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Bienvenidos a Libertad 6: Encuentran a una de las víctimas desaparecidas

Creada10-03-2013
Modificada15-06-2015
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Abril3

 

Bienvenidos a Libertad, Juan Polaino

Andis 6

— ¿Has tenido ya tiempo de examinar los datos que enviamos al ordenador?.

— Sí, — contestó Lodren — y la verdad es que ahora tenemos una idea mucho más completa de cómo era la estación cuando estaba en funcionamiento. Pienso que podemos utilizar varias ideas de los Antepasados e incluso mejorar otras para conseguir que podamos sobrevivir durante varios meses, al menos hasta que Kander pueda venir a rescatarnos. Según las maquetas y los planos encontrados hemos determinado que esta estación estaba habitada por unos quince mil hombres. Había varias estaciones más aunque ignoramos dónde puedan estar. De hecho había una estación mucho más grande que ésta, quizás con capacidad para, no sé, más de trescientas mil personas. También había planos de estaciones más pequeñas cuyo objetivo ignoramos. Parece como si dedicasen toda su superficie a cultivar campos, pero no hemos encontrado constancia de que sirviesen de recreo, de hecho la gente no los visitaba casi nunca, así que no entiendo...

— Lodren, — interrumpió Andis — céntrate en esta estación. ¿Qué has averiguado sobre ella?.

— Bueno, hay unas mil doscientas viviendas que por su tamaño podrían albergar a diez o quince mil hombres que eran en su mayoría trabajadores de las fábricas de las torres y constructores de estaciones orbitales. En el extremo de las torres hay unos hangares en los que podría entrar con facilidad dos o tres de nuestras lanzaderas, aunque la nave... —guardó silencio por unos segundos antes de continuar— Por lo visto las lanzaderas podían aparcar en las paredes del hangar, donde la rotación del mismo las mantendría sujetas. Desde ahí podrían trasladar la carga al interior de la torre y, mediante el uso de unos pintorescos ascensores trasladarlos hasta el edificio de la base que es una especie de gran almacén. Hay varias partes claramente diferenciadas dentro del edificio. Está el almacén de carga...

— ¿Podremos introducir en los almacenes el tanque de combustible y el resto de la carga?.

— Sí, desde luego. Primero tendremos que abrir la puerta de los hangares, aún no hemos averiguado cómo.

— ¿Cuántos hombres y tiempo necesitarás?.

— Al menos dieciséis hombres y dos horas o tres horas.

— ¿¡Dieciséis...!?

— Andis, tenemos que explorar los edificios de las torres, llegar a los hangares y averiguar la forma de abrirlos. Hay CIENTOS de dependencias, creo que deberíamos hacer una primera exploración preliminar de todas ellas.

— Eso podemos dejarlo para más tarde, lo prioritario es llegar a los hangares y abrirlos para introducir la carga.

— Bien —asintió Lodren a regañadientes— Supongo que de momento me bastará con ocho hombres, pero según lo que encontremos quizás necesite más.

— Cuando haga falta te los asignaré. De momento ocúpate de abrir los hangares. Si no lo consigues mira a ver si podemos aparcar la lanzadera en el exterior cerca de alguna de las compuertas de la torre para introducir la carga por ellas.

— Podríamos hacerlo, pero el tanque de combustible es muy grande. He visto en la torre varias compuertas de tamaño suficiente, pero al estar la torre en rotación no sé si podremos meter el tanque sin golpear los bordes de la compuerta.

— Y ¿por qué no dejas el tanque en el exterior de la nave?.

— Es combustible químico, con gran cantidad de hidrógeno. Reservaremos una parte para el uso de la lanzadera, pero el resto no nos hará falta, así que he pensado que lo podemos usar para fabricar el agua que podamos necesitar durante varios meses. No creo que sirva de nada pero en cuanto pueda pienso mandar a un par de hombres a las depuradoras para ver si allí hay depósitos de agua.

— No hará falta. Diren ya ha ido a examinarlas. Bien. Lodren, te dejo al cargo de introducir el material de la nave en la estación. Que tus hombres abandonen la búsqueda de Remo. Te enviaré a más hombres cuando la carga llegue al alcance de la lanzadera. Avísame en cuanto hayas podido meterla en los hangares y la lanzadera esté estacionada.

— Sí, Andis. — asintió Lodren antes de añadir — Ahora serás Karel, ¿no?.

Una punzada de dolor le atravesó el pecho de repente.

Karel.

Había sido su primer tutor cuando salió de la guardería. Aunque a veces había sido severo con él, durante los dos años en que fue su pupilo le había enseñado todo lo que su joven mente era capaz de asimilar. Se alegró cuando le cambiaron de tutor, nunca había llegado a comprender por qué le trataba como lo hacía algunas veces y sin embargo le había dolido su muerte mucho más de lo que esperaba. Quizás había llegado a quererle.

¿Cómo podría ocupar su puesto?.

No quería hacerlo, pero siendo el segundo al mando en toda la expedición comprendió que Kander le daría el puesto de Karel en cuanto pudieran comunicarse con Él.

— No, mientras no reciba confirmación de Kander.

Andis cortó la comunicación con Lodren.

Estaba a punto de llamar a Torio para preguntarle cómo iba la búsqueda cuando el ordenador le avisó que Diren le llamaba.

— Diren, ¿qué ocurre?. — preguntó irritado.

— Andis, hemos encontrado a uno de los hombres desaparecidos. Está muerto.

Una oleada de furia le invadió al oír las palabras de Diren.

"Le odio." pensó "¡Kander, cómo le odio!".

* * * * *

— ¿Quién es?.

— No lo sabemos. El traje está destrozado, casi como si lo hubiesen aplastado, y completamente cubierto de polvo. No hemos querido tocarlo hasta que tú lo vieras.

Andis miró a su alrededor sin poder creerlo. Estaban en el hemisferio sur de la estación, a unos doscientos metros del río. Varios hombres contemplaban horrorizados la imagen de un cuerpo aplastado e irreconocible en el interior de un traje deformado por una fuerza inimaginable.

Un traje capaz de resistir la presión negativa del vacío espacial y que había sido probado a presiones superiores a los ochocientos metros de profundidad bajo el nivel del mar. Un traje cuyo casco se había deformado aplastando la cabeza que había en su interior, cuyas articulaciones habían sido torcidas en ángulos imposibles partiendo brazos y piernas en un cataclismo de proporciones titánicas.

"Al menos no ha sufrido, sea quien sea".

Observó a los hombres que le rodeaban, incapaz de fijar la vista en aquello que una vez había sido un hombre.

"Poster." pensó. "Poster está llorando. No está seguro pero sabe que podría ser Remo.

"Pero ¿qué le ha pasado?".

Contempló el edificio junto al que se encontraba el cuerpo sin vida. Era uno de los edificios cuyas fotos y planos habían encontrado en la biblioteca. Al contrario de aquella, éste era un edificio sólido de hormigón y acero y tenía más altura que la mayoría de los edificios que lo rodeaban, unos ocho metros. La pared estaba cubierta del polvo que se había escapado al generar la atmósfera de la estación.

¿Qué era lo que le molestaba?.

Todos los edificios se habían ensuciado de la misma forma que éste. ¿Por qué?.

Se dio la vuelta para contemplar los edificios a su espalda. Limpios. Apenas una leve pátina de polvo empalidecía ligeramente las paredes.

Si miraba en la dirección contraria, en cambio, encontraba todos los edificios ennegrecidos.

"¿Por qué una sola pared?. ¿Por qué siempre la misma pared?."

— Pactor. Dad la vuelta al cuerpo.

Poster fue el primero en precipitarse hacia el cadáver. Andis pensó en detenerle, no le gustaba la idea de que viera el cuerpo de Remo en esas condiciones. Aunque no hubiese sufrido más que un instante, su rostro debía estar completamente desfigurado.

Pidió al ordenador que le abriese el canal de Poster y pudo oír sus gemidos desesperados mientras daba la vuelta al cuerpo.

Unos signos en la parte del casco que había permanecido oculta reveló que el traje correspondía a Chaco.

Un gemido, no supo si de alivio o desesperación, surgió de los labios de Poster, quien se apartó vacilante apoyándose en la pared mientras Pactor y otros dos hombres daban la vuelta al cadáver e intentaban colocar sus brazos y piernas en una postura lógica, ya que no natural.

"Kander, ayúdame. No sé qué puedo hacer, nunca imaginé que pudiera pasar algo así. No soy Karel. Por favor, Kander, ayúdame."

Nadie respondió a su súplica. Estaba Solo.

— Llevadlo junto al río.

Había visto tantas muertes en tan poco tiempo que se preguntó si podría llegar un momento en que se acostumbrase.

Resistiendo el impulso de dar la espalda al fúnebre cortejo se obligó a seguir a los hombres que, levantando el cuerpo entre varios, lo llevaron en silencio hacia la orilla del río.

Nunca había visto morir a nadie, eran todos demasiado jóvenes. El más viejo de los Mayores tenía cuarenta y ocho años, no más. Sólo una vez, hacía dos años había muerto...

Tanis.

Tanis había muerto en una exploración a las ruinas de los Antepasados.

¡Y él ni siquiera vio su cuerpo!.

Intentó olvidar a Tanis, había cosas más urgentes que resolver.

— Lodren.

— Sí, Andis. — respondió éste por radio.

— ¿Te has enterado?.

— Sí.

— ¿Qué ha pasado?. ¿Por qué han desaparecido Remo y Chaco de tu lado?. ¿Cómo ha aparecido Chaco de repente al otro extremo de la estación como si le hubieran triturado?.

— No lo sé. Tiene que haber sido el Enemigo, pero que me maten si entiendo por qué el Enemigo haría una cosa así.

Andis no lo creía. No era sólo por la conversación mantenida con Pactor, estaba convencido de que debía haber una explicación lógica para todo lo que había ocurrido pero no era capaz de adivinarla.

— ¿Tiene algo que ver con el polvo?.

— ¿Qué?.

Andis titubeó unos segundos. Había varias cosas que le preocupaban, algunas no parecían tener tanta importancia como otras y, desde luego, la forma en que el polvo había cubierto los edificios no tenía apenas importancia, pero no podía evitar pensar que había una relación entre ello y la desaparición de los hombres.

— ¿Te has fijado en que el polvo que escapó del desintegrador cuando generaste la atmósfera ha caído casi todo en una cara de los edificios de la ciudad mientras las otras tres caras han quedado casi limpias?.

— Sí, claro, pero eso es debido a que... ¡Kander!.

— ¿Lodren?. ¿Ocurre algo?.

— Andis, maldita sea, no entiendo cómo no se me ha ocurrido antes. ¿Chaco estaba al lado de un edificio?. ¿A qué lado?.

— Estaba al pie de un edificio, como a un metro de distancia de la pared que estaba más sucia de polvo.

— ¡Kander!, ¡Kander!. Ahora lo entiendo. ¡Pues claro!.

— Lodren, explícate.

— Perdona, Andis. Cuando vi que el polvo había cubierto el mismo lado en todos los edificios me pregunté porqué había ocurrido. Tú mismo me diste la solución.

— ¿Yo?. — preguntó Andis desconcertado.

— Pues claro. Recuerda que me dijiste cómo debía desplazar el desintegrador en la escasa pero incómoda pseudogravedad de la zona cercana a los polos. Simplemente alejándolo de las paredes se podían eliminar los efectos de la fuerza centrífuga haciendo que permaneciera estático en el espacio, aunque al girar la estación a su alrededor parecería que está trazando círculos en el cielo.

— Lodren, no te entiendo. Yo no te expliqué nada de eso, sólo comenté que con unas poleas desde el extremo opuesto del eje de rotación podrías...

— ¡Pero si es lo mismo!, ¿no te das cuenta?. Imagina un cuerpo detenido en el espacio. Ahora imagina que a su alrededor aparece esta estación, también detenida pero girando sobre su eje. Imagina de nuevo que el objeto no está en el centro de la estación sino a cien metros de distancia del ecuador, a mil setecientos metros de la parte opuesta del mismo. La masa de la esfera es muy débil y apenas atraerá al objeto. No sólo eso, la masa más cercana de la esfera lo atraerá con una fuerza escasa pero apreciable, pero sobre él existe una masa más lejana pero mucho mayor. Las dos fuerzas tendrán la misma intensidad pero signo contrario, por lo que ese objeto nunca se desplazaría con respecto a la esfera. Y a pesar de todo, por el hecho de que la esfera está girando, nosotros veríamos al objeto dando vueltas por el interior de la misma a pesar de que, en realidad, está inmóvil con respecto al Universo.

Andis pensó un momento. Entendía el razonamiento, era algo parecido lo que había ocurrido con la bengala que lanzaron en su primera exploración. Pero seguía sin ver la relación con la muerte de Chaco.

— No entiendo...

— ¿Comprendes que en el interior de la esfera no hay gravedad?.

— Por supuesto. Lo que experimentamos es el efecto de la fuerza centrífuga provocada por el giro de la estación.

— Y ¿te das cuenta de a qué velocidad te estás desplazando?. En este momento, tanto tú como yo, dentro de la estación estamos girando a razón de una vuelta por minuto. Yo estoy en la superficie interior de la torre sur, a unos quince metros del eje de rotación, eso significa que recorro unos noventa y cuatro metros por minuto, osea cinco kilómetros y medio por hora, más o menos la misma velocidad a la que vamos durante un tranquilo paseo. Pero tú estás prácticamente en el ecuador de la esfera. Recorres unos cinco mil seiscientos metros cada minuto. ¡Agárrate!, en este momento estás viajando a más de trescientos treinta kilómetros por hora.

Andis conocía todos estos datos desde antes de que llegaran a la estación. Habían sido calculados con exaustividad por el ordenador, pero en realidad no se había parado a pensar en ello. Ahora en cambio empezaba a sospechar...

— Si yo pego un simple salto — continuó Lodren — podría atravesar la torre y llegar a la pared opuesta. Tú no puedes hacerlo porque tendrías que contrarrestar una fuerza centrífuga enorme. Si yo saliese del almacén por la ventana panorámica que hay justo en el eje, podría saltar en dirección al extremo opuesto y llegar a los edificios del polo norte sin sufrir ningún percance. Pero si saltase en dirección al ecuador, como no hay ninguna gravedad que me desvíe seguiré una trayectoria rectilínea. Puedo saltar muy despacio, a un kilómetro por hora, pero los edificios del ecuador están viajando a trescientos treinta kilómetros por hora. No sería yo el que chocase con la superficie interna de la esfera sino que algún edificio que se cruzara en mi trayectoria me arrollaría a una velocidad tal que...

— Entiendo. — interrumpió Andis — ¿Fue eso lo que les pasó a Chaco y Remo?.

— ¡Seguro que sí!. Yo estaba sujeto al desintegrador y esta era una masa excesiva para desplazarse a pesar de mis convulsiones. Pero ellos estaban simplemente agarrados a cuerdas. No se habían atado porque en tan escasa pseudogravedad no parecía necesario, pero las convulsiones provocadas por el Terror de Kander debió hacerles soltar las cuerdas y lanzarlos en cualquier dirección al azar dentro de la esfera. Chaco ha caído en la ciudad que es donde la velocidad lineal es mayor. Mientras más cerca del eje haya caído Remo menos daños habrá sufrido. Pero... no. Su radio dejó de funcionar, eso significa que ha tenido que sufrir un golpe lo suficientemente fuerte como para destrozarle el casco. Sin duda está también muerto.

— ¿Y el polvo?.

— El polvo se ha distribuido por igual en todas direcciones pero los edificios lo han recogido en mayor cantidad por la parte que da a su dirección de giro. Es como los deslizadores aeromagnéticos. Después de un viaje siempre tienes que limpiar los mosquitos de la parte delantera, pero nunca por la parte de atrás del vehículo.

Andis se estremeció. Nunca se había preocupado por los insectos que atropellaba en sus desplazamientos a los hangares cuando estaban construyendo la nave que los trajo hasta aquí. Pero al imaginar a Chaco, flotando ingrávido en el vacío y viendo cómo aquella mole se dirigía hacia él...

No. Aunque hubiese estado consciente tampoco habría visto nada pues en ese momento toda la estación estaba cubierta por la espesa nube de polvo generada por los desintegradores.

— Dime, Lodren ¿qué haremos con el cadáver?.

— No lo sé. Supongo que deberíamos preguntarle a Kander.

— No podremos preguntarle hasta que puedas meter el material de la nave en el interior de la estación. Pienso que tenemos que resolverlo ahora. ¿No recuerdas ningún detalle de lo que hacían los Antepasados con los muertos?.

— No, Andis, sólo tenía cinco años. Cuando... Cuando has dicho que lo llevaran junto al río yo... he tenido la sensación de que era lo correcto pero no consigo recordar lo que hay que hacer después. Tal vez Kestar o Diren lo recuerden. Yo no.

Andis no quería preguntar a Kestar. Desde que Kander había muerto estaba en un estado casi de terror permanente. Lodren no le había dicho nada a Andis, no había hecho falta. Era misión suya supervisar a los jefes de equipo y se había dado cuenta de que Lodren evitaba en lo posible alejarse demasiado de Kestar.

En cuanto a Diren... No. No pensaba preguntarle a él.

Observó a los hombres que rodeaban el cadáver de Chaco. Avisados por radio, seguían llegando de todas las direcciones de la esfera y se disponían en círculo a su alrededor.

No tenía la menor idea de lo que podrían hacer con él. Con Karel y los demás muertos en el accidente no habían tenido ningún problema, sencillamente quedaron en el espacio donde permanecerían para siempre o hasta que la nave que los transportaba cayera como un meteorito sobre la Tierra o la Luna. Pero ¿qué hacer con el cuerpo sin vida de uno de sus compañeros?.

No le parecía apropiado abandonarlo allí, junto a la orilla del río, donde lo verían todos los hombres que pasaran cerca.

Tal vez en los libros de los Antepasados pudiera averiguar lo que hacían ellos con los muertos. ¿Por qué Kander nunca les había explicado lo que debían hacer en esas circunstancias?. Sintió un nudo en la garganta cuando por fin se decidió.

— Pactor, Diren y Torio, — dijo con voz entrecortada — enviad cada uno tres de vuestros hombres a la torre sur para apoyar al equipo de Lodren. Que... que se lleven el cuerpo de Chaco y lo arrojen al espacio.

Éstos asintieron y se dirigieron por radio a sus respectivos equipos mientras Poster miraba a Andis con expresión horrorizada.

— ¡No puedes hacer eso!. — exclamó.

Andis tenía ganas de irse, de abandonarlo todo y dejar que cada uno hiciera lo que quisiera. No tenía que ser él quien diera órdenes a nadie ni el que tomara las decisiones. No podía ser Karel, ahora lo veía claro. Pactor estaba mucho más capacitado que él para el mando, siempre lo había sabido y por eso se extrañó cuando recibió el ascenso antes que aquél.

— Es lo único que podemos hacer. — dijo con resignación.

— ¿Y vas a arrojar a Chaco al espacio como quien tira la basura?. ¿Qué vas a hacer con Remo cuando lo encontremos?. ¿Lo mismo?. ¡No, no puedes hacerlo!. ¡No lo consentiré!.

Andis miró a Poster con asombro. Comprendía que éste debía estar dolido pero no podía creer que estuviera discutiendo sus órdenes.

— Poster, no podemos hacer otra cosa. Chaco está muerto. Nunca nos hemos encontrado en una situación así y no sabemos lo que ordenaría Kander. No podremos hablar con él hasta dentro de varias horas y no me parece apropiado dejarlo donde está. Lo mejor que podemos hacer es, simplemente, tirarlo al espacio.

— ¡Pero no así!, por Kander, no así.

Los demás hombres no estaban oyendo la conversación aunque veían la expresión del rostro de Poster y comprendían que estaba más dolido por Remo que por Chaco. Era evidente para todos que Remo habría tenido un destino similar.

Andis quería consolarlo, pero no sabía cómo. Sin quererlo se sintió trasladado dos años atrás, cuando supo de la muerte de Tanis.

"Esta es la oportunidad que nunca tuve. ¿Por qué no hago lo que siempre quise hacer?."

— Pactor. Llama a todos tus hombres de la torre norte. Que vengan aquí de inmediato.

— Sí, Andis.

— Lodren, que todos tus hombres dejen de trabajar. Draken, ¿falta mucho para que llegue la carga?.

— Algo más de una hora, Andis.

— Está bien, manténte a la espera.

No sabía si lo entenderían, ni siquiera él estaba seguro de entenderlo pero sabía que era lo único que podían hacer.

— Poster. Poster, escúchame. Me gustaría poder cambiar las cosas, pero no puedo. Remo ha muerto pero aún no hemos encontrado su cadáver. Todos estamos agotados y necesitamos descansar. Tenemos que suspender la búsqueda.

— ¡No!. Andis, por favor, tenemos que encontrar a Remo. Tú no entiendes...

— ¡Sí lo entiendo, maldita sea!. Yo he pasado por lo mismo que tú, ¿no te acuerdas?. Hace dos años yo también perdí a Tanis y me costó mucho superarlo, pero con la ayuda de Kander lo hice. Tú también lo superarás.

— ¡Con la ayuda de Kander!. Ya no tenemos a Kander. Estamos Solos.

— ¡Entonces tendrás que ser más fuerte!.

Ante la imposibilidad de enjuagarse las lágrimas del rostro, Poster permanecía cabizbajo sin levantar la vista del cuerpo de Chaco. Quería encontrar a Remo pero comprendía que Andis tenía razón, no podían dejar allí el cadáver y los hombres necesitaban descansar.

Andis habló con voz tan suave que Poster tuvo que dejar de sollozar para entender sus palabras.

— Cuando Tanis murió quise buscar su cuerpo. No sabía realmente para qué pero desde entonces me he preguntado muchas veces lo que él hubiera querido que hiciéramos. No lo sé, pero si yo muriera me gustaría que los que me quisieron me hicieran compañía durante algún tiempo. Que piensen en los buenos momentos compartidos. Y después que cada uno siga su vida sin mí. Que me recuerden, sí, pero que sigan viviendo. Es lo único que podemos hacer por Chaco. Es lo único que podremos hacer por Remo.

* * * * *

El cortejo fúnebre atravesó la ciudad lentamente. Ningún murmullo se oía por la radio mientras todos los hombres, en silencio, avanzaban hacia la torre sur.

El cuerpo de Chaco era sostenido, dentro de su traje, por varios hombres que se iban turnando para trasladarlo sobre sus hombros. Los demás cerraban el camino.

Se habían dirigido en línea recta hacia la orilla del bosque pero antes de llegar a él encontraron un camino que ascendía oblicuamente por la ladera. Aunque la pendiente de la esfera era cada vez más pronunciada, la oblicuidad del camino hacía que apenas costara trabajo recorrerlo. El bosque a su alrededor agitaba las ramas bajo una leve brisa y de vez en cuando se oía el entrechocar de unas ramas con otras. A Andis le parecía el tétrico sonido de huesos al romperse. Una inesperada lluvia de hojas había alfombrado el camino por el que estaban ascendiendo y su paso era acompañado por el siniestro crujir de las hojas aplastadas por sus pies. Aún amortiguado por los cascos, el sonido les llegó a todos con ecos extraños, sumiéndoles en una profunda tristeza.

A unos cincuenta metros sobre ellos tenían los ventanales cuando llegaron al apeadero de la torre sur. Resultaba incómodo trepar por la escala con el cadáver de Chaco sujeto entre ellos, pero el peso cada vez menor facilitó su tarea hasta el punto de que en apenas quince minutos llegaron al vestíbulo de la torre sur.

Al contrario que en el extremo opuesto, el vestíbulo no se encontraba directamente bajo la torre, por lo que tuvieron que recorrer varios pasillos hasta llegar a un gigantesco almacén cilíndrico que se comunicaba con ella.

Avanzaron trepando por los cables de subida y bajada que en esta torre no estaban en el centro, sino casi pegados a la pared de la torre.

Al llegar junto a la primera compuerta de la torre, que los hombres de Lodren habían conseguido abrir, se detuvieron en silencio. Durante unos minutos fueron pasando todos junto al cuerpo de Chaco, incapaces de hablar, con fuerzas sólo para tocar levemente su destrozado traje en un mudo pero sentido último adiós.

Al pasar a su lado, Diren se detuvo unos segundos. Se sentía culpable sin saber por qué. Estaba a punto de apartarse para dejar sitio al siguiente cuando recordó una frase que se decía cuando...

— Y si muero antes de despertar... — ¿cómo era?.

No supo porqué lo había dicho. Simplemente le pareció correcto decirlo aunque no conseguía recordar el resto de la frase.

Frustrado, se volvió para dejar sitio a otros y se encontró con la mirada llena de odio de Andis. Con un estremecimiento pasó a su lado para situarse junto a la abierta compuerta.

Cuando todos pasaron por su lado, Torio desenrolló la cuerda del cinturón de Chaco y la usó para atar los brazos a sus costados.

Draken lanzó un arpón magnético que penetró por la compuerta y fue adherido con rapidez al cuerpo de Chaco. Mantuvo la lanzadera en movimiento siempre delante de la compuerta hasta que los hombres que había en la torre arrojaron el cuerpo al vacío.

Draken hizo retroceder la lanzadera con lentitud. La hizo girar sobre sí misma manteniendo el cuerpo de Chaco como una piedra en el extremo de la honda. Tal como hizo horas antes con la carga que rescataron de la nave, Draken arrojó el cuerpo de Chaco al infinito. Aunque aparentemente su trayectoria se dirigía a la Luna, lo que había hecho era quitarle parte de la velocidad con la que ellos estaban dando vueltas en torno a la Tierra. A Draken le hubiera gustado que el cuerpo cayese a la Tierra, así lo había pedido Andis, pero hubiera tenido que lanzar el cuerpo a casi tres mil kilómetros por hora para que así fuese. Se conformó con darle una velocidad tal que su período orbital fuese exactamente de dos tercios del período orbital de la Luna. Era una órbita inestable. Cada dos órbitas lunares, el afelio de la órbita de Chaco coincidiría con la mínima distancia a la Luna. Atraído por la masa lunar, su órbita se alargaría un poco cada vez, haciéndose más estrecha en las cercanías de la Tierra y más cercana cada vez a la Luna. Nunca llegaría a chocar con ella pues, mucho antes, el perihelio de su órbita rozaría las capas altas de la atmósfera de la Tierra y el cuerpo de Chaco sería frenado un poco en cada revolución durante quizás varios millares de órbitas. Y algún día, dentro de varios siglos, un hombre alzaría la vista en medio de la noche para ver cruzar el cielo una estrella fugaz.

Chaco habría vuelto, por fin, a la Tierra.

* * * * *

El río, de aguas cristalinas, trazaba una curva a trescientos metros bajo él alzándose por los lados para abrazarse estrechamente sobre su cabeza, mil setecientos metros más arriba. En sus orillas, la ciudad se extendía por toda la superficie de la esfera cercana al ecuador formando un anillo de relampagueantes joyas de diversos colores que adornaban una hermosa diadema verde esmeralda. Los árboles sobre él susurraban entre sí bajo la eterna brisa sirviendo de fondo al trino de los pájaros y el arrullo de las palomas. Allá en el cielo se veían pasar extrañas bicicletas con alas, tripuladas por una persona, que parecían remar más que volar a través del aire fresco de la mañana. Sintiendo la hierba húmeda en su espalda tuvo deseos de bañarse en el río. Se levantó y corrió alegremente rodeado de otros hombres que, como él iban a bañarse. Entre risas y bromas echaron una carrera hasta la orilla del río y comenzaron a quitarse los trajes. Desnudo por fin, miró a su alrededor. Los demás también se habían desnudado y le contemplaban con una mirada extraña, ciega, sin verle. Bajó la vista. Todos los que le rodeaban eran madres. Sus pechos se agitaban al aire mientras, entre sus piernas, un abismo aterrador atraía irresistiblemente su mirada. Quiso gritar, darse la vuelta, huir... No podía moverse, ni alzar la vista siquiera mientras todas las madres se volvían, una tras otra hacia él. Lentamente comenzaron a rodearle. De nuevo intentó huir pero no podía apartar la vista de aquellos cuerpos desnudos que se acercaban a él y que sabía, lo sabía con cada fibra de su ser, que eran repugnantes, ¡tenían que ser repugnantes!. Una a una comenzaron a tocarle, sintió sus cálidas manos recorrer su cuerpo, acariciarle los brazos, la espalda, el pecho... Las caricias fueron cada vez más íntimas y no dejaron ningún punto de su cuerpo sin recorrer con manos, labios y piel, hasta llegar al centro del placer mismo donde sintió... sintió... SINTIÓ...

* * * * *

Despertó con un sobresalto antes de darse cuenta de haberse dormido. Sus gritos alertaron al ordenador que, al no reconocer ninguna orden ni detectar motivos de alarma en el estado general de Andis, suministró un leve sedante en el aire para reducir sus pulsaciones a un nivel más normal.

Lentamente cobró conciencia de lo que le rodeaba.

"¡No puedo haber soñado esto!"

"¡Kander, no puedo haber soñado esto!"

Estaba en medio del bosque sur de la esfera, donde se había echado a dormir junto con un grupo de hombres que se turnarían a partir de entonces para descansar. Era incómodo dormir dentro del traje, por eso habían elegido un sitio bastante adentrado en el bosque para estar sometidos a una gravedad menor que la existente en el ecuador de la esfera.

"Pseudogravedad" habría dicho Lodren.

(¿qué había dicho Lodren?)

Había algo que se le escapaba, un recuerdo sutil que intentaba aflorar a través de las brumas del despertar.

No conseguía localizarlo.

Contempló el paisaje a su alrededor. Desde donde estaba, aproximadamente a mitad de camino entre los edificios de la torre sur y el río, tenía una panorámica casi total de la esfera.

No le gustó lo que vio. Los árboles que le rodeaban carecían de hojas y estaban cubiertos de polvo. La cuenca seca del río parecía un foso capaz de atemorizar a cualquiera que cruzase por alguno de sus seis puentes, aunque sabía que en la parte más profunda no tendría más de tres metros de hondo. Los edificios eran lo más extraño de todo, de muy diversos colores y materiales por un lado, recubiertos de una capa gris azulada, casi cenicienta, por el otro. Y los ventanales, anillos más negros que la más negra oscuridad del espacio.

Sorprendido, se dio cuenta de que apenas había dormido más de media hora a pesar del sedante que pidió al ordenador de su traje para conciliar el sueño.

Sintiendo que volvía a relajarse como efecto de la nueva dosis que se le había suministrado, pidió informes al ordenador acerca de la posición de sus hombres.

Parte del equipo de Pactor estaba en el polo norte vaciando la bolsa de desechos. Tenían que hacerlo con cuidado para evitar que, en la escasa gravedad de los ejes, el polvo volviera a dispersarse sobre la ciudad.

El equipo de Lodren, reforzado con varios hombres de otros equipos, estaba soldando unos ¿cebos?, no, anclajes, en la cara interior de la torre sur, justo enfrente de la gran compuerta que habían abierto y por las que apenas un par de horas antes habían despedido a Chaco.

Pensó preguntar a Lodren lo que estaba haciendo pero desistió de ello. Estaba agotado. Hacía menos de veinte horas que habían llegado a la estación, y habían pasado tantas cosas que no sabía si sería capaz de asimilar una más.

Se obligó a pedir informes sobre Torio, Diren y Pactor. Este último estaba ascendiendo por la escala en dirección a la torre norte para encontrarse con parte de su equipo en las fábricas.

Los otros dos habían abandonado la búsqueda de Remo y se hallaban descansando como él en otra parte del bosque. ¿Dónde se encontrarían?. Intentó buscarlos con la mirada, pero en su consola no aparecía la imagen de ningún edificio representativo que pudiera ser reconocido desde donde estaba. Además el polvo teñía de gris la atmósfera y resultaba difícil ver la cara opuesta de la estación. Pensó pedirles la situación pero, cada vez más adormecido por las drogas, desistió.

Se negaba a considerar lo que había soñado. ¿Cómo podría hacerlo?. Las madres nunca se mezclaban con los hombres. Ni siquiera salían de su recinto al otro lado de la ciudadela.

Cuando cumplió cuatro años le trasladaron a la escuela donde aprendió a usar el ordenador, a cumplir los Mandamientos Kander, a controlar sus emociones.

Sólo las veía a la hora de las comidas y cada vez con menos frecuencia. Y no era correcto demostrarles la más mínima atención.

Algunas veces las echaba de menos, sobre todo en los dormitorios, las noches en que oía el llanto de otros niños, eco de su propio llanto. Poco a poco aprendió a tratarlas como debía y, aunque a veces le costaba, no volvió a fijarse en ellas más que para pedirles más comida o que le limpiaran algo que había manchado. Y poco más tarde ni eso. Conforme aprendió a atender a sus propias necesidades, dejó de hacerles caso, incluso le llegó a desagradar su presencia. Como debía ser.

Y cuando por fin salió de la escuela para ir a la ciudadela con los demás hombres, cuando por fin fue un hombre, las olvidó por completo.

Pensó que nunca volvería a verlas, que ni siquiera le llamarían cuando llegara el tiempo de aparearse. A otros hombres nunca les llamaban. A él le llamaron cuatro veces y cada una fue más desagradable que la anterior.

¡Y nunca había soñado con ellas!.

"Kander, ¿qué me está pasando?."

Tenía que recordar algo, algo que le había pasado desapercibido en su momento y no conseguía localizar.

Los Antepasados vivían con las madres.

Vivían juntos y se divertían juntos, hasta se tocaban y hablaban con ellas.

"¡Hablaban con ellas!"

"¿De qué podrían hablar?"

No. Imposible. Kander les había dado la misma educación que recibían los Antepasados. Si ellos vivían apartados de las madres era porque así era como vivían aquellos.

Kander les dio la misma educación.

"En las fotos había hombres y madres y niños. Incluso las fotos en las que estaban vestidos, no me di cuenta antes, pero había madres. Seguro que había madres."

"Estaban ocultos. Los libros estaban en un lugar aparte para que nadie los viera. Porque eran aberraciones."

"¿Por qué nos iba a mentir Kander?."

Asustado, intentó despejar su mente de las extrañas imágenes que le habían despertado pero una y otra vez las preguntas volvían a asaltarle.

"Debo pensar en otra cosa. ¡Kander, debo pensar en otra cosa!. ¿Qué es lo que llevo toda la tarde intentando recordar?. Sé que es importante pero no consigo localizarlo. Es algo que dijo Diren. ¿O Lodren?. ¡Kander!, ¿¿Qué era??."

Las madres no tenían apenas inteligencia. No sabían leer y, desde luego, no sabían casi nada de ningún tema que no fuera la crianza de los niños y la preparación de las comidas. ¿De qué podrían hablar los hombres con ellas?.

"Es algo que dijo Lodren, estoy seguro."

Contemplando el paisaje ante él, lo comparó con el que había visto en su sueño. Sí, podía llegar a ser un paisaje hermoso cuando los árboles tuviesen hojas, cuando el césped tapizara toda la extensión de la esfera, cuando el aire fuera tan limpio que...

De repente abrió los ojos con sorpresa.

— ¿¡Qué...!?.

Por fin comprendió lo que le había estado evadiendo desde que llegaron a la estación. Era un comentario tan al azar y en tales circunstancias que le había pasado desapercibido en aquel momento pero dejándole la sensación de que tenía que pensar en ello más tarde, cuando tuviera tiempo.

"¿Cómo pudo saberlo?."

En su sueño había visto aparatos que volaban por el aire, cerca de los polos y tripulados por un hombre que, moviendo unos pedales con las piernas, casi como una bicicleta, agitaban unas alas articuladas que les permitía ¡volar!.

Había visto dibujos de esos mismos aparatos en el libro que había examinado, el que narraba cómo fue construida la estación orbital.

Pero mucho antes de eso, apenas llegaron a la estación, Diren le había descrito esos mismos aparatos.

Intentó recordar el camino que había seguido Diren. El único edificio en el que entró fue en la biblioteca. Allí había cuadros, maquetas y las láminas. En ninguno de ellos había la más mínima representación de un aparato similar, se habría dado cuenta antes.

También había un libro y en él se veían dibujos de estas extrañas aerobicis.

¡Diren había mirado en el libro!.

¡Había desobedecido a Kander!.

¿Cómo pudo hacerlo?.

Era evidente que Diren no era de fiar, había que degradarlo y encerrarlo hasta que Kander fuese informado y decidiese el castigo o la cura a su desobediencia.

Volvió a recostarse sobre la hierba, más tranquilo al saber cuál era el problema que le acuciaba.

(hay algo más)

Imaginó la situación. Reuniría a todos los jefes de equipo y, cuando menos lo esperaran, le acusaría ante todos de haber visto el libro. Le encerrarían y esperaría tranquilamente la decisión de Kander.

No. No podría acusarle simplemente de haber visto el libro pues eso sería tanto como admitir que él también lo había visto. ¡No podía acusarle!.

Si hubiera algo distinto, algo que hubiera dicho y que demostrara que había desobedecido algún Mandamiento pero sin hablar para nada del libro.

Diren le había desobedecido al entrar en el edificio teniendo órdenes de dirigirse a la torre sur y gracias a su desobediencia habían adquirido gran cantidad de conocimientos sobre la estación. Si hubiera sido cualquier otro, Andis ni se plantearía la posibilidad de amonestarle, pero era Diren, había desobedecido sus órdenes, tenía que recibir un castigo.

"También yo. También yo he examinado los libros y he visto cosas que creía imposibles ¡que son imposibles!. También yo merezco un castigo."

"Y Pactor, por imaginar que el Terror de Kander...

"¡¡El Terror de Kander!!

"¡Lodren!. Él lo dijo."

Lodren era un hombre de gran inteligencia, con grandes conocimientos que abarcaban muchas ramas de las ciencias puras, la medicina y la tecnología. También era impaciente y se irritaba con facilidad por la incompetencia de los demás, lo que le llevaba a veces a portarse como un tirano con sus hombres.

Pero siempre sabía lo que decía, o eso creía Andis.

Fue hacía apenas unas horas, mientras le explicaba cómo se había producido la muerte de Chaco. Cuando Chaco y Remo se separaron de las paredes de la esfera por las convulsiones provocadas por...

"... el Terror de Kander."

"Dijo 'el Terror de Kander'."

Lodren había sido el primero que reconoció el ataque de Terror y lo identificó como un ataque del Enemigo. El mismo tipo de ataque que hacía cuarenta y dos años había acabado con los Antepasados, que estuvo a punto de acabar con toda la humanidad.

Y en una conversación mantenida horas más tarde, llevado por el entusiasmo que le embargaba siempre que intentaba resolver problemas científicos, mencionaba, casi sin pensar en ello, algo que no podía ser.

"El Terror de Kander."

Recordó que había estado a punto de plantearle a Lodren las dudas de Pactor, pero no llegó a hacerlo del todo, le pareció una idea tan ridícula que, estaba seguro, Lodren se reiría de él.

Pero recordaba también que había empezado a hablar antes de detenerse y cambiar de idea. ¿Era posible que Lodren...?

No. Era un ataque del Enemigo. Tanto Lodren, como Diren y Kestar estaban convencidos de ello.

"Era lo mismo, eso dijeron, era lo mismo que les atacó cuando apenas tenían cinco años. No puede haber sido Kander. ¡No puede haber sido Kander!."

"Si así fuera significaría que Kander nos ha mentido."

"Si así fuera significaría..."

"¡¡NO PUEDE HABER SIDO KANDER!!"

   

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