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Bienvenidos a Libertad 5: Andis visita la biblioteca y no puede creer lo que descubre allí

Creada10-03-2013
Modificada15-06-2015
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Abril3

 

Bienvenidos a Libertad, Juan Polaino

Andis 5

Una estructura de cristal y aluminio de seis metros de alto se alzaba ante ellos bajo la mortecina luz procedente de los focos instalados en los polos de la esfera.

Andis contempló el letrero que había sobre la puerta. Allí había escritas varias líneas con los típicos caracteres que se encontraban sobre muchas puertas en numerosos edificios de la Tierra. Quizás se diferenciaban en que había varias líneas escritas en lugar de una sola, y algunas combinaciones eran bastante parecidas entre sí.

Su interior quedaba oculto tras los cristales tintados que cubrían el edificio por completo. Al entrar vieron que la débil luz penetraba por numerosos ventanales creando un ambiente semilúgubre. Encendiendo los focos de los trajes pudieron contemplar una gran sala. A su izquierda había un largo mostrador, a la derecha unas vitrinas con varias maquetas de modelos de estaciones orbitales. Varios cuadros ocupaban una de las paredes de la sala.

De inmediato, Lodren y sus hombres se pusieron a grabar todas las maquetas, cuadros y esquemas que encontraron enviando la información al ordenador de la lanzadera. Lodren pasó varios minutos conversando con aquél pidiéndole planos detallados de las imágenes que estaban captando.

— ¡No es suficiente!. ¡No es suficiente!.

— ¿Ocurre algo, Lodren?.

— ¡Casi nada!. — respondió éste frustrado — Que hay cuatro modelos de estaciones espaciales y sólo uno es el que corresponde a éste. Pero no nos sirve de nada, es sólo una reproducción de esta estación, y no nos aporta más datos que la misma estación en sí, sólo la posición del espejo que tenemos que construir. Deberían haber planos detallados de los edificios principales, de los sistemas de drenaje, de las fuentes de alimentación eléctrica.

— Diren, tú encontraste más planos de la estación, ¿No?.

— Sí, están por aquí.

Le siguieron hacia el extremo opuesto de la sala y penetraron en otra aún mayor que ocupaba el resto de la planta del edificio. Adosado a una de las paredes había un enorme armario con las paredes extrañamente teseladas. Las otras tres paredes daban a amplios ventanales por los que se filtraba parte de la débil luz de los focos que habían colocado en los polos de la estación para iluminarla. El centro estaba ocupado por numerosas mesas y sillas que llenaban por completo el resto de la sala.

Diren se dirigió a la izquierda. Sujetos de un lateral en la pared colgaban numerosas láminas que se podían pasar como las hojas de un libro. Al separar dos láminas al azar vieron el plano detallado de un edificio y, en la lámina opuesta una fotografía del mismo. Dejó el sitio a Lodren que se puso a tomar vistas de todos los planos.

Intrigado por el armario que ocupaba el centro de la pared, Andis se dirigió a él. Tras unas vitrinas de cristal se veían centenares de piezas idénticas que sobresalían inclinadas de la superficie del armario. Lo único que las diferenciaba eran los caracteres escritos en la parte visible de cada una de ellas. Abriendo una de las puertas de vidrio intentó sacar una sin conseguirlo. Junto a ella había un botón. Apretándolo, sintió un chasquido y vio como la pieza situada a su lado retrocedía unos centímetros. Esta vez pudo sacarla sin dificultad. Era cuadrada y por uno de los lados había una placa metálica que se deslizaba dejando ver en el canto que se insertaba en el armario unos conectores.

Se mordió los labios intranquilo. Pidió al ordenador que los contara. Ante él tenía mil doscientos cincuenta cartuchos.

¡Sabía lo que eran!.

Kander les había enseñado a construir ordenadores que realizasen operaciones y comparaciones miles de veces más rápido que los circuitos electroquímicos del cerebro. También servían para almacenar muchos más datos de los que ninguna persona sería capaz de recordar en toda su vida. El ordenador no podía hacer nada con esa información, no tenía inteligencia para ello, pero gracias a determinados programas una persona podía seleccionar una serie de datos descartando los demás, hacer estadísticas sobre ellos, ordenarlos de cualquier forma imaginable, investigar los efectos de determinados cambios,... para descubrir cosas que sin el ordenador hubiesen requerido años y hasta siglos de cálculos matemáticos.

Sabía lo que eran esos cartuchos.

Unidades de Almacenamiento de Datos.

Se preguntó cómo funcionarían y la capacidad de almacenamiento que tendrían.

Había tantas formas de almacenar datos en la materia que era imposible saber, únicamente por el aspecto exterior de los cartuchos, el sistema que usarían los Antepasados. Pero lo importante de su descubrimiento era que allí tenía quizás varios millones de nanobytes de información acerca de ellos.

Se preguntó qué diría Kander cuando le informase.

No. Kander no permitiría que investigasen en ellos.

Hacía varios años ya que Kander había prohibido tocar y hasta mirar los libros de los Antepasados al descubrir con cuánta facilidad aquellos que lo hacían eran capaces de caer en la Locura.

Y estos cartuchos eran como libros, Andis no se engañaba.

¿Por qué los hombres que frecuentemente hojeaban libros de los Antepasados acababan volviéndose locos?. Era un misterio y, hasta ahora, Kander no había encontrado la forma de resolverlo.

Él no correría ningún riesgo.

Cerró las vitrinas del armario y observó a Lodren. Aún seguía enviando fotografías y planos de edificios al ordenador.

Se dirigió hacia una de las mesas rodeada de sillas.

Ante cada silla había un cuadrado negro que resaltaba a pesar del polvo que cubría la superficie y un panel con varios botones cuyo uso le pareció bastante evidente. Se sintió cada vez más desasosegado al comprender que estaban en una especie de biblioteca. No era igual a las que hacía años habían sido investigadas en la Tierra pero sí muy parecidas. Al fondo de la habitación, sobre una de las mesas, vio entre la penumbra lo que parecía un libro abierto.

— Bien, — oyó decir a Lodren — Andis, ya hemos acabado.

— Informa.

— Sí, Andis. Hemos encontrado ciento veinticuatro láminas de las que cincuenta y dos son fotografías y dibujos bastante exactos de edificios. El resto de las láminas corresponden a planos detallados de los mismos. Con ayuda del ordenador y de las imágenes que hemos grabado desde que llegamos, hemos reconocido y localizado doce de esos edificios, el resto no los ha podido reconocer, supongo que porque aún no los hemos visto todos o quizás por no haber sido vistos desde la misma perspectiva de las fotos. Conforme recorramos la ciudad nuestras cámaras permitirán que el ordenador localice los edificios restantes. También hay varios planos de la estructura de la estación y de la ciudad. Y hay tres mapas de canalizaciones. Los dos primeros parecen sistemas de distribución de agua y energía a todos los edificios de la ciudad.

— Muéstrame los planos en tu pantalla.

— Sí, Andis. — asintió Lodren dándole unas instrucciones al ordenador.

Andis contempló en la pantalla tres recuadros en cada uno de los cuales podía apreciar un sistema de canalización distinto.

— ¿De donde provienen las líneas?.

— Bueno, de dos edificios situados junto al río del ecuador surgen sendas canalizaciones que llevan agua hacia los polos y desde donde se distribuyen en seis canalizaciones más pequeñas a través de los bosques. Al llegar a la ciudad se distribuyen hacia todos los edificios. De ellos surgen los desagües que llegan hasta una tubería subterránea junto al río de donde van a los mismos edificios de los que salió el agua. Supongo que estos dos últimos son depuradoras de agua que la reciclan antes de volverla a distribuir para su uso en la ciudad.

— No parece que sean edificios muy grandes.

— La mayor parte de los edificios es subterránea. De hecho, creo que descienden hasta el casco exterior, a unos quince metros bajo el terreno.

»Este otro sistema suponemos que es de energía. Procede íntegramente del polo sur de la esfera distribuyéndose también por todos los edificios.

— ¿Y éste?. — preguntó Andis señalando el tercer recuadro.

— Lo ignoro. El ordenador no ha sabido dar ninguna hipótesis, aunque, como ves, consta de múltiples nudos en forma de estrella interconectados entre sí. Por cierto, — añadió sonriendo — ¿sabes cuál es el centro de uno de los más importantes nudos?

— Este edificio.

Lodren lo contempló unos segundos asombrado. Después cerró la boca y fue a preguntar algo, pero Andis habló antes que él.

— ¿Has descubierto algo más?.

— Bueno, de momento hemos enviado toda la información al ordenador, aunque no hemos llegado a analizarla. Ahora tendríamos que revisarla para sacar más conclusiones de los datos que tenemos.

— Bien, Lodren, ya has conseguido la información que necesitabas. Ahora dirígete a la torre sur y prepárate para introducir en los almacenes el material que hemos rescatado de la nave en cuanto Draken lo recupere. El análisis puedes hacerlo por el camino o bien allí, mientras llega la carga.

— Sí, Andis.

A éste le pareció que Lodren se volvía con un gesto de fastidio que no era habitual en él. Siguió a Lodren y sus hombres hasta la puerta y se sintió aliviado al salir al exterior.

Esta maldita estación estaba empezando a cansarle.

Demasiadas cosas en tan poco tiempo era más de lo que Andis se veía capaz de manejar. Necesitaba descansar, dejar de pensar durante un rato. Estaba cometiendo fallos.

No eran fallos graves de momento, pero si no se relajaba y descansaba algún tiempo empezaría a cometer más fallos.

Él no tenía que dirigir a todos los hombres. No era su misión. Sólo tenía que transmitir las instrucciones de Karel y coordinar el trabajo de los distintos equipos. Pero era Karel quien le tenía que dar los objetivos. Desde la muerte de Karel había tenido que tomar unas decisiones para las que no estaba preparado.

Sabía que había cometido errores. Como enviar a Pactor a la torre sur sin tener en cuenta que no podrían encontrar su camino una vez comenzara la tormenta de polvo provocada por el desintegrador molecular de Lodren. Como aterrizar en la torre norte cuando hubiera sido más eficiente hacerlo en la sur. Como haber enviado el material rescatado de la nave en vez de haber transportado con ellos al menos las radios. Cierto que la idea había sido de Draken, pero a él también le pareció buena la idea sin pensar hasta mucho más tarde que, de haberlo hecho de otra forma , ya se habrían podido comunicar con la Tierra.

¿Por qué Kander había querido acelerar las cosas?.

Todo estaba planeado para realizar la misión en cuarenta y ocho horas y nada habría fallado de haberse ceñido al plan, pero Kander tuvo que meterles prisa.

Y ahora ocurría esto.

Una biblioteca.

¡Habían entrado en una biblioteca!.

Se sentía en cierto modo culpable. ¿No había dado Kander hacía años órdenes estrictas de que no debían observar, tocar o manipular ningún libro escrito por los Antepasados?.

¡El no lo sabía!. ¡No sabía que eran libros!.

Intentó tranquilizarse. Habían encontrado una sala con multitud de mesas y un armario con más de mil... ¿libros?.

Sí, eran libros. Y aquel edificio era una biblioteca. Y en algún lugar del edificio habría un centro de control que podría transmitir información a todos los demás edificios de la ciudad. Todos ellos conectados entre sí mediante una red de datos.

Mil doscientas cincuenta tarjetas de memoria. Mil doscientos cincuenta edificios y viviendas. Parecía evidente.

Ellos usaban redes en la Tierra, pero solían ser de ondas de radio. No tenían un sistema de canalización y distribución de información entre ordenadores.

Al saber que la estación tenía tres sistemas de distribución lo vio claro.

Agua. Energía. Información.

Y ¿de dónde iba a proceder la información sino de una biblioteca?.

¿Por qué se había inquietado tanto?. Ellos tenían sus propias bibliotecas. Desde sus ordenadores portátiles recababan la información que pudiesen necesitar. Y todos sus libros de ciencias estaban grabados en el gran ordenador central de la ciudadela.

Pero los libros de los Antepasados estaban prohibidos

Recordó las normas de lo que había que hacer en caso de que cualquiera de ellos encontrara libros o una biblioteca en alguna de sus exploraciones a las ciudades de los Antepasados.

Había que clausurar el lugar colocando una señal en la puerta e informar a Kander de inmediato.

No podría avisar a Kander hasta que pudiesen restablecer las comunicaciones con la Tierra, pero sí podría...

— Andis.

Con un sobresalto, Andis miró su consola para saber quien le llamaba. Era Diren. Sorprendido se volvió para verlo salir de la biblioteca. Lo había olvidado por completo.

— Sí, Diren.

— Andis, si no te importa desearía reunirme con mis hombres y continuar la búsqueda de los hombres de Lodren.

Intentó pensar por un momento. ¿Sabría Diren lo que era ese edificio?.

— Diren, cuando te envié a la torre sur para examinar las compuertas te detuviste para examinar este edificio.

— Sí, Andis.

— ¿Por qué?.

— Sabía que faltaba bastante tiempo para que Lodren comenzara la generación de la atmósfera. No teníamos ninguna información acerca de la estación y pensé que podía ser útil explorar algún edificio antes de continuar la marcha.

— Y ¿por qué elegiste este edificio precisamente?.

— Se salía de lo corriente. Todos los edificios junto a los que hemos pasado parecen por fuera distintos entre sí, pero todos siguen más o menos las mismas pautas. Orientados hacia el río, con puertas de imitación a madera, terrazas y jardineras, ventanas amplias. Este edificio contrastaba con el resto. Me dio la impresión de que podía ser un edificio público y los otros serían las viviendas de los Antepasados. Pensé que si necesitamos información acerca de la estación podríamos encontrarla más probablemente en este tipo de edificios que en las viviendas.

Aliviado, Andis recapacitó por unos instantes.

Nadie sabía que esto era una biblioteca, así que no valía la pena mencionarlo. No obstante era posible que hubiera más libros en otras partes de la estación. Si estaban en forma de cartuchos no habría ningún problema, pero si eran libros normales tendrían que localizarlos y guardarlos en algún lugar cerrado hasta que Kander viniera a rescatarles. ¿Y qué mejor lugar para guardar libros que una biblioteca?.

— Andis, si no te molesta, quisiera decirte algo.

— Dime.

— Hemos localizado bastantes edificios que no parecen viviendas y muchos están representados en las láminas que hemos transmitido al ordenador. Pienso que sería interesante explorarlos cuanto antes. Probablemente encontraremos más información valiosa en ellos y eso nos ayudaría bastante en nuestro trabajo. ¿Me das permiso para comenzar la exploración de esos edificios al mismo tiempo que buscamos rastros de Chaco y Remo?.

Tras unos segundos de vacilación, Andis respondió.

— No. De momento es más urgente encontrarlos y dudo que hayan desconectado el traje y se hayan escondido en ningún edificio. Algo debe haberles pasado pero tienen que estar en algún sitio. En todo caso envía unos hombres a explorar las depuradoras de agua y averiguar si tienen agua almacenada allí que se pueda usar. Aparte de eso recorred toda la esfera buscando en todos los rincones hasta que los encontréis.

— Sí, Andis.

Viéndole alejarse, Andis se preguntó lo que debía hacer con la biblioteca.

No hacía falta divulgar el hecho de que era una biblioteca. Todo lo que tenía que hacer era ocultar el único libro que había visto en un lugar donde no pudiese ser localizado. Y le daría instrucciones a los jefes de equipo para que, si localizaban otros en el futuro, los trasladasen a este edificio. Pero aún no. Según los planes realizados antes del desembarco, la exploración del interior de los edificios no comenzaría hasta dos días más tarde, cuando hubiesen construido las habitaciones de Kander.

Volvió a entrar en la biblioteca y se dirigió hacia la mesa donde reposaba el libro. Una extraña sensación le recorrió la espalda como un escalofrío antes de cogerlo.

En su portada se veía la imagen de la estación espacial en la que se encontraban sobre un firmamento estrellado. Se veía con claridad que no era una fotografía, sino un dibujo sumamente detallado de la estación.

Sospechó que el libro hablaría a quien supiese interpretar sus caracteres acerca de la estación.

"Lástima que no sepamos leer el lenguaje de los Antepasados." pensó.

Se preguntó qué habría en su interior.

¿Iba a abrir el libro?.

No debía abrirlo, desde luego, pero si en él hubiese información acerca de la estación, quizás fuera conveniente examinarlo con más detenimiento para saber...

"No, imposible. Aunque quisiera no podría abrirlo, mucho menos mirar su interior".

Cuando exploraban las ciudades de los Antepasados buscaban planos de construcción de maquinaria para saber cómo funcionaban sus máquinas. Encontraban pocos pero pronto habían aprendido a mirar principalmente en fábricas o almacenes. Los planos no estaban prohibidos, los libros sí.

Nada menos que en la portada estaba la estación orbital en la que se encontraban. ¿Y si en su interior había planos?.

"Los planos no están prohibidos".

Podrían extraer mucha más información si en el interior del libro hubiese planos.

"¿Qué puede haber en un libro que pueda hacernos daño?".

"Los libros están prohibidos."

Cogió el libro con irritación. No sabía por qué Kander había prohibido siquiera mirar los libros de los antepasados, pero él debía cumplir las órdenes. Debía ocultarlo, ¿pero dónde?.

Al salir de la sala observó las puertas que había tras el mostrador del vestíbulo. Rodeándolo se dirigió hacia una de ellas. Ésta se abrió a una habitación en la que había numerosas estanterías con miles de libros.

Eran cartuchos y tarjetas, no había peligro.

Al fondo de la habitación había una mesa y tras ella varios armarios. A mitad de camino, entre dos estanterías, una puerta abierta dejaba ver una escalera que ascendía hacia la planta superior.

Cruzó la habitación e intentó abrir los armarios, encontrándolos cerrados.

Volvió sobre sus pasos y ascendió por las escaleras hacia el segundo piso.

Un silbido involuntario se escapó de entre sus labios.

La habitación en la que se encontraba era gigantesca, ocupaba toda la extensión del edificio.

Y estaba repleta de armarios con puertas de cristal a través de las cuales se veían miles y miles de libros.

No cartuchos, libros.

Caminó sobrecogido por entre las estanterías repletas de libros de los Antepasados sintiendo una extraña sensación.

¡Tenía que salir de allí enseguida!.

Sobre un mueble con un cristal en su superficie había colocados varios libros.

Iba a depositar el que llevaba sobre ella cuando vio un rostro.

Desde la cubierta de un libro que reposaba sobre la mesa, un Antepasado le dirigía una mirada sorprendida.

Andis miró a su alrededor intranquilo decidido a dar media vuelta y salir corriendo de aquella sala.

¡Un Antepasado!.

Tenía la piel muy clara, los cabellos negros, y tenía una mirada..., sí, ahora lo veía mejor. Parecía sorprendido, como si la foto se la hubiesen hecho por sorpresa. Sus ojos tenían un color gris claro aunque podría ser un defecto del color de la fotografía o más bien del polvo que satinaba su superficie.

Pasó los dedos sobre su cara dejando un rastro libre del polvo de años pudiendo entonces ver los colores que iluminaban el rostro.

¡Un Antepasado!.

Tendría unos treinta años y una expresión tensa. Parecía incómodo por encontrarse allí, a más de trescientos mil kilómetros de la Tierra y al cabo de más de cuarenta años.

Divertido por la expresión de su rostro, lo empujó para hacer sitio donde dejar el libro que llevaba, y cayó al suelo. Se sintió sobresaltado al oír el violento golpe antes de recordar que, efectivamente, ya había aire en la estación que transmitiese los sonidos. El libro había quedado abierto sobre el suelo mostrándole dos páginas repletas de los crípticos caracteres de los Antepasados. Después de dejar el libro que llevaba sobre la mesa, se agachó para coger el otro. Al ponerlo también sobre la mesa no pudo evitar que varias hojas pasaran entre sus dedos mostrándole que en todo el libro no había más que páginas y más páginas de indescifrables caracteres.

¿Qué peligro podría haber en ellos?.

Tranquilizado en cierto modo, aunque quizás algo decepcionado, fue a volverse para regresar al exterior pero un canto de sirenas le atraía irresistible hacia aquella estación dibujada hacía años por algún misterioso Antepasado en la portada del libro que había subido desde la planta baja.

Pidió al ordenador la localización de todos los hombres de la estación. Draken y Choral seguían esperando la llegada del material que lanzaron desde la nave. Lodren, en la torre sur, hablaba con el ordenador pidiéndole que reorganizara los datos conocidos para asimilar toda la información que habían podido enviarle desde la biblioteca. Excepto siete hombres que le acompañaban y otros ocho que al mando de Pactor exploraban la torre norte, los demás estaban repartidos en toda la esfera buscando rastros de Chaco y Remo.

No había nadie cerca de la biblioteca.

Lentamente, con la sensación de que estaba obrando mal y la convicción...

(y la esperanza)

...de que, por el bien de todos, debía hacerlo, pasó las primeras hojas del libro.

Quedó fascinado por las imágenes que contemplaba. Durante varias páginas sólo encontró dibujos y planos de la misma estación en la que estaban.

Escenas dibujadas con detalle mostraban paisajes del interior de la estación. No eran fotografías así que pensó que debían tratarse de representaciones artísticas acerca de cómo sería la vida en su interior cuando estuviese por fin construida.

En un dibujo, casi un boceto, varios hombres manejaban aparatos de vuelo movidos por pedales que se desplazaban por el aire en la escasa gravedad de la zona cercana a los polos.

¿Podría ser posible?.

¿Sería posible construir un aparato que pudiese mantenerse en el aire con la simple fuerza de las piernas y los brazos?. En la Tierra no, desde luego. Pero allí, donde la fuerza de la gravedad dependía de la distancia al eje de rotación, donde bastaba ascender quinientos metros hacia los polos para pesar menos de la mitad que en el ecuador... Sí, quizás sería posible.

Contempló con asombro los aparatos que manejaban los hombres. Unos pedales y un armazón daban el sustento para apoyar la fuerza que se transmitía mediante unas poleas y cuerdas hasta unas alas que se agitarían para, literalmente, remar a través del aire.

Increíble.

De pronto, ante una imagen determinada, se detuvo. Mostraba a varios hombres con extraños trajes conversando entre ellos en una terraza de lo que sin duda era una estación semejante a ésta en la que se encontraban. Pero entre ellos habían ¿¡...niños!?. No, la imagen no era una fotografía sino un dibujo sumamente elaborado. El dibujante no debía ser muy bueno, al fin y al cabo, si cometía estos errores de proporción y perspectiva.

Casi sonrió al imaginar lo absurdo que sería ver hombres y niños de tan corta edad en una misma fotografía. ¡Si hasta parecía que algunos de los hombres hablaban con ellos!. ¡Ridículo!.

Siguió pasando las hojas.

Pudo ver distintas fases de la construcción de la estación, allá en el espacio, con hombres enfundados en incómodos trajes espaciales. Planos de construcción de larguísimas plataformas de despegue (¿cañones gravitacionales?, ¿aceleradores magnéticos?) en la superficie de la Luna, desde las que se enviaba el material base de la esfera en una trayectoria casi horizontal, pero tan veloz que escapaba al horizonte gravitatorio para seguir su camino hacia el espacio.

»Ingenioso — pensó — Con una plataforma de despegue horizontal lo suficientemente larga no hacen falta cohetes para lanzar la carga al espacio tal como Lodren decía. Simplemente habría que acelerarla lo suficientemente rápido como para superar la velocidad de escape antes del final de la rampa. El hecho de que el despegue sea horizontal no afectaría apenas al recorrido pues a la velocidad de escape, cuando la trayectoria descendiera cinco metros ya habría superado con creces el horizonte planetario haciendo que el proyectil abandonara la superficie de la Luna.

Por pura curiosidad calculó la longitud que necesitaría tener una rampa para conseguir la velocidad de escape de la Luna a una aceleración de mil Ges. Era de menos de quinientos metros, pero si los Antepasados no dominaban la tecnología gravimétrica no podrían conseguir esas aceleraciones. ¿Qué aceleración se podría conseguir con medios magnéticos?. No lo sabía pero, suponiendo que sólo fuesen cien Ges, la rampa no tendría por qué superar los cinco mil metros de longitud.

Unos gigantescos receptáculos se encargaban de recibir el material a apenas unos kilómetros de distancia de la urdimbre de alambres que formaban la superficie exterior de la esfera. La torre norte fue una de las primeras partes de la estación que se construyeron, aún antes de formar el entramado de vigas que en el futuro sujetarían el material base de la esfera. Al mismo tiempo se construyeron varias miniestaciones, de un tamaño diez veces menor, en el que se plantaron extensas praderas de plantas, arbustos e incluso árboles.

Andis se preguntaba cuánto tiempo tardarían en construir la estación. Si era mucho tiempo, los hombres que trabajasen allí necesitarían un lugar de esparcimiento donde relajarse y disfrutar de la naturaleza, aunque le parecía que para ese objeto hubiera bastado una sola estación de recreo y no las seis que en realidad construyeron.

De todas formas, tras construir estas estaciones de recreo, subieron más trabajadores al espacio y se emprendió la tarea más ardua de cerrar la malla que serviría para soportar el suelo de la esfera. Teniendo en cuenta que, aparentemente, los Antepasados no usaban o no conocían la forma de alterar la curvatura gravitatoria del espacio, las dificultades para la construcción debieron ser fantásticas. La satisfacción al terminar por fin la estructura, gloriosa.

Una vez construidos los espejos que reflejarían la luz del Sol hacia el interior, los hombres pudieron por fin quitarse los trajes espaciales.

En la siguiente fotografía reconoció a duras penas el paisaje. El interior de la estación era en aquel momento una superficie casi lisa de un marrón claro. No había edificios más que en los polos de la esfera y lo único que podía reconocer era uno de los anillos de los ventanales. Ni siquiera la hierba había sido plantada aún, mucho menos los arbustos y árboles que poblaban actualmente la estación.

Pero el río había sido ya creado. Junto a él se habían construido varios refugios y un grupo de hombres estaba nadando en el río.

No estaban desnudos, vestían apenas unas piezas que les cubrían las caderas. Algunos cubrían también su pecho.

— No es posible.

Se sorprendió al oír su propia voz resonando en el interior de su casco. El ordenador le preguntó si deseaba hablar con alguien y tuvo que contestar negativamente.

Era incapaz de creer lo que acababa de ver.

¡Madres!.

No podía imaginar qué estaban haciendo éstas allí. Ellos no planeaban llevar las madres hasta que estuviesen por fin establecidos en la estación, mientras tanto era inútil llevarlas, pero no era eso lo que le había extrañado.

Volvió a acercarse al libro y observó detenidamente la fotografía. Las madres no estaban en un lugar aparte de los hombres, sino que se entremezclaban en medio del agua salpicándose unos a otros y...

¡Y MIRÁNDOSE!.

Andis no podía apartar la vista mientras se negaba a aceptar lo que veían sus ojos. No podía creer que los Antepasados llegasen a tal extremo de degeneración que fueran capaces de estar en presencia de las madres y tan cerca que casi podrían...

Agitando la cabeza con incredulidad consiguió apartarse del libro.

"Kander, ¿qué estoy haciendo?. ¡Estoy mirando un libro!.

Miró a su alrededor como si temiera que alguien pudiera sorprenderle.

¿Podía ser verdad?. ¿O tal vez se había vuelto loco?. Mucha gente se volvía loca, y no solían presentar síntomas hasta que una noche, simplemente, desaparecían. Kander no tenía más remedio que encerrarlos por su propia seguridad mientras intentaba curarlos.

¿Acaso Andis también se había vuelto loco?.

Cerró el libro con fuerza mirando sin ver la portada.

Iba a salir de allí. Iba a dar media vuelta, bajar la escalera y marcar la habitación para que todos supieran que allí había libros y a nadie se le ocurriese entrar. Iba a abandonar la biblioteca y no volvería nunca más a ella.

Acercó otro libro hacia sí y comenzó a pasar las hojas.

En éste no encontró más que los crípticos caracteres de los Antepasados sin dibujos ni fotografías que le permitiesen conocer el tema del que trataban.

Volvió a mirar el libro que había dejado a un lado.

¡Era esta estación!.

En él se describía en dibujos detallados y en multitud de fotografías cómo había sido construida la gigantesca estructura en la que estaban sus hombres.

Por su propia seguridad DEBÍA aprender todo lo posible acerca de la estación. Quizás algo que descubriese en alguna de las fotografías podría darle claves sobre cómo sobrevivir el mayor tiempo posible.

"El agua. No tenemos agua para sobrevivir más que uno o dos meses. Por mucho que la reciclemos se perderá demasiada por evaporación. Quizás existan depósitos de agua en algún lugar de la estación. Debo averiguarlo."

Lenta, temerosamente, volvió a coger el libro que había apartado de sí como una serpiente venenosa. Con cierta dificultad, debida a los gruesos guantes que llevaba, consiguió encontrar la página ante la que se había escandalizado y reanudó la tarea de ir pasando las hojas una a una.

Observó escenas en las que se plantaban pequeños arbustos en la superficie de la esfera, se construían edificios y viviendas de los que en ocasiones encontró los planos, se trabajaba a la luz del sol bajo la cúpula siempre presente de la esfera y se descansaba bajo la suave penumbra de la noche.

Se sentía intranquilo pues creía ver madres por todos lados, trabajando junto a los hombres, hablando con ellos...

Los trajes que llevaban le impedían estar seguro y al ver parejas de personas evidentemente enamoradas paseando por un parque a medio plantar tenía que obligarse a pensar que eran dos hombres, ¡dos hombres!.

Se detuvo horrorizado. En una fotografía, ¡una fotografía!, se veía a un hombre y una madre apenas vestidos con los trozos de tela que usaban para bañarse. No había ninguna duda, ¡era una madre!. Estaban en un parque y había gente alrededor, hombres y madres por igual. ¡Y se estaban tocando!. Se cogían la mano ante la vista de todos los presentes. Más al fondo se veía otra pareja, tumbados sobre la hierba y... ¡abrazados!.

Andis se apoyó en una mesa cercana dejando el libro sobre ella.

No podía ser.

¿Sería posible que los Antepasados se mezclasen en la calle con madres?. ¿En público?. ¿Y hablasen con ellas?.

Sintió el rubor subir a sus mejillas y pensó cuándo había sido la última vez que él habló con una madre. Había sido a los siete años, poco antes de salir de la guardería. Y desde luego, aunque aún era técnicamente un niño, le había hablado como se debe hablar a una madre. Después las había vuelto a ver, cuando Kander estimó que había llegado su tiempo de aparearse, pero lo aceptó como un deber. Se apareó con varias madres en el transcurso de tres o cuatro semanas y nunca más había vuelto a verlas. Y desde luego, ni siquiera les habló. ¿De qué se podía hablar con una madre, si no entendían más que de la crianza de los niños?. No se podía hablar con ellas de ciencia, ni de mecánica, ni de astronomía. Recordó particularmente a una de ellas. La muy estúpida estaba llorando mientras él simplemente cumplía su obligación de reproducirse. ¿Acaso tenían sentimientos?. Avergonzado de sí mismo, recordó que la había acariciado el cabello.

"¡No!. ¡Lo hice para que se calmara!. Para que se sintiera lo suficientemente tranquila como para poder penetrarla. ¡No sentí nada!."

Y los Antepasados... ¿vivían con ellas?. ¿Se tocaban en público?. ¿Hablaban con ellas?. ¿En público?. ¿Se aparearían... en público?.

Imposible.

Kander siempre les había dicho que les habían intentado dar la misma educación que recibían los Antepasados antes de su destrucción.

Y Kander no les mentiría, ¿verdad?.

Estos libros debían estar aparte de los otros precisamente porque contenían mentiras, aberraciones de mentes enfermas que los Antepasados juzgaron conveniente apartar de la vista de los demás hombres.

El porqué no habían optado por destruirlos era algo que ignoraba, pero desde luego él no iba a permitir que nadie más pudiese ver aquellas escandalosas imágenes.

Bajando por las escaleras, cerró la puerta y tomando la linterna cerró el foco para conseguir un rayo de apenas un milímetro de grosor. Aumentando la potencia escribió en la puerta con grandes letras de fuego:

PROHIBIDO EL PASO

POR ORDEN DE

ANDIS BOIDABEKO

Salió al vestíbulo cerrando también la puerta que daba a él y dudando si poner aquí también un cartel semejante, pero decidió que aquél sería suficiente.

Abandonando el edificio, un pensamiento fugaz le turbó.

"No nos mentiría, ¿verdad?".

   

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