que indicaba que detrás había libros. Me pregunté por qué hasta que me preguntaste por los aparatos voladores. Entonces comprendí que tú habías mirado también el libro. También supe que, aunque había cometido una equivocación al hablar de ellos, no podrías acusarme porque tendrías que admitir que tú también habías visto esos dibujos.

— Yo no he mirado ningún libro. — respondió Karel repentinamente alarmado.

— Entonces ¿por qué no pusiste en la puerta la señal de que allí había libros?. ¿Por qué no informaste a Korander ni le dijiste nada de la biblioteca? Karel, si Kander llega a saber esto se preguntará por qué has actuado así y no creo que puedas explicarlo.

— ¿Cómo sabes que no he informado a Korander?.

— Cuando me preguntaste por las máquinas voladoras me di cuenta de que había cometido un error al decírtelo. Estaba demasiado asombrado por lo que había visto en los dibujos del libro y por las cosas que estaba recordando y hablé sin pensar. Y me di cuenta de que tú también los habías visto, si no, ni siquiera lo habrías recordado después del trauma mental que supuso para todos el ataque del Enemigo y la muerte de Kander.

»No podías denunciarme sin acusarte tú mismo. Por eso has esperado a tener la oportunidad de sorprenderme cuando yo no tuviera ninguna excusa.

Karel se mordió los labios, indeciso. Le asombraba que Diren hubiera sido capaz de analizar su forma de actuar de una forma tan transparente. ¿Tan evidente había sido?. No. Ninguno de los demás hombres se había dado cuenta de nada. Sólo Diren, al tener más información, había llegado a la conclusión...

¡No podía denunciarle!.

Si informaba a Korander, éste querría seguramente hablar con Diren antes de dar la orden de encerrarle. Y si Diren le contaba a Korander la mitad de las cosas que había dicho, se daría cuenta de que Karel le había mentido.

Agobiado por el callejón sin salida en que se encontraba, intentó encontrar una solución, o al menos una forma de no tener que denunciar a Diren.

— Al comprender que no me denunciarías de momento — siguió Diren — decidí olvidarme de los libros. No quería darte una oportunidad de que me sorprendieras... como acabas de sorprenderme ahora. Pero no pude evitarlo. Cuando me enviaste a examinar las depuradoras de agua encontré en un armario lleno de ropas y herramientas una colección de varios libros.

»¡Y podía entender lo que ponían!.

»Con gran esfuerzo, leí varias líneas antes de darme cuenta de lo que estaba haciendo. No pensé, estaba tan asombrado que actué de forma totalmente impulsiva. Ni siquiera había apagado las cámaras de vídeo que enviaban las imágenes al ordenador tal como he hecho hoy.

»Durante horas estuve aterrorizado pensando que tarde o temprano verías esas imágenes. Cuando enviaste los registros del ordenador a la Tierra pensé que en cuestión de horas te llamarían para que me detuvieras.

»Nunca he pasado tanto miedo en mi vida.

»Incluso a la mañana siguiente, cuando nos reuniste a todos en los lavabos, pensé que lo hacías porque me habías descubierto. Por eso me sorprendí cuando sólo me preguntaste por las máquinas voladoras que te había mencionado.

»Cuando vi que no ocurría nada empecé a tener una leve esperanza. Primero pensé que tú habías borrado deliberadamente los registros aunque no conseguía imaginar un motivo para que lo hicieras. Después supuse que el ordenador que montamos en los almacenes de la torre sur tendría algún defecto de montaje y había perdido parte de la información al ser transferida desde la lanzadera. Esto hizo que tuviera esperanzas.

»Vi libros en un par de sitios más pero ni me acerqué a ellos. No quería correr más riesgos. Cuando por fin comprendí que ni tú ni Korander me habíais descubierto, supe que el peligro había pasado. No pensaba acercarme a ningún libro nunca más hasta que me enviaste aquí. Cuando vi la hilera de libros en el armario no pude resistir la tentación. ¡Tenía que saber si podía leer alguno de ellos!.

»Entonces fue cuando me descubriste.

Karel lo veía todo en retrospectiva con tanta claridad que no comprendía cómo no había sido capaz de adivinar mucho antes la desobediencia de Diren. Por supuesto, había sido él quién retrasó el envío de los registros de vídeo a la Tierra y quien eliminó todas las referencias que pudiera haber a libros sin saber que de esa forma también estaba eliminando las pruebas que inculpaban a Diren. De no haber actuado así, el mismo Korander le hubiera avisado durante aquella madrugada para que pusiera a buen recaudo a Diren. Claro que entonces también Pactor y Lodren e incluso él mismo estarían en dificultades.

— Y ¿has podido encontrar algo que puedas leer?. — preguntó Karel, inseguro aún de que fuera posible lo que Diren afirmaba.

— No estoy seguro. He encontrado un libro en el que hay palabras que puedo entender, pero otras muchas que no. No es como los libros que encontré en la depuradora, aquellos parecían contar una historia aunque apenas llegué a leer algunas líneas. Éste, en cambio, tiene algunas palabras que entiendo, y hasta frases, pero todo ello entremezclado con cientos de palabras que no entiendo. Es como si lo Antepasados tuvieran dos lenguajes totalmente distintos entre sí.

»Pero he visto dibujos y fotografías que me han hecho recordar...

Diren se detuvo, indeciso, con el ceño fruncido en feroz concentración. Karel, sorprendido por haberle visto demostrar más emociones en unos minutos que en todos los años anteriores desde que le conocía, no sabía qué pensar.

¿Dos lenguajes?.

Kander les había enseñado a hablar lansi y era evidente que los Antepasados hablaban un idioma distinto. Pero ¿podían tener dos lenguajes distintos, quizás incomprensibles entre sí?. ¿Para qué?.

— ¿Recordar?. ¿Qué quieres decir?.

Diren le dirigió una mirada de estupor antes de empezar a hablar con lentitud.

— Karel, este edificio era una escuela y está lleno de aulas con unos veinte o treinta alumnos en cada una. Había una maestra, y una pizarra, y...

— ¡Diren, espera!. ¿Qué estás diciendo?. ¿Qué es eso de escuela, alumnos, pizarra?. No entiendo ninguna de esas palabras.

— Perdona, Karel. Cada vez recuerdo más cosas pero yo tampoco consigo entender cómo. Este edificio era un centro donde se reunían los hombres para aprender. Eso es una escuela. Los alumnos eran los estudiantes que iban a aprender a unas aulas donde la maestra les explicaba las cosas escribiendo o dibujando en la pizarra.

— Diren, ¿te has vuelto loco?. ¿Dónde has oído antes esas palabras?.

— ¡Las recuerdo!. Karel, recuerdo cada vez más cosas y hay otras que cada vez entiendo menos. ¡Yo he estado en un edificio como éste, y había niños y niñas y una madre nos enseñaba...!

— ¡Diren, domínate!.

— ¡...y había hombres y madres y...!

— ¡¡Diren!!. — gritó Karel sacudiéndole por los hombros. Diren se detuvo con los ojos desorbitados mientras su cara recuperaba poco a poco el color que había perdido. Se dejó caer en una silla y empezó a murmurar.

— No lo entiendo. No lo entiendo.

— Diren, no pierdas la calma. Explícame simplemente lo que recuerdas.

Diren tardó varios segundos en responder. Su miraba estaba perdida al fondo de la sala aunque Karel estaba seguro de que no estaba viendo nada. Se preguntó cómo era posible que Diren, ¡Diren! hubiese perdido la calma de esa forma. Cuando comenzaba a dudar si hablaría por fin, Diren lo hizo en apenas un susurro.

— Yo era un niño. Estaba de viaje con mis... padres cuando ocurrió el ataque. Yo no entendía nada. Todos estaban tumbados en el suelo y no se movían. Entonces llegó la nave. Era Kander. Me recogieron. Recogieron a otros muchos niños. Los demás hablaban entre ellos y lloraban. Pero yo no podía entenderlos. ¡No entendía nada de lo que decían!. ¡Estaba asustado y estaba solo sin poder hablar con ninguno de ellos!.

Karel esperó durante unos segundos que Diren continuara. Tras comprobar que no iba a hacerlo, preguntó:

— ¿Qué son padres?.

— No estoy seguro. Creo que eran... una especie de tutores. Me cuidaban. Un hombre y una madre. Papá y Mamá. ¡Vivían juntos!.

¿Era así la norma entre los Antepasados?. ¿Vivían siempre juntos los hombres y las madres?. Y los niños que vivían con ellos ¿habían sido engendrados y paridos por ambos?. Karel se preguntó cómo sería vivir con una madre. ¿Se podría gozar con ella como se gozaba con otro hombre?. ¿Podrían tener conversaciones inteligentes?. ¿Existiría el cariño y el amor que había entre Choral y él, entre tantas parejas que conocía y que eran felices y se amaban?. ¿Cómo sería que un hombre y una madre compartieran una casa para ellos solos viviendo con sus propios niños, niños a los que prodigarían el amor en común?.

Papá y Mamá. ¿Eran los nombres del hombre y la madre que vivían con Diren?.

Diren le miraba aterrorizado.

— Pero ¡No puede ser!. Los hombres y las madres no viven juntos. Si fuera así Kander nos lo hubiera dicho. No nos...

— Está bien, Diren, está bien. Dejemos esto ahora. Dime: ¿Qué más has encontrado?.

Tras varios segundos en los que Diren dejó su vista perderse por la superficie de la mesa, respondió.

— He encontrado muchos libros. Creo que servían para enseñar cosas, al menos he visto diagramas de conjuntos, gráficas de funciones matemáticas, tablas periódicas, y muchas fotos y mapas de la Tierra y dibujos de personas. En muchas de las fotos y dibujos aparecen madres al lado de los hombres.

Volvió a callar de nuevo, otra vez con la mirada perdida en profundos pensamientos. Karel se dio cuenta de que estaba intentando recuperar la compostura. Su rostro indicaba que, con mucho esfuerzo, volvía a ser el mismo de siempre.

— Y ¿qué deduces de esas fotos?.

— No lo sé. No puede ser.

— ¿Podrían ser mentiras?.

Diren no reaccionaba aún. Miraba fijamente una fotografía en la que se veían un hombre y una madre acompañados de un niño de unos cinco años. El hombre estaba cubierto casi por completo con un traje de varias piezas que sólo le dejaban al descubierto la cabeza y las manos. Llevaba un curioso sombrero que le protegía los ojos del sol. La madre en cambio dejaba las piernas y brazos al descubierto y calzaba... no entendió lo que llevaba en los pies pero Karel pensó que parecía bastante incómodo. El niño llevaba un traje similar al del padre pero sin sombrero y con rodilleras en los pantalones. El cabello de los hombres, tanto el del adulto como el del niño, estaba cortado cuidadosamente cubriéndole la mitad de la frente. La madre tenía los cabellos largos descendiéndole en suaves ondulaciones hasta los hombros.

— No es mentira. — dijo Diren — Lo recuerdo. Fue así.

— Pero, si lo que se ve en estas fotos es cierto, que hombres y madres vivían juntos, que eran ellos mismos los que engendraban, parían y criaban a los niños, los alimentaban y los querían, si todo eso fuese cierto significaría que Kander nos ha mentido.

— ¡No!. ¡Es imposible!.

Ambos se sobresaltaron al sentir de pronto a sus espaldas la voz de Pactor.

Éste acababa de entrar, aunque aparentemente había oído la conversación durante varios minutos. Bajo su brazo llevaba una gruesa carpeta. Su cámara estaba conectada transmitiendo las imágenes que captaba al ordenador.

— Pactor, — dijo Karel, maldiciéndose por no haber recordado que le había dicho a Pactor que viniera a encontrarse con él — desconecta el ordenador. Dime, ¿qué has encontrado?.

— He encontrado a dos hombres hablando de cosas imposibles, mentiras que me resulta hasta doloroso imaginar. Karel, ¿cómo puedes haber pensado que Kander nos ha mentido?.

— ¿Es que no te basta lo que ves?. Todo lo que nos rodea es una prueba de que Kander nos ha mentido en todo lo que nos contó de los Antepasados. Y no es que nos contara mucho. En realidad éramos nosotros los que apenas teníamos curiosidad por saber acerca de ellos. Pero cuando preguntamos, Kander nos respondió con mentiras. Pactor, desconecta el ordenador.

— ¿Qué sabes tú lo que son mentiras y lo que no?. Nadie estaba allí para verlo, nadie recuerda...

— ¡Diren lo recuerda!. ¡Pregúntale!.

— ¿A ese viejo?. Karel, ¿es que ya no te acuerdas?. Lo único que hacen siempre los mayores es decir mentiras, engañar a los pequeños para que luego tengan pesadillas. Nos contaban extraños cuentos cuando éramos jóvenes. Lo hacían para asustarnos. Y ahora dejas que un mayor vuelva a atemorizarte.

— No, Pactor. Diren no me está contando ningún cuento. Lo que me está diciendo es que ha encontrado unos extraños libros y que no consigue relacionarlos con nada de lo que Kander nos ha enseñado. Supongo que lo mismo que querías decirme tú. ¿No?.

— Sí. ¡No!. — Pactor se sintió de pronto desconcertado.

— Vamos, Pactor. Enséñame lo que has descubierto.

Éste le entregó una gruesa carpeta con varias carpetas más, llenas de hojas, en su interior. Cada carpeta contenía un conjunto de recortes de papel impresos en los que se veían numerosas fotografías en blanco y negro. En una foto vio a un hombre con un pequeño bigote hablando a un numeroso grupo de personas que le saludaban con el brazo en alto. El mismo hombre, en otra foto, paseaba acompañado de varios más ante miles de hombres vestidos todos de la misma forma, con trajes llenos de botones y cascos sobre sus cabezas. Los hombres parecían plantados en el suelo en precisas hileras que se perdían en la distancia. Nunca había visto tanta cantidad de gente en una fotografía y se sintió impresionado, y mucho más por la exactitud y precisión con la que todos ellos estaban de pie, todos con la misma altura, el mismo traje, los mismos cascos, la misma postura, cada fila exactamente igual a las demás. Al verlos no parecían personas sino insignificantes partículas de un todo formado por la múltiple y exacta repetición de algo que nunca había visto ni imaginado.

Intranquilo, pasó varias hojas similares sin llegar a comprender lo que veía aunque sintiéndose cada vez más desazonado.

En la siguiente carpeta las fotografías eran distintas, aparecían hombres uniformados igual que en la primera pero el tema de las fotos era radicalmente distinto.

Ante una alambrada, varios hombres uniformados sonreían alegres a la cámara. Tras los alambres había cientos de personas vestidas con harapos que no parecían tan felices. Aunque la calidad de las fotos era muy deficiente, Karel se estremeció ante la desesperación y el fatalismo que podía apreciar en sus rostros.

No entendía cómo podía producirse un contraste tan grande entre ambos lados de una verja que parecía separar dos mundos totalmente incompatibles entre sí.

Si hasta ahora se había sentido desconcertado, su asombro pasó a una nueva escala al pasar a la siguiente carpeta y ver cuerpos increíblemente demacrados por el hambre. En una foto vio a muchos hombres desnudos puestos en fila. Un hombre completamente vestido de uniforme y con abrigo estaba detenido junto a uno de los que estaban en las filas. Apoyaba un extraño objeto contra la cabeza del hombre que tenía la cabeza inclinada como intentando apartarse de él. A un lado del hombre uniformado la fila continuaba hasta salirse de la foto. Al otro, sin embargo, había varios huecos en las filas y donde había un hueco el hombre que lo había ocupado yacía en el suelo.

— ¿Qué... qué significado le das a esta imagen?. — preguntó Karel a Pactor sin querer creer lo que veía.

— Lo que parece. Un grupo de hombres desnudos. Y otro vestido pasando ante ellos y matando algunos al azar.

— No, imposible. ¿Por qué iba nadie a hacer una cosa así?. Eso sería violencia y la violencia sólo se da entre los animales.

— Fíjate en el traje del hombre. Aparentemente debía hacer bastante frío pero esos hombres están ahí desnudos. No creo que estén así por propia voluntad.

Karel continuó pasando las hojas y a cada fotografía iba descubriendo algo más de violencia que en la anterior. Pronto llegó a una página de la que no pudo seguir.

— ¿Que es esto?. — preguntó cerrando de golpe la carpeta.

— No has llegado al final.

— No necesito seguir. Dime qué es, o qué crees que es esto.

— Creo que en esta colección de fotografías se narra algún acontecimiento de la vida de los Antepasados. Por lo visto debió haber una disputa que intentaron resolver recurriendo a la violencia. Mandaron muchos hombres a luchar y matar al enemigo y a los que cogieron vivos los encerraban en sitios vigilados. Debían matarlos de hambre y frío y de vez en cuando los mataban con armas. No has llegado a ello pero más adelante se ve como entierran a miles de hombres en zanjas cavadas en tierra con máquinas excavadoras. No estoy completamente seguro pero me ha dado la impresión de que algunos hombres... ¡estaban aún vivos cuando los enterraron!.

— ¿Pero por qué?. ¿Por qué harían una cosa así?.

— No lo sé. Pero me preocupa. ¿Podían ser tan... animales los Antepasados como para ser capaces de matarse entre ellos?.

— Kander nos lo habría dicho, ¿no?.

— Tal vez no. Tal vez Kander quiera protegernos de algo tan cruel. Karel, tú has pensado que Kander nos mintió. Es posible que sea cierto. Es posible que Kander no nos dijera toda la verdad acerca de los Antepasados porque la verdad era demasiado terrible para soportarla. Podría ser que los Antepasados fueran crueles, incapaces de amar a los demás hombres, capaces de hacerles daño y hasta de matar a sus semejantes. ¿Le dirías toda la verdad a los niños si supieras que con ello les harías daño?.

— Quizás no, pero...

— ¡Pero nada!. Kander nos ha mentido, sí, estoy dispuesto a admitirlo, pero lo ha hecho por nuestro bien. Para que ignoremos la clase de hombres enfermos que eran nuestros Antepasados.

— También nos ha engañado en otras cosas.

— ¿Sí?. ¿Como qué?.

— Las madres. Siempre han vivido encerradas en un recinto aparte de los hombres. Suponíamos que así vivían también los Antepasados, pero en esta estación tenemos muchas evidencias de lo contrario. Las familias de los habitantes de esta estación estaban formadas por un hombre y una madre que vivían juntos con los niños que ellos mismos habían engendrado y parido, a los que criaban ellos solos durante toda su infancia.

— Ridículo. Es imposible que hombres y madres puedan convivir. No tienen nada en común. Las madres solo sirven para parir y criar a los niños. Y nunca...

— ¡Pero es cierto!. Mira las fotos de estos libros. Te puedo llevar a un sitio donde hay muchas más fotos como éstas. ¡Demuestran sin la menor duda que Kander nos mintió también en eso!.

Pactor hojeó durante varios minutos algunos de los libros. Todas las fotos le decían lo mismo. Una tras otra las imágenes fueron grabándose en su mente mientras pasaba hoja tras hoja.

— ¿Y esto es vivir?. Karel, ¿cómo puedes estar tan loco?. Kander nos ha hecho vivir de la mejor manera posible. Somos felices tal como somos. Es posible que Kander nos mintiera en algo, sí. Pero seguro que lo ha hecho para protegernos, para que olvidemos a nuestros salvajes Antepasados y vivamos felices de la única forma posible. Yo no sería capaz de convivir con una madre. ¡Por Kander!. Ni siquiera fui capaz de soportar su presencia en la misma habitación que yo más de un minuto. Y me alegro mucho de que Kander nos haya criado de esta forma. Aunque nos haya mentido, ha sido por nuestro bien.

— ¿No fuiste capaz de soportarlo?. Te criaste conmigo en la guardería y estuvimos siete años con las madres que nos criaron. ¿Y acaso no te apareaste con algunas madres cuando Kander así te lo pidió?

— ¡No!. — Karel se sorprendió al ver la reacción de Pactor. En apenas unos segundos su rostro se había vuelto encarnado y reconoció que a él le pasaba lo mismo cuando recordaba aquello — Kander me llamó para aparearme. Entré en una habitación donde había una madre inconsciente ¡pero no pude poseerla!. Era demasiado el asco que sentía y no pude ni tocarla. Y Kander no me volvió a llamar.

— ¿Desobedeciste a Kander?. — Karel intentaba comprender lo imposible.

— ¡No pude obedecer!. — casi chilló Pactor — No comprendo cómo, estaba erecto y algo me empujaba a poseerla. ¡Pero no pude ni tocarla!. ¿Cómo imaginas que podría acercarme a una madre y...?. No, imposible. Ha sido la única vez en mi vida que me he resistido a Kander y estoy avergonzado por ello. Pero no pude obedecer.

Karel se sintió escandalizado por lo que había oído. Pactor y él nunca habían hablado de los apareamientos con las madres, de esas cosas no se hablaba. ¿Cómo pudo Pactor desobedecer a Kander?. Se sintió enfermo, y aún más al ver a Pactor tan avergonzado. Una idea le vino de pronto a la mente. ¿Podía un hombre desobedecer a Kander?. ¿Podía resistirse a sus órdenes mentales?. Quizás si una acción iba totalmente en contra de la manera de ser del hombre, a Kander le costaría mucho más trabajo obligarle a obedecer. ¡Y Pactor se había resistido!.

— Esa es mi vergüenza. — continuó — Me resistí a la voluntad de Kander. Pero nunca, jamás, he vuelto a hacerlo. Kander siempre nos pide lo que es mejor para nosotros. Debemos obedecerle. Si los Antepasados vivían como animales ¡ahí se queden!. Nosotros no tenemos por qué imitarlos.

Karel se sintió frustrado. Pactor había aceptado que Kander les había mentido pero no veía mal en ello. Se preguntó si podría decirle que Kander había sido el Enemigo, pero se contuvo, ya le había sorprendido en una ocasión el día anterior y no sabía cómo reaccionaría si se lo decía ahora que estaba furioso. Además, ignoraba cómo reaccionaría Diren al oírlo.

— Y ¿qué hacemos con los libros?. — preguntó.

— ¡Quemarlos!. ¡Ignorarlos!. Lo que vemos en estos libros es que los Antepasados eran animales. Debemos proteger a nuestros hombres como Kander nos ha protegido a nosotros. Requisaremos todos los libros que encontremos y los ocultaremos en este mismo edificio para impedir que nadie pueda verlos. Y no debemos decirles nada de lo que hemos visto.

— ¿Y Lodren y Torio?. También son jefes de equipo. ¿Debemos decírselo también a ellos?.

— Sí, claro. Para que puedan controlar lo que hagan sus hombres. Todos los libros que encontremos que puedan descubrir cosas acerca de los Antepasados deberán ser traídos aquí, y cuando los tengamos todos reunidos los destruiremos.

— Pero es posible que en ellos hayan cosas que nos puedan ser útiles para sobrevivir en la estación. ¿Cómo podemos destruirlos si de ellos puede depender nuestra supervivencia?.

— Karel, — intervino Diren que había permanecido en silencio desde la llegada de Pactor — quizás no sea necesario destruirlos todavía. Creo que deberíamos hacer lo que dice Pactor, ordenar a todos los hombres que si encuentran algún libro lo traigan, sin abrirlo, a este edificio. Nosotros los examinaremos y decidiremos cuáles pueden ser útiles para nuestra supervivencia y cuáles pueden ser peligrosos para nuestros hombres. No podemos delegar esta misión en ninguno de ellos así que me ofrezco voluntario para examinar y custodiar todos los libros.

Karel se sorprendió. Lo que Diren acababa de decir se ajustaba casi con exactitud a lo que Pactor había dicho, pero se dio cuenta de que estaba mintiendo. No en lo que decía, sino en sus motivos. Lo que Diren quería no era proteger a los hombres de los extraños conocimientos que pudiera haber en los libros, sino ser él quien los controlara. De esa forma sería él quien tendría acceso a todo lo que los libros le pudiesen enseñar y tiempo de sobra para leer aquellos que pudiese comprender, si es que realmente podía hacerlo.

Era una manera muy ¿astuta? de acceder a lo que Pactor había pedido y que de todas formas iba a quedar en nada, pues Karel sabía que los libros "peligrosos" serían examinados con la misma atención, o quizás más, que los otros.

— Y ¿Kander?. — preguntó Karel.

— ¿Qué quieres decir?.

— Debemos avisar a Kander, ¿no?. ¿Estará de acuerdo con nuestro plan?.

— No, Karel. No podemos avisar a Kander. — dijo Pactor sorprendiendo a Diren y Karel — Cualquier comunicación que hagamos tiene que pasar por Korander como mínimo. Y no creo que nadie pudiera comprender las cosas que hemos encontrado aquí. Deberemos esperar a que podamos regresar a la Tierra y explicar nuestros descubrimientos directamente a Kander.

"Pactor está equivocado." pensó Karel. "Precisamente Korander está en contacto directo con Kander y si le dijésemos algo que le hiciese dudar de él, Kander le haría encerrar de inmediato. Eso es lo que ha hecho siempre con nosotros. Pero ahora estamos a salvo.

"Diren está de acuerdo conmigo, aunque, como yo, finge que Pactor tiene razón. En cuanto a Lodren y Torio, creo que Lodren puede ser convencido, creo que ya tiene algunas dudas. ¿Y Torio?. No lo sé. Pero puede ser posible."

* * * * *

— ¿Y bien?. ¿Qué opináis?.

Los tres observaban detenidamente a Lodren y Torio. Éstos tenían aspectos totalmente diferentes. Mientras Torio parecía desconcertado y sin saber qué pensar, Lodren aparentaba estar más bien asustado pero no sorprendido. Karel se preguntó hasta qué punto había llegado antes de ver confirmadas algunas de sus sospechas.

— Es evidente, — comentó Pactor — que no podemos comunicar esto a nuestros hombres. Podrían malinterpretarlo. Tampoco podemos comunicarlo a Korander por la misma razón. Debemos esperar a regresar a la Tierra para poder contárselo directamente a Kander. Hasta entonces deberemos guardar el secreto con nuestros hombres y con Korander. ¿Creéis que podremos hacerlo?.

— Sí, desde luego. — dijo Torio — Nuestros hombres obedecerán. Siempre obedecemos a los superiores. Pero ¿cómo podremos evitar que Korander se entere?. No es posible mentir, y menos a un superior.

— Sí es posible. — Karel había dudado durante unos segundos antes de hablar y no estaba aún seguro de que fuera prudente decirlo. Pero no había más remedio.

— No, Karel. Es uno de los dieciséis Mandamientos Kander. Simplemente pensar en quebrantarlo es imposible.

— Pero no hay ningún Kander cerca, ¿verdad?. Podemos pensar en quebrantar cualquier Mandamiento. Podemos quebrantarlo incluso, y el kander más cercano no lo percibiría porque estamos a más de trescientos mil kilómetros de distancia.

— ¿Quieres decir que nuestros hombres no están controlados?. ¿Que podrían pensar... o actuar contra cualquiera de los Mandamientos Kander?.

— Ninguno de nosotros está controlado. Dejamos de estarlo cuando murió el kander que nos acompañaba.

Torio y Pactor estaban aterrorizados. No se habían dado cuenta hasta ahora de lo que acababa de afirmar Karel. Lodren sin embargo asintió lentamente con la cabeza. En cuanto a Diren, no supo interpretar sus facciones. Volvía a ser el que había sido siempre.

— ¿Podrían... desobedecernos?. — preguntó Torio.

— Sí. — decidió asustarlos un poco más — Incluso podrían llegar a recurrir a la violencia. Por suerte no creo que ninguno de ellos se haya dado cuenta todavía de que no están controlados por Kander, así que seguirán comportándose según los Mandamientos.

— ¿¿Podrían matar??. — fue esta vez Pactor quien preguntó.

Karel se estremeció. Ni siquiera a él se le había ocurrido semejante posibilidad. ¿Cómo dar órdenes a unos hombres de los que no se sabía cómo iban a reaccionar?.

— No lo sé. Deberemos tener cuidado con ellos a partir de ahora. No creo que se les pueda pasar por la imaginación semejante idea pero deberemos tener cuidado. — Una nueva idea se le ocurrió — Los Antepasados vivían sin Kander, vivían sin Mandamientos. Es posible que de sus libros podamos extraer conocimientos que nos permitan manejar a nuestros hombres sin temor a que... se vuelvan contra nosotros.

— ¿Y si no podemos?

Karel no supo qué responder. Era algo que no había pensado hasta ahora. ¿Podrían los hombres llegar a volverse contra sus superiores?. ¿Obedecerían sin dudar como habían hecho siempre o llegaría un momento en que se pudieran negar a obedecer una orden?. Miró otra vez a los cuatro hombres que le rodeaban y, de pronto, sin saber bien por qué, tuvo miedo.

   

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