Bienvenidos a MasLibertad

Bienvenidos a MasLibertad

¿Quién soy yo?

Experiencias Informáticas

Mis Favoritos

Cosas que me han Pasado

Paseos y Excursiones

Novelas y Relatos

La Estrella y el Águila

Bienvenidos a Libertad

Nota para el Lector

La Fuerza de Coriolis

Andis 1

Andis 2

Andis 3

Andis 4

Andis 5

Andis 6

Andis 7

Karel 8

Karel 9

Choral 10

Choral 11

Choral 12

Choral 13

Choral 14

Choral 15

Choral 16

Libertad 17

Libertad 18

Libertad 19

Libertad 20

Libertad 21

Libertad 22

Reino de Sombras

Autobiografía de Dios

La Sala Oval

Un Paseo por Libertad

El Gran Aburrimiento

El Cambio

Novedades y Proyectos

Miscelánea

Cartas al Autor

Torrejón de Ardoz

Areas de Ciencias

Documentales y Libros

Áreas de Religión

Economía y Política

La Última Página

Datos de Usuario

AnónimoEntrar
IP18.232.171.18

Datos de Pagina

Bienvenidos a Libertad 4: Los tripulantes aislados de la Tierra empiezan a descubrir cosas distintas a las que creían conocer.

Creada10-03-2013
Modificada15-06-2015
Total Visitas134
Agosto4

 

Bienvenidos a Libertad, Juan Polaino

Andis 4

Lodren estaba cansado.

Era el miembro de más edad de la tripulación y su cuerpo ya no estaba para soportar muchos esfuerzos.

Aunque lo único que tenía que hacer era barrer el terreno con el rayo desintegrador a muy baja potencia, intentando no profundizar más de un metro antes de desplazarse a otra zona contigua, seguir durante más de cuatro horas con esta rutina le estaba dejando agotado.

Normalmente hubiera podido aguantar hasta diez horas, ¡qué caramba!, pero eso había sido en otras circunstancias.

Solos.

Habían quedado Solos y perdidos en una estación orbital construida quien sabe cuándo, a más de trescientos mil kilómetros de la Tierra.

Trasladándose a un nuevo sector, que ya estaba delimitado, observó el barómetro para controlar la presión atmosférica. Ya estaba al ochenta y cinco por ciento de la presión al nivel del mar. Se había sorprendido al comprobar que a medio metro de profundidad la composición del terreno variaba para contener un mayor porcentaje de hidrógeno y oxígeno. Gracias a ello esperaba terminar su trabajo en algo menos de cinco horas en vez de las seis que en principio había calculado. Si ahora consiguiesen calentar el aire hasta los veinte grados centígrados, se dilataría hasta superar con mucho la presión atmosférica normal de la Tierra, incluso sobraría aire que podrían almacenar para un uso futuro. Como no disponían de calefactores suficientes para calentarlo, al menos de momento, decidió añadir un poco más, hasta llegar a un noventa y cinco por ciento.

Mientras manejaba mecánicamente, pero con cuidado, el lanzarrayos pensó en cuándo había sido la última vez que había soñado con la Soledad.

En su sueño era un niño que huía intentando esconderse de algo terrible que le perseguía por los laberínticos pasillos de la ciudadela.

Intentaba abrir puertas que siempre estaban cerradas. Giraba por recodos intentando encontrar una salida de aquel terrible dédalo mientras el Enemigo se acercaba ominoso a sus espaldas.

Tenía Miedo y estaba Solo.

Y, cuando al fin encontró aquella enorme puerta abierta, a más de cien metros de distancia, avanzó, corrió hacia ella con todas las fuerzas que le daba la Desesperación, el Terror, el Pánico.

Atravesó aquellas puertas y allí estaba Él.

Kander.

La puerta se cerró a sus espaldas. El Enemigo quedó encerrado, y Badeso supo que nunca más lo volvería a amenazar.

Que había quedado encerrado para siempre.

Que nunca volvería a estar Solo.

La última vez que tuvo el sueño fue hacía apenas tres años. ¿O fueron dos?. Intentó recordar en qué circunstancias se había producido.

Sí, habían sido dos años. Acababa de terminar un viaje de estudios a unas antiguas instalaciones de los Antepasados y...

Fue cuando murió Tanis.

Encontraron un edificio en el que los Antepasados fabricaban antiguos vehículos con motores eléctricos. Al entrar en una de las oficinas en busca de planos de fabricación para saber cómo funcionaban éstos, una de las paredes, debilitada tras décadas de sufrir las inclemencias del tiempo, se derrumbó sobre ellos. Diren y Lodren apenas pudieron salvarse. Los demás salieron tras ellos tosiendo. No fue hasta bastante tiempo más tarde que se dieron cuenta de que Tanis no estaba. Fueron a buscarle y lo encontraron semienterrado en medio de los escombros. No pudieron hacer nada por él, murió en sus brazos dedicando sus últimas palabras a Boidabeko.

Lodren se sintió tan afectado que no pudo comunicarle a Boidabeko la noticia. Fue Diren quien se la comunicó personalmente.

Lloró por Tanis, lloró por Boidabeko, a quien tan bien conocía, sabiendo lo que iba a sufrir al recibir la noticia.

Hubo algo que le disgustó, pero ¿qué?. No lo recordaba. Quería preguntarle algo a Kander, decirle...

¿Por qué no conseguía recordarlo?.

Fue esa noche cuando volvió a tener el sueño, cuando volvió a sentir la Desesperación, el Terror, el Pánico.

¡No quería pensar en ello!.

Comprobó de nuevo el barómetro. Esta vez la presión era la correcta y las proporciones de los distintos gases en el aire eran perfectas para permitir respirar libremente. Habían pasado apenas unas cinco horas. El agujero dejado en el suelo no era demasiado grande y en ningún punto tenía más de un metro de profundidad, pero de una extensa superficie cercana al edificio de entrada a la torre norte habían desaparecido las rocas y plantas que había sido colocadas allí con el propósito, quizás, de hacer un poco más hermosa la estación orbital.

Sería otro quien se encargaría de devolver los materiales sobrantes, acumulados en el enorme saco de polipel poroso que se extendía por casi un centenar de metros, para volver a tapar el agujero.

Pero eso sería más tarde. Andis había ordenado una reunión de emergencia y Torio informó haber encontrado una especie de anfiteatro en la ciudad, cerca del ecuador, donde se podrían reunir todos.

Buscó con la mirada el anfiteatro y lo reconoció por la gente que caminaba hacia él.

Desde tanta distancia no era capaz de reconocer a nadie, había demasiado polvo en el aire. Cuando aún no había atmósfera, el polvo se dispersaba con facilidad cayendo rápidamente sobre toda la superficie interna de la esfera. Al haber cada vez más aire, el polvo era capturado con más eficiencia por los aspiradores y los campos de fuerza pero, por contra, el que se escapaba tardaba más en precipitarse, y lo hacía, principalmente, sobre el ecuador de la esfera. Desde el polo norte podía ver con toda nitidez los edificios del polo opuesto. La ciudad, en cambio, estaba cubierta por una nube de polvo que aún tardaría algunas horas en depositarse.

Agarrando una cuerda que había sido tendida hacia el edificio hemisférico del eje norte, se dirigió hacia él. Penetró a través del agujero que habían tenido que practicar en la pared para introducir el desintegrador en la esfera y tomó el pasillo de la derecha que le llevaría con rapidez hacia la ciudad.

Caminó hacia el punto de reunión pensando en la muerte de Kander. Nunca había pensado que un kander podría morir. Y aquel Terror que sintieron todos cuando murió...

No. Sintió un escalofrío recorrerle la espalda mientras intentaba apartar un terrible pensamiento de su mente. Sabía perfectamente lo que había ocurrido.

¿Enviaría pronto Kander una nave para devolverlos a la Tierra? ¿Cuánto tiempo tendrían que esperar hasta entonces? ¿Podrían soportar la Soledad?.

Lodren Badeso se unió a un grupo que avanzaba en dirección al anfiteatro intentando dejar a un lado las extrañas ideas que le habían atemorizado.

* * * * *

Andis sentía las miradas de los supervivientes de la expedición mientras intentaba encontrar las palabras necesarias para explicar su situación.

Se encontraban en un anfiteatro situado entre unos jardines casi en el ecuador de la esfera. Era un semicírculo elevado como un metro sobre el nivel del suelo. Frente a él, otro semicírculo de asientos de piedra en varios niveles, permitía que en ellos se pudieran sentar unas doscientas personas. En esta ocasión solo había setenta y dos hombres en las gradas. Draken y Choral estaban en la lanzadera, descansando y esperando la carga que habían enviado tres horas antes y a la que aún faltaban cinco para llegar, pero aunque no estuviesen allí oirían sus palabras por la radio.

Una multitud de inquietos y temerosos ojos le observaron al dirigirse al centro del escenario.

Tragó saliva y humedecióse los labios antes de abrir los canales de radio.

— Kander ha muerto.

Un rumor se oyó por los auriculares. Aunque todos lo sabían nadie había sido capaz de expresarlo en voz alta hasta ahora.

Tras esperar unos instantes a que se acallaran los rumores, Andis prosiguió.

— La nave ha sido destruida casi por completo y se ha alejado de nosotros sin posibilidad de que la podamos recuperar. Karel y otros cinco miembros de la tripulación han muerto, así como Miro, que iba en la lanzadera cuando se estrelló contra la nave.

— ¿Cómo se produjo el accidente?

Andis no reconoció la voz que había hablado pero el monitor de su casco le indicó que había sido Diren.

— Los enganches de la lanzadera se soltaron y, al quedar suelta en el espacio, siguió la trayectoria tangencial que tenía dirigiéndose en línea recta hacia la nave.

Otro hombre de entre la multitud preguntó:

— ¿No hubo forma de evitar el choque?.

— No lo sé. Debido a la distancia que separaba la lanzadera de la nave, quizás hubiera sido posible que Miro la desviase a tiempo de evitarlo. Supongo que se disponía a hacerlo cuando... cuando todos perdimos el conocimiento.

— Es una forma de decirlo. — se levantó uno de entre la multitud — Yo he sentido antes esa sensación. Cuando era niño. Era el Enemigo. El Enemigo nos ha atacado, y esta vez ¡ni siquiera Kander pudo protegernos!. ¡No pudo protegernos...

— Escucha... — intentó interrumpirle Andis.

— ...y Kander murió!. Ahora estamos Solos y no hay...

— Kestar Ramejo, ¡tranquilízate!.

— ...¡ningún kander que pueda protegernos del Enemigo!.

Varios compañeros intentaron calmarle pero Kestar se debatió entre sus brazos intentando escapar.

— ¡Dejadme! Es inútil que hagamos nada, vamos a morir todos.

Saltando de su asiento intentó huir del anfiteatro. Cuando estaba a punto de conseguirlo cayó bajo el peso de dos hombres que se arrojaron sobre él. Al verse incapaz de huir de ellos, dejó de luchar y se quedó hecho un ovillo gimoteante en el suelo.

Poco a poco los hombres volvieron a sus asientos entre murmullos y comentarios desanimados.

— ¡Escuchad! — casi gritó Andis — No sé exactamente lo que ha pasado. Quizás hemos sufrido un ataque del Enemigo, pero no se ha vuelto a producir otro en las cinco horas transcurridas desde entonces. Quizás no se produzca otro ataque, no lo sabemos. Estamos en una situación grave, no quiero que os engañéis, pero aún estamos vivos, y mientras lo estemos hay esperanza.

»No quiero que se produzcan más incidentes de este tipo. Estamos aislados en esta estación y, hasta que podamos comunicarnos con la Tierra no sabremos lo que tenemos que hacer para volver a ella. Tenemos refugio y comida para más de dos semanas, y en el espacio, a punto de llegar, hay varios sintetizadores de alimentos que nos permitirán sobrevivir en esta estación al menos durante varios meses hasta que Kander venga a rescatarnos. Espero que no se produzca un nuevo ataque del Enemigo, pero mientras tanto no vamos a quedarnos quietos. Hemos de comunicarnos con la Tierra y avisar a Kander del ataque. Tal vez Él pueda hacer algo por ayudarnos. En cualquier caso tenemos una misión: Hacer operativa esta estación orbital en el plazo más breve posible.

»¡Es la voluntad de Kander!.

* * * * *

Los hombres habían comenzado a dispersarse, dirigiéndose cada uno al puesto que se le había asignado. Sólo los jefes de equipo se encontraban en la explanada junto al anfiteatro esperando las órdenes de Andis.

Cuando quedaron solos, éste cerró el circuito a todas las radios menos a las de los jefes de equipo sabiendo que, si le necesitaban, cualquier otro podría enviarle un mensaje aunque no pudiesen oírle hasta que él lo decidiese.

— Lodren, — comenzó Andis — ¿cuál es el estado actual de las reparaciones?.

— No hay ningún problema urgente. Hemos generado ya toda la atmósfera de la estación y no parece haber fugas por ningún lado. Por desgracia hemos levantado mucho polvo y la ciudad parece mucho más sucia que cuando llegamos. Y estará peor cuando mis hombres vacíen el depósito como ya les he ordenado. Cuando todo el proceso haya terminado me gustaría darle un buen lavado a la ciudad pero no creo que podamos disponer de bastante agua para ello. Quizás con una combinación de ultrasonidos y campos de fuerza podríamos compactar el polvo y...

— Eso no tiene importancia ahora. No podemos estar permanentemente con los trajes de vacío puestos. ¿Cuándo nos los podremos quitar?.

— Bueno, tenemos el refugio. En cuanto llegue al alcance de la estación y Draken lo consiga recuperar podremos montarlo en un par de horas y tendremos un lugar donde quitarnos los trajes.

— Lodren, no te andes por las ramas. Quiero saber cuánto tardarás en calentar el aire de la estación para que podamos trabajar sin trajes.

— Mira, Andis, tenemos tres calefactores que se pondrán en funcionamiento en cuanto mis hombres vacíen el depósito de desechos del desintegrador. No se puede hacer antes pues se estropearían con tal cantidad de polvo en el aire. De todas formas la esfera es un cuerpo frío. Se enfría en el espacio mucho más de lo que se calienta por la acción de los rayos del sol. Ni soñando podríamos calentar tal cantidad de aire a más de veinte o treinta grados bajo cero.

— Podríamos calentarla. — intervino Diren.

— ¿Sí?. ¿Cómo?. — preguntó Lodren.

— En la expedición que hicimos a la torre sur pasamos por un edificio que contenía varias maquetas de estaciones orbitales. Una de ellas era ésta. Y una cosa que me llamó la atención fue un espejo circular que había justo debajo de la maqueta. Al principio creí que servía para verla desde abajo, pero luego pensé...

— ...¡Que si colocamos un espejo suficientemente grande detrás de la esfera podremos duplicar la cantidad de energía solar que recibimos!. ¡Y hasta tripicarla si el espejo lo hacemos focal en vez de plano!. Pero ¿cómo sortearemos los escudos que rodean la esfera?. Tenemos que calentar ésta, no los escudos.

— Es fácil. — terció Andis — Las caras internas de los escudos están recubiertas de espejos. Antes de que la lanzadera de Miro fuese destruida analicé la trayectoria de los rayos de luz en el ordenador y comprobé que...

— ...¡Que la luz penetraría reflejándose en ellas directamente hacia los ventanales y por ellos al interior de la ciudad!. Andis, ¿tienes aún esos cálculos?.

— No, pero el ordenador de la lanzadera puede repetirlos en cuanto...

— ¡Toper, escucha! — interrumpió Lodren dirigiéndose a la radio — Prepara un equipo de diez hombres con varios condensadores de vidrio y que se dirijan hacia...

— ¡Espera, Lodren! La lanzadera está ocupada en estos momentos y no va a estar disponible hasta que Draken y Choral capturen el material que rescatamos de la nave. Hasta entonces...

Lodren consiguió soltar cinco maldiciones en apenas tres segundos antes de gritar por la radio.

— ¡Toper, olvídalo!. Sigue buscando a Remo y a Chaco.

Andis no oyó la respuesta de Toper pues su radio seguía en circuito cerrado, pero casi sonrió al imaginar lo que aquél estaría pensando.

— Bien, mientras tanto, Diren te conducirá al edificio para que envíes todos los datos que puedas al ordenador y puedas diseñar la forma del espejo. Yo iré con vosotros. En cuanto a lo demás, la prioridad principal es recuperar el material que rescatamos de la nave. Casi todo viene en contenedores bastante manejables, menos el tanque de combustible. Éste lo tendremos que dejar en algún sitio que no estorbe, quizás sujeto a alguna de las torres. El resto lo tendremos que introducir en la esfera, espero que por la torre sur ya que, según lo que Diren ha visto, parece ser el camino que usaban los Antepasados para introducir mercancías en ella. Pactor, te dirigirás con varios hombres a la torre norte y continuarás el examen de las distintas fábricas. Intenta localizar la central energética de la estación. Y tú, Torio, organiza una expedición de búsqueda para ayudar al equipo de Lodren a buscar a los dos desaparecidos. Tienen que estar en alguna parte dentro de la estación.

Torio dio media vuelta para alejarse pero Pactor permaneció ante él.

— ¿Sí, Pactor?.

— Andis, antes de ir a reunirme con mis hombres quisiera hablar contigo. En privado.

Andis se extrañó. Normalmente cualquiera podía dirigirse a él para plantearle un asunto. El hecho de pedir hablar en privado significaba que Pactor quería plantearle un tema personal, no relativo a la misión. No creía que fuera el momento adecuado de atender peticiones personales y estuvo a punto de decirle que esperase una ocasión más propicia pero Pactor no solía actuar de manera irresponsable, era uno de los mejores hombres que tenía a su mando y no creía realmente que quisiera distraer su atención por un tema de menor importancia.

Además, aunque desde hacía algunos años no tenían mucho contacto entre ellos, antes habían sido muy buenos amigos.

— Dime, Pactor. — dijo activando el circuito cerrado de radio.

— Andis, mientras estabas fuera de la estación he estado pensando en el accidente y todo lo que ocurrió durante el mismo. No quisiera inmiscuirme en tu trabajo, eres Andis y no tengo derecho a decirte lo que debes hacer, pero también somos amigos desde niños y como Boitade, no como Pactor, me gustaría hablar a Boidabeko, no a Andis.

— Adelante, Boitade. Dime.

— En primer lugar, ¿te has preguntado que ocurrió en el accidente?, mejor dicho, no qué ocurrió, sino por qué.

— ¿Qué quieres decir?.

— Permíteme reconstruir el accidente. Sabes exactamente lo que pasó, pero a mí me gustaría conocer algunos porqués. Primero se sueltan los anclajes que sujetaban la lanzadera tripulada por Miro. ¿Por qué?. ¿Acaso Miro los soltó manualmente, o hizo que el ordenador los soltara, o se soltaron por algún otro motivo?. Me pregunto si fue un accidente o algo intencionado.

— ¿Intencionado?. Pero... ¿estás loco?. ¿Como puedes pensar que alguien quisiera provocar un accidente?. Y ¿¡matar a Kander!?...

— Sería inconcebible, y no digo que fuera a propósito, pero sí digo que "alguien" ordenó soltar los anclajes en el momento más inoportuno.

— Imposible. Nadie puede pensar siquiera algo en contra de los Mandamientos Kander. Es imposible. Boitade, olvida esa idea.

— Está bien. — respondió Pactor tras unos segundos — De todas formas déjame seguir unos minutos. Cuando la lanzadera comenzó a flotar en el espacio creo que tú fuiste el primero en darse cuenta de ello. Al menos fuiste el primero que gritó por la radio intentando avisar a Miro del peligro. Y tu voz hacía pensar que estabas bastante alarmado. ¿No fue así?.

— No. En realidad estaba aterrorizado. Cuando vi que la lanzadera se dirigía en línea recta hacia la nave, pensé que Kander iba a morir. Y entonces sentí el Terror.

— Espera, Boidabeko, ¿sentiste el Terror antes de gritar o simplemente te asustaste y el Terror vino unos segundos después?.

— Estaba aterrado ya antes de gritar, pero unos segundos después sentí el Terror mucho más intenso. ¿A dónde quieres llegar?.

— A donde quiero llegar es a lo siguiente: Cuando viste que la lanzadera se iba a estrellar contra la nave sentiste terror, pero fue un terror natural y lógico por la seguridad de Kander. Prueba de ello es que ni yo ni ninguno de mis hombres sentimos el Terror hasta unos diez o quince segundos después de que tú gritases.

— Puede ser, pero...

— Lo que quiero decir es que Kander debió notar tu terror, entonces examinó lo que ocurría a su alrededor y vio que iba a morir, y entonces... ¡se Aterrorizó!

— ¡No digas tonterías!. Kander no puede sentir miedo de nada.

— ¡Todos tememos a la muerte!. Estoy seguro de que Kander también debió sentir miedo a morir.

— Pero...

— Lo que sentimos ¡no fue un ataque del Enemigo!. Fue el Terror que sintió Kander y que nos lo transmitió a todos nosotros tal como a veces nos transmitía otros sentimientos.

Andis estaba alarmado. Intentaba pensar sobre lo que Pactor estaba diciendo. Ya le costaba imaginar el hecho de que el accidente podía deberse a un descuido de alguno de los tripulantes de la lanzadera y, al estar éstos bajo sus órdenes, la responsabilidad sería en parte suya. Pero admitir que su grito de alarma podía ser la causa directa de la muerte de Kander era más de lo que se veía capaz de imaginar. ¿Él causa de la muerte de Kander?. No, inconcebible. Debía haber otra explicación. Era evidente que Lodren, Diren y Kestar habían reconocido el Terror como el mismo que sintieron siendo niños y en aquella ocasión había sido provocado por el Enemigo. Lo más lógico era pensar que si era el mismo tipo de sensación tenía que tener la misma causa: el Enemigo.

Por otro lado la forma en que habían ocurrido las cosas se ajustaban también con una irrefutable lógica a la explicación que había dado Pactor, y el Terror que sintieron pudo no ser provocado por un Enemigo que no había vuelto a dar señales de su existencia desde hacía cuarenta y dos años, sino por el mismo Kander al comprender que iba a morir. Pero entonces Lodren, Diren y Kestar, los tres únicos mayores que había en la expedición una vez muerto Karel, estaban equivocados. Ellos habían afirmado que el Terror era el mismo que sintieron cuando eran niños y Kander les salvó. ¿Podían todos ellos haberse confundido?. ¿Por qué no se salvó ningún adulto que hubiese podido darles información más detallada acerca del Enemigo?. No servía de nada pensar en lo que hubiera pasado "si...". El caso era que sólo habían sobrevivido algo más de tres mil niños de entre tres y cinco años. Esa fue la primera generación, los mayores. Y gracias a que también se salvaron algunas madres pudo existir la segunda. Pero incluso las madres tenían esa edad cuando fueron atacados por el Enemigo.

Ni siquiera se atrevía a pensar en la segunda idea sugerida por Pactor. ¿Podía su grito haber alarmado a Kander lo suficiente para...?.

¡No!. Imposible. Él no era responsable, no podía ser el causante de la muerte de Kander.

— Pactor, estás equivocado. Tienes el testimonio de todos los mayores que han identificado el Terror como idéntico al que sintieron cuando eran niños, cuando el Enemigo destruyó a los Antepasados.

— Pero, Boidabeko, recuerda que ninguno de nosotros creyó de pequeños los cuentos que nos contaban los mayores. De hecho, Kander tuvo que prohibir...

— ¡No eran cuentos!. Quizás nos reíamos de esas historias, pero sabíamos que eran ciertas. Pactor, no sé a dónde quieres llegar, ni quiero saberlo. Kander ha muerto debido a un accidente provocado por un ataque del Enemigo. No hay ninguna otra explicación posible y no permitiré que difundas entre los hombres ideas equivocadas. Olvida este absurdo asunto y no vuelvas a comentarlo con nadie. Es una orden.

Pactor estaba sorprendido. Había pensado que podría convencer a Andis de que los mayores se habían equivocado al interpretar el ataque de Pánico, pero no imaginó que éste reaccionara de una forma tan terminante. Intentó encontrar más argumentos pero tenía la sensación de que los argumentos no conseguirían nada contra la insólita y recalcitrante actitud que acababa de demostrar Andis.

— Andis, quizás estoy equivocado. Lamento haberte alarmado pero creo que deberíamos investigar al menos...

— No hay nada que investigar. Hemos sufrido un ataque del Enemigo que ha provocado la muerte de Kander. Aparentemente el Enemigo ha vuelto a irse y no ha pasado nada más. No hay que buscar más explicaciones. Reúnete con tus hombres y continua la búsqueda.

— Sí, Andis.

Mientras contemplaba a Pactor alejarse intentó recapacitar sobre lo que éste había dicho. Mientras más pensaba en ello más se convencía de que no podía ser. Él no podía ser el responsable.

Intentó reconstruir aquellos momentos terribles desde que contempló la lanzadera flotando a la deriva en dirección a la nave. Su grito podría haber asustado a cualquier hombre que lo hubiera oído, pero no a Kander. ¡No a Kander!. Había sido el Enemigo, Kestar, Lodren y Diren habían reconocido el ataque. ¡No podía haber sido él!.

Mirando a su alrededor vio que se había quedado solo junto al anfiteatro. Lodren y Diren, con algunos de sus hombres, esperaban a prudente distancia.

Haciéndoles una seña, echaron a caminar hacia el edificio donde Diren había encontrado las maquetas. Por el camino intentó imaginar qué habría pasado con Remo y Chaco. Según Lodren, estaban a su lado en el momento de sufrir el ataque del Enemigo. ¿Sería posible que éste, de alguna manera se los hubiese llevado?. No. No tenía sentido. Había muchos hombres en el exterior de la estación y hubiera sido más fácil que se hubiesen llevado a alguien de fuera. Sintió un escalofrío al pensar que podrían haberse llevado a Choral. Si la segunda lanzadera no hubiera estado disponible tanto Choral como Tilo se hubieran perdido irremisiblemente en el espacio.

¡Si hubiera perdido también a Koideso...!.

Pidió al ordenador que le mostrara las constantes vitales de Choral y, tras comprobar que estaba despierto, le llamó.

— Koideso.

— Sí, Boidabeko.

— ¿Estás bien?.

— Sí. Estoy bien. Estoy vigilando mientras Draken duerme. Aún falta bastante para que llegue la carga. Draken me ha pedido que le llame dentro de unas horas.

— Dime, ¿viste algo extraño allí fuera?. Mientras flotabas en el espacio, quiero decir.

— No. Sólo sentí el Terror y unos minutos más tarde desperté al oír voces por la radio. Tilo y yo estábamos a unos trescientos metros de distancia el uno del otro y no podíamos acercarnos. Al ver que nos alejábamos cada vez más de la estación sentí miedo pero me tranquilicé al oír tu voz.

»¡Lo primero que pensaste fue en mí!

Andis guardó silencio por unos segundos. ¿Había sido así?. No conseguía recordar nada de aquellos momentos. Sabía que había temido por Choral pero no recordaba en qué orden habían sucedido los acontecimientos. No conseguía imaginar lo que habría pasado si hubiese llegado a perderle también a él.

— Cuídate.

— Sí. Tú también.

Cortó la comunicación y siguió caminando junto a Lodren y Diren. No podía dejar de pensar en lo que Pactor había comentado. ¿Podían Lodren, Diren y Kestar estar equivocados?.

— Lodren, ¿qué crees que pasó?.

Éste le miró extrañado durante unos segundos antes de responder.

— ¿No crees que pasó lo que tú mismo has explicado?.

— No lo sé. Fue la primera explicación que se me ocurrió. Durante años los mayores nos habéis metido en el cuerpo el miedo al Enemigo y al despertar imaginé que esa era la causa del ataque. Pero no lo sentí. Nací catorce años después del ataque del Enemigo y no sabía que se podía sentir... Lodren, tú estabas en la Tierra cuando aquello ocurrió. ¿Qué es lo que recuerdas?.

— Bueno, la verdad es que no puedo decirte nada de lo que ocurrió. Además, nunca me ha gustado pensar en ello. Yo era sólo un niño y apenas recuerdo...

Lodren se calló de repente y Andis le miró extrañado. Aunque seguía caminando su mirada le indicó que estaba inmerso en dolorosos recuerdos.

— Algunas veces — dijo Andis tras unos instantes de silencio — llegué a pensar que los Mayores os inventabais esta historia para asustar a los jóvenes y que estudiáramos y nos portásemos bien.

— No. — replicó Lodren saliendo de su ensimismamiento — Jamás me inventaría una historia así. Hace años hablé con otros supervivientes. Unos recuerdan ciertas cosas, otros recuerdan otras, pero el cuadro general es el mismo. Alguien atacó la Tierra hace cuarenta y dos años matando a casi toda la población del planeta. Entonces llegó Kander a tiempo de salvar a los pocos supervivientes. Destruyó al Enemigo y se quedó para criarnos. Nos enseñó todo lo que sabemos y algún día, cuando seamos capaces de sobrevivir por nosotros mismos, se irá para volver a su planeta.

— ¡Alabado sea Kander!. — exclamó Andis sintiendo un estremecimiento. Tras unos segundos de silenciosa meditación preguntó — ¿Será como ahora?.

— ¿Qué quieres decir?

— Quiero decir... Nos hemos quedado Solos. Por primera vez en mi vida no siento la presencia de Kander y es algo terrible. Me cuesta soportarlo y más aún pensar que estaremos así por varios meses. Pero cuando Kander se vaya será para siempre. ¿Crees que podrías soportarlo?.

— No lo sé. Sé que estuve Solo los primeros años de mi vida pero no consigo recordar nada de aquello. Tan sólo recuerdo al Enemigo, y después a Kander.

— Yo recuerdo algunas cosas de cuando tenía tres o cuatro años. ¿Tu no recuerdas nada de esa edad?.

— Créeme, lo que sentimos hace unas horas no fue ni la décima parte de lo que sentí entonces. Si hubieses pasado por lo mismo que yo no podrías, no querrías recordar nada.

— Si el Enemigo ha vuelto, debes recordar. Tal vez algo que has olvidado pueda ayudarnos a luchar contra él.

Lodren no respondió de inmediato. Se sumió en una profunda reflexión mientras caminaba por el césped en dirección al edificio. Unos minutos después se volvió hacia Andis.

— Pensaré en ello.

— Quiero que pienses también en otra cosa. Hace unos minutos Pactor me ha contado una teoría. El cree que lo que sufrimos no ha sido un ataque del Enemigo. ¿Crees posible que lo que hemos sentido pueda haber sido...?.

Andis no fue capaz de terminar la frase. Hubiera podido imaginar miles de razones para el ataque de Pánico que habían sentido pero sólo una era posible. A no ser que Pactor tuviera razón y Lodren, Diren y Kestar se hubieran confundido. Y eso implicaría...

No. Era evidente que Pactor estaba equivocado. Sintiéndose más aliviado decidió no comentarle a nadie las ilógicas ideas de Pactor.

Aceleró sus pasos para ponerse a la altura de Lodren, que casi le había dejado atrás, y continuó el camino hacia el edificio de cristal que ya veían ante ellos.

"Qué extraño." pensó con repentina inquietud "Cuando me he callado de repente, Lodren no me ha preguntado lo que iba a decir."

   

Perdón por la interrupción

La Ley me obliga a darte el siguiente

Aviso Legal

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle publicidad relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación.

Si continua navegando, consideramos que acepta su uso.

Si lo desea, puede Ampliar Información

Aceptar Cookies

Bienvenidos a MasLibertad | ¿Quién soy yo? | Cartas al Autor | Aviso Legal sobre Cookies