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Bienvenidos a Libertad 15: Choral interroga a Diren y Lodren. Descubre mentiras del pasado y cómo salvar el futuro.

Creada10-03-2013
Modificada15-06-2015
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Abril3

 

Bienvenidos a Libertad, Juan Polaino

Choral 15

Choral sólo se dio cuenta del aspecto que tenía cuando se cruzó con varios hombres que se le quedaron mirando extrañados.

Cuando se miró a sí mismo, quedó sorprendido un segundo, antes de sonreír para sí y dirigirse hacia el río para darse un rápido baño.

Continuó la marcha hasta llegar al "recinto de las madres" donde penetró con una sonrisa en los labios.

Esquivó la alarma y se dirigió hacia la habitación de Diren al que encontró enfrascado en la traducción de los libros de la vida de Isai Draikas.

— Hola, Diren. — dijo sentándose en una silla al otro lado de la mesa.

Éste se sorprendió de la familiaridad con la que Choral había entrado en la sala.

— Mira, Diren. He averiguado algunas cosas bastante interesantes pero hay otras que aún no sé. Tú dijiste una vez una frase que me sorprendió bastante. Dijiste "Debemos dejar de tener secretos. Si desconfiamos estamos perdidos. Unidos, venceremos.". La leíste en alguno de tus libros, ¿no?.

— Sí. — respondió Diren intentando dominar su sorpresa inicial.

— Y ¿crees en ella?.

Diren bajó la vista, frunciendo el entrecejo mientras colocaba la consola medio milímetro más a la derecha. No debió gustarle la nueva disposición de la mesa por lo que la volvió a dejar en su posición original.

— Sí. Supongo que sí creo.

— Estupendo. Pues he descubierto una cosa que puede ser que nos salve a todos. Incluso a ti. Quizás creas que estás a salvo. No lo estás. Correrás la misma suerte que todos nosotros. Si Kander decide matarnos, nos matará a todos.

— Supones, igual que hizo Karel anoche, que Kander nos va a matar. No es cierto. Kander solo encierra a los locos. Para su propia protección.

— ¿Y tú crees que no estás loco?. Dime, Diren: ¿Qué es un loco?. Un hombre que tiene opiniones contrarias a los kander o a los Mandamientos Kander. Y mientras más sabemos, más nos damos cuenta de que tenemos que estar contra Kander. Déjame decirte algo más. Crees que Kander no mata a los locos. ¿Has vuelto a ver de nuevo a alguno de los que ha encerrado?. Sí, Karel tiene razón. Kander mata a los locos. Y cuando venga a buscarnos dentro de seis meses, mucho antes de llegar a la estación, tocará nuestras mentes. En ese momento se dará cuenta de que estamos locos y no se parará a ver si hay alguno que esté sano. Nos matará a todos. ¿Y sabes lo que les dirá a los hombres que les acompañen?. Les dirá que hemos muerto a consecuencia de un ataque del Enemigo. Y lo más triste es que todos lo creerán, porque no están locos.

Diren permaneció callado, pero en su impertérrita mirada Choral creyó percibir un leve atisbo de miedo.

— Tú sabes cosas que no dices. Ignoro el porqué. Pero yo sé otras cosas. He averiguado mucho mientras espiaba a mis compañeros, y ahora sé cómo podemos vencer a Kander. "Debemos dejar de tener secretos. Si desconfiamos estamos perdidos. Unidos, venceremos."

Por primera vez desde que le conocía, le pareció ver en el rostro de Diren una leve expresión. Tenía miedo.

Dejó que sufriera buscando una salida y sabiendo que no la encontraría por mucho que buscara.

— ¿Vas a ayudarnos?. — preguntó al cabo de unos minutos.

Diren se rindió abatido.

— Sí.

— Dime, entonces: ¿Qué sabes de los kander?.

— Es una raza extraterrestre que llegó a la Tierra hace cuarenta y dos años persiguiendo al Enemigo. Llegaron tarde para salvar a los Antepasados pero pudieron salvar a los pocos niños supervivientes. Entonces decidieron quedarse para cuidarnos hasta...

— Eso ya lo sé. Lo aprendimos en la guardería. Dime algo que yo no sepa.

— Son muchos pero actúan como uno solo.

Choral empezó a impacientarse.

— Diren...

— ¡Sí!, lo sé. — hizo una pausa — Nos controlan mentalmente, pero no leen nuestros pensamientos.

— ¿Qué?. Diren, sí leen nuestros pensamientos.

— No. Sólo las emociones. Pueden captar nuestros miedos, nuestras alegrías, la tristeza, el odio..., todas nuestras emociones.

— Pero saben cuándo pensamos...

— Nos han dado unas normas, los Mandamientos Kander. Nos los han inculcado desde niños. Los tenemos grabados a fuego en el cerebro. Cuando pensamos algo que vaya contra esos Mandamientos, sentimos culpabilidad, duda, miedo... Eso es lo que ellos detectan. Muy pocos de nosotros hablan con Kander, supongo que debe ser tan agotador para ellos como lo es para nosotros y hacen falta aparatos especiales. Por eso en las conversaciones se pueden necesitar horas para comunicar unas pocas ideas. Normalmente usan los ordenadores para comunicarnos órdenes, pero a veces es necesaria la presencia mental.

Choral empezó a creer lo que Diren estaba diciendo. Encajaba con todo lo que había sabido siempre y nunca llegó a entender.

— ¿Desde cuando sospechas todo esto?.

— Desde hace años.

— Y ¿Kander nunca te ha descubierto?.

Diren se levantó de la silla y fue en dirección a la ventana. Contempló el interior de la esfera mientras Choral comprendía que estaba intentando decir algo que nunca se había atrevido a decir a nadie.

— Mis... mis padres estaban de viaje en un... ¡No sé explicarlo! En un sitio donde hablaban un idioma distinto al mío. Fue cuando nos atacó el Enemigo. Después llegaron los kander y rescataron a muchos niños. Nos llevaron a la ciudadela Kander. Tardamos varios meses en aprender lansi. Los demás niños hablaban entre ellos en su idioma original, pero yo no les podía entender. No pude hablar con nadie hasta varios meses más tarde. Permanecí aparte de todos ellos. Estuve solo. Durante varios meses. No tenía a nadie... ¡Nunca tuve a nadie que...!

Choral se sorprendió al ver surgir unas lágrimas de los ojos de Diren. Sintió una repentina lástima por él.

— Supongo que fue entonces cuando aprendí a ocultar mis emociones.

— Y ¿desde entonces sospechas...?.

— ¡No!. — exclamó volviéndose hacia él — Siempre creí que era cierto lo que nos contaron. Un día, hace doce o trece años descubrí que podía engañar a Kander. Podía quebrantar los Mandamientos sin que Kander lo notara. Mentí a un superior. No recuerdo ya el motivo, lo cierto es que le mentí. Y lo hice con calma, controlando mis emociones. ¡Y Kander no se enteró!. Entonces supe que podía engañar a Kander. Desde entonces he tenido libertad para pensar cualquier idea que me viniera a la cabeza. Pero no podía sentir. ¿Sabes lo que es saber algo, desear gritarlo a todo el mundo y no ser capaz de sentir nada?. Para que Kander no me descubriera he tenido que matar todas mis emociones. Por eso no consigo relacionarme con la gente. ¿Sabes que desde hace diez años no he gozado con ningún hombre?. No me atrevía a sentir. Ni amor ni odio. Sólo un enorme vacío. Era la única manera en que Kander no sabría...

Volvió a dirigirse a la ventana. Allí se quedó durante unos segundos contemplando el paisaje.

— Cuando murió Kander me sentí libre por primera vez en mi vida.

— ¿Qué has averiguado en estos años?.

— Poca cosa. Ni la décima parte de lo que he descubierto aquí en apenas quince días. Recordé cosas de mi infancia. Había unas pantallas parecidas a los ordenadores pero sin teclado, sólo servían para recibir imágenes. Recuerdo algunas de ellas. De niño yo quería ser... quería navegar por el espacio.

»Siempre que emitían imágenes de naves espaciales, estaciones orbitales, bases en la Luna y en los asteroides, yo las devoraba con ansia. Por eso, cuando llegamos a esta estación sentí que había vuelto a casa, muchas de las cosas que veíamos las recordaba de haberlas visto en la televisión. Ha sido la primera vez en mi vida que he podido ser feliz.

— ¿Podrías enseñarnos... a todos los que estamos en la estación, cómo controlar las emociones?.

Diren le miró con escepticismo.

— ¿Pretendes que todos aprendan a engañar a Kander?. No. Olvídalo. No sé cómo enseñarlo. No sé cómo se controlan las emociones. Lo hago, sencillamente. Lo he hecho toda mi vida. No creo que se pueda aprender. Sólo se puede sufrir.

* * * * *

Cuando llegaron a la casa donde estaban Karel y Pactor, Diren volvía a ser el mismo que había sido siempre. Frío y distante.

Choral lo admiró por ser capaz de dominar sus miedos, pero sintió lástima también porque no podía disfrutar de ninguna emoción.

Karel estaba en el salón leyendo unas hojas impresas.

— ¡Koideso!. Choral, bienvenido. Diren, ¿Qué hacéis aquí?.

— Hemos venido — dijo Choral — a resolver todos los problemas, Karel. Quizás se nos planteen otros. Los resolveremos cuando se presenten.

— ¿Qué quieres decir?.

— Primero tengo que hablar con Pactor. ¿Está mejor ya?.

Karel bajó la vista entristecido.

— No. Desde anoche no ha dicho una palabra. Está en su cuarto. Lo he encerrado para evitar...

— ¿Que has hecho qué?. Karel, nosotros no somos Kander, no podemos...

— No, Koideso, no me has entendido. Karel no está... No está loco como los que... ¡Oh, Kander!.

— Llévame a verlo.

Karel se levantó y se dirigió hacia las escaleras. Diren y Choral le siguieron.

Varios profundos arañazos le surcaban la espalda.

— ¡Boidabeko, tu espalda!. ¿Qué te ha pasado?.

Karel se detuvo apenas un momento para continuar la ascensión sin responder. Choral le fue descubriendo más arañazos y moretones en toda la espalda. Incluso en uno de los hombros tenía un... ¿Un mordisco?. Cuando Karel llegó ante la puerta del cuarto de Pactor, se detuvo unos momentos con la mano en el pomo.

— No os acerquéis a él.

Abrió la puerta y entró. Choral y Diren pasaron tras él y contemplaron un dantesco espectáculo. La habitación estaba desordenada con varios muebles destrozados. Incluso el cristal esférico de la lámpara del techo estaba roto. Las ropas de la cama estaban tiradas sin orden en un rincón. Sobre el colchón desnudo, Pactor parecía dormir. Su respiración era jadeante. Tenía las piernas y los brazos extendidos hacia las esquinas de la cama. Choral vio con asombro que sus muñecas y tobillos estaban atados.

— ¿Qué le pasa?.

— No lo sé. Esta mañana, cuando volví de hablar con Korander, lo encontré luchando con Torio. Él está peor que yo. Entre los dos pudimos dominarle y atarle pero está como inconsciente. No parece notar nada de lo que hay a su alrededor, pero si nos acercamos demasiado intenta atacarnos como una fiera salvaje.

— ¿Está loco?.

— Supongo que sí.

— ¿Crees que... se curará?.

— No lo sé. Cuando Kander encerraba a algún loco nunca nos enterábamos hasta que había desaparecido. Después nos explicaba que durante la noche había perdido el juicio y había tenido que encerrarle. Para su propia...

»Después no volvíamos a verle. ¡Nunca imaginé algo así!.

— ¿Dónde está Torio?.

— Le he enviado hace un rato a los almacenes a traer unas correas. Éstas cuerdas son de las cortinas, demasiado finas. Le cortan la piel.

Las muñecas y los tobillos de Pactor estaban en carne viva. Choral se acercó un poco y vio que en algunos sitios el colchón estaba manchado de sangre.

— Bajemos. Dejemos que descanse. — dijo Karel.

Cuando llegaron al salón se sentaron en silencio.

— ¿Te duele?. — preguntó Choral preocupado.

— Sí. ¿Por qué has venido?. ¿Has... has descubierto lo que planean nuestros hombres?.

— Sí. Pero ahora... Karel, ¿sabe Lodren lo que le ha pasado a Pactor?.

— No. La verdad es que no sé como explicárselo a nadie. No me he atrevido a llamarle.

— Bien, no le informes todavía. No informes a nadie. Tengo que ir a verle. Después espero volver con él y...

Se detuvo, mirando hacia la escalera.

— ¿Qué vas a hacer?.

— Un experimento. — contestó sonriendo.

* * * * *

Choral llegó a la casa que Lodren había elegido como lugar de trabajo y penetró en ella.

— ¿Lodren?.

— Aquí.

Siguió la voz hasta una habitación con grandes ventanas. Lodren se encontraba en un sillón con amplio respaldo ante una mesa en la que había varias consolas de ordenador y una pantalla de dibujo. Varios punteros se esparcían sobre la pantalla, en la que Choral pudo ver un extremo del ala de la lanzadera que Lodren estaba diseñando.

— Choral, estoy ocupado. ¿Que quieres?.

— Perdona la interrupción. Intentaré ser lo más breve posible.

— Bien. Siéntate. Así me distraeré un rato.

— ¿Tienes algún problema?.

— Estas malditas alas. Por más que lo intento no consigo que soporten la reentrada. Lo he intentado más de veinte veces pero en todas las simulaciones la lanzadera acaba estrellándose o desintegrándose al entrar en la atmósfera.

Choral fue a sentarse en una silla que había al otro lado de la mesa. Al apoyar la mano en un reposabrazos la silla cedió hacia atrás y él, que no lo esperaba, cayó de culo en el duro suelo.

Lodren estalló en una carcajada mientras Choral intentaba comprender cómo se había caído.

— ¡Tiene ruedas!. — exclamó enfadado — ¿Por qué les ponen ruedas a las sillas?.

— ¡Es mucho más cómodo para trabajar!. — respondió Lodren — No te preocupes. La primera vez que me senté me pasó lo mismo. Vamos, inténtalo de nuevo. El truco está en coger los dos reposabrazos a tu espalda y atraer la silla hacia ti.

— No, gracias, prefiero el suelo.

— Vamos, no tengas miedo. Mira, — dijo levantándose y dando la vuelta a la mesa — yo sujeto la silla mientras te sientas.

— De verdad, Lodren... — empezó a protestar.

— ¡Venga!. Si vamos a hablar será mejor que estemos a la misma altura. Y estoy demasiado viejo para estar cómodo sentado en el suelo.

Choral volvió a sentarse con más cuidado mientras Lodren sujetaba el respaldo.

Cuando se hubo sentado, apoyó la espalda en el respaldo y sujetó con fuerza los reposabrazos.

— Estás demasiado alto. — dijo Lodren inclinándose para manipular algo bajo la silla.

De repente, Choral se sintió caer junto con el asiento. Sus nudillos se volvieron blancos al apretar con fuerza los reposabrazos mientras su cara se volvía más blanca aún.

— Ya está. — dijo Lodren incorporándose y volviendo a dar la vuelta a la mesa — Es mejor si los pies te llegan justo al suelo sin llegar a levantar las rodillas del asiento.

Volvió a sentarse mientras Choral intentaba tranquilizarse.

— ¿Y bien?. — preguntó Lodren — ¿De qué querías hablar?.

— Lodren, — dijo intentando no mover un solo músculo — quería hablar contigo de varias cosas que he averiguado y que no he llegado a entender bien. También quería hablar contigo del accidente.

Lodren frunció el entrecejo mirándole extrañado.

— ¿Por qué?.

— Como ya sabes, Karel me ha encargado vigilar a los hombres, averiguar quienes de ellos son los que oí desde el extremo opuesto de la esfera tramar algo en contra de las órdenes de Karel. Me faltan por descubrir ciertos detalles...

— Ni los descubrirás. — interrumpió Lodren — Siempre he pensado que sencillamente imaginaste la conversación. O te la inventaste para tener un motivo para volver a ver a Karel.

— No he descubierto aún quiénes son — mintió — pero he hablado con muchos compañeros y he descubierto ciertos detalles... Dime, ¿te cuesta mucho terminar los diseños de la lanzadera?.

Lodren se sorprendió ante lo inesperado de la pregunta.

— Bueno, es complicado diseñar una lanzadera. Tienes que tener en cuenta miles de detalles para asegurarte... ¿Qué tiene que ver esto con lo que tienes que averiguar?.

— Tengo entendido que tú hiciste el diseño de la nave y las lanzaderas que nos trajeron aquí, aparte de montones de herramientas que hemos fabricado para ayudarnos a realizar los trabajos que tengamos que hacer. Esta mañana me he preguntado, si tú ya has diseñado dos lanzaderas, ¿cómo es que te está costando tanto tiempo diseñar ésta?.

— ¿Acaso insinúas que me estoy haciendo viejo?. Tardé tres o cuatro meses en diseñar la nave y tres semanas en diseñar las lanzaderas. Estaba previsto que Pactor construiría cuatro pero tuvo problemas y no fue posible terminar más que dos. De todas formas esas lanzaderas eran mucho más pequeñas que las que tengo que diseñar ahora y no tienen alas. Sólo sirven para vuelos espaciales, con ellas no se podría entrar en la atmósfera. Sólo tenían capacidad para doce hombres, menos, si en ellas había que llevar también maquinaria. Las que estoy diseñando permitirán que viajen en ellas hasta cuarenta hombres y tendrán más mecanismos de control y seguridad. Si dispusiéramos de unos motores adecuados casi serían naves en vez de lanzaderas.

Choral permaneció en silencio durante unos segundos rumiando lo que acababa de oír. La última pieza que necesitaba había por fin encajado en su sitio formando una de las soluciones que buscaba. Aún quedaba, sin embargo, otro problema, y su solución dependía de la ayuda que Lodren estuviera dispuesto a darle.

— Entonces, ¿no te está costando más de lo que te costaría normalmente?.

— Bueno, reconozco que a veces me atasco en algunos problemas como esta maldita ala, pero eso me ha pasado muchas veces y siempre he encontrado la solución, igual que la encontraré esta vez. ¿A qué viene esta estupidez?.

— Perdona, Lodren, no quería ofenderte, pero esta mañana, hablando con un compañero, se me ha ocurrido una idea que me gustaría que no fuera cierta, pero no estoy seguro...

— ¿De qué maldita idea se trata?.

— ¿Crees posible que los kander, cuando estábamos en la Tierra, pudiesen de alguna forma aumentar nuestra inteligencia?.

Lodren se lo quedó mirando sorprendido unos segundos antes de echarse a reír.

— ¡Sí, claro!. Y como ya no estamos cerca de Kander nos hemos vuelto estúpidos. ¿No?. Bueno, vamos a usar un poco la lógica. Si tú te has vuelto más estúpido que antes, ¿cómo es que te has dado cuenta?. Y si te has dado cuenta ¿no crees que sería estúpido pensar en ello?. La muerte de Kander y el haber quedado Solos no nos ha quitado inteligencia, Choral, todos somos tan inteligentes como éramos antes, lo que no es mucho en el caso de algunos de mis hombres. ¿Quién te ha sugerido esa idea?.

— En realidad no me la ha sugerido nadie. Simplemente se me ocurrió esta mañana mientras hablaba con Tador.

— Tador, no lo conozco. ¿Es de tu equipo?.

— Sí. La verdad es que fue una conversación extraña. Por un momento me pareció como si... No sé, de repente se me ocurrió esa idea y no ha dejado de darme vueltas en la cabeza desde entonces.

Lodren pareció dudar unos segundos antes de preguntar:

— ¿Como se llama?.

— Boitelo.

Lodren bajó la mirada hacia el plano que había sobre la mesa y Choral le miró extrañado.

— ¿Lo conoces?.

— No.

“Está mintiendo. O sabe algo que no quiere decir”

Guardó silencio durante un rato hasta que Lodren volvió a alzar la vista.

— ¿Puedo hacerte un par de preguntas más?.

— Adelante. — respondió Lodren con un encogimiento de hombros.

— Tú fuiste el segundo tutor de Karel, hace años. Le enseñaste ciencias físicas y algo de medicina, ¿no es así?.

— Sí, en aquella época me interesaba la medicina pero dejó de interesarme hace tiempo. Enseñé lo que había aprendido a Dicas para que él siguiese investigando en esa rama y yo me orienté hacia la electrónica y la ingeniería.

— Pero le enseñaste a Karel las ocho reglas de la investigación científica.

— Sí. ¿Y...?.

— ¿Podrías enumerarlas?.

— ¿Me estás haciendo un examen?. — preguntó Lodren sonriendo — Mi inteligencia no ha mermado un ápice por estar lejos de Kander, y te lo voy a demostrar.

»Primera: Observar un hecho de forma objetiva intentando influir en él lo menos posible.

»Segunda: Enumerar todas las variables que rodean al hecho observado.

»Tercera: Determinar cuáles de estas variables son factores que pueden alterar el hecho observado.

»Cuarta: Experimentar cambios en los factores y medir los efectos de dichos cambios sobre el hecho observado.

»Quinta: Inferir una ley o fórmula que explique el hecho observado.

»Sexta: Usando dicha ley o fórmula calcular los efectos de cambios que no se hayan experimentado previamente.

»Séptima: Confirmar la validez de las predicciones efectuadas.

»Octava: ...

Lodren miró a Choral, sorprendido. Se mordió los labios y, haciendo girar la silla se levantó para dirigirse a la ventana.

Choral lo observó sin decir nada durante largo tiempo.

— ¿Lo ves? — dijo Lodren con una triste sonrisa — Estar lejos de Kander no te ha vuelto más estúpido.

— ¿Puedes decir la octava regla?.

Lodren soltó un profundo suspiro y se dirigió de nuevo a su asiento.

— Octava: Compartir los conocimientos adquiridos con otros investigadores.

— ¿Cuál es la regla más importante?.

— La última. Si no se comparten, los conocimientos no sirven para nada, es necesario compartirlos para que otros investigadores puedan llegar más lejos sin perder el tiempo en realizar investigaciones que ya han realizado otros.

— Bien. Yo estoy investigando para encontrar la explicación de una serie de hechos y pienso que tú conoces varios factores en los que nadie más ha pensado.

— ¿Qué te hace suponer eso?.

— ¿Acaso no es cierto?.

Lodren se reclinó en su asiento y se giró hacia la ventana.

— No sé nada que pueda ayudarte.

— ¿Contestarás al menos, a mis preguntas?.

— Si. — contestó Lodren tras una larga pausa.

— ¿Cómo fue el ataque del Enemigo?.

— ¿Sabes?. Hace años Kander nos prohibió a todos los mayores que hablásemos de ello. Por lo visto algunos niños habían tenido pesadillas con las historias que les contábamos y Kander nos prohibió contarles cosas que les pudieran confundir. — Lodren frunció el ceño durante unos segundos. Después cerró los ojos, suspiró y volvió a mirar a Choral — Desde entonces ninguno de nosotros ha podido hablar de ello... hasta ahora.

— Yo no soy un niño, a mí puedes contármelo.

— La orden exacta era no hablar de cosas que pudieran asustar a los niños. La estructura de la frase implica que si un tema puede asustar a un niño no se debe hablar de ese tema con nadie, no importa si hay niños delante o no.

— Lodren, sabes bien que ya no estamos atados por los Mandamientos y yo necesito saber determinadas cosas.

— ¿Estás enumerando las variables o determinando los factores?.

— Ni siquiera eso, apenas he empezado a observar los hechos. ¿Me ayudarás?.

Choral se mantuvo en tensión mientras Lodren pensaba la respuesta. Ayudarle después de lo que acababan de decir implicaba que Lodren tendría que contar cosas que tenía prohibido decir, tendría que quebrantar al menos dos Mandamientos, pero eso sólo sería el primer paso.

— Sí.

— Dime entonces. ¿Cómo fue el ataque del Enemigo?.

— Estaba jugando en el campo con algunos niños. No recuerdo bien cómo era el juego, aunque había unas piedras que había que lanzar al aire y...

Lodren se detuvo y se mordió los labios antes de continuar.

— De pronto empezamos a tener Miedo. Vi como caían al suelo a mi alrededor, uno tras otro. Pronto casi todos estuvieron muertos. Entonces perdí el conocimiento.

— ¿Murieron todos?.

— No, algunos, los más pequeños tardaban más tiempo en caer. Los mayores eran los primeros.

— ¿No recuerdas nada más?. — preguntó Choral tras unos segundos de silencio.

— Cuando desperté oí un llanto a lo lejos. A mi alrededor solo había cadáveres y apenas pude incorporarme. Vi la nave de Kander por encima de la ciudad, había una ciudad cerca de donde yo vivía. Por el aire había niños que flotaban en dirección a la nave. Intenté levantarme pero no podía, a pesar de saber que tenía que ir a la nave. Era la única forma en que podría salvarme. La nave se acercó en mi dirección. A duras penas pude ponerme en pie y dar unos pasos antes de sentirme flotar en el aire. Entonces perdí el conocimiento. Cuando desperté estaba en una habitación con otros muchos niños. El resto ya lo sabes.

Era la misma historia que había contado Diren aunque con algunos detalles que éste no había comentado.

— ¿Hablabais todos el mismo idioma?.

Lodren le miró extrañado.

— Sí. Bueno, supongo que sí. Éramos muchos y no creo haberlos conocido a todos.

— ¿Conociste a alguno que hablase otro idioma?.

— No. De hecho, hasta que Diren lo dijo, no tenía ni idea de que los Antepasados pudieran tener más de un idioma.

— Siempre pensé que los kander salvaron a todos los supervivientes que pudieron encontrar pero si todos hablabais el mismo idioma, ¿no significa eso que sólo buscaron en un continente?.

— No necesariamente. También podría significar que sólo quedaron supervivientes en un continente.

— También has dicho que los mayores morían antes, y los más pequeños tardaban más tiempo en morir. Da la impresión como si los recién nacidos tuvieran una inmunidad natural al ataque del Enemigo, inmunidad que se iba debilitando hasta desaparecer por completo a los seis años.

— También eso es una suposición. Quizás esa inmunidad sólo se presentaba entre los tres y los cinco años.

— ¿Cuántos fuisteis, entonces, salvados por los Kander?.

Lodren se agitó incómodo en su asiento. Pareció a punto de contestar algo pero, indeciso, cambió de opinión.

— No lo sé.

Choral notó el titubeo de Lodren y se dio cuenta de que estaba mintiendo pero no entendió el motivo. ¿Qué importancia podía tener cuántos se salvaron para que Lodren le mintiera?. Siempre había sabido que se salvaron unos tres mil niños y unas mil madres pero nunca se había preocupado por el número exacto. Al hacer la pregunta sólo quería comprobar si Lodren lo conocía, por eso le extrañó su reacción.

— ¿Había madres entre vosotros?.

— No. Las madres estaban en otra parte de la ciudadela. Hasta mucho más tarde no construimos el recinto fuera de ella.

— ¿Cuándo comenzasteis a aparearos?.

Lodren le miró con indignación.

— ¿Es necesario todo esto?.

— Sí. — respondió Choral con suavidad — Créeme, Lodren, es necesario.

Lodren tardó unos minutos en contestar.

— Empezamos a oír rumores. Algunos decían conocer a otros que habían sido llevados con las madres. Yo tendría... once o doce años cuando Kander me llamó. Fue... desagradable, por decirlo con suavidad. ¡Fue degradante!.

Lodren apretaba los puños sobre la mesa. Una lágrima le resbaló por la mejilla. Limpiándose la cara, hizo un esfuerzo por continuar.

— No se lo dije a nadie. Nadie lo admitía pero creo que Kander llamó a muchos.

— ¿Te llamaron más veces?.

— Sí. Tres o cuatro años más tarde volvieron a llamarme varias veces.

— ¿Cuándo vinieron los primeros niños?.

— Algunos años más tarde. Sospechábamos que existían ya desde algún tiempo antes, pero no eran más que rumores. Un día Kander nos informó a unos cuantos que íbamos a tener pupilos a los que debíamos enseñar todo lo que supiéramos.

— ¿Te asignaron a ti uno de los primeros?.

Lodren vio ahora con claridad hacia dónde iban las preguntas de Choral y tuvo miedo de seguir la conversación. A pesar de todo respondió.

— Sí.

— ¿Cómo se llamaba? — preguntó Choral al ver que Lodren no seguía hablando.

Pasó más de un minuto antes de que Lodren respondiera en un susurro.

— Boibo.

Tanto Choral como Lodren guardaron silencio durante largo rato sabiendo lo que aquello significaba.

NOTA DEL AUTOR: Aunque he intentado no inmiscuirme en la historia, aquí no tengo más remedio que hacer una aclaración. Como ya habréis adivinado, los nombres de los personajes no son ni más ni menos que numeros, todos los personajes tienen un número tatuado a la derecha del pecho, y ese es su nombre. Pero además, la numeración que utilizan es la hexadecimal. El número B.HHB, que se pronuncia Boibo, es el equivalente a 4.097 en nuestro sistema de numeración, un número que no parece muy significativo pero que en hexadecimal se escribiría 1001. Como sonaría muy raro decir que 4096 (1000 en hexadecimal) es un número redondo, me voy a permitir usar el número 4000 en la siguiente escena.

— Karel siempre decía que eras el hombre más inteligente que había conocido, Lodren. No sabía que los kander también se habían dado cuenta tan pronto. — Al ver que Lodren no contestaba, continuó — Te dieron para que lo cuidaras al primer niño que nació de la segunda generación. ¿Es así?.

— Sí.

— Es decir, que los kander salvaron exactamente cuatro mil niños y niñas. Déjame adivinar, ¿no serían exactamente tres mil niños y mil niñas?.

— No lo sé.

— ¿No lo sabes, Lodren?. ¿No te hace pensar eso que los kander en realidad no rescataron a todos cuantos pudieron sino sólo a una cantidad que ya tenían decidida de antemano?. ¡Un número redondo, Lodren!.

— No podían salvarlos a todos. En realidad...

— ¡Y tú lo sabías!. Lo has sabido siempre.

— ¿Qué quieres decir?. ¿Crees que Kander podía salvar a todos los niños del planeta?.

— Pero no murieron, tú lo has dicho. De alguna forma el Terror mató a casi todos los habitantes del planeta pero sólo afectaba a los adultos. Mientras más pequeños eran menos se veían afectados. Cuatro mil niños y niñas entre tres y cinco años, esos son los que los kander salvaron. Pero ¿dónde están los menores de tres años?. ¿Sobrevivieron al Terror y fueron abandonados a su suerte para que murieran de hambre sin nadie que les cuidase?.

— ¡No podían hacer otra cosa!. No podían salvar a todos los niños del planeta como tampoco podían cuidar a los menores de tres años.

— Yo no lo veo así, Lodren. Los kander decidieron recoger una cantidad determinada de niños, una cifra redonda. Y los recogieron en una zona determinada del planeta. Y sólo entre tres y cinco años. Todos los demás que sobrevivieron al Terror quedaron abandonados, solos, sin ningún adulto que los cuidase. Probablemente acabarían muertos de hambre y sed tras días o semanas de horroroso sufrimiento.

— ¿Crees que no lo sé?. ¡Kander no podía salvarlos a todos!.

— Y nunca has dicho nada. Ni siquiera ahora querías decirlo a pesar de que sabes lo que eso significa.

Lodren se volvió de nuevo hacia la ventana apretando los puños. Choral no había podido imaginar lo que iba a descubrir al preguntar a Lodren cuántos habían sido salvados por los kander. Fue algo totalmente inesperado para él y sintió tal indignación que no pudo evitar encolerizarse. Pero el hecho de saberlo le impulsó a seguir haciendo preguntas por muy dolorosas que fuesen para Lodren.

“¿Como puede soportarlo?.” se preguntó de repente.

Conocía a Lodren desde hacía años y creía conocerle bien. Lodren no se destacaba por su paciencia. Aunque era un hombre alegre y de trato cordial una vez lo conocías, solía ser brusco con las personas que le molestaban y no soportaba en absoluto impertinencias de nadie. Sin embargo, aún estando a disgusto, estaba oyendo y respondiendo sus preguntas.

“A estas alturas de la conversación ya hace rato que el viejo Lodren habría perdido la paciencia y me habría echado con cajas destempladas. ¿Por qué no lo ha hecho aún?.

“¡Porque quiere que siga!” pensó asombrado.

Tenía que conseguir que Lodren le dijera lo que realmente pensaba de los kander pero sospechaba que no serviría de nada preguntarlo directamente. Debería hacerlo dando rodeos, tal como cuando averiguó cuántos habían sido salvados por Kander.

— ¿Qué fue de Boibo?.

— No lo sé.

— Vamos, Lodren, ¿cómo no ibas a saberlo?. Te lo llevaron con siete años, ¿no?.

— Cuatro.

— ¿Cuatro?. Un poco pronto para sacarlo de la guardería. Lo normal es que salgamos a los siete años, pero supongo que los kander no conocían aún nuestras costumbres.

Lodren no hizo ningún comentario pero miró a Choral de tal forma que éste volvió a pensar lo que acababa de decir.

— Ya, en realidad, en aquella época no teníamos costumbres. ¿Cuánto tiempo estuvo Boibo contigo?.

— Cuatro horas.

— ¿Qué?. ¿Qué pasó?.

— No paraban de llorar, ninguno de los niños. Todos querían volver al recinto con las madres y no conseguíamos distraerlos con nada. Al final Kander nos dijo que los llevásemos de vuelta al recinto. Un año más tarde se hizo un segundo intento pero fracasó, igual que el anterior. Entonces fue cuando construimos la guardería, como un sitio donde los hombres y los niños pudieran aprender a relacionarse entre sí.

»Al principio nos tenían miedo, pero pronto aprendimos a jugar con ellos y ganarnos su confianza.

— ¿Cuántos niños había al principio en la guardería?.

— Unos doscientos.

— ¿Sólo doscientos?. Con mil madres lo normal hubiera sido que hubiera unos cuatrocientos o quinientos niños por año. ¿No?.

— Supongo que sí.

— ¿Volviste a ver a Boibo?.

— Sí.

— ¿Fuiste su tutor?.

— No.

— ¿Quién fue?.

Lodren tardó largo rato en contestar y Choral adivinó que iba a volver a decir algo que le desagradaba.

— No tuvo tutor.

— ¿Que no...?. Vamos, Lodren, tuvo que tener tutor cuando saliera por fin de la guardería. Porque salió de la guardería, ¿no?.

— No.

— ¿Murió?.

— No lo sé.

Choral estaba desconcertado. Que un niño no saliera de la guardería le parecía inconcebible pero la manera en que Lodren contestaba sus preguntas también le desconcertaba. Era evidente que quería responder, pero no se atrevía a dar una respuesta clara a algunas de sus preguntas.

— ¿Te encargaste tú de enseñarle?.

— Lo intenté.

— ¿Y?.

— No aprendió a leer.

— ¿Que no...? Vamos, Lodren, todos aprendemos a leer antes de los cinco años, es condición imprescindible para que nos den un ordenador de adulto.

— En aquella época aún no había ordenadores portátiles, ni infantiles ni de adultos. No fue hasta unos años más tarde en que fabricamos los primeros.

— No lo sabía. Entonces ¿cómo aprendisteis vosotros a leer?.

— Con los ordenadores de la ciudadela.

— ¿Y los niños en la guardería?.

— Les intentamos enseñar nosotros.

— Y Boibo no pudo aprender. ¿Tan difícil es aprender sin ordenador?.

— Es más difícil, pero no es que a Boibo le costara más trabajo que a los demás. En realidad le era imposible.

— Imposible, ¿por qué?.

— Su mente no era capaz de retener muy bien las ideas. La mayoría de los primeros niños tenían una inteligencia más o menos normal pero había unos diez o doce a los que le costaba un trabajo enorme aprender cualquier cosa. Un año más tarde ninguno de ellos había aprendido a leer.

— ¡Ahora lo entiendo!. Tador era uno de ellos.

— No.

— ¿Cómo lo sabes?. Dijiste que no lo conocías.

— Y no lo conozco pero no podía ser uno de ellos.

— ¿Por qué?.

— Porque los niños que no habían aprendido a leer al cabo de un año desaparecieron.

— ¿Qué quiere decir que desaparecieron?.

— Está claro, ¿no? — replicó Lodren alzando la voz — Sencillamente dejaron de ir a la guardería y no volvimos a verlos.

— ¿Nunca te preguntaste qué hicieron con él los kander?. — preguntó Choral tras una larga pausa.

— Sí.

— Y ¿qué pensaste?.

— No lo sé.

— ¡No me vengas con esas, Lodren!. ¿Qué fue lo que pensaste?.

— Cuando vi que Boibo llevaba varios días sin ir a la guardería creí que estaría enfermo. Unos días más tarde pensé que no podían estar todos enfermos al mismo tiempo e intenté imaginar el motivo de que no salieran de la guardería. Lo siguiente que recuerdo es despertar de una terrible pesadilla. Sentí tal Terror que no volví nunca más a preguntarme lo que había pasado con Boibo ni con los demás.

Karel le había explicado a Choral que algunos de los mayores, de vez en cuando, tenían pesadillas de las que despertaban temblando y gritando pero ninguno de los varios mayores con los que convivió le contó nunca lo que había soñado.

— ¿Cómo fue la pesadilla?.

— Soñaba que el Enemigo me perseguía por los pasillos de la ciudadela. Yo intentaba huir sin conseguirlo hasta que al final de un largo pasillo se abría una puerta. Tras ella estaba Kander. El enemigo desaparecía y entonces era cuando despertaba.

— ¿Tuviste más pesadillas en otras ocasiones?.

— Tuve la misma pesadilla varias veces más, unas siete u ocho, a lo largo de varios años.

— ¿Cuando fue la última?.

— Hace dos años.

— ¿Recuerdas algo que tuvieran en común las circunstancias en que se produjeron las pesadillas?.

— No. Se produjeron a lo largo de cuarenta años, en condiciones totalmente distintas. No había ninguna relación entre las distintas pesadillas. Todas eran iguales pero se producían en circunstancias diferentes. No había nada en común.

— ¿Por qué sólo los mayores tenéis pesadillas?.

— Es evidente. — contestó Lodren volviéndose hacia él con disgusto — Porque somos los únicos que recordamos el ataque del Enemigo. Choral si vas a seguir haciendo preguntas estúpidas va a ser mejor que lo dejemos. Tengo mucho trabajo que hacer.

— ¿Todos los mayores tenían pesadillas?.

Aunque había sido un palo de ciego, Choral notó de inmediato que había vuelto a tocar otra fibra sensible en Lodren.

— Sí. Casi todos.

— Algunos tendrían más pesadillas que otros.

Lodren se mordió el labio inferior sin decidirse a responder.

— ¿Conoces a alguien que haya tenido más pesadillas que tú?.

— Los conocí.

— ¿Los conociste?. ¿Qué quieres decir?.

— Ya no están.

Choral se sintió desconcertado. Lodren parecía querer decirle algo y no decírselo. Quería que se fuera y que se quedara. A veces contestaba largo y tendido y otras veces daba sólo media respuesta. Aún no sabía si este camino le llevaría a alguna parte pero tenía que explorarlo hasta el final.

— ¿Murieron?.

— No. No lo sé.

— Se volvieron locos. — no lo preguntó. Tampoco hizo falta que Lodren respondiera.

Choral sintió un nudo atenazarle la garganta. Antes de formular la siguiente pregunta conocía ya la respuesta. Y tenía miedo de oírla.

— ¿Han sido muchos?.

Lodren se mordió los labios antes de contestar.

— Sí.

— ¿Cuantos... cuántos mayores quedáis?.

Lodren no contestó más que con un leve encogimiento de hombros.

— ¿Tres mil?. — esta vez, Lodren negó lentamente con la cabeza — ¿Dos mil quinientos?. ¿Dos mil?. — mientras Choral iba diciendo las cantidades, se iba estremeciendo más y más al ver el implacable gesto de negación de Lodren — ¿¡Mil quinientos!?.

Se detuvo, por fin, al ver que Lodren volvía a encogerse de hombros.

— ¡Sólo quedáis mil quinientos mayores de más de cuatro mil!.

— Bueno, en realidad nunca fuimos más de tres mil mayores, el resto habían sido madres. Y no sé exactamente cuantos mayores quedamos aunque pienso que aún debemos ser más de mil.

— ¿Piensas? Lodren, todos los mayores tenéis entre cuarenta y cinco y cuarenta y ocho años. No es posible que sólo quedéis la tercera parte de los que fuisteis salvados por Kander.

— Nos hacemos viejos.

— Y os dais cuenta de las cosas. ¿No es eso?. Y cuando os dais cuenta de las cosas... Lodren, tú te das cuenta de las cosas, ¿verdad?.

— Tal vez sea mejor no darse cuenta algunas veces.

— ¡No me vengas con esas! Tú enseñaste ciencias a Boidabeko y siempre le dijiste que lo más importante para un científico debe ser averiguar el motivo de todas las cosas.

— Y él te lo enseñó a ti, por lo que veo. Pero todavía eres demasiado joven para saber que cuando algo puede suponer tu muerte, es mejor ignorarlo, por muy científico que pretendas ser.

Choral contempló a Lodren con incredulidad. Había pensado que éste tenía sospechas sobre el origen del ataque de Terror que habían sufrido y de pronto descubría por él muchas cosas que no hubiera sido capaz de imaginar él solo.

— ¿Cuánto hace que lo sabes?.

— ¿Es que no lo entiendes? ¡Yo no sé ¡¡NADA!!!

Choral se sobresaltó ante el inesperado rugido de Lodren. Por un momento, mientras éste se inclinaba sobre la mesa con los puños apretados y la faz desencajada, temió ser atacado tal como Karel lo había sido por Pactor y se echó hacia atrás haciendo que la silla retrocediese casi medio metro. Estuvo a punto de levantarse y salir corriendo pero se dominó al comprobar que Lodren realmente no iba a atacarle y sabiendo que tenía que intentarlo una vez más.

— ¿Tanto miedo le tienes?. Lodren, ¿cuánto tiempo crees que falta para que también tú...? — no terminó de formular la pregunta pero sabía que Lodren la entendería. Éste cerró los ojos fuertemente mientras apretaba los puños. Choral esperó pacientemente pero se dio cuenta de que Lodren no iba a responder.

Choral se levantó con dificultad de la silla y la acercó de nuevo hacia la mesa, tras lo cual volvió a sentarse con cuidado.

Observó a Lodren y pensó que de momento no podría sacar más información de él. Comprendía lo que debía estar pasando pero ahora también comprendía con claridad que la solución a todos sus problemas podía depender de la reacción de Lodren en los próximos minutos.

— ¿Sabes?. Cuando Karel me explicó todo lo que había descubierto sobre Kander y los Antepasados pensé que teníamos un problema bastante difícil de resolver, pero nunca pensé que fuera imposible. He ido dando palos de ciego durante varios días en busca de una solución a un problema que en realidad no existía, pero al menos me he dado cuenta de que hay otro problema que sí existe, aunque nadie lo ha visto hasta ahora. El problema es que no tienes esperanza. Sí, quizás sea cierto que seas el más inteligente de todos los mayores pero también has cometido un fallo, creer que no había solución. Es el mismo fallo que también han cometido Karel, Diren y Pactor. Y lo malo es que si crees que no hay solución a un problema, no la encontrarás aunque la tengas delante de tus narices.

— Ya. ¿Y tú crees que hay solución?.

— Por supuesto. Y tú también lo sabrías si hubieses hablado con Karel, con Diren, con Pactor, ... . Si hubieras comunicado a los demás lo que sabes, ellos te hubieran comunicado lo que han descubierto cada uno por su cuenta. Tendrías más información en la que basarte para analizar nuestra situación y encontrar la solución.

— Estás loco.

— Y tú estás equivocado. Has llegado a la conclusión de que no hay solución porque has partido de una serie de supuestos que siempre has considerado ciertos. Pero si te demuestro que uno de esos supuestos es falso, ¿considerarás de nuevo todos tus análisis?. ¿Aceptarás que puede haber una solución que no has considerado hasta ahora?.

— ¿Cuál es ese supuesto falso?.

— ¿Y cómo quieres que lo sepa?. — la irritación de Choral no era fingida — He hablado con Karel y me ha dicho lo que pensaba. He hablado con Diren y me ha dicho lo que pensaba. He hablado con otros hombres y me han dicho lo que pensaban. Gracias a todo ello he llegado a comprender muchas cosas por las que nunca me había interesado, pero que ahora son de capital importancia para todos. Pero tú, ¿qué has hecho?. Te has refugiado aquí, con la escusa de que tenías mucho trabajo que hacer pero en realidad para hacerte preguntas que nunca te has podido plantear en la Tierra, porque los kander te lo hubieran impedido. Bueno, ¿quieres un supuesto falso?. Pues toma éste: El Enemigo puede leernos el pensamiento.

Lodren le miró a los ojos, sorprendido.

— Quieres decir que... Quieres decir que... el Enemigo ¿no puede leernos el pensamiento?.

— Exacto. Lo único que puede hacer el Enemigo es captar nuestras emociones. Si sabes algo terrible, que crees que puede suponer tu perdición, el Enemigo no detectará lo que sabes. Lo que detectará será tu miedo. Así nos controla el Enemigo. Así nos ha controlado durante más de cuarenta años.

» Así podemos engañarle.

Lodren bajó la mirada y pareció concentrarse en los planos. Durante largos minutos no se movió concentrándose en la curvatura de un alerón. Cogió un puntero y apoyó la mano sobre la pantalla, sin llegar a tocar el dibujo.

— ¿Qué quieres decir?. — preguntó por fin, sin levantar la vista del plano.

— El Enemigo está a tanta distancia que no puede captar nuestras emociones. Sólo nos comunicamos con él por radio, por mediación de Korander o algún técnico de radio. Podemos decirle cualquier cosa y no sabrá si mentimos o no.

— Aunque eso sea cierto, cuando volvamos a la Tierra...

— No tenemos por qué volver a la Tierra.

Lodren se quedó mirándole por unos segundos. Soltó el puntero, que fue rodando sobre la pantalla hasta detenerse sobre el vértice de un flap del ala.

"Ahí está el error" pensó con asombro.

Ignorando la presencia de Choral se puso a corregir el sistema de control del flap antes de detenerse con una mirada vacía. Miró a Choral con miedo.

— Dentro de seis meses, quizás antes, Kander tendrá una segunda nave. Entonces vendrá y nos matará a todos.

— Cuando llegue ese momento, ya no estaremos aquí.

   

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