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Bienvenidos a Libertad 3: Un accidente deja a los tripulantes incomunicados con la Tierra. Lo único que pueden hacer es intentar recuperar las comunicaciones.

Creada10-03-2013
Modificada15-06-2015
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Marzo1

 

Bienvenidos a Libertad, Juan Polaino

Andis 3

Andis recuperó poco a poco el conocimiento.

Por los auriculares oía gemidos, lamentos y gritos desesperados. Intentó centrar sus ideas antes de darse cuenta de que parte de los gemidos que oía salían de su propia garganta. Tenía agarrotados todos sus músculos. Miró a su alrededor y vio que, milagrosamente, su cuerpo había quedado enganchado en el cebo tractor soldado a la superficie de la esfera. El cebo le había salvado de una caída posiblemente fatal, no porque fuera a chocar con ninguna superficie aplastándose contra ella, sino porque podría haber caído por toda la eternidad para convertirse en un nuevo satélite de la Tierra.

Intentó calmar sus nervios mirando a su alrededor, buscando algo en su entorno que le resultara familiar, algo a lo que poder asirse.

En sus auriculares comenzó a oír una voces apenas inteligibles.

— Karel, Andis, cualquiera, responded. Kander, por favor, ¿dónde estás?.

Lentamente las palabras comenzaron a traspasar las brumas de su mente. Andis era él. Karel también era un grado conocido, tenía la sensación de haber conocido a un Karel hacía mucho tiempo. Y Kander...

¿¡Dónde estaba Kander!?...

Había algo en su mente que faltaba. Un contacto, una presencia...

¡Kander!

— ¿Kander? — y, tras no recibir respuesta, repitió — ¿Kander? — intentó sentir algo en su mente, un rizo, una sensación, pero no sintió nada — ¿KANDER?... — hizo un último esfuerzo por sentirlo sin encontrar lo que buscaba — ¡¡KAAANDEEEEEER!!

Estaba Solo.

Por primera vez en su vida sentía un vacío en su mente allá donde una presencia, a veces severa, a veces amable, pero siempre familiar, le había acompañado a lo largo de toda su vida.

Por los auriculares oía los gritos desesperados de cada vez más hombres que, conforme se iban recuperando, llamaban a Kander suplicando una respuesta. Pero ninguna respuesta les llegaba para calmar el terrible silencio que atronaba en el interior de sus mentes.

Kander no estaba con ellos.

Lentamente tomó conciencia de sí mismo y de cuanto le rodeaba. Intentó ponerse en pie pero casi perdió el equilibrio por lo que tuvo que volver a agarrarse al cebo tractor y permanecer de rodillas durante unos minutos.

Mirando a su alrededor vio que todos los hombres de la cordada estaban atados aún por las cuerdas que los unían entre sí. La cordada estaba enrollada alrededor de la torre a la que daba varias vueltas. Esa había sido su salvación. Sin duda algunos hombres de los que ya estaban en la superficie habían permanecido firmes sobre la esfera y el resto de la cordada se había enrollado en la torre mientras ésta giraba sobre sí misma.

De los dos hombres que habían salido a ayudarle a poner el cebo tractor no había ningún rastro.

— Koideso..., ¡Koideso!, ¿estás bien?.

— ¡Andis, menos mal!. Tilo y yo hemos caído al vacío y estamos a varios kilómetros de la estación, alejándonos. ¡Tienes que venir a rescatarnos!.

— No te preocupes, iremos a recogeros en cuanto podamos. — dijo Andis intentando convencerse de que podrían rescatar a Choral.

Mirando hacia el horizonte, intentó localizar la nave.

Allí estaba, flotando a la deriva sin ningún control, girando y alejándose lentamente de la estación.

Los gritos hacía rato que habían cesado y sólo se oía de vez en cuando algún débil lamento.

Pidió al ordenador que abriese todos los canales de radio.

— Silencio todos. — reclamó — Soy Andis. — una algarabía de voces aterradas comenzó a hablarle, todos a la vez, sin que pudiera reconocer ninguna — He dicho ¡SILENCIO!.

— Andis, soy Torio. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde está...?

— ¡¡SILENCIO!! ¡Oídme todos! Responderéis cuando me dirija a vosotros, no antes. Estamos en situación de emergencia y hay vidas en peligro que deben ser salvadas. Hasta entonces, y mientras no aparezca Karel, estoy al mando. Draken ¿estás ahí?.

— Sí, Andis.

— ¿Está bien la lanzadera?.

— Sí.

— ¿Cuánto tiempo ha pasado desde... la emergencia?.

— Ocho minutos.

— Rastrea el espacio a nuestro alrededor. Informa de todo lo que veas en el radio de alcance del radar.

— La estación. La nave está a mil doscientos metros de distancia alejándose a unos dos metros por segundo. A tres mil metros de distancia dos cuerpos se alejan a cinco o seis metros por segundo.

— Son los hombres del equipo de Pactor que salieron a poner el cebo tractor. ¿Hay alguien más flotando en el espacio?.

— No, Andis.

— Acércate con la lanzadera a recogerlos. Los que están en la cordada... ¿Quién es el oficial de mayor grado?.

— Yo. — dijo uno de ellos sin identificarse.

— Organiza a los hombres que estén más cerca de ti para que vayan recogiendo a los que están en la pared de la torre. Tendréis que caminar alrededor de ella para desenredar este lío, pero que nadie se suelte de la cordada hasta estar bien asegurado en la superficie. Lodren, informa.

— El desintegrador se desactivó automáticamente al soltar los mandos y no se ha producido ningún daño en la esfera. Dos de mis hombres han desaparecido, sus radios han dejado de funcionar y no se les ve por ningún lado.

— ¿Alguien los ha visto?. — al no recibir respuesta, volvió a preguntar — ¿Dónde estaban la última vez que los viste, Lodren?.

— Estaban a unos diez o veinte metros de mí, pero ahora no se les ve por ningún lado.

— ¿Es posible que hayan caído ante el desintegrador?.

— Imposible. Lo solté nada más sentir el ataque del...

— Está bien. Ya los buscaremos más tarde.

No quería que dijese lo que temía que iba a decir. No, hasta que los hombres se tranquilizaran un poco. Sólo faltaba que cundiera el pánico entre ellos aunque ¿qué otra cosa podía ser lo que sintieron?.

— Pactor, informa.

— Nada que informar, Andis. Mis hombres y yo estamos junto a la orilla sur del río. No hay nadie herido.

— Torio.

— Nada que informar. ¿Qué ha pasado?

— Luego. Diren, informa.

— Nada que informar.

— Bien, parece que todos estamos más o menos bien. Pactor, prosigue el camino hacia la torre sur. Diren, sigue vigilando las posibles fugas de aire de la torre. Lodren, ¿Cuánto tiempo tardarás en terminar de generar todo el aire de la estación?.

— Lo mismo que antes. Unas seis horas.

— ¿Alguien tiene aire en su traje para menos de seis horas?. ¿No?. Entonces, Lodren, termina de hacer tu trabajo.

— Lodren, espera. — interrumpió Pactor — Andis, unos treinta segundos después de comenzar Lodren a usar el desintegrador nos vimos rodeados de una densa nube de polvo que hacía imposible orientarse. No creo que podamos llegar a la torre sur en estas condiciones. O Lodren espera a que nosotros lleguemos o nosotros esperamos a que él termine. Calculo que tardaremos unos treinta minutos en llegar.

Andis se sintió frustrado. Los planes que habían hecho antes de la exploración habían sido estudiados exhaustivamente para que no contuvieran fallos. Pero intentar ejecutarlos en la mitad de tiempo había sido una locura. ¿Por qué Kander había querido acelerar las cosas?.

¿Por qué no había enviado a Diren a inspeccionar la torre sur?.

Sabía por qué. Nunca le había gustado Diren. Era el hombre más frío e introvertido que había conocido nunca.

Para colmo, desde que habían llegado a la estación, Diren se había comportado de una forma extraña, tal como nunca había actuado antes. Cierto que en algunos momentos había tenido aciertos sorprendentes, casi milagrosos, pero ¿cómo se había atrevido a pararse a investigar en un edificio cuando tenía órdenes expresas de dirigirse a la torre sur?. Afortunadamente su desobediencia les había conducido a adquirir gran cantidad de conocimientos sobre la estación antes de lo que esperaban, por eso había decidido aplazar la amonestación que sin duda merecía.

¿Qué debía hacer?. Si la nave había quedado destruida no quedaría más material para enviar a la estación. Entonces no había prisa en explorar la torre sur.

— Pactor, refúgiate con tus hombres en algún edificio. En cuanto estés a cubierto avisa a Lodren para que prosiga su trabajo.

— Sí, Andis.

— Draken, informa.

— Andis, he recogido a los dos hombres que cayeron de la esfera. Ahora me dirijo hacia la estación.

— No. Dirígete hacia la nave y recógeme por el camino.

Varios hombres lo miraron extrañado mientras Andis se agarraba a la cuerda que había estado tendida entre la lanzadera y la torre y se deslizaba por ella hasta su extremo. Al alcanzarlo, a unos cien metros de la torre, se quedó esperando a que el movimiento de rotación le llevase a la tangente que pasaba por la nave y soltó la cuerda desconectando también las botas magnéticas. A unos cincuenta kilómetros por hora se alejó de la estación en una línea recta que le haría pasar casi rozando la nave que flotaba a la deriva.

No pudo evitar que su cuerpo fuese girando sobre sí mismo por lo que tan pronto se encontraba mirando a la nave como a la estación, pero al menos pudo comprobar que había acertado en el momento exacto en que tenía que separarse de la torre.

A pesar de todo se sintió aterrorizado. Si Draken no pudiera recogerle...

¿Cómo había sido capaz de cometer esta locura?.

Deseaba llegar a la nave cuanto antes, tanto que ni siquiera se paró a pensar en las consecuencias de un posible fallo de Draken.

— ¿Hay alguien en la nave? — llamó — ¿Karel?, ¿Miro?...

No conseguía recordar el nombre de los otros cinco hombres que habían quedado en la nave, pero no le cupo duda de que si no estaban inconscientes estarían muertos.

Como Kander.

Flotando en el vacío, girando lentamente sobre sí mismo y observando cíclicamente la estación que se alejaba, y la nave y la lanzadera que se acercaban a él, se preguntó qué podrían hacer si la nave no funcionaba y no podían utilizarla para regresar a la Tierra. Habían tardado más de un año en construirla. Aunque gran parte del tiempo se empleó en el diseño y la corrección de errores, se necesitarían al menos seis u ocho meses para construir otra. ¿Podrían sobrevivir en la estación durante todo ese tiempo?. ¿Podrían ser capaces de rescatarse ellos mismos?.

¿Podrían soportar la Soledad?.

Nunca había estado Solo. No conocía a nadie que lo hubiese estado a excepción de los mayores, antes de la llegada de Kander. Sabía que éstos a veces tenían pesadillas, y aunque no era correcto preguntarlo, más de una vez había tenido la tentación de preguntar a Lodren cómo eran esas pesadillas. Lo que no hubiera sido capaz de imaginar, desde luego, era la sensación de vacío que sentía en su mente, un vacío que era más tenebroso que el vacío que le rodeaba pues éste al menos lo podía entender, era la ausencia de materia. Pero el vacío que sentía en su mente era como la ardiente cicatriz dejada por la extirpación de un miembro cuya existencia había ignorado hasta ahora.

Kander.

La lanzadera se colocó a su lado, igualó su velocidad y se acercó con lentitud. Al llegar a unos metros de distancia Andis cogió del cinturón un anclaje magnético y lo dirigió hacia ella. Con ello consiguió frenar levemente su giro y acercarse a la abierta compuerta desde la que las manos de Choral y Tilo le asieron suavemente para ayudarle a hacer pie en el interior de la cabina de carga.

— Choral, me alegro de verte a salvo. — dijo Andis. Después se fijó en el número que había sobre el casco del otro. — Koisebo. ¿Cuál es tu grado?

— Tilo, Andis.

— Bien. Draken, — dijo dirigiéndose al piloto — ¿cuáles son los daños de la nave?.

— Está completamente destrozada, Andis. La lanzadera de Miro se estrelló justo al lado del hangar. En la sección donde estaban las habitaciones de Kander. El choque debió hacer explotar el metano y el hidrógeno de su atmósfera reventando el resto de la nave. Detecto restos de la lanzadera flotando en el espacio y... — tras unos segundos de vacilación añadió — ...y de Kander.

— Enfoca las cámaras hacia la nave.

Draken así lo hizo. Ésta se acercaba girando lentamente en el espacio en medio de una tenue neblina.

— ¿Qué es eso? — preguntó Andis señalándola.

Tras teclear unas órdenes en su terminal, Draken explicó.

— Metano. Hidrógeno. Amoníaco. La atmósfera de las habitaciones de Kander.

Un tenso silencio se abatió sobre ellos mientras la lanzadera seguía acercándose a la nave.

Cuando llegaron lo bastante cerca, Andis pidió a Draken que mantuviera una posición estable justo sobre el eje de rotación.

— Choral y Tilo, formad una cordada conmigo en cabeza. Vamos a abordar la nave.

Tras extraer de su cinturón unos veinte metros de cable cada uno, Choral enganchó el suyo a una eslinga en el cinturón de Andis mientras Tilo enganchaba el suyo al de Choral.

Andis enganchó su cable a un arpón magnético y lo disparó hacia la nave. El cable fue desenrollándose del torno de su cinturón hasta chocar con la nave, a unos treinta metros de distancia.

Tras hacer funcionar su torno, esperó hasta que el cable se tensara y desconectó las botas. Salió de la lanzadera a medio metro por segundo seguido por Choral y Tilo.

Observando la nave que giraba lentamente ante él, sintió de nuevo una fuerte opresión en la garganta. Nada de lo que había experimentado en las salas de entrenamiento Kander le había preparado para lo que estaban haciendo.

Nunca se supuso que tendría que moverse en caída libre, por eso lo más que había practicado en las salas de entrenamiento había sido caminar por paredes y techos en condiciones de ingravidez. Los pilotos habían sido entrenados para saltar y desplazarse por el interior de la sala sin recurrir a anclajes ni botas magnéticas y Andis, en las pocas ocasiones en que los vio entrenarse, había admirado la forma en que eran capaces de moverse, pero agradeciendo al mismo tiempo no tener que realizar tan extraños ejercicios.

Nada más poner el pie en la superficie de la estación se llevó la desagradable sorpresa de que caminar sobre ella no era igual que hacerlo por las paredes de las salas de entrenamiento. No sólo por el desconcertante giro del firmamento sobre sus cabezas, sino porque la escasa pero apreciable fuerza centrífuga que variaba de intensidad según se acercaban o alejaban a las torres, descompensaba todos sus esfuerzos haciéndole sentir constantemente que había algo equivocado en el universo que le rodeaba. Tarde o temprano se acostumbraría, pero ojalá Kander le hubiese sometido a una batería más extensa de entrenamientos, con desplazamientos en campos gravitacionales de intensidad variable. Si Kander lo hubiese hecho así...

Alcanzó el casco de la nave y fijó un nuevo anclaje antes de volverse hacia Choral y Tilo para ayudarles a hacer pie en la superficie.

La puerta más cercana se encontraba a unos veinte metros de distancia, invisible tras la curvatura del casco. Andis caminó por la superficie asegurándose de fijar siempre un pie antes de levantar el otro. No quería correr el riesgo de cometer torpezas como las que había cometido en la estación. Llegó junto a la puerta y accionó la palanca que liberaría los cerrojos. Empujó hacia dentro para pasar al interior. Choral y Tilo, que le seguían de cerca, entraron tras él.

Las luces no funcionaban ni había aire en la nave.

Aún unidos por las cuerdas de sus cinturones, caminaron por los ingrávidos pasillos hacia las habitaciones de Kander. Andis no sabía bien porqué, quizás esperaba que quedara un leve aliento de vida en él.

Kander no estaba allí.

De pie en la antesala de las habitaciones de Kander, separados de ellas por una resquebrajada pared de ceraplás tras la que debían estar sus restos, intentaron sentir la familiar presencia en sus mentes. Choral incluso se sentó en uno de los sillones y acercó su cabeza a la placa que había en el respaldo intentando captar algo aunque sabía de antemano que ya no había nada que captar.

— Andis, soy Torio. — oyó a través de su radio — ¿Está Kander ahí?.

Éste se sorprendió al darse cuenta de que en la confusión provocada tras el accidente había olvidado cerrar los circuitos de radio.

Intentó hablar, conservar una esperanza no sólo para sus hombres sino también para él mismo. Todos estaban pendientes de sus palabras. Incluso Lodren había detenido el desintegrador para oír su respuesta.

¿Cómo podía decirles que estaban Solos?

¿Cómo podrían enfrentarse al hecho de que tendrían que estar Solos hasta que pudiesen volver a la Tierra?.

¿Cómo podía decirles que, tanto si intentaban regresar por sus propios medios como si esperaban un rescate, tendrían que pasar varios meses antes de que volvieran a sentir la presencia de Kander?.

— Lodren, continúa tu trabajo. Torio y todos los demás, seguid con vuestras misiones hasta que regresemos. Entonces hablaremos.

No hubo contestación a sus órdenes. Al cabo de unos segundos volvió a oír por la radio el sonido del desintegrador que reanudaba su trabajo.

— Vamos. — dijo cerrando la radio y dirigiéndose a Choral y Tilo — Debemos ver si queda alguien vivo en la nave y si podemos dirigirla de regreso hacia la estación.

Caminaron por silenciosos pasillos, sorteando vigas, escombros y otros obstáculos, hasta llegar a la que había sido la sala de mandos. Varios cadáveres flotaban junto a las paredes, el techo y el suelo de la sala. La sangre les había brotado de todos sus orificios, nariz, oídos, ojos, al verse sometidos al vacío del espacio. Las paredes estaban cubiertas de sangre, e incluso se veía un brazo arrancado en la explosión que parecía llamarles desde un rincón de la sala.

Las consolas estaban destrozadas y no sería posible desde ellas dar ninguna orden a la nave. El cuerpo de Karel, retorcido bajo su asiento, se había librado de lo más duro de la explosión que había destrozado la nave, pero su cara estaba cubierta de la sangre que, hirviendo al ser su cuerpo expuesto al vacío, había reventado las venas de sus pulmones, garganta y fosas nasales congelándose después sobre su rostro.

Andis se inclinó sobre su cuerpo.

— ¡Kander, por favor, otra vez no!. — suplicó en un susurro conteniendo a duras penas las lágrimas.

Nadie pudo oír sus palabras dentro del traje espacial pero sintió la mano de Choral posarse sobre su hombro.

Intentando sobreponerse, se irguió para contemplar por última vez la sala de mando.

— No podemos hacer nada aquí. Vayamos al hangar.

Volviendo sobre sus pasos se dirigieron hacia aquél, y a través de la compuerta pudieron ver, durante un segundo, la Tierra, brillando azul en medio del espacio.

— Draken, ¿a qué distancia estamos de la estación?.

— A unos doce kilómetros.

— Los mandos de la nave han sido destruidos. ¿Crees que sería posible remolcarla hasta las cercanías de la estación con la lanzadera?.

— Imposible, Andis, ya lo he calculado. No sólo por la diferencia de masas y la limitación de combustible, sino también por la rotación de la nave. Si consiguiera engancharla con un cable, éste se enrollaría en la estación en cuestión de minutos arrastrándome hasta hacerme chocar con ella. Si lo enganchara justo en el eje de rotación, al tirar del cable hacia la estación la precesión del eje impediría controlar la dirección del vuelo. Y aún así no tendríamos combustible suficiente para devolver la nave a la misma órbita de la estación. Y la situación empeora. La nueva órbita de la nave la alejará en dirección a la Luna. No chocará con ella pero en su perigeo pasará a unos treinta mil kilómetros de su superficie. Desde allí se desviará, aún no puedo calcular en qué dirección. Probablemente acabe siendo un satélite de la Luna hasta que la masa de la Tierra deforme lo suficiente su órbita para que acabe estrellándose contra una de las dos. No volveremos a encontrarnos con la nave.

— La parte de los almacenes no parece muy dañada. Intentaremos sacar algunos depósitos de combustible y el material que podamos. Conforme los arrojemos por la compuerta del hangar irás pescándolos con anclajes.

— Sí, Andis. Dos cosas: sólo tengo cuatro anclajes, y según la masa que tenga que remolcar no deberíamos alejarnos más de treinta o cuarenta kilómetros.

— ¿De cuanto tiempo disponemos?.

— Dos o tres horas. Os avisaré cuando lleguemos al límite de masa que podamos remolcar.

Desenganchar uno de los depósitos de combustible les llevó más de una hora de duro trabajo. Cuando por fin lo consiguieron el tanque se desprendió lentamente del costado de la nave en rotación.

Draken lo pescó con un cable e impidió que se alejase más de la nave, pero al hacerlo tuvo que dar a la lanzadera un leve movimiento lateral, para que la rotación mantuviera tenso el cable, alejando el tanque de la lanzadera.

Andis, Choral y Tilo, tras descansar durante unos minutos, procedieron a seleccionar el material que habían de llevarse a la estación y meterlo en varios depósitos de herramientas.

Una hora más tarde habían recogido suficientes alimentos para sobrevivir durante un par de semanas, varios fermentadores de alimentos y muchas herramientas que les permitirían hacer parte del trabajo para el que habían sido enviados.

Cuando lo tuvieron todo preparado Andis fue a dar un último vistazo al almacén. Tomó algunos anclajes y cuerdas más y se quedó contemplando los restos.

Allí estaban los recicladores de metano y amoníaco, las cuñas gravitacionales, los generadores de microondas, destinados todos a las habitaciones de Kander.

Andis estuvo sopesando si debían llevarlos de todas formas, pero decidió que ya no hacían falta y, al acordarse de Kander, sintió un nudo en la garganta.

En el silencio del vacío espacial, una nave giraba sin rumbo. Su órbita le haría dar vueltas a la Luna en una órbita inestable que acabaría por hacerla chocar tarde o temprano con su superficie.

En su interior los restos de siete cadáveres permanecerían congelados para siempre. Seis hombres y un kander, que estarían en ese ataúd espacial durante toda la eternidad. El cuerpo de Miro, ¿quién sabe donde estaría?.

Andis casi envidió a los que habían muerto. Ellos no tendrían que soportar el estar Solos durante varios meses hasta que pudieran volver a la Tierra. Pero él, todos sus hombres

(sus hombres)

tendrían que soportarlo.

Preguntándose cómo podrían hacerlo, cogió la caja con las herramientas que había escogido y salió al hangar.

Una a una ataron las cajas entre sí, lanzándolas luego por el portón. Ya en el espacio, Draken les lanzó un arpón y, maniobrando con cuidado, consiguió que las cajas no chocasen demasiado bruscamente contra el tanque de combustible.

— Bien, Draken, ven a recogernos. — dijo Andis.

— En seguida, Andis.

En lugar de acercarse a la nave, Draken aceleró los motores para conseguir mayor velocidad de rotación. Esperó a que la trayectoria tangencial de la carga pasara cerca de la estación y entonces soltó los enganches.

Andis comprendió de inmediato lo que había hecho Draken. Sin duda habría calculado la velocidad de la carga con la suficiente precisión para que le diera tiempo de recogerlos a ellos, llegar a la estación y volver a repescarla. Esperaba que al menos no habría enviado la carga directamente a la estación, sino a una distancia prudencial de ella.

De nuevo atados entre sí, saltaron por la puerta del hangar y unos minutos más tarde penetraban por la de la lanzadera.

— Draken, te felicito. — dijo Andis — Ha sido una excelente idea. ¿Cuánto tiempo tardará en llegar la carga?.

— Unas ocho horas y media. No quería que tardara tanto pero la masa que tenía que manejar era muy superior a la de la lanzadera y para conseguir más velocidad hubiera tenido que consumir demasiado combustible, lo mismo que luego para detenerla. Puedo dejaros de nuevo en la estación y, si me lo permites, me gustaría descansar unas horas hasta que llegue la carga.

— Bien. Choral sabe algo de navegación, se quedará contigo. Enséñale todo lo que puedas en el menor tiempo posible, no tenemos más pilotos.

— Y ¿después?.

¿Después?. Tardó un rato en comprender la pregunta. ¿Qué iban a hacer después?.

— No lo sé.

   

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