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Bienvenidos a Libertad 7: Se restablecen las comunicaciones con la Tierra, pero Andis no se atreve a comunicar lo que ha descubierto.

Creada10-03-2013
Modificada15-06-2015
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Junio1

 

Bienvenidos a Libertad, Juan Polaino

Andis 7

Cuando Lodren tenía que organizar el trabajo de muchos hombres a la vez, dándoles órdenes continuas y vigilando que las cosas se hicieran bien, era feliz.

Podía estar agotado después de más de treinta horas seguidas de duro trabajo, pero el enfrentarse a un problema aparentemente insoluble hacía nacer en él un vigor que podía dejar agotado al pimpollo más jovencillo de la segunda camada.

Había estado en los hangares de la torre sur intentando encontrar la forma de abrir las compuertas, pero no lo consiguió. Al final pensó que, ya que sí habían conseguido abrir una compuerta en la pared de la torre sur, podrían meter por ahí la carga que trajo Draken en la lanzadera.

Las cargas pequeñas las pudieron introducir con facilidad, pero el tanque de combustible suponía un problema que no conseguía resolver.

Hacía poco más de tres horas estaba dispuesto a tirar la toalla, rendirse al agotamiento y delegar su trabajo en Toper, pero el reto de resolver un problema aparentemente insoluble había hecho que surgieran de su interior energías que creía agotadas.

Acicateando continuamente a sus hombres había conseguido despejar su mente del cansancio y, milagrosamente, la enésima idea que se le ocurrió para resolver el enorme problema resultó ser la más loca, la más suicida, la más desesperada... y la única que podía funcionar.

Explicó su plan a los hombres y éstos, moviendo incrédulos las cabezas, le explicaron las mil razones por las que sería imposible conseguirlo.

Lodren los dejó hablar durante diez minutos antes de decir:

— Vamos a hacerlo.

Y es que el problema era bastante peliagudo.

Introducir un tanque de combustible de veintidós metros de largo y seis de diámetro por una puerta de treinta por diez podía parecer sencillo. Pero si esa puerta estaba en la pared de un cilindro de quince metros de radio, que giraba a razón de una vuelta por minuto, la cosa se complicaba un poco. El tanque tenía que tener la suficiente velocidad como para que empezara a entrar por el lado de giro de la puerta y haber entrado del todo para cuando el marco opuesto hubiera recorrido los cuatro metros que tendría de margen. Como el tanque era cilíndrico podrían aprovechar para reducir el margen de seguridad en casi un metro. Era como pasar entre las aspas de un ventilador. Si ibas lo suficientemente rápido y eras lo bastante delgado, pasarías. Si no, acabarías convertido en lonchas de salami.

Pero luego venía el segundo problema.

Mientras mayor fuera la velocidad del tanque, mas distancia necesitarían para frenarlo. Y, a la mínima velocidad posible para pasar por la puerta, un metro y ochenta y cinco centímetros por segundo, necesitarían, con todos los tractores de los que disponían, más de cincuenta metros para detenerlo, y eso lo llevaría a destrozarse contra la pared opuesta de la Torre.

Bueno, no exactamente la opuesta pues en el tiempo que tardaría en llegar hasta ella, la torre habría dado un cuarto de vuelta, pero el resultado sería el mismo.

En un momento de desesperación, Lodren pensó incluso en calcular la velocidad y trayectoria necesarias para que, entrando por la compuerta, el tanque recorriese el diámetro de la Torre en el tiempo exacto... ¡para salir por la puerta que había girado para colocarse en su camino!. Se rió para sí, pensando que sería como un balancín, como un...

— ¡...Un péndulo!. — gritó por la radio alarmando a todos los hombres que estaban sintonizados con él.

Era imposible, dijeron sus hombres, la precesión, la fuerza de Coriolis, las leyes del péndulo, incluso el principio de la entropía utilizaron como argumento para demostrarle que no se podía hacer.

Fue inútil.

Soldaron unos arpones en la cara interna de la torre. Calcularon la distancia que tendría que tener un péndulo para que el período de oscilación coincidiese con el período de rotación de la estación. Después Lodren se dio cuenta de que esa distancia no tenía tanta importancia como había creído en un principio, pues realmente no iba a ser un péndulo, pero decidió callarse ese dato antes de que sus hombres empezaran otra vez a plantear dudas y discutir con él. Sacaron cuatro cuerdas por la puerta de las que se colgaron cuatro hombres que más bien parecían flanes, y la fuerza centrífuga se encargó de colocarlos a unos cuarenta metros justo enfrente de la ventana.

La pericia de Draken le permitió lanzar el tanque, sin el más mínimo indicio de giro, en dirección al punto que ocuparían los hombres en el momento del encuentro. Y, montados en el tanque, otros cuatro hombres maldecían en silencio el día que entraron a formar parte del equipo de Lodren.

La cita se produjo con precisión centimétrica. En los tres segundos en que las cuatro parejas pudieron tocarse las manos, cuatro cables se engancharon en cuatro anclajes que habían sido soldados en la superficie del tanque.

La torre siguió girando, el tanque intentó seguir en línea recta, los cables se tensaron, y el tanque comenzó a dar vueltas alrededor de la torre a la misma velocidad angular que ésta, permaneciendo inmóvil en relación a la compuerta.

Lodren pegó un grito de alegría. Sabía que funcionaría.

El resto de sus hombres tardó exactamente cinco segundos en librarse del asombro y la incredulidad para unirse a él en sus vítores. Si no llegan a estar en el vacío del espacio, si la radio llega a estar abierta, hubieran ensordecido a todos los que les hubiesen oído.

Lo demás era fácil. Lanzaron unos cables en la dirección contraria al giro atándolos a unos tornos en la pared de la torre para que conforme izaban el tanque hacia ella, ir frenando su velocidad lineal de tal forma que la velocidad angular fuese siempre la misma y evitar de ese modo el efecto de Coriolis.

El tanque pasó por la puerta a menos de diez centímetros por segundo y lo detuvieron justo en el eje de la torre.

Varias horas después averiguaron por fin cómo abrir las puertas de los hangares. De haber esperado podrían haber introducido el tanque con la mayor facilidad del mundo, pero ¿qué importaba?.

¡El trabajo había sido una obra de arte!.

* * * * *

Andis observaba impaciente a los hombres de Lodren mientras desembalaban las cajas rescatadas de la nave destruida. Ardía en deseos de exigirles mayor rapidez en su tarea, pero se contuvo pues sabía que, aunque animados, los hombres estaban agotados: algunos llevaban trabajando sin descanso desde hacía más de cuarenta horas. La falta de sueño redundaría tarde o temprano en la eficacia, pero era imperativo comunicarse cuanto antes con la Tierra.

Hizo un repaso a todo lo que tenía que decir.

El accidente, la muerte de Kander, la destrucción de la nave y la lanzadera de Miro, el Enemigo, Diren, Pactor, ...

...las madres.

Tenía miedo.

¿Cómo contar a Kander lo que había llegado a pensar?.

¿Le castigarían?.

De todas formas tendría que asegurarse de que sólo personas de muy alta graduación oyesen sus noticias, no podía hablar de ciertos temas con un técnico de radio cualquiera. Había cosas demasiado indelicadas de las que hablar.

Se preguntó por enésima vez cómo plantearía el tema de las madres. ¿Se daría cuenta Kander de que por un momento había dudado de él?. ¿De que por un momento había pensado, no, imposible, que Kander les había mentido?.

Incluso se avergonzaba de haber pensado callarse.

Tenía que decirlo. Si no, Kander se daría cuenta y lo relevaría del mando.

Impaciente, observó a los hombres que conectaban el ordenador, las baterías y la radio de larga distancia. Cuando todo estuvo preparado los hombres le hicieron una señal. Andis abrió la consola de su brazo y la conectó a la radio. Cerró el circuito para hablar en privado con la Tierra y comenzó a llamar.

Apenas había llamado tres veces cuando le contestaron.

— Andis, celebro oírte. Creímos que habíais muerto todos. Espera unos minutos, han ido a buscar a Korander.

¡Korander!. ¡Iba a hablar con el mismo Korander!. ¡El portavoz directo de Kander!.

Intentó organizar sus ideas. Tenía que ser lo más claro posible en explicar lo sucedido. No tenía que callar nada, pues Korander era el mayor grado que podía tener un hombre. Korander sólo informaba y obedecía a Kander. Y todos los hombres tenían que obedecer e informar a Korander.

Por un momento recordó sus pensamientos de unas horas antes.

"Ridículo. Kander nunca nos haría daño. ¡Nunca!."

¿¡Cómo le había pasado esa idea por la imaginación!?.

Si Kander se enteraba sería su fin. El fin de Lodren y de Pactor por haber pensado algo tan horrible que no podía ser cierto. Y el fin para él mismo pues ¿no había pensado por un momento que tenían razón?.

"Y Kander sabe todo lo que pasa por nuestras mentes. Nos lee el pensamiento, lo sabe todo acerca de nosotros, no se le puede engañar."

(creímos que habíais muerto todos)

"¿No lo sabían?. Pero Kander debió notar nuestras mentes. Le habría dicho a Korander que estamos vivos. ¿O no?."

Andis intentaba pensar a toda velocidad antes de que llegase Korander. Si no sabían que estaban vivos podía ser por dos motivos. O bien Kander no podía captar sus mentes a tanta distancia, o bien las captaba pero no había informado a Korander ni a nadie en la Tierra. Por otra parte, la Soledad que habían sentido cuando todos supieron al mismo tiempo que Kander había muerto podía haber sido el enlace mental que se había roto. Y de alguna manera su alcance estaba limitado por la distancia.

"¡Kander, desde la Tierra, no siente nuestras mentes tal como nosotros no sentimos su presencia!."

— Andis, informa.

"Puedo aplazarlo. Informar de ello más tarde, cuando haya tenido tiempo para descansar y vea las cosas más claras. No tengo por qué informar ahora. Puedo intentar solucionarlo. Estoy bajo los efectos de una gran tensión, llevo más de cuarenta horas sin dormir apenas. No es mentir. ¡No es mentir!. Es sólo informar más tarde."

— ¡Andis, informa!.

— ¡Korander!. Perdona, estaba distraído. Llevamos muchas horas sin descansar y sometidos a una gran tensión. No te oí. No te oí.

"Calma, Boidabeko, calma. No te pongas histérico. Estás cansado pero no nervioso. Tranquilo."

— Korander. Hemos tenido un accidente con la nave de resultas del cual han muerto Kander, Karel y ocho hombres más. La nave y una lanzadera han sido destruidas. Dos hombres murieron en el interior de la estación aunque de momento sólo hemos localizado a uno. Hemos podido recuperar de la nave diversas herramientas que nos permitan sobrevivir durante algún tiempo pero aún ignoramos cuánto. Nuestros principales esfuerzos han estado encaminados a restablecer el contacto con la Tierra. Espero instrucciones.

— Andis, imagino que estáis todos muy nerviosos. Voy a comunicarme con Kander para ver lo que hacemos. Kander me dijo hace apenas unas horas que iniciara la construcción de una segunda nave aunque no me dijo que estabais vivos. Descansad dentro de lo que sea posible. Dentro de unas horas volveré de hablar con Kander y os daré más instrucciones.

— Sí, Korander.

— Ahora quiero que me des un informe detallado de todo lo ocurrido. Envía todos los datos que haya en el ordenador mientras me haces un resumen.

— Lo siento, Korander. Los ordenadores de la nave y de la lanzadera uno, donde estaban la mayor parte de los datos, han sido destruidos. Desde entonces hemos usado el ordenador de la lanzadera dos y acabamos de montar otro en el interior de la estación. Te enviaré los datos de la memoria de la lanzadera.

Andis pensó intensamente antes de obedecer a Korander. Las conversaciones mantenidas por radio estaban en la memoria del ordenador, pero no eran analizadas cuando estaba activo el privado. Aun así no tenía la menor duda de que una vez en la Tierra se analizarían de inmediato y esa sería la perdición de Pactor y de Lodren.

Y su propia perdición.

Sabiendo que se estaba jugando mucho más que el grado de Andis pidió al ordenador de la lanzadera que enviara sólo los datos de telemetría al ordenador que acababan de montar en la estación. Unos diez segundos más tarde, acabada la transmisión, pidió a este último que enviara los datos a la Tierra.

— Korander, acabo de transmitir los datos. Procedo al resumen de los hechos.

Durante más de diez minutos fue describiendo todo lo ocurrido desde que avistaron la estación. La llegada, la primera misión de reconocimiento, el desembarco, el accidente, el Terror, las reparaciones, la generación de la atmósfera, el rescate del material que pudieron coger de la nave, las maquetas de varias estaciones que encontraron en un edificio... No mencionó los libros, ni la conversación mantenida con Pactor, ni el lapsus de Lodren. Por un momento dudó si debía comentar la desobediencia de Diren pero, al pensar que tendría que mencionar de nuevo la biblioteca, decidió no hacerlo.

— ¿Qué están haciendo tus hombres en este momento?.

— La mayoría está en un lugar que hemos elegido cerca del ecuador donde Torio está construyendo un refugio. En cuanto esté terminado podremos calentar el aire de su interior y usarlo como base permanente y dormitorios. Los hombres están deseando quitarse los trajes, comer y dormir.

— Está bien, procurad descansar. Ya que no parece haber peligro inmediato no os llamaré con la respuesta de Kander hasta dentro de diez horas, a no ser que él diga lo contrario. No sé cuánto durará la tormenta pero manteneos dentro de la esfera hasta que pase. Ni siquiera vayáis a las torres hasta que os avisemos.

— ¿Tormenta?. — preguntó Andis desconcertado.

— ¿No lo sabías?. Llamamos a Kander una hora antes del accidente. Le informamos que se pronosticaba una fuerte tormenta solar que incrementaría el nivel de rayos cósmicos procedentes del Sol. De hecho en este momento ya se detectan los primeros indicios de incremento en la radiación solar. Por los datos que recibimos antes del accidente sabemos que la corteza de la estación tiene más de quince metros de espesor. Ahí estaréis a salvo pero no se os ocurra acercaros a las torres ni a los ventanales. El paso del frente principal de radiaciones durará unas cinco horas, pero es mejor esperar diez por si acaso.

— Entiendo. — Andis entendió mucho más de lo que Korander le había explicado. Ahora comprendía por qué Kander había reducido los plazos para entrar en la estación cuanto antes. Pero ¿por qué?. Al fin y al cabo en la nave, con la protección de los campos de fuerza podrían haber desviado casi todos los rayos cósmicos permaneciendo totalmente a salvo. ¿O no?.

— A partir de este momento eres Karel, Boidabeko.

Karel.

Durante unos segundos no pudo hablar. No era correcto. No era adecuado que él fuera Karel cuando había tenido dudas, cuando había ocultado información. Korander le había ascendido pero, cuando hablase con Kander, éste le diría que no era digno del cargo.

— Karel, ¿me has oído?.

— Sí, Korander. Gracias.

— Volveré a llamaros dentro de diez horas. Descansad hasta entonces.

Karel cortó la comunicación. Al verlo, los hombres que había en el almacén se acercaron, pero no dijeron nada. Esperaban.

Abrió el circuito de radio y habló.

— Atención. A todos los hombres. Me he puesto en comunicación con la Tierra. He hablado con Korander y me ha dicho que Kander ordenó hace unas horas la construcción de una segunda nave que vendrá a rescatarnos en cuanto sea posible. Hasta entonces tendremos que sobrevivir como podamos y llevar a cabo la tarea que se nos encomendó. Hacer habitable esta estación orbital. Dentro de algunos meses, cuando la nave esté terminada, podremos volver a casa.

Oyó un suspiro salir del pecho de todos los hombres.

— He sido nombrado Karel y procuraré que podamos llevar a cabo nuestro trabajo antes de que vengan a rescatarnos. Sé que hemos perdido muchas de las herramientas que necesitábamos, no podremos construir las habitaciones de Kander tal como se nos había ordenado, pero sí podremos hacer habitable y operativa esta estación. Ahora ha llegado el momento de que descansemos. Jefes de equipo, preparad una guardia mínima para la noche.

Se preguntó si en la Tierra habría anochecido. Sí, eran las dos de la madrugada.

Llevaba trabajando sin apenas descanso casi dos días seguidos.

Los hombres que había en el almacén terminaron de colocar unos aparatos contra una de las paredes y procedieron a retirarse.

Se quedó solo.

En el centro del almacén una ventana redonda permitía ver la luz procedente del foco que habían colocado sobre la cúpula de la torre norte.

Asomándose a dicha ventana contempló la ciudad a su alrededor. A la izquierda vio los dos pasillos, por uno de los cuales descendía una vagoneta a toda velocidad con ocho hombres en su interior.

Cerca del andén de llegada, a unos cincuenta metros de la orilla sur del río, Torio había terminado de construir el refugio y los hombres penetraban en él. Setenta y cinco hombres que se disponían a disfrutar un merecido descanso. Dos hombres quedarían como centinelas, siendo relevados cuatro horas más tarde por otros dos para irse a descansar ellos también.

¿Se había vuelto loco?.

Primero Diren. Luego Pactor y Lodren. ¿Y ahora él?.

¿Cómo había podido mentir a Kander?.

Intentar justificarse era inútil. Aunque lo que hizo fue guardarse una información para exponerla más tarde, Karel no se engañaba a sí mismo. Había mentido.

¿Lo sabría Kander?. ¿Lo notaría?.

Lentamente alzó las manos y abrió los cierres de su casco.

El gélido aire le abofeteó el rostro y el cuello. Sus pulmones quedaron momentáneamente paralizados al recibir tan brutal choque. Unas lágrimas surgieron de sus ojos congelándose instantáneamente sobre sus mejillas.

Dolía respirar.

Había mentido a Kander.

Con los ojos cerrados, Karel aguantó estoicamente el frío durante casi medio minuto hasta que no pudo soportarlo más y volvió a cerrar el casco.

La sangre, al volver a circular por las contraídas venas de su rostro, le dieron una sensación de ardiente sofoco pero al mismo tiempo le sirvieron de alivio. Saltó y se dirigió flotando hacia la puerta del almacén.

No quedaba ya nadie en el andén e hizo el trayecto hacia la ciudad en solitario. Cuando Torio le explicó la forma en que había bajado por primera vez en la vagoneta que descendía de la torre norte apenas pudo creerlo. Incluso cuando Diren y varios hombres más le siguieron, Andis pensaba que era una locura, ¿cómo podían decir que era excitante la sensación de velocidad que producía el descenso?. Sin embargo apenas sentía más que un leve traqueteo durante casi un minuto antes de notar cómo la vagoneta comenzaba a frenar para detenerse justo en el andén. La estructura de los raíles y el diseño de las ruedas eran los que parecían producir el frenado, aunque Lodren no estaba muy convencido, decía que tenía que haber algo más y que le gustaría desmontar una de las vagonetas para ver lo que encontraba en su interior. Fuera lo que fuera, no era ese el único efecto. Aún no habían averiguado cómo lo hacían pero Lodren opinaba que de alguna forma la energía de frenado se transfería a la vagoneta que hubiese en el andén de destino y la enviaba de regreso a su punto de partida. Así, con sólo tres vagonetas y sin ningún sistema de alimentación eléctrica que hubiesen podido descubrir hasta ahora, se había establecido un sistema de transporte que permitía recorrer la distancia del eje al ecuador en menos de dos minutos.

Tarde o temprano lo averiguarían, siempre averiguaban cómo funcionaban los aparatos de los Antepasados aunque muchas veces se habían sorprendido por el ingenio que demostraban en muchas de sus máquinas.

Ojalá todo fuese tan fácil.

Desde el andén caminó por una pradera de césped hasta llegar al refugio.

Dentro, varias hileras de colchonetas aislantes acogían a casi todos los hombres. Según las normas, su colchoneta sería la primera a la derecha, junto a la entrada. Se dirigió a ella. Algunos hombres, sin trajes ya, comían sentados en medio del pasillo, otros acababan de llegar y se estaban quitando los trajes, la mayoría dormía bajo la suave luz del refugio. Al quitarse por segunda vez el casco pudo oler el sudor agrio de los hombres y oír los murmullos, gemidos y ronquidos que tan familiares le eran desde la niñez. Se terminó de quitar el traje y se tendió en la colchoneta. Choral, a su lado, se agitó levemente bajo la colcha pero, agotado como estaba, no llegó a despertar. Dudó si debía despertarlo. Necesitaba compañía pero no sabía si sería capaz de gozar con él en estos momentos. Lo que necesitaba era hablar. O mejor, simplemente abrazar a Choral.

Lenta, silenciosamente, sintió que las lágrimas le corrían por el rostro.

No pudo dormir en mucho rato y, cuando el agotamiento pudo con él, tuvo extraños, inquietantes sueños.

   

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