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Bienvenidos a Libertad 11: Choral intenta hablar con Karel sobre lo que han descubierto.

Creada10-03-2013
Modificada15-06-2015
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Abril4

 

Bienvenidos a Libertad, Juan Polaino

Choral 11

Choral despertó poco antes de que se encendieran las luces.

Había soñado con Karel.

Hacía ya ocho días que Karel había permanecido durante horas llorando a su lado sin querer decirle lo que le pasaba. Estuvo tan preocupado por él que creyó morir de dolor al verle sufrir sin poder hacer nada por ayudarle.

Se había sentido asustado.

En el silencio de la noche, oía los suaves ronquidos de los que dormían. El roce de las colchas con la piel se percibía como un leve murmullo que le hacía sentir menos solo. Un ronquido repentino y familiar le hizo saber que Lodren se acababa de agitar en su cama, a punto de despertar.

El reloj indicaba que faltaba apenas media hora para amanecer.

¡Amanecer!, qué palabra tan inapropiada.

Karel le había mentido.

Nunca había imaginado que alguien pudiese mentir. ¿Cómo podía ser posible?.

Simplemente pensar en ello le había producido siempre, desde niño, tan desagradables sensaciones que nunca había sido capaz de decir una mentira.

Y Karel le había mentido ¡a él!.

Se revolvió inquieto en la colchoneta deseando que pasara el tiempo cuanto antes para no pensar, para no recordar.

Aquella noche, asustado y, sí, resentido, se había negado a sus caricias y sintió cómo Karel sollozaba durante largo rato a su espalda.

Estuvo tentado de inclinarse hacia él para consolarle, pero el recuerdo de la mentira que le había contado le mantuvo apartado de él.

Durante el día decidió que no volvería a dormir con Karel. ¿Cómo podría hacerlo si no era capaz de confiar en él?.

Cuando Karel entró la siguiente noche a dormir y no le encontró en su cama, se volvió hacia la puerta a preguntar, sin duda, al guardia. Un minuto después volvió a entrar con gesto desconcertado.

Choral le observaba con disimulo, con el brazo sobre la frente ocultándole casi los ojos, desde una colchoneta del fondo del dormitorio.

Karel paseó entre las camas, buscándole.

Al llegar ante él, Choral se revolvió en la cama para no verle, o quizás para que Karel no le viera la cara.

Sintió su presencia a los pies de su cama, en medio del inhabitual silencio de expectación que se había producido en el dormitorio.

Después, Karel se dio la vuelta para ir a su cama, solo.

Lentamente los murmullos se reanudaron y Choral se tapó la cabeza con la colcha para no oír.

¡Tenía que haberle llamado!.

¡Tenía que haberle seguido!.

Incapaz de dormir, había permanecido casi toda la noche en vela, inquieto.

No fue el único.

A pocas literas de distancia oía las entrecortadas respiraciones de algunos hombres que parecían incapaces de conciliar el sueño.

Un par de horas más tarde oyó los sonidos de alguien que se levantaba y se volvió a tiempo para ver, a la luz que llegaba de los aseos, la silueta de Karel abandonar el dormitorio.

¡Siete días, desde entonces no había vuelto!.

La siguiente noche todos comentaban la extraña deserción de los jefes. Karel, Pactor, Diren y Torio no volvieron a pasar otra noche en el dormitorio.

Sólo Lodren seguía durmiendo con ellos.

Nadie entendía porqué los jefes actuaban así.

Los veían todos los días, les daban las órdenes necesarias y les controlaban en su trabajo. De día todo parecía normal. Las noches, nadie sabía dónde las pasaban.

Los comentarios, extrañados unos, humorísticos otros, circulaban entre los hombres mientras eran testigos de los esfuerzos que hacía Choral por mantener una apariencia de calma e indiferencia.

Él no pensaba en los otros, sólo le preocupaba Karel.

¡Karel le había abandonado!.

Intentó contener las lágrimas. Siete días disimulando, ocultando su desengaño, aparentando que no tenía el corazón desgarrado.

No podía disimular.

Sus amigos comenzaron a estar con él más tiempo del necesario. Intentaban consolarle.

Durante los primeros días se resistió a participar en los juegos sexuales del dormitorio, era demasiado reciente el dolor que sentía.

Después fue cada vez más consciente de esos juegos. Era como si la temperatura sexual del dormitorio se hubiera elevado en varios grados centígrados.

Extrañado y excitado por el repentino frenesí sexual de las parejas y los grupos que se dedicaban a practicar extrañas posturas nunca probadas hasta ahora, un par de noches antes se había dejado convencer por Tilo que le había arrastrado a una de las orgías más locas y desenfrenadas de las que hubiese gozado nunca.

Eso fue dos noches antes.

Ayer, tan sólo ayer, salió de los dormitorios dispuesto a trabajar sin pensar para nada en Karel, dispuesto a olvidarlo y recuperar su buen humor.

Como integrante del equipo de Pactor mientras la lanzadera estuviera fuera de servicio, había recorrido los distintos edificios de la ciudad contabilizando todos los enseres que encontraba y avisando a Pactor o a Torio, el que más cerca estuviese, si encontraban signos de que una vivienda había estado habitada.

Y fue ayer cuando lo encontró.

Sintió un escalofrío al recordarlo.

Había entrado en una casa que, al parecer, no había llegado a estar habitada. Sus cámaras enviaron al ordenador la distribución de los muebles, de las habitaciones, de los enseres que en ella había.

Sobre la cama del dormitorio principal, colgado en la pared, algo atrajo irresistiblemente su mirada.

Incapaz de creer lo que estaba viendo, se puso de pie sobre la cama y se incorporó para apreciar el más mínimo detalle de la figura que, forjada en hierro, le dirigía una mirada de súplica y dolor.

Sus manos estaban atravesadas por unos gruesos clavos que las sujetaban al madero en forma de cruz del que colgaba. Sus pies, puesto uno encima del otro, habían padecido similar suplicio para sujetarlos en un travesaño que había en el brazo inferior de la cruz. Una herida entre las costillas dejaba que la sangre se derramara abundante chorreándole inmisericorde por el costado. Su cabeza, coronada con un rollo de alambres con espinas, dejaba caer de su frente gruesos goterones de sangre.

Permaneció durante largo rato observando cada uno de sus rasgos, cada una de sus heridas sin ser capaz de imaginar cómo éstas se podían haber producido.

Mientras más contemplaba la estatuilla más convencido estaba de que esa escena que intentaba reproducir no podía ser real.

La parte analítica de su mente le decía que no era posible, que un hombre así crucificado no hubiera tenido la menor posibilidad de sobrevivir. No sólo eso, ni siquiera tendría la menor posibilidad de existir.

Examinó con detenimiento cada una de las heridas que parecía tener aquel cuerpo.

La herida del costado podía haberse producido con un instrumento cortante que le hubiese atravesado el pulmón, eso podía ser.

La corona de alambre de espino... No, era inimaginable. ¿Quién en su sano juicio podía poner tan macabro adorno en la cabeza de una persona?.

El clavo que le atravesaba los pies los sujetaba al madero en una posición imposible. Intentó recordar las lecciones de anatomía que Dicas le había impartido hacía ya varios años. Quizás fuera posible que los pies tuviesen esa posición aunque para ello el sujeto tendría que tener una de las piernas fracturada o, al menos, dislocada. En tal caso, si no se podía apoyar en los pies, el hombre estaría colgando de los clavos de sus manos en una postura tan forzada que, combinada con la perforación del pulmón acabaría matándole de asfixia en cuestión de horas. Eso si su corazón no fallaba antes ante la evidente abundancia de sangre perdida.

Lo que le convenció, para gran alivio suyo, de que esa figura no podía representar una imagen real fueron los clavos de las manos.

Se presionó los huesos de sus propias palmas.

Si una persona colgase con todo su peso de unos clavos que le perforasen las palmas de las manos, éstos no estarían sujetos por ningún hueso, músculo o tendón. La carne por sí sola no sería capaz de soportar el peso del hombre. No sólo eso, al estar los brazos del hombre inclinados entre veinte y treinta grados, la descomposición de vectores de fuerza haría que la presión ejercida por los clavos sobre la blanda carne de la palmas de las manos fuera de más del doble que si tuviera los brazos en posición vertical sobre su cabeza.

Como resultado, en lugar de repartir el peso de su cuerpo entre las dos manos, cada una de ellas soportaría una tensión superior al peso completo del hombre.

Cada uno de los clavos avanzaría desgarrando hasta salir por entre sus dedos corazón y anular en medio de un revoltijo de sangre y carne destrozada.

Unas arcadas ascendieron a su garganta arrastrando hiel y bilis que le obligaron a volverse con rapidez para impedir que su vómito salpicase sobre la cama.

Sintiendo unas dolorosas convulsiones, vomitó todo el desayuno que formó un charco espeso y pestilente a un lado de la cama.

Aunque se había esforzado en ser lo más científico posible en su análisis de la estatua, se sentía impresionado, convulsionado por las atroces heridas que había visto en ella.

Ahora sabía que esa estatua no era real. Era imposible, no sólo moral sino físicamente, que una persona soportase semejante suplicio. Pero la mente enferma que había sido capaz de imaginarlo debería permanecer para siempre encerrada.

Se preguntó cómo alguien sería capaz de dormir teniendo sobre la cama tan espantosa imagen.

Limpiándose el rostro con el borde de la sábana, se incorporó para observar de nuevo la estatua. Esta vez no se fijó sin embargo en las heridas, sino en el rostro.

Sus ojos, hundidos en las órbitas bajo unas espesas cejas, revelaban un sufrimiento inimaginable. El mentón sobresaliente, los pómulos acusados, los labios finos revelaban un carácter pacífico pero atormentado por un enorme dolor interior.

Una fina barba adornaba la parte inferior de su cara.

Choral intentó captar todos los sentimientos que habían sido implantados en esa figura.

Un escalofrío recorrió su espalda al notar que, quienquiera que hubiese forjado la estatua, lo había hecho con amor, un amor verdadero capaz de ignorar el dolor y el sufrimiento para ponerlo en cada uno de sus rasgos, en cada uno de los músculos que se adivinaban bajo la fría piel de hierro.

Se apartó por fin de la estatua para salir del dormitorio.

Pasó el resto del día y parte de la noche recordando aquella dolorosa imagen.

Aquel hombre, si alguna vez había existido, había debido sufrir cien veces más de lo que Choral hubiese creído posible. Pero lo que más le impresionaba era su rostro, un rostro que revelaba más sufrimiento interior que el infligido por sus heridas externas.

¡Cuán vano le parecía ahora el dolor que él había sufrido tras el abandono de Karel!.

Había creído que nadie podría comprender jamás lo que estaba sufriendo y se encontraba de repente con un la estatua de un hombre que había soportado el más cruel tormento y aún era capaz de mostrar amor en su mirada.

Comprendió que sólo por orgullo había rechazado a Karel.

Se levantó de la cama en la oscuridad y se dirigió a los aseos.

Tenía que hablar con él. Tenía que tragarse su orgullo, averiguar qué le pasaba, por qué había dejado de venir a los dormitorios, por qué no había intentado verle siquiera.

Por qué le había mentido.

No podría soportarlo más tiempo. Si no podía hablar con él..., si no podía aclarar lo que pasaba...

¿Qué le diría?. ¿Habría dejado de quererle?.

Dos hombres estaban gozando en una de las duchas. Se dirigió a otra mirándolos con envidia. Se sorprendió al ver que uno de los hombres era Tador, a quien Pactor había dejado la tarde anterior encargado de la segunda guardia. ¡Debería estar vigilando en la puerta!.

Se preguntó si Pactor lo habría relevado de su puesto. Entonces ¿quién se ocupaba de la segunda guardia?.

Estaban pasando cosas muy extrañas y él no tenía rango suficiente para llamarle la atención.

Terminó de ducharse y volvió asqueado al dormitorio.

El reloj que había sobre la puerta indicaba que había pasado la hora de encender las luces. ¿Debía avisar a Tador?.

Antes de que tomara una decisión se abrió la puerta exterior con un fuerte ruido.

— ¡Tador!. ¡¡Tador!!. — gritó Pactor.

Éste salió corriendo de los aseos. Su cuerpo estaba aún empapado y casi resbaló en el suelo de ceraplás. Se puso firmes con gesto asustado.

— ¡Sí, Pactor!.

Éste titubeó unos segundos antes de decir.

— Ha pasado la hora. Despierta a los hombres. — y diciendo esto se dio la vuelta y volvió a salir.

"¿Ya está?" pensó Choral con asombro "¿No le castiga?. ¿No le reprende?. ¿Ni siquiera le advierte de un futuro castigo?."

Algo muy extraño estaba pasando estos últimos días en la estación y Choral sintió miedo.

"¿Qué estará pasando mi pobre Karel?."

Se puso el traje de trabajo. Éste era una versión reducida del traje de vacío y era el que habitualmente usaban en la Tierra cuando trabajaban o estaban en una misión. Tenía numerosos bolsillos en los que guardar herramientas y unas hombreras en las que se alojaban una cámara y un foco. En la espalda llevaba incorporada una mochila en la que podría llevar herramientas de mayor tamaño, aunque normalmente la llevaba vacía; debido a la índole del trabajo que estaban realizando no era necesario llevar más que alguna linterna y poco más. Sobre la manga izquierda se colocó la consola y, tras encenderla e identificarse, ordenó al traje que hiciera un chequeo de todas las herramientas y sistemas electrónicos. Comprobó también la comunicación con el ordenador central que había sido montado en los almacenes de la torre sur y, tras ver que no había ningún fallo en los sistemas, volvió a desconectarlo y salió del refugio.

Respiró hondo intentando llenar los pulmones del aire fresco de la mañana mientras contemplaba el desolado paisaje.

La hierba se había vuelto amarillenta tras estar cuarenta y dos años congelada. El aire, siempre en movimiento por una ligera brisa, había arrancado las hojas de los árboles en toda la estación dándole un lúgubre aspecto.

Apartó la vista con un escalofrío del lugar del bosque donde había muerto Remo. Aún sin mirar recordó las ramas de los árboles destrozadas en su terrible caída. Estaba cerca de la torre norte cuando sufrieron el ataque del Enemigo y Remo y Chaco desaparecieron misteriosamente. Tardaron casi un día completo en encontrar a Chaco. Se había estrellado contra la pared de una casa cayendo al pie de la misma con todos los huesos destrozados dentro de su traje por el brutal choque.

Remo cayó en el bosque sur, al otro extremo de la esfera. Si no lo encontraron antes fue porque las ramas, aún cubiertas de hojas verdes, disimulaban el lugar del impacto. Cuando la atmósfera de la estación se calentó por fin, se produjeron unos efectos atmosféricos inesperados pero que Lodren consiguió explicar con bastante facilidad. El aire, al calentarse, tendía a ir hacia arriba provocando corrientes de aire. Al hacerlo ganaba velocidad angular debido a la rotación de la esfera con lo que se formaban remolinos cuyo eje era paralelo al eje de la estación y eso provocaba en toda la esfera una corriente de aire de entre cinco y quince kilómetros por hora según la latitud y la hora del día. Este viento constante hizo caer las hojas muertas de los árboles dejando las ramas desnudas y descubriendo así que en determinado lugar del bosque había un desgarrón de ramas rotas que delataba el lugar de la caída de Remo.

Encontraron su casco cubierto de polvo y hojas, sujetando aún parte del traje. Algo más allá encontraron una pierna...

Con un escalofrío apartó su mente de aquella odiosa estación y se dirigió hacia donde Pactor les esperaba todos los días para impartirles las órdenes.

Pactor estaba de espaldas a él y estaba tecleando órdenes en su consola. A pesar de la distancia, pudo ver que estaba manipulando los registros de vídeo y audio del ordenador.

— Perdona, Pactor.

Éste se volvió sobresaltado cerrando con rapidez la consola. Unos segundos después la apagó y le respondió con aspereza.

— Dime, Choral.

— Pactor, hoy terminaremos de revisar los últimos setenta y dos edificios que quedan por inventariar. Sé que no tengo derecho a pedirte esto pero me gustaría que me relevaras de mis obligaciones por el día de hoy.

— ¿Por qué?.

— Me gustaría... Quiero... — le costaba trabajo decirlo. Haciendo un gran esfuerzo pudo por fin articular — Tengo que hablar con Karel.

Pactor lo miró comprendiéndolo de pronto y Choral se sintió ridículo bajo su mirada.

— ¿No has hablado con él últimamente?.

— No, Pactor. Desde hace siete días. No sé lo que le ocurre y quizás no tengo derecho a saberlo pero me gustaría saber si...

Su voz se ahogó en un ronquido y no pudo seguir hablando. Bajó los ojos avergonzado, soportando la mirada inquisitiva de Pactor.

— Humm... Mira, no puedo permitir que te dirijas a Karel como tal saltándote la jerarquía. Si tuvieras que decirle algo referente a la misión tendrías que hablar conmigo y yo se lo diría a él si lo considero oportuno, así que no puedo darte permiso para ir a verle. — a Choral le costaba trabajo aceptar lo que Pactor le decía. Estaba haciendo grandes esfuerzos para no protestar sus órdenes cuando éste prosiguió — No obstante tengo que entregar... unos objetos a Karel. Tómalos y entrégaselos personalmente. Espera, los meteré en tu mochila. — Manipuló a sus espaldas unos segundos y luego añadió — Te presentarás a Karel y le dirás que te los he entregado. Que él o Diren los saquen personalmente de tu mochila, no los saques tú. Después te pondrás a sus órdenes hasta que él te ordene regresar. ¿Lo has entendido todo?.

— ¡Sí, Pactor!. ¡Gracias, Pactor!.

— Olvídalo. ¿Desde cuándo se dan las gracias a quien te ha dado una orden?. Lárgate y no vuelvas hasta que Karel te lo ordene.

Choral voló más que corrió hacia el misterioso edificio donde Diren y Karel habían pasado los últimos días. Nadie más que los jefes de equipo había entrado allí y, a veces, en los dormitorios, había oído susurros y comentarios acerca de lo que allí habría. Susurros que cesaban misteriosamente cuando se acercaba a oír

Cuando apenas le quedaban unos cien metros para llegar redujo la carrera hasta un simple paseo, no quería presentarse sudando ni jadeando ante Karel. Se acercó a la orilla del río y mojándose las manos se arregló un poco el peinado ayudado por un espejo que sacó de un bolsillo del traje.

Al guardar el espejo recordó los objetos que Pactor le había metido en la mochila.

¿Creía que le estaba engañando?. Sabía lo que eran esos objetos. De hecho lo sabían todos los hombres de la estación. Eran libros. ¿Cómo podían ser tan tontos los jefes para pensar que no acabarían dándose cuenta?. Ignoraba, todos lo ignoraban, por qué estaban guardando todos los libros que encontraban en el recinto de las madres. Pero aunque los demás no solían hablar mucho delante de él, a veces había oído algún comentario. Los estaban leyendo. Habían encontrado en ellos secretos científicos de gran importancia para Kander. El objetivo principal y secreto de la misión era examinar esos libros; lo demás lo habían dicho para engañar a los hombres y que no conocieran los secretos de Kander. Y una de las cosas que más le dolió: pobre Choral, Karel le ha abandonado por Diren. Se sintió tentado de examinarlos un momento, nadie lo sabría, pero los libros no importaban ahora. Lo único que importaba era que dentro de unos minutos vería a Karel. Hablaría con él.

Recorrió los últimos cincuenta metros despacio, saboreando cada paso que le acercaba a Karel. Penetró en un gran vestíbulo donde vio varias mesas a lo largo de las paredes. La sala estaba desierta. Al cruzar el umbral un zumbido comenzó a oírse a sus espaldas. Se detuvo y unos segundos después vio a Diren salir por una de las puertas.

Se alegró internamente cuando vio salir a Karel por otra puerta situada enfrente de la anterior.

— ¡Choral!. — exclamó Karel sorprendido — ¿Qué haces aquí?.

— Karel, me ha enviado Pactor a entregarte unos... objetos.

— ¿Qué objetos?.

— Están en mi mochila. Pactor me ha prohibido tocarlos. Uno de vosotros debe sacarlos de ella.

Karel hizo un gesto a Diren que se acercó hasta él y, poniéndose a su espalda sacó los libros llevándoselos acto seguido hacia la sala de donde había salido.

Quedaron solos en el vestíbulo. Karel abrió la consola de su brazo y tecleó una orden. El zumbido se detuvo.

— ¿Tienes más órdenes?.

— No.

— Entonces puedes retirarte.

¡No!. ¿Qué estaba pasando?. ¡Tenía que hablar con él!. No podía despedirle de esa manera cuando hacía siete días que estaba sin oír una palabra de él, sin saber nada, sin...

— Boidabeko, por favor...

Karel le miró y, por un momento, le pareció que sus ojos le hablaban como lo habían hecho siempre.

Fue sólo un momento. Su mirada se posó en el suelo y Choral vio que se nublaban de nuevo.

— Boidabeko.

— Vete, Koideso. Vete.

Karel se volvió y se dirigió a la sala de donde había salido. Antes de cruzar el umbral, se detuvo.

Choral sentía que le temblaban las manos. No podía creer que Karel le alejara de él para siempre.

— ¡No!. Boidabeko, no puedo irme sin más. No quiero que me digas lo que estáis haciendo aquí, pero quiero verte, tocarte, sentirte. Si no me quieres decir nada, no me lo digas. Si quieres mentirme, miénteme. Pero déjame al menos estar a tu lado un rato. Te prometo que no te molestaré y luego me iré, si quieres para siempre. Pero no me obligues a irme ahora.

Choral temblaba, Karel se mordía los labios. Pasaron unos minutos sin que ninguno de los dos hiciera el menor movimiento. Choral comprendió que Karel estaba intentando tomar una difícil decisión.

— Te quiero. — dijo Choral.

Karel inclinó la cabeza. Sus hombros comenzaron a agitarse y Choral comprendió que estaba llorando.

Ocho días antes había llorado de una forma desgarradora, como si hubiese perdido lo más importante de su vida. Ahora lloraba casi en silencio. Eran dos llantos muy distintos y sin embargo igual de turbadores.

Choral se acercó a Karel y le abrazó por los hombros. Éste se volvió hacia él. Sus ojos rebosaban de lágrimas que intentaba contener inútilmente.

— Karel. — dijo Diren desde el otro lado del vestíbulo.

— ¡Cállate!. — respondió Karel — ¡Oh, Kander, cállate!.

Abrazándolo por la cintura se volvió y se introdujo con él en la sala.

¡No lo había perdido!.

* * * * *

Choral notaba un incesante martilleo en las sienes mientras intentaba comprender lo que Karel le estaba contando. Kander les había mentido sobre la forma de vida de los Antepasados. Hombres y madres viviendo juntos. Los Antepasados dejándose dominar por la violencia. Los kander controlando, dictando sus pensamientos. Los Mandamientos Kander pudiendo ser quebrantados. Y lo que nadie más sabía aparte de Karel y ahora él: Kander, ¿el Enemigo?.

Intentaba negarse a aceptarlo. Intentaba escandalizarse, gritar que era imposible.

No podía.

Karel le habló de los sueños de Lodren, los recuerdos de Diren, las sospechas de Pactor. La forma en que todos los días introducían un programa en el ordenador que anulaba cualquier referencia a los libros o a sus ausencias, para luego eliminar el programa antes de transmitir las memorias a la Tierra.

Se sentía mareado ante tantos datos y no era capaz de decidir si eran ciertos o falsos.

Pero Karel había dicho que eran ciertos.

— ¿En qué puedo ayudar?.

Karel lo miró y supo que quizás había perdido a Kander. Pero ¿quién lo necesitaba?.

Gozó de su cuerpo, de sus caricias, de sus jadeos, de sus palabras...

* * * * *

Encontró a Pactor cerca de la biblioteca.

— Pactor, he cumplido la misión que me encomendaste. He regresado para recibir nuevas órdenes.

— ¿Has cumplido la misión... satisfactoriamente?.

— Sí.

— Bien. Me alegro. Los demás hombres están examinando ya los últimos veinte edificios así que no hace falta que te incorpores al equipo. Cuando hayan terminado, dentro de una media hora, daré el resto del día de descanso. Dentro de dos o tres días empezaremos a construir las naves que Lodren está diseñando para regresar a casa. Hasta entonces creo que disfrutaremos todos de unas pequeñas vacaciones.

— Sí, Pactor. Y... gracias.

* * * * *

Choral se sentía feliz sentado sobre la hierba cercana a la orilla del río.

Había dejado el traje y la consola en el refugio y, tras darse un baño en el río se había tumbado para tomar el sol y contemplar el hermoso paisaje.

Podía ver todo el interior de la esfera iluminado por los radiantes rayos del Sol que penetraban por los ventanales.

A unos novecientos metros a la derecha veía a los hombres bañarse ante el refugio. Por toda la esfera había pequeños grupos de hombres que paseaban y entraban a explorar en los diversos edificios.

Se levantó para ir a bañarse.

— ...pero debemos hacerlo sin que nos descubran.

— Ya lo sé, pero no nos descubrirán. Ellos no esperan...

Se sorprendió al oír unas voces que desaparecieron súbitamente. Se giró para mirar a su alrededor pero no vio a nadie. Quizás estaban en el río. Se acercó a la orilla y, de pronto, lo volvió a oír.

— ...derecho a guardarlas para ellos. Se han creído que por ser superiores pueden ocultarnos...

Miró en todas direcciones, alarmado, pero no había nadie en cientos de metros a la redonda.

Intentó decidir si habían sido unas voces reales o las había imaginado. No, no había nadie alrededor. Pero no podía haberlas imaginado. Las voces habían sonado como si alguien hubiera pasado a veinte centímetros de su cabeza, desapareciendo a los dos segundos. Debió ser un espejismo.

Espejismo. La luz se refracta en capas de aire de distinta temperatura haciendo ver cerca lo que en realidad está muy lejos. En los desiertos se pueden ver oasis que están a cientos de kilómetros. En el mar, con determinadas condiciones atmosféricas, se pueden ver islas y hasta ciudades que están mucho más allá del horizonte. En las carreteras, cuando hace mucho calor se ve reflejado el cielo en el asfalto, dando la impresión de que hay charcos de agua. Refracción y reflexión de la luz. ¿Reflexión del sonido?.

¡Una esfera!.

Miró justo sobre su cabeza. No, al otro lado del río. Tres hombres caminaban lentamente hablando entre sí.

“No puede ser. Es imposible.”

A pesar de todo caminó en dirección contraria intentando alcanzar el punto más alejado a ellos dentro de la esfera.

— ...harto de recibir órdenes sin saber el motivo. Están ocultándolas y no nos lo quieren decir.

— Quizás es la voluntad de Kander. No creo que debamos...

— ¡No puede ser la voluntad de Kander!. Él nunca querría esto. Estamos aquí encerrados y no sabemos lo que nos espera. Puede ser que no podamos volver...

Choral tuvo que desviarse para rodear unos secos arbustos y dejó de oír las voces por un minuto.

— ¿...de acuerdo?.

Pensó que había perdido de nuevo las voces pero mirando hacia arriba vio que los tres puntos que estaban hablando se habían detenido.

— De acuerdo.

— Sí. De acuerdo.

Los tres hombres comenzaron a caminar de nuevo, esta vez sin hablar. Choral intentó decidir qué debía hacer. Por delante y por detrás de aquél grupo venían varios más, algunos también de tres hombres. Cuando estuvieran lo suficientemente cerca para poder verles las caras habrían quedado ocultos por los árboles y arbustos que crecían a la orilla del río. ¡No podría averiguar quienes eran!.

¿Qué debía hacer?.

* * * * *

— Y ¿no pudiste reconocer las voces?.

— No. Parecía que sonaban justo al lado de mi oído pero estaban demasiado distorsionadas para poder reconocerlas.

Estaban de nuevo en la escuela. Esta vez estaban en la misma sala todos los jefes de equipo preguntando a Choral.

— Choral, — dijo Lodren — intenta comprender que no podemos creerte. Es imposible que puedas oír una conversación susurrada a mil ochocientos metros de distancia. ¿Estás seguro de que no había nadie a tu alrededor?.

— No había nadie, Lodren. Y sí es posible. He intentado explicároslo. Imaginad que en lugar de estar en la superficie interna de una esfera estuviésemos en uno de los focos de una elipse. Todas las ondas sonoras emitidas por nosotros acabarían llegando todas al mismo tiempo al otro foco después de haber rebotado con las paredes. Y se oirían con perfecta nitidez, pues cada onda sonora habría recorrido exactamente la misma distancia. En el caso de una esfera sólo hay un foco. Cualquier persona que estuviese en el centro de esta estación y hablase, oiría sus propias palabras con total claridad al cabo de... unos cinco o seis segundos, sin necesidad de gritar ni hablar alto siquiera. El sonido se debilita en la distancia y nadie oiría sus palabras en la superficie, pero al reflejarse y volver hacia el centro se concentraría de nuevo hasta hacerse nítido. Desde un punto de la superficie puede ocurrir el mismo fenómeno. Algunas de las ondas llegarían un poco antes y otras un poco después debido a que recorrerían distintas distancias, pero la mayor parte llegarían al punto radialmente opuesto en un intervalo de unas décimas de segundo, con la suficiente nitidez para ser entendidas con relativa claridad.

— Bueno, — contestó Lodren — teóricamente podría ser posible, pero no has tenido en cuenta que esto no es una esfera perfecta y con las paredes totalmente lisas y que la mayoría de las ondas se perderían entre los arbustos, las ramas de los árboles y las paredes de las casas. Es totalmente imposible que pueda ocurrir lo que describes.

— Entonces ¿qué explicación puede haber?. — preguntó Pactor.

— Podría dar varias alternativas pero la única que creo probable es que Choral lo imaginó.

— ¡No!.

— Choral había estado hablando apenas una hora antes con Karel y éste le contó todo lo que hemos descubierto, a pesar de que habíamos decidido mantenerlo en secreto para todos.

— Lodren, olvidas que soy Karel y puedo decidir cualquier cosa sin tener que contar con vosotros.

— ¡En la Tierra sí!. Pero aquí no hay ningún kander que pueda controlar nuestros pensamientos ni nuestras acciones. ¿Cómo sabemos que tus actos son correctos?.

— ¿Insinúas que puedes discutir mis órdenes?.

— ¡Sí! mientras no sepamos si realmente intentas cumplir la voluntad de Kander o la tuya propia.

Karel no respondió. Permaneció callado con los puños apretados y una expresión de furia en la mirada.

Los demás contemplaban la escena con estupor.

— Perdonad. — dijo Pactor rompiendo el glacial silencio — No sé lo que os pasa pero de esta forma no vais a arreglar nada. Al contrario, creo que si seguís así sólo vais a empeorar las cosas. Lodren, estás quebrantando los Mandamientos. Karel tiene razón. Es Karel y es quien nos dirige. A todos.

Éste se volvió furioso hacia Pactor. Se detuvo de repente y, con una mirada de desconcierto, bajó la vista.

— Perdona, Pactor. Perdona, Karel. Perdonadme todos.

— Lodren, — dijo Karel — ¿qué te pasa?. Nunca antes habías actuado así.

— Siempre... — comenzó Lodren tras unos segundos — Siempre he sabido lo que tengo que hacer. Nunca he dudado de mis sentimientos porque tenía los Mandamientos Kander. Ahora, en cambio, no están. Los sé de memoria, todos los sabemos, pero no está Kander para detenernos cuando pensamos o imaginamos algo que... No puedo soportar las dudas. ¡Necesito a Kander!.

— Todos lo necesitamos. — dijo Pactor — Comprendo que puedas tener dudas. Yo también he dudado y desconfiado de vosotros en los últimos días. Sí, incluso de Karel. Pero no tenemos más remedio que actuar como antes. Kander no nos controla y no puede detenernos cuando pensamos o actuamos contra los Mandamientos. Por eso debemos ser nosotros mismos quienes debemos controlarnos. ¡Debemos ser kander con nosotros mismos y no permitirnos quebrantarlos!.

— Pero nunca lo hemos hecho. — dijo Torio — Nunca nos hemos controlado. Siempre ha sido Kander, desde dentro de nuestras mentes el que lo ha hecho por nosotros. ¿Cómo vamos a aprender a hacerlo nosotros solos?.

— No sé si podemos aprender a controlarnos, quizás no podamos. Sólo sé que mientras más tiempo permanezcamos aquí más probabilidades hay de que acabemos locos. Debemos regresar a la Tierra cuanto antes. Una vez allí abajo estaremos otra vez con Kander y se habrán acabado nuestros problemas.

— Y ¿los problemas que tenemos aquí arriba?.

— ¿Qué problemas, Diren?.

— Bueno, quizás lo hayáis olvidado pero si lo que ha dicho Choral es cierto los hombres a nuestras órdenes también están fuera de control. Están hablando, murmurando y planeando cosas a nuestras espaldas. Y ellos no saben que no estamos bajo el control de Kander por lo que no intentarán controlarse. Al contrario, mientras puedan pensar algo, aun en contra de los Mandamientos Kander, creerán que es correcto pensarlo.

— No lo entiendo, Diren. — dijo Karel — ¿Como van a poder pensar que es correcto quebrantar un Mandamiento?.

Diren se detuvo unos segundos para encontrar una manera de explicarlo.

— Pensad en cómo éramos nosotros antes de venir aquí. Pensábamos cosas, hacíamos cosas. Y no nos planteábamos si eran correctas o no. No podíamos pensar ni hacer nada incorrecto pues Kander nos lo impedía antes siquiera de que llegáramos a pensar algo en contra de los Mandamientos. Lo que pensábamos y hacíamos era correcto. ¡Tenía que ser correcto!. Así, nunca hemos tenido que dudar de nuestros propios pensamientos ni actos. ¿Entendéis?.

— Hasta ahora sí, está claro. Sigue.

— Ahora, en cambio, sabemos que Kander no nos controla. Por tanto tenemos que dudar de todos nuestros pensamientos y actos para saber si son correctos o no.

Volvió a detenerse observándolos para ver si habían comprendido. Después continuó.

— Pero los demás hombres de la estación ¡no saben que Kander ha dejado de controlarnos!. Siguen actuando como han hecho siempre. Piensan y actúan sin dudar de sí mismos. No se paran en ningún momento a juzgar si es correcto lo que hacen o piensan. Si pueden pensarlo ¡es correcto!. Si pueden hacerlo ¡es correcto!. Es una situación muy peligrosa pues en cualquier momento pueden pensar algo en contra de los Mandamientos Kander. ¡Y ni siquiera se darán cuenta de que los están quebrantando!.

— ¡Basta!. — dijo Pactor alzando la voz — No puedo soportar más esta situación. Desde hace varios días he tenido, por primera vez en mi vida, miedo de las reacciones de mis hombres. No podemos seguir así por más tiempo. Tenemos que confiar entre nosotros y tenemos que confiar en ellos. Nuestros hombres nunca harían algo en contra...

Nadie le interrumpió. Sin embargo sus miradas le demostraban que no creían que tuviera razón. Se detuvo a mitad de la frase dejando que el silencio y el miedo cayera sobre ellos.

Pasaron unos minutos antes de que Diren volviera a hablar.

— Creo que Choral no se ha equivocado. Creo que algunos de nuestros hombres están planeando algo incorrecto. Creo que no se dan cuenta siquiera de que es incorrecto.

Los contempló durante unos segundos antes de concluir.

— Creo que corremos peligro.

   

Perdón por la interrupción

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