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Bienvenidos a Libertad 2: Se inician los trabajos de exploración y reparación de la Ciudad Espacial.

Creada09-03-2013
Modificada15-06-2015
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Mayo4

 

Bienvenidos a Libertad, Juan Polaino

Andis 2

— Las condiciones de habitabilidad son bastante buenas. La estación parece encontrarse en perfecto estado salvo en lo que se refiere a iluminación, atmósfera y temperatura. En los datos que hemos analizado hemos visto tres cristales rotos en los ventanales por los que sin duda se escapó todo el aire de la estación. No hemos averiguado el método de iluminación que tenían sus habitantes, aunque aparentemente la luz se filtraba por dichos ventanales generada probablemente por lámparas láser situadas en el interior del escudo cónico que rodea la estación.

Lodren comunicaba todo esto a Karel haciéndole un resumen del informe que había hecho el ordenador a partir de los datos enviados por Andis.

— ¿Piensas que tenemos capacidad para hacerla habitable de nuevo?.

— La iluminación no es problema. Podemos instalar lámparas en los dos polos, que nos darían suficiente luz para trabajar sin linternas hasta que fuésemos capaces de hacer funcionar de nuevo la iluminación original de la estación. El aire tampoco. Por los análisis efectuados hemos deducido que será fácil extraer oxígeno y nitrógeno del mismo terreno base de la esfera. Pero no hay hidrógeno suficiente para fabricar el agua que se necesitaría durante varios meses.

— El agua se puede reciclar.

— Sí, pero siempre se pierde algo en la evaporación, y esa pérdida será superior en sólo un mes a las existencias de hidrógeno que hemos traído para nosotros. En el próximo viaje habrá que traer más hidrógeno.

— ¿Y la temperatura?

— Muy baja. Necesitaríamos al menos veinte calefactores como los que hemos traído para calentar tal cantidad de aire, y sólo tenemos cinco. Podríamos usar uno de los motores de la lanzadera como calefactor, siempre que encontremos la manera de introducirlo en la esfera.

Karel se sorprendió ante la idea. Siempre le había asombrado la manera que tenía Lodren de encontrar las soluciones más disparatadas a los problemas más aparentemente insolubles. ¿El motor de una lanzadera?.

— Los antiguos habitantes debían calentar el aire de alguna forma. ¿No hay indicios de cómo podrían hacerlo?.

— En el polo sur de la estación hay varios edificios bastante grandes, es posible que alguno de ellos sea una planta de calefacción de aire. Necesitaremos más hombres para hacer una exploración a fondo. También sería posible que estuvieran en las estructuras del final de la torre norte aunque me inclino a pensar que no, pues se necesitarían dos conducciones de varios metros de diámetro para hacer circular el aire, y en las películas enviadas por Andis no hemos visto tuberías tan gruesas. Personalmente pienso que debían calentar el aire de alguna otra forma, quizás rayos infrarrojos o algo así. No sé pero sigo pensando que ha sido una estupidez por parte de los Antepasados poner esos escudos alrededor de la esfera. Si no fuera por ellos, la esfera recibiría más radiaciones solares y no sería tan fría. Quizás pudiéramos adaptar algunos proyectores láser para que emitieran en infrarrojo, aunque consumirían mucha energía y no me fío de los efectos que puedan tener sobre la piel.

— Es posible que los Antepasados tuvieran reactores de fusión. ¿Has visto algún edificio que lo parezca?.

— No, pero si yo fuera un Antepasado, no hubiera instalado un reactor en la esfera. Mas bien lo haría en el extremo de una de las torres.

— Es posible. Andis, ¿qué opinas?. — preguntó a la pantalla donde se veía la imagen de Andis.

— No creo que los Antepasados tuvieran reactores de fusión. No hemos encontrado indicios de que supieran manejar campos de fuerza, cosa que sería necesaria para ello. Por lo que hemos visto en la estación, quizás ni siquiera sabían manipular la gravedad.

— Imposible, — interrumpió Lodren — si no hubiesen dominado las fuerzas gravitatorias no hubieran podido construir una estación tan grande. Quedaría aplastada por su propio peso antes de terminar la construcción.

— Diren opina que no la construyeron en la Tierra. Podrían haberla construido aquí directamente o quizás en una órbita geoestacionaria.

— ¿Tienes idea de la cantidad de material que hace falta para construir una estación orbital como esa?. Sí, es posible que la construyeran directamente en el espacio pero si los Antepasados no controlaran la curvatura gravitatoria del espacio hubieran tenido que traer todo ese material en cohetes propulsados por combustibles químicos. Déjame calcular un momento..., dependiendo de la capacidad de carga de los cohetes necesitarían millones de ellos, la cantidad de combustible consumido sería suficiente como para quemar toda la atmósfera del planeta, y no tenemos constancia de que haya habido nunca tal nivel de calentamiento de la atmósfera. ¡Tenían que saber controlar la gravedad!.

— Quizás supieran, — respondió Andis dubitativo — pero entonces ¿por qué no habitaron toda la superficie de la esfera?. Lodren, los edificios de la ciudad se extienden desde el ecuador hasta apenas unos quinientos metros a ambos lados, cuando podían haber dispuesto del doble de espacio de haber usado...

— Eso no tiene importancia ahora. — interrumpió Karel — Lodren y Pactor, iréis en la segunda lanzadera con el equipo necesario para generar la atmósfera de la estación. En sucesivos viajes irá yendo el resto de los hombres hasta el total desembarco. Andis, formarás cuatro equipos a las órdenes de Lodren, Pactor, Torio y Diren. Dirígelos en las reparaciones de la estación y en la exploración de todos los edificios que consideres importantes. Intenta encontrar las centrales de energía mientras Lodren genera la atmósfera de la estación, pero si no lo consigues cuando termine, olvídalo. Sólo tendrás tres días para preparar las habitaciones de Kander así que procura aprovechar bien el tiempo.

— Sí, Karel.

Éste cerró la comunicación mientras observaba a Pactor y Lodren salir de la sala de mando. Recapacitó durante unos segundos sobre todo lo que habían averiguado de los Antepasados mientras daba un último repaso a los datos que aún estaban siendo analizados por el ordenador. Poco había que añadir a lo que le habían dicho Andis y Lodren, y eso hizo que se sintiera satisfecho.

De pronto Sintió la Llamada de Kander.

Kander quería verle con urgencia.

"¿Precisamente ahora? ¿cuando tengo que organizar el desembarco de toda la tripulación?" pensó con fastidio.

Un lacerante dolor se le clavó en las sienes mientras pensaba cómo atender la repentina llamada de Kander sin desatender la operación de desembarco.

— Trikar, avisa a Draken que empiece a trasladar a los equipos de ingenieros y de mantenimiento a la estación. Informa a Andis Boidabeko de que se haga cargo de la recepción del personal en la base de la torre y que los dirija en las reparaciones.

— Sí, Karel.

Mientras Trikar Koilano comenzaba a impartir las órdenes recibidas, Karel fue hacia la puerta que comunicaba la sala de mando con el resto de la nave. Dirigióse hacia el sector donde se hallaba Kander deteniéndose un momento junto al hangar para observar los preparativos de la tripulación que iba a ir a la estación. Junto a éstos vio cómo varios hombres colocaban en la segunda lanzadera una serie de cajas con ciertos instrumentos solicitados por Andis.

Si todo iba tal como se había planeado, en cuestión de quince horas estarían casi todos en la estación, treinta horas más tarde podrían instalar a Kander, y unos días más tarde la nave sería enviada de nuevo a la Tierra para traer más hombres.

Pronto llegó a la sección de Kander. La puerta se abrió antes de que él llegase y, al entrar en la pequeña antesala, sintió incrementarse el familiar y agradable roce mental que le invadía acariciante siempre que estaba cerca de Kander.

Se sentó en uno de los sillones que había en la sala y de inmediato sintió su voz.

< . . . >

“Kander, el equipo de exploración ha posado una de las lanzaderas cerca del eje norte de la esfera. Han realizado la primera expedición según lo planeado. Han informado de las necesidades técnicas para la reparación de la estación. He ordenado la partida de los cuerpos de ingenieros y técnicos con el material necesario para dichas reparaciones. He venido a informarte según tus órdenes.”

< . . . >

“Si los informes de Andis Boidabeko son correctos, y no dudo que lo son, estaremos en condiciones de trasladarte a la estación en cuarenta y ocho horas.”

<¿ . . . ?>

“Sí, Kander. Creo que Andis ha demostrado en todas las evaluaciones unas extraordinarias dotes de adaptabilidad. Estoy seguro de que es totalmente apto para cumplir la misión que se le ha encomendado.”

< . . . . . >

“Siendo así, quizás sea conveniente que Pactor...”

< . . >

“Lodren, entonces. Las cualificaciones de Lodren son bastante altas aunque su carácter...”

Karel dejó de hablar al sentir que la atención de Kander se separaba de él durante unos segundos. De una forma inconsciente notó que estaba hablando con la Tierra y captó una creciente intranquilidad en su mente. Se preguntaba si debía continuar pero enseguida Kander volvió a hablarle.

<¡ . . . . . . . . !>

“Sí, Kander. Al momento.”

Alzándose del asiento, se dirigió hacia la puerta mientras sentía que los zarcillos de la mente de Kander se desenredaban con suavidad de la suya.

Una cierta tristeza le invadió al sentirlo.

Al cerrarse de nuevo la puerta a sus espaldas volvió a dirigirse hacia la sala de mandos. Observó de pasada el hangar vacío tras la partida de la segunda lanzadera. Miró su reloj y comprobó que había pasado más de tres horas hablando con Kander. Casi nunca estaba tan poco tiempo, pero como siempre, lo que él recordaba se podía resumir en apenas unos minutos. De hecho, Karel no era consciente de haber estado más que unos diez minutos, el resto del tiempo era una incógnita. Siempre lo era. ¿Por qué en el exterior pasaba mucho más tiempo que en el interior de las salas de Kander?. Nunca lo había entendido y tampoco tenía tiempo para pensar en ello ahora. No era capaz.

Se sentía consternado por lo que Kander le había dicho pero no podía hacer nada más que cumplir sus órdenes.

Al entrar de nuevo en la sala de mando, Trikar le ofreció un informe de la situación de los trabajos en la estación.

— Draken ha realizado ya tres viajes a la estación y regresa para recoger más personal. Andis ha formado cuatro equipos a los que dirige y controla desde la lanzadera de Miro. El primero está procediendo a reparar los cristales rotos de los ventanales. El segundo está colocando desintegradores moleculares en la cara interior de la esfera. El tercero está explorando los edificios al final de la torre norte mientras el cuarto se dirige, atravesando la ciudad, hacia el polo sur de la estación.

— Bien. Informa a Andis que he regresado de hablar con Kander. El plazo para completar las habitaciones de Kander será de veinticuatro horas.

— Perdón, Karel, creí que el plazo era...

— Kander ha cambiado el plazo. — respondió Karel irritado — Comunícame con Andis.

Al reclinarse en su asiento contemplando las pantallas mientras Trikar llamaba a Andis, Karel lamentó haberse irritado.

Le costaba trabajo creer lo que Kander le había contado.

Andis Boidabeko asustado, casi aterrorizado, irritándose sin motivo aparente con Diren y cometiendo torpezas inexcusables que habían puesto en peligro su propia vida así como el éxito de la misión.

Si esto era cierto, tendría que vigilarlo bien de cerca. Se podía tolerar un fallo ocasional, todo el mundo se equivocaba, pero, según Kander, Andis había cometido varios errores, algunos bastante graves, en el transcurso de la expedición. Muy a su pesar, estuvo tentado de destituirlo de inmediato para colocar en su puesto a Pactor, pero Kander afirmó que preferiría a Lodren. De repente Kander recibió una llamada desde la Tierra. Cuando volvió a hablar con él, ya no estaba interesado en seguir hablando de Andis. Ordenó a Karel que tuviese listas sus habitaciones en el interior de la esfera en menos de veinticuatro horas y lo despidió con urgencia, olvidando aparentemente el tema del que habían estado hablando.

Lo más importante, desde luego, era obedecer las órdenes de Kander pero vigilaría estrechamente a Andis a partir de ahora.

* * * * *

Andis se encontraba en la lanzadera controlando desde ella al personal que se hallaba trabajando en el interior de la estación. Había recibido a la lanzadera pilotada por Draken y distribuido al personal en las diferentes tareas que había que realizar. Los primeros que llegaron fueron Lodren y varios de sus hombres con un desintegrador molecular. En el segundo viaje llegaron más hombres de los que Andis puso siete bajo el mando de Torio para que fuesen a reparar los cristales de los ventanales rotos y los cuatro restantes se los asignó a Diren para que fuese a explorar la torre sur y comprobar si había posibles puntos de fuga de aire. En el tercer viaje llegó Pactor con su equipo de ingenieros. Andis acababa de enviarlos a investigar los edificios de la torre norte en una misión similar a la de Diren.

Aún no habían averiguado cómo solucionar los problemas del frío y del agua pero al menos las primeras reparaciones ya se estaban realizando.

— Torio, informa.

— Andis, hemos condensado y colocado ya el primero de los cristales. En este momento nos dirigimos hacia el segundo cristal roto caminando sobre la superficie de los ventanales. El terreno está muy inclinado y es bastante resbaladizo, pero la pseudogravedad es de sólo un tercio de la terrestre por lo que no cuesta casi ningún trabajo caminar, incluso sin utilizar las botas magnéticas, sobre los marcos metálicos de las ventanas.

— ¿Qué se ve a través de ellas?.

— Prácticamente nada. Estando la esfera totalmente iluminada es difícil ver gran cosa a través de los cristales, pero Diren ha sugerido la posibilidad de que las proyecciones cónicas que hay en el exterior sean en realidad espejos destinados a reflejar la luz del Sol hacia el interior de la estación a través de los ventanales. Te sugiero que informes al ordenador de esta hipótesis aunque no confío mucho en ella. Si fuera cierto, el Sol debería estar alineado con el polo sur, y en realidad está situado en el plano del ecuador. Más bien pienso que son escudos contra las radiaciones solares y los meteoritos.

— De todas formas es interesante. Informaré al ordenador sobre esa hipótesis. ¿Cuánto tardarás en reparar los dos cristales restantes?

— En este momento llegamos al segundo. Habrá que limpiar los trozos que han quedado prendidos en el marco, hacer un molde magnético con la forma exacta de la ventana, condensar el cristal en dicho molde y hacer que se enfríe con suficiente lentitud para no quebrarse con el cambio de temperatura. Unos quince minutos. Pero el otro cristal está en el extremo opuesto de la estación, en el otro ventanal. Tardaremos una media hora en llegar y otros quince minutos en repararlo.

— ¿Cual es la causa de la rotura de los cristales?.

— No estoy seguro. Creo que lo más probable es que se deba a micrometeoritos que han rebotado en el interior de los escudos golpeando después en los cristales.

Otra hipótesis. El ordenador va a tener bastante trabajo, pensó Andis mientras observaba a los técnicos limpiando el borde de las ventanas.

— Torio, antes de poner este cristal ata una de tus cámaras a una cuerda y déjala caer por la ventana. Abre al máximo el angular y veremos lo que el ordenador saca en claro.

— Sí, Andis. — dijo Torio mientras procedía a quitarse la cámara del casco. — ¿A qué distancia la descuelgo?.

— A la máxima que puedas. El escudo está al menos a trescientos metros en vertical desde el punto en que te encuentras. Así sabremos si las hipótesis de Diren o las tuyas son ciertas.

Mientras Torio iba descolgando la cuerda, Andis vio cómo la cámara parecía dar vueltas alocadamente al caer junto a una inmensa pared redonda cuyo horizonte se iba alejando cada vez más. Dio unas instrucciones al ordenador para que eliminase los movimientos ocasionados por el balanceo y la rotación de la cámara y entonces pudo observar lo que Diren ya había adivinado.

Espejos para iluminar la Ciudad EspacialEspejos.

En algunos de ellos se veían breves destellos al coincidir su camino con el reflejo de una estrella. El ordenador le informó que los espejos, del mismo tamaño que los cristales de los ventanales, estaban orientados cada uno en una dirección distinta, aparentemente al azar, de tal forma que no había dos espejos contiguos que pudiesen reflejar la luz en la misma dirección. Pidió al ordenador que mostrase una imagen en sección de la estación y la posible trayectoria de los rayos de luz que iluminasen toda la superficie. En menos de un segundo aparecieron en pantalla unas líneas que indicaban que, efectivamente, ese era el propósito de los escudos. Faltaba un gran espejo situado al sur de la estación, seguramente alrededor del edificio de la torre sur, que debería estar inclinado 45º respecto a la eclíptica para reflejar la luz del Sol en dirección a los espejos del interior del escudo norte. Desde allí se reflejarían, una parte hacia el ventanal norte y la otra hacia el escudo inferior de la esfera que los reflejaría hacia el ventanal sur. La luz del Sol no llegaría a entrar nunca directamente por los ventanales, sino que sólo lo haría tras reflejarse en  ¿uno?, no, la luz se tendría que reflejar al menos dos veces en los espejos antes de entrar por los ventanales. Controlando los espejos se podría graduar la intensidad de la luz para simular el día y la noche.

Otra vez Diren tenía razón.

Sin saber bien por qué esta idea le molestaba abrió de nuevo la comunicación.

— Torio, es suficiente. Puedes recuperar la cámara y continuar con las reparaciones.

— Sí, Andis.

Pidió al ordenador las imágenes captadas por las cámaras del equipo de Diren. Estaban atravesando lo que parecía una ciudad similar a algunas zonas que habían visto en expediciones a las afueras de las ciudades de los Antepasados. Casas rodeadas de jardines. Arbustos despojados de todas sus hojas, que descansaban debajo de aquellos. Más cerca del eje de la estación los árboles conservaban sus hojas, pero la gravedad, la aceleración angular, se corrigió a sí mismo, cerca del ecuador tenía una fuerza similar a la gravedad de la tierra y las hojas habían caído casi todas, disfrazando el paisaje y dándole un cierto aspecto otoñal, si bien era una sensación irreal ya que tanto las hojas caídas como la hierba que cubría el suelo tenían un hermoso color verde.

Diren avanzaba con su grupo en dirección al eje sur de la estación. Su camino se inclinaba levemente hacia arriba indicando que hacía poco que habían pasado el ecuador. Les faltaban unos veinte minutos para llegar, y Andis se preguntó qué les habría entretenido.

Más tarde les preguntaría. Ahora revisó las pantallas que reflejaban el trabajo realizado por el equipo de Lodren.

Oyó su voz dando instrucciones a uno de sus hombres.

— ... en aquellas rocas, y otra junto al edificio. Cuando estén listos comunícamelo.

— Sí, Lodren. — dijo el técnico alejándose con unas sondas cruzadas sobre su pecho.

Antes de que Lodren llegara hasta otro grupo que estaba peleando con un recalcitrante aparato que se empeñaba en "caer" en las direcciones más insólitas, Andis le llamó.

— Lodren, informa.

— ¡Andis, bendito sea Kander!, necesito más hombres. Necesito otro acceso. Necesito más anclajes magnéticos. No conseguimos desplazar la maquinaria más que unos metros cada vez. Esta maldita pseudogravedad y la diferencia de velocidad entre los distintos puntos de la esfera hacen casi imposible mover el desintegrador molecular en línea recta. Estamos a sólo cincuenta metros del punto elegido para hacerla funcionar pero la inercia...

— ¡Lodren, espera!. No puedo mandarte más hombres todavía, así que intenta usar el cerebro. Sólo tienes que anclar un par de cuerdas en el extremo opuesto del mismo paralelo y atarlas al desintegrador. Desde ahí...

— ¡Por supuesto!. En el momento en que separe el desintegrador de la esfera no importará la rotación de la misma. Podré llevarlo hasta el eje con muy poco esfuerzo y luego, con una tercera cuerda, hacerlo descender en el lugar elegido. O no hacerlo descender... Sí, es mejor hacerlo descender. ¡Chaco, espera! ¡Olvídate de las sondas y ven aquí! Coge unas poleas y...

Mientras Lodren daba nuevas instrucciones a sus hombres, por los que Andis sintió una repentina simpatía, cortó la comunicación. Si el equipo de ingenieros conseguía seguir el ritmo de Lodren, seguramente estarían listos para poner los desintegradores en funcionamiento en menos de una hora.

Pidió al ordenador que le mostrase las pantallas del equipo de exploración de la torre norte. Éste caminaba por un pasillo iluminándose con los focos de los trajes. Andis abrió el canal de sonido, pero sólo pudo oír la respiración jadeante de los hombres.

— Pactor, informa.

— Andis, hemos llegado al final de la torre trepando por los cables en vez de ascendiendo por la pared, lo cual ha sido mucho más fácil. A lo largo del camino había anillos de aluminio agarrándose a las cuales se puede acceder a los diversos edificios que rodean la torre, sin embargo hemos preferido llegar hasta el extremo antes de proceder a explorarlos.

— ¿Qué hay en el extremo?.

— Los cables por los que hemos trepado se introducen por unos agujeros de unos diez centímetros de diámetro que hay en el techo de la torre. Supongo que detrás estará la maquinaria que los hacía moverse. Precisamente a unos quince metros del techo hay unas barras cruzadas que impiden que alguien pueda seguir por el cable hasta el final desviándolo hacia el último pasillo que sale de la torre. Por desgracia ese pasillo tiene una puerta que no hemos podido abrir, parece estar bloqueada desde el interior. Hemos bajado hasta el anterior pasillo y por él hemos podido pasar a un laboratorio botánico. Viendo que no había peligro aparente he segregado dos subequipos a las órdenes de Baltis y Fasel para terminar cuanto antes un primer examen preliminar.

— ¿Cómo sabes que era un laboratorio botánico?. — preguntó Andis, extrañado.

— En las paredes había cuadros con dibujos y fotografías de distintos tipos de plantas y arbustos. Hay también una sala donde se podrían sembrar semillas, y de hecho hemos visto restos de muchas plantas muertas. Supongo que aquí era donde los Antepasados sembraban los arbustos para trasplantarlos, cuando hubieran crecido lo suficiente, al interior de la esfera.

— ¿Habéis observado algún daño en la torre?, ¿algún orificio por donde pueda escapar la atmósfera?.

— No. Aparentemente la estructura está intacta. De todas formas hemos descubierto que los pasillos de acceso a la torre pueden cerrarse mediante dos compuertas que encajan justamente alrededor del cable ascensor, así que si hay algún escape las cerraremos y la torre quedará aislada de la esfera.

— Pero entonces no podríais pasar al interior de la esfera.

Pactor tardó varios segundos en contestar.

— Los cables ascensores eran el medio que usaban los Antepasados para desplazarse entre la esfera y la torre en condiciones normales, pero es de suponer que si previeron que podía ser necesario cerrar ese camino, debieron habilitar otro. En la base de la torre, aparte de la cámara intermedia por la que hemos pasado hay cuatro habitaciones más. Al menos una de ellas debe ser otra cámara intermedia pero que comunique con la esfera.

“Tiene razón.” pensó Andis “Podíamos haber bajado por ahí en vez de por los cables.”

— Bien, seguid explorando. Pactor, entre esos edificios debe haber una central de producción de energía. No sabemos si será química, atómica o nuclear, ignoramos el nivel tecnológico que tenían los Antepasados. Intenta localizarla. La encuentres o no, dentro de media hora quiero que estéis en la base de la torre y preparados para cerrar las puertas de acceso si se detectan pérdidas de aire.

— Sí, Andis.

Satisfecho, Andis pidió al ordenador que conectase las pantallas del equipo de exploración sur.

Diren había llegado al gigantesco edificio cilíndrico que había en el polo sur y se disponía a entrar en él.

— Diren, informa.

— Andis, hemos cruzado la ciudad y entrado a investigar en un edificio...

— Diren, — interrumpió Andis, impaciente — no tenías instrucciones de penetrar en ningún edificio sino de llegar cuanto antes al eje sur y determinar si hay comunicación con la torre y a través de ella con el espacio exterior. En tal caso debías encontrar la forma de cerrarla.

— Pero Andis, el edificio de la ciudad...

— No me importa el edificio de la ciudad, más adelante habrá tiempo de investigarlos todos. Lo que quiero saber es qué es el edificio en el que estás entrando en este momento y cómo se comunica con la torre.

— Es un edificio de almacenes y de salas de recreo. Hay instalaciones deportivas y algunas otras que no hemos llegado a comprender aún. Y en el tejado hay una serie de aparatos planeadores con alas móviles que permiten a una persona desplazarse en la zona cercana al eje de rotación, donde la gravedad es escasa, con la simple fuerza de unos pedales accionados por las piernas del tripulante. A un lado del almacén central hay un edificio de dormitorios. En el centro, un túnel de unos treinta metros de diámetro se comunica directamente con la torre sur. A unos quinientos metros están las compuertas que vimos desde la nave. A ellas se pueden acoplar hasta cuatro naves para el transbordo de pasajeros y mercancías. Hay cables ascensores para el traslado de personal y transporte pesado. Vamos a ir directamente hasta las compuertas y comprobar si están cerradas. En unos veinte minutos habremos terminado nuestra misión.

Andis tardó unos segundos en reaccionar, y cuando lo hizo fue para exclamar...

— ¿¿Qué??. ¿Cómo sabes todo eso?

— Andis, el edificio en el que hemos entrado en la ciudad contenía maquetas de varias naves tipo lanzaderas, y diversas estaciones orbitales. Entre ellas había una maqueta completa y en sección de ésta. Hay también una pared con gran cantidad de fotos y planos de edificios de la ciudad, he grabado los planos en el ordenador y éste ha reconocido varios de los edificios, entre ellos éste en el que estamos. También había un armario lleno de una enorme cantidad de tarjetas, del tamaño de la palma de la mano, que se conectan mediante unas clavijas de cobre. Ignoro lo que puedan ser pero creo...

— Está bien. — interrumpió Andis — Supongo que todo estará en el ordenador. Ahora continúa la misión.

— Sí, Andis.

Y, consultando unos planos que aparecían en su pantalla portátil, dirigió a su equipo por un largo pasillo hasta girar a la derecha, sin dudarlo, en una bifurcación.

Andis no comprendía qué le estaba pasando. No solía perder la calma de esta forma y le fastidiaba pensar que ésto sólo le ocurría con Diren.

Tras hacer un esfuerzo por serenarse, pidió al ordenador que repitiera las transmisiones del equipo de Diren en la última hora. En las pantallas vio cómo éste avanzaba por un sendero que recorría la ciudad entre casas y jardines. Los edificios eran pequeños, tal como los que había en las afueras de las ciudades muertas. De vez en cuando pasaban junto a otros algo más grandes con caracteres gigantescos sobre sus puertas. Pronto llegaron a la gran avenida del ecuador. Andis activó el sonido.

— ... un río. Se ven incluso embarcaciones varadas en la orilla.

— Sí, pero ¿para qué pondrían un río aquí?.

— Peces. Algas productoras de oxígeno.

— Recreo. — era Diren el que hablaba ahora, aunque en realidad su cámara miraba a un edificio no más grande que otros junto a los que habían pasado poco antes.

— Bueno, esto no nos ayuda de momento, prosigamos.

— ¡Esperad! Disponemos de bastante tiempo antes de que Lodren esté preparado. Vamos a investigar el interior de un edificio cualquiera. Ése, por ejemplo. — y dirigiéndose hacia el que había estado observando, ordenó — Seguidme.

Hubo una cierta vacilación en alguna de las cámaras, pero a los pocos segundos, todos se encaminaron detrás de Diren.

El resto del vídeo se ajustaba exactamente a lo que éste había contado. El entusiasmo de los hombres se denotaba en los movimientos de sus cámaras mientras Diren se dirigía a un armario que había al otro lado de la puerta. Abriendo una puerta de cristal, cogió una tarjeta para examinarla detenidamente. Unos segundos después la dejó en el mismo sitio en que estaba para coger otra. Tras examinar varias tarjetas más se dirigió hacia donde estaban sus hombres tomando imágenes de las maquetas y de varios planos que había colgados en las paredes. Sobre una de las mesas...

— Andis.

— Sí, Torio. — contestó deteniendo la proyección de las cámaras de Diren.

— Estamos en el ventanal sur. Hemos terminado ya de colocar el tercer cristal.

— Bien. Descended a la ciudad y esperad allí. Podéis explorar algunos edificios hasta que os avise. Después os refugiaréis en el interior de uno y descansaréis hasta que Lodren termine su trabajo.

— Sí, Andis.

Apenas unos minutos después oyó la voz de Diren que le informaba que había localizado las compuertas de la torre sur y que estaban todas cerradas.

Le ordenó que regresara a la base de la torre y estuviera preparado para cerrar las compuertas de comunicación con la esfera en caso de observar fugas de aire.

— ¿Qué compuertas?. — preguntó Diren.

— Ponte en contacto con Pactor. Él te lo explicará.

Tras comprobar que este último estaba en el puesto que le había asignado, se puso en comunicación con Lodren.

— ¡Diez minutos! — gritó éste al recibir la llamada — Tengo que asegurarme de que no vamos a atravesar el casco y además, mis hombres tienen que encontrar refugio antes de echar a funcionar esta maldita máquina. ¡Diez minutos!.

— Bien, no empieces hasta recibir mi aviso.

Se disponía a llamar a Karel cuando recibió aviso del ordenador de que aquél le llamaba.

— Andis, informa.

— Karel, se han completado con éxito las exploraciones de las torres. Se han reparado las ventanas rotas. Hemos descubierto un edificio que contiene planos detallados de la estación, los cuales han sido introducidos en el ordenador. En este momento doy instrucciones para que transmita la información a la nave. Se ha preparado el desintegrador molecular cerca del eje norte de la esfera y está listo para funcionar. Los exploradores han comunicado que no hay ningún peligro aparente en la estación. Espero tus órdenes.

— Bien. — contestó Karel — Nos estamos acercando a tu posición para proceder al desembarco del resto de la tripulación. No vamos a seguir usando la lanzadera pues tendríamos que realizar demasiados viajes. Coloca en la base de la torre norte un cebo tractor para el transbordo del personal.

— Karel, la maniobra puede ser bastante peligrosa. Yo recomendaría esperar...

— ¡Kander no quiere esperar!. ¡Sus habitaciones tienen que estar listas en veinticuatro horas como máximo!.

— Sí, Karel. — respondió Andis. Y cortando la comunicación añadió — Pactor, envía dos hombres a la salida de la torre norte. Yo llevaré hasta allí el cebo tractor. Deja otros dos hombres vigilando la esclusa y el resto de vosotros dirigíos a los almacenes de la torre sur. Habla con Torio para que te explique cómo bajar lo más rapidamente posible a la ciudad.

— Sí, Andis.

— Lodren, comienza cuanto antes la generación de la atmósfera de la esfera.

— Sí, Andis. Cinco minutos.

— Draken, informa.

— Andis, estaba a punto de entrar en el hangar de la nave cuando Trikar me ha ordenado que permanezca a la espera hasta que salgan los hombres.

— Aún tardarán unos diez minutos en empezar a salir y unos cinco minutos más hasta que estén todos en la estación. ¿Tendrías tiempo para dar una ojeada al exterior de las compuertas que hay en la torre sur?.

— Sí, Andis.

— Bien, pues hazlo. Comprueba si será posible introducir por ellas el material necesario para las habitaciones de Kander. Cuando desembarquen todos los hombres de la nave comenzarás a llevarlo hasta allí.

Andis se preguntó si había olvidado algo. Había apostado a que sería más fácil introducir el material pesado por la torre sur. Esperaba no haberse equivocado.

Lamentaba tener que abandonar su puesto de control, pero había que ganar tiempo como fuera, y no había nadie más en la lanzadera que pudiese llevar el cebo tractor. Alguien tenía que quedarse al mando de ésta para dirigir cualquier posible maniobra y ese alguien sólo podía ser Miro.

Cargándose el cebo tractor en la espalda, salió de la lanzadera, y agarrándose a la cuerda que había sido tendida hasta la base de la torre, comenzó a avanzar hacia ella sin mirar las estrellas que daban vueltas sobre su cabeza.

Al llegar, dos hombres del equipo de Pactor le esperaban.

Andis se alegró al reconocer a Choral.

Sin intercambiar más que un mudo saludo con la mirada, Choral cogió el cebo de la espalda de Andis mientras el otro hombre desenrollaba una cinta de pasta de soldar y preparaba un soldador para asegurar el cebo a la superficie de la esfera.

Miró hacia la nave y la vio cerca del horizonte, demasiado cerca para su gusto. Del hangar comenzaron a saltar los hombres unidos en una cordada.

El primero de la cordada apuntó un rayo tractor hacia la base de la torre y quedó enganchado en el cebo. Apretando un botón del tractor, la longitud del invisible rayo se fue haciendo más corta, atrayéndolo hacia donde Andis y los otros dos técnicos estaban instalando una red electromagnética.

La fuerza del rayo tractor se interrumpió cuando la rotación de la estación hizo que el cebo se ocultara tras la torre, pero apenas quince segundos después surgió por el otro lado volviendo a atraer a la cordada espacial.

* * * * *

Tras enviar a Choral y Tilo a través de la cámara intermedia al exterior de la torre y encargar a Fasel y Bodio que vigilasen las posibles fugas de aire preparados para cerrar las compuertas de la base de la torre en caso necesario, Pactor se puso en contacto con Torio.

— Sí, Pactor.

— Torio, Andis me ha encargado que me dirija al polo sur de la estación lo más rápido posible. Me ha dicho que tú me explicarías cómo hacerlo.

— De acuerdo. Penetra por el pozo con el borde de color verde. Llegarás a una habitación de la que sale un pasillo. Este pasillo da a un vestíbulo.

Pactor siguió las indicaciones de Torio. Suponía que si hubiese algún peligro éste le avisaría aunque a veces le preocupaba la forma que tenía Torio de correr algunos riesgos que él consideraba innecesarios.

Comprobó que todos sus hombres se hubiesen reunido con él antes de seguir.

— Ya estamos en el vestíbulo.

— Enfrente verás tres pasillos, rojo verde y azul. Dirígete al azul, entra en él y llegarás a un escalón de casi un metro de alto. ¡No bajes ese escalón!. En la pared de la izquierda hay una palanca. ¿La ves?.

— Sí.

— Tira de ella con fuerza.

Al tirar de la palanca salió de debajo del escalón una especie de vagoneta de algo más de metro y medio de ancho y unos tres metros de largo. En ella había dos asientos y tres compartimentos detrás en cada uno de los cuales podrían caber con comodidad dos personas, si bien no tenían asientos. A los lados de la vagoneta había unas ruedas con el borde cóncavo que se enganchaban a unos raíles que corrían a ambos lados del pasillo.

— ¿Esto es seguro?.

— Sí, desde luego. Diren y yo hemos bajado ya por ahí.

A Pactor le pareció notar un leve tono de humor en la voz de Torio. ¿Se estaba riendo?. Frunciendo el ceño ocupó el primer asiento junto con Aster, e hizo que sus hombres se acomodaran en los compartimentos de atrás.

— Está bien. Ahora ¿qué?.

— Coged cada uno el riel que tenéis al lado y tirad de él hacia atrás. Un par de tirones bastarán.

Así lo hicieron y la vagoneta comenzó a moverse con suavidad. Al recorrer unos veinte metros de distancia vieron que no hacía falta seguir tirando pues el impulso adquirido no parecía ir a detenerse. Más tranquilo, Pactor decidió relajarse. No era mala la idea de la vagoneta. Estando aún en la nave, había estudiado el trayecto que siguió Andis y le pareció lento e incómodo. Este en cambio podría llevar menos de... iban a unos diez kilómetros por hora, osea que en algo más de cinco minutos llegarían hasta el final de la línea.

— Bien, — dijo Torio por radio — ahora agarraos fuerte.

“¿Agarrarnos?.”

Volvió a calcular la velocidad de la vagoneta, ahora era de casi veinte kilómetros por hora y continuaba acelerando. Se agarró a una barra acolchada que había ante él y comprobó que Aster hacía lo mismo.

— ¿Podéis sujetaros bien todos en los compartimentos de carga?.

— Sí, Pactor.

Acababan de pasar el borde del ventanal norte y su velocidad era ya de más de treinta y cinco kilómetros por hora. ¡Y seguían acelerando!.

Apenas notaba una leve vibración cada vez que las ruedas pasaban por las junturas de los raíles y desde luego no había viento que permitiera calcular con una cierta precisión la velocidad pero ¡iban a más de cincuenta kilómetros por hora!.

Habían dejado atrás el ventanal y estaban pasando por en medio del bosque cuando uno de sus hombres comenzó a emitir un grito sostenido que fue coreado inmediatamente por otros. Se mordió los labios para no unir su grito al de los demás mientras veía pasar los árboles al otro lado de la bóveda del pasillo a casi setenta kilómetros por hora. Conforme descendían habían ido aumentando de peso y se sentía más pesado que si estuviese en la superficie de la Tierra.

El bosque quedó atrás y, al verse rodeado de una pradera de hierba notó que los raíles estaban inclinados a un lado. Sí, si bien descendían en línea recta hacia el ecuador, el raíl izquierdo estaba unos treinta centímetros más elevado que el derecho pero Pactor no sentía que estuviesen inclinados a la derecha, más bien parecía que estaban... ¡Estaban frenando!.

Observó el rail a su izquierda, efectivamente estaban frenando. Al volver a mirar adelante se dio cuenta de que los dos raíles habían vuelto a ponerse a la misma altura y los edificios que vio pasar a sus lados iban cada vez más despacio.

Los gritos de sus hombres cesaron uno tras otro y Pactor expulsó entre los dientes el aire que había retenido en los pulmones. Llegaron a un andén donde la vagoneta se detuvo con una leve sacudida.

Habían tardado menos de un minuto y medio en recorrer los casi mil quinientos metros que les separaban de la torre.

— Bien, Pactor. — dijo Torio por radio — Cuando os apeéis empujad la vagoneta hacia delante hasta que entre completamente bajo el escalón que hay enfrente y girad una rueda que vereis al lado. Hasta que lo hagáis nadie podrá bajar en el siguiente vagón.

— ¡Hey!, ¿no podríamos repetirlo?.

— ¡Ni hablar, Tador! — exclamó Pactor — Ya tendréis tiempo para divertiros cuando hayamos terminado nuestro trabajo.

Sorprendido no sólo por la vertiginosa rapidez con la que habían bajado sino también por la insólita reacción de sus hombres, la mayoría de los cuales parecían dispuestos a volver a darse otro paseíto en cuanto pudieran, Pactor se apeó de la vagoneta y puso los pies en el andén. Al pasar tan bruscamente de la ingravidez a un peso normal, teniendo que soportar además el peso de la mochila y del traje, se sintió mareado por un momento y tuvo que agarrarse a unas barras de aluminio que había junto al andén. El mareo se le pasó enseguida pero aún sentía cómo le temblaban las piernas.

“No son mis piernas.” se dio cuenta extrañado.

El suelo parecía vibrar con un zumbido bajo y profundo. Notó la misma vibración en la barra que estaba sujetando con las manos.

“Es Lodren.”

Miró hacia el polo norte de la esfera, de donde habían salido hacía menos de dos minutos. Cerca del edificio principal vio una densa nube de polvo que se extendía con rapidez en todas direcciones.

Esperaba que tal cantidad de polvo no dificultase excesivamente la visibilidad y les impidiese proseguir su camino.

Metiendo prisa a sus hombres avanzó por el camino que partiendo junto al andén se dirigía directamente hacia el río.

* * * * *

Apenas habían pasado unos minutos desde que Lodren recibió el aviso cuando la "maldita máquina" comenzó a funcionar. Un chorro de partículas ionizadas comenzó a barrer el terreno haciendo que los átomos se repelieran de tal forma que las moléculas se descomponían en sus elementos básicos. Unos campos de fuerza recogían los átomos dirigiéndolos hacia el interior de la máquina donde se separaban el oxígeno, nitrógeno, hidrógeno y carbono para volver a expulsarlos, tras recombinarlos, por unas tuberías que apuntaban hacia el centro de la esfera. Por otra tubería similar salía el resto de los elementos en forma de un fino polvo que comenzaba a llenar un enorme globo. Silicio, calcio, hierro, plata, todos los elementos que no iban a ser necesarios de momento se almacenarían en aquel enorme saco alargado que iría inflándose, extendiéndose a lo largo de un centenar de metros y adquiriendo grosor, poco a poco en el proceso.

A pesar de los campos de fuerza, parte del polvo escapaba a la naciente atmósfera provocando una polvareda que impedía la visión a menos de unos metros de distancia.

Comenzó a oírse un bajo rumor que, conforme la densidad del aire dentro de la esfera aumentara, llegaría a hacerse ensordecedor. Incluso Andis, en el exterior, era capaz de notar las vibraciones del suelo.

* * * * *

Miro oyó las sirenas de emergencia seguidas de un fuerte sonido metálico. Unos segundos después cesaron las vibraciones que llegaban a través del suelo. Aliviado porque éstas hubieran cesado, desconectó la alarma e indagó cuál había sido el motivo de que saltara. Sólo al cabo de unos segundos se dio cuenta de que la leve gravedad que había sentido durante las últimas horas empujándole suavemente hacia la parte posterior de la lanzadera, había desaparecido.

Sorprendido, miró por las pantallas y vio que estaba flotando en el vacío.

¡Y se dirigía en línea recta hacia su propia nave!.

— ¡Miro!, ¡Miro!, ¿qué ocurre?. ¿Por qué has soltado los anclajes?. ¡Corrige el rumbo, corrige el rumbo!.

La nave no podría apartarse a tiempo. Tenía que ser él quien desviara la lanzadera. Apenas tenía un minuto antes de que chocara con la nave, pero era tiempo más que suficiente. Dirigiéndose hacia los mandos se dispuso a encender los motores calculando que podría desviarse para pasar a más de veinte metros de la nave.

De pronto, quedó paralizado por una sensación enfermiza de Miedo, Pánico, Terror que le invadió la mente. Gritando horrorizado cayó al suelo agitando los brazos en fuertes convulsiones. Era un Terror como no había sentido nunca antes, un Terror que le impedía pensar, razonar, hacer otra cosa que no fuera agitarse babeante en el suelo mientras esperaba que la muerte misericordiosa viniera a liberarle.

* * * * *

Los primeros hombres se habían posado ya en la superficie de la esfera. Los demás llegarían en unos tres minutos, pero como la esfera daría tres vueltas en ese tiempo, tendrían que caminar alrededor de la torre hasta que hubiese llegado el último. Andis vio una lanzadera en el cielo y, pensando que era la de Draken, se preguntó por qué había vuelto tan pronto de su misión de reconocimiento en el otro extremo de la estación y por qué se habría acercado tanto a la nave. Estaba a punto de llamar a Draken cuando cayó en la cuenta de que era la lanzadera de Miro que flotaba derivando lentamente hacia ella. Alarmado, gritó:

— ¡Miro!, ¡Miro!, ¿qué ocurre?. ¿Por qué has soltado los anclajes?. ¡Corrige el rumbo, corrige el rumbo!.

Los hombres que estaban caminando alrededor de la torre se detuvieron mirando a su alrededor desconcertados por el grito. De repente una ola de Pánico les invadió a todos simultáneamente. Empezaron a gritar y convulsionarse dentro de sus trajes espaciales. Algunos incluso se despegaron de la superficie comenzando a caer hacia el infinito, pero fueron retenidos por los pocos cuyas botas habían quedado unidas a la superficie metálica de la esfera. Andis se aferraba desesperadamente al cebo tractor intentando esconderse, huir, morir..., lo que fuera antes de seguir soportando un segundo más aquella agonía.

La agonía siguió, siguió, siguió...

* * * * *

Karel oyó el grito de Andis y se dirigió hacia un terminal para ver cómo la lanzadera de Miro se dirigía en trayectoria rectilínea hacia la nave. La vio girar lentamente sobre sí misma y se dio cuenta de que estaba sin control. Durante un segundo temió por la seguridad de Kander

<¿ . . . ?>

mientras calculaba el tiempo que tardaría en apartar la nave del camino de la lanzadera. Al comprender que no tendría tiempo suficiente

< ¡ . . . . . ! >

intentó evaluar los daños que iba a sufrir la nave. ¡La colisión iba a producirse junto a los hangares!. ¡Justo sobre las habitaciones de Kander!.

< ¡¡¡ . . . . . . . . . . . . . . . . !!! >

Un Pánico desesperado, un Terror indescriptible le invadió arrancando un alarido de su garganta. Su grito se mezcló con los gritos de todos los hombres de la nave y de la estación para formar una única cacofonía que invadió las ondas para repetirse en los auriculares de ochenta y cuatro hombres que sabían que iban a morir, que sabían que no había esperanza, que sabían que ya estaban muertos.

   

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