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Bienvenidos a Libertad 1: Una nave espacial llega a una Ciudad Espacial abandonada para intentar repararla y ponerla en funcionamiento

Creada09-03-2013
Modificada15-06-2015
Total Visitas350
Septiembre6

 

Bienvenidos a Libertad, Juan Polaino

Andis 1

Junto a la puerta de la sala de mando, Andis se detuvo sorprendido.

Aunque siempre había soñado viajar algún día al espacio y más allá, a las estrellas, nunca, ni en sus mejores sueños, había sido capaz de imaginar siquiera la belleza de las imágenes que contemplaba.

Una sucesión de rutilantes estrellas cubrían el firmamento que podía verse a través de las pantallas panorámicas de la sala de control. La resolución no era muy alta pero aun así era capaz de ver cien veces más estrellas de las que se podían ver desde la superficie de la Tierra en una tranquila y despejada noche sin luna.

Aún no habían llegado a su destino, faltaban unos doscientos kilómetros, por eso Andis, después de haber dejado a Miro terminando de revisar la lanzadera, se había dirigido a la sala de control para estudiar los últimos datos recogidos de la estación a la que se dirigían.

Casi podía decirse que desde que despegaron de la Tierra, ocho horas antes, no había tenido tiempo de asomarse a la ventana más cercana para echar un vistazo, había demasiadas cosas que hacer antes de poder parar para descansar. Las cuñas gravitacionales, por ejemplo, en el momento del despegue fueron usadas para facilitar el trabajo de los motores consiguiendo así un importante ahorro de combustible, pero debido al uso que se les debía dar más adelante, tenían que desmontar varias piezas y dejarlas sujetas al casco sólo con unos cuantos pernos con el fin de facilitar su posterior traslado a la estación de los Antepasados.

Como no harían falta tampoco los repulsores hasta el regreso a la Tierra, éstos también se habían desmontado y trasladado al almacén que había junto al hangar de la nave.

En total habían sido siete horas de duro trabajo en las que, al mando de Pactor y su equipo, había despejado los hangares de todo lo que pudiera estorbar durante la exploración que se avecinaba.

Por fin había terminado, cuando apenas pasaban unos minutos del tiempo que él mismo había previsto, y se dirigió a la sala de mando a repasar, y corregir de ser necesario, los planes de la exploración que tendría lugar antes de que pasara una hora.

Al entrar, iba a dirigirse a Karel pero antes de hacerlo quedó impresionado por lo que se veía a través de las pantallas. ¿De dónde habían salido tantas estrellas?.

Desde inmensas distancias llegaba el resplandor de infinitas estrellas. Algunas de ellas estaban tan lejos que su luz tardaba miles de años en llegar a la Tierra y su brillo, apagado por la distancia y el polvo interestelar iba decayendo hasta apagarse. Muchas noches Andis había paseado por la playa en completa oscuridad y estaba familiarizado con las constelaciones que poblaban el firmamento, pero ahora le resultaba difícil reconocer algunas de ellas.

“Esas de ahí son el centro del Diamante, estaría dispuesto a asegurarlo”.

Las tres estrellas perfectamente alineadas le habían servido de indicio para reconocerla. Bajo ellas a veces podía verse la Mácula, una tenue mancha azulada que resultaba difícil de ver a simple vista pero que a través de las pantallas se revelaba como un grupo de hermosas turquesas brillando a través de una lejana nube de polvo que le confería un matiz casi irreal. Sí, era el Diamante pero acompañado de cientos de estrellas que desde la superficie de la Tierra sólo podían ser vistas con telescopio.

Reponiéndose de la sorpresa inicial observó los monitores. La velocidad de la nave estaba reduciéndose con rapidez y aunque aún faltaban más de cien kilómetros para llegar a su objetivo, éste se dibujaba con precisión en las pantallas. Las cámaras y todo tipo de detectores habían explorado hasta el último centímetro cuadrado de la estación orbital, ondas de radar y rayos láser habían sido dirigidos hacia ella para estudiar en sus reflejos la composición de su corteza. Hasta se habían captado los neutrinos que, procedentes de lejanas estrelas, atravesaban la estación para componer una radiografía en la que se podía apreciar la hueca estructura de la esfera.

La actividad de la sala de mando aumentaba conforme las respuestas que encontraban suscitaban nuevas preguntas y, observándolo todo desde el puente de mando, estaba Karel.

Éste estaba cómodamente arrellanado en su sillón en medio de la sala contemplando con aparente indiferencia los monitores que tenía ante él. Andis no se dejó engañar, aunque aparentaba indiferencia, Andis sabía desde hacía tiempo que esa era la actitud que tomaba Karel cuando estaba en tensión. ¿Y cómo no iba a estar en tensión cuando apenas faltaban unos minutos para llegar a su destino?.

Hacía sólo tres meses que le habían ascendido a su grado actual y Andis intentaba imitar el comportamiento de los jefes que conocía, pero aún no había adquirido la facilidad que tenía Karel para conservar la tranquilidad cuando a su alrededor todos los demás hombres se dejaban dominar por el nerviosismo.

Se acercó al puesto de mando y esperó que Karel notara su presencia.

— Andis, informa. — dijo Karel, por fin.

— Karel, hemos completado los trabajos previstos en los almacenes del hangar. Todo el equipamiento que hay que trasladar a la estación ha sido preparado para su embarque inmediato. Miro y Draken están terminando de revisar las lanzaderas. He enviado a los demás hombres a descansar.

— Está bien. Estamos a punto de terminar la travesía así que aprovecha la media hora que nos falta para revisar los datos recopilados por el ordenador.

— Sí, Karel.

Andis se dirigió hacia una de las varias consolas de mantenimiento que había junto a las paredes de la sala de mando. Se sentó ante ella y pidió al ordenador que le mostrara el cuadro de investigación. Seleccionó varios archivos y comenzó a estudiarlos.

De vez en cuando volvía la vista para ver cómo Trikar y Cabo dirigían las maniobras que llevarían a la nave a detenerse en las cercanías de la estación. Mas allá de Navegación estaba el puesto de Investigación. En él se sentaban cuatro hombres dirigidos por las rápidas e impacientes órdenes de Lodren.

— Toper, vuelve a verificar la composición del escudo. Parece una extraña aleación de silicio.

— Sí, Lodren.

Ciudad Espacial Libertad

Andis actualizó los archivos que tenía en pantalla en ese momento y vio que la información que contenía había aumentado en varias docenas de páginas. Les echó un rápido vistazo y se detuvo en lo que Lodren acababa de mencionar. El escudo que cubría casi por completo la estación orbital parecía estar compuesto de una aleación de silicio y aluminio con trazas de otras sustancias que aumentarían su resistencia a los cambios extremos de temperatura. Arsenio, silicio, cobre, galio, varios polímeros plásticos y trazas de metales pesados. Sólo podían analizar la luz reflejada del sol y de varios haces de ondas que habían lanzado y aún estaban demasiado lejos para reconocer detalles de menos de siete centímetros de tamaño, pero daba la sensación de que la superficie del escudo estaba teselada en una trama hexagonal que la cubría por completo.

Continuó revisando los informes hasta que Karel habló por fin.

— Trikar, fija la posición en el plano ecuatorial de la esfera, a diez kilómetros de distancia.

— Sí, Karel.

Lodren Badeso, tomando la orden como señal para presentar su informe, se dirigió al puente de mando. Andis se aproximó también.

— Karel, hemos recopilado todos los datos posibles acerca de la estación. Es una esfera hueca de mil ochocientos metros de diámetro que gira a razón de una revolución por minuto. El eje de rotación es perpendicular a la eclíptica y de los polos parten dos torres de unos treinta metros de diámetro. La torre norte se eleva hasta tres kilómetros de altura y la sur hasta unos 5. En cada extremo de las torres hay un edificio cilíndrico.
La esfera está cubierta por un escudo tronco cónico que la protege de las radiaciones solares. Hay otro pequeño escudo en la base de la esfera.
La esfera, el escudo sur y las torres están girando a aproximadamente una revolución por minuto. El escudo norte y los edificios de los extremos giran mucho más despacio.

— ¿Se ha detectado alguna actividad energética?.

— Ninguna. La estación está completamente inerte.

— ¿Aberturas?, ¿puertas?.

— Sí. Hemos detectado varias compuertas de comunicación a mitad de la torre sur y unas cincuenta más repartidas por los edificios de las torres, aunque están todas cerradas.

— Muéstrame en pantalla las compuertas que has localizado.

Lodren tecleó unas órdenes en la consola que llevaba en el brazo izquierdo y el plano de la estación apareció en una parte de la pantalla que cubría las paredes de la sala de mando. Unos cincuenta recuadros de diversos tamaños señalaron otras tantas compuertas que había en la estación, la mayoría en los edificios de los extremos.

Andis observó las pantallas con detenimiento. Según los planes elaborados hacía ya más de un año tendría que partir antes de media hora en una lanzadera para realizar la primera exploración de reconocimiento. Intentó considerar cuál de aquellas compuertas le permitiría pasar al interior y cuál se lo impediría.

— Andis, ¿qué opinas?. — preguntó Karel.

— Bueno, en la torre sur hay cinco compuertas, cuatro de ellas bastante grandes y la otra, más pequeña, en la base, donde la torre se une a la esfera. Una similar se encuentra en la base de la torre norte. El resto de las compuertas, de muy diversos tamaños, se encuentran diseminadas entre los edificios que rodean la torre norte. Pienso que será más probable encontrar allí alguna que se pueda abrir desde el exterior.

— No. — intervino Lodren — Si esos edificios, ... probablemente sean hangares... Si estuvieran detenidos podríamos pasar por cualquiera de esas compuertas, pero están girando... más despacio que la esfera, pero aún así a una revolución cada cuatro minutos. Seguramente la idea original de los Antepasados era que los hangares y el escudo estuvieran detenidos mientras la esfera y las torres giraban en su interior, pero tras tantos años de abandono parte de la velocidad angular de la estación se ha transferido a los hangares. Los hangares tienen un radio de unos 500 metros y giran a una revolución cada cuatro minutos... No, la fuerza centrífuga no es muy fuerte pero la inercia podría destrozarte si das un mal paso.

— ¿Qué sugieres entonces?.

— Para la primera exploración, como no se tienen que transportar materiales pesados, sugiero usar esta entrada, en la base de la torre norte, por encima del escudo. Supongo que debe haber alguna forma de abrirla desde el exterior. De no haberla, tendremos que abrir un agujero en la torre para pasar al interior.

Andis miró la pantalla, preocupado. No le gustaba la idea de entrar en la estación haciendo agujeros que luego tendrían que tapar y menos sin saber lo que encontrarían al otro lado de las paredes.

— ¿Y para el material pesado?. — preguntó Karel.

— Hay varias puertas suficientemente grandes en los hangares, aunque me preocupa la rotación. Si pudiéramos detenerlos...

— Eso será más adelante. — concluyó Karel — De momento esto es lo que haremos. Andis, dirígete a los hangares y prepárate para partir de inmediato. Intentarás entrar por la compuertas de la base de la torre norte. Mientras Andis realiza el primer reconocimiento, tú, Lodren, monitorizarás su avance y evaluarás las condiciones de la estación.

— ¿No voy a ir, entonces?

— No, Diren irá en tu lugar. Tú partirás con el primer equipo de reparaciones.

— Perdona, Karel, pienso que podré evaluar mejor las condiciones de la estación si estoy presente. Desde allí puedo indicarle a Toper o a Diren el material que necesitaremos.

— Lo sé. Sin duda eres el mejor ingeniero que tenemos, pero en esa estación vamos a encontrar muchos aparatos construidos por los Antepasados, y el mejor especialista en maquinaria y tecnología antigua es Diren. Él irá.

Con un gesto de disgusto, Lodren se apartó dirigiéndose a su puesto para dar las órdenes oportunas a sus hombres.

Por su parte, Andis también se sintió molesto. Había contado con que Lodren le acompañaría y, en su defecto, hubiera preferido a cualquier otro antes que a Diren. No tenía nada en contra de Diren pero era un Mayor y siempre le había molestado la condescendencia con que los Mayores parecían tratar a los que, como él, eran de la segunda generación. Cierto que Lodren era también un Mayor, pero era distinto.

— Andis, — preguntó Karel — ¿Has acabado de estudiar los últimos informes?.

— Sí, Karel.

— Entonces será mejor que te prepares. Quiero que la primera fase de la exploración termine lo antes posible.

— Sí, Karel.

Andis salió de la sala de mando y se dirigió a los vestuarios. Le hubiera gustado darse una ducha rápida que le limpiase y relajase pero no tenía tiempo. Se quitó la consola del brazo y la guardó en una taquilla. Se desnudó y se puso unos pantalones absorbentes. Ignoraba cuántas horas debería estar encerrado en el traje, pero si eran demasiadas podría hacerse sus necesidades encima y continuar la misión.
Un técnico le ayudó a ponerse el traje espacial, realizando y verificando todas las conexiones eléctricas.
Por fin se puso el casco. Ante su barbilla, bajando la vista, tenía dos monitores que le permitirían ver todo lo que captasen las cámaras de vídeo que llevaba el traje así como cualquier imagen que pidiese al ordenador. Comprobó las conexiones y los cierres de la cintura. Satisfecho del resultado ordenó descolgar la mochila que estaba unida al dorso del traje. Ésta contenía el ordenador del traje, encargado de controlar todas las funciones del mismo. También contenía la batería y un compresor de aire. De varios puntos de la mochila salían diversas cámaras que miraban en todas direcciones y todos los aparatos necesarios para comunicarse por radio con el ordenador de la nave. Por último, en la parte inferior de la mochila y accesible desde el exterior, había una caja llena de linternas, anclajes, lanzadores y otras herramientas que pudieran ser necesarias durante la exploración. Dicha caja estaba montada sobre unos brazos articulados que se podían extender para colocarla delante del cuerpo facilitando el acceso a las distintas herramientas. El traje contenía aire para unas doce horas pero si podía repostar de vez en cuando podría tenerlo puesto durante más de tres días.

Tras conectar el ordenador del traje, hizo una última comprobación de los sistemas internos y, satisfecho del resultado, se puso un cinturón del que colgaban varias eslingas para colgar herramientas y un torno con una cuerda de cincuenta metros de longitud y abandonó los vestuarios para dirigirse a los hangares.

A través de la puerta que se veía al fondo pudo ver un trozo de la estación orbital a la que se dirigirían. El interior del hangar era amplio y espacioso, había sitio más que suficiente para alojar hasta cuatro lanzaderas pero sólo dos ocupaban sus respectivos lugares a ambos lados del hangar. Al aproximarse sintió que la gravedad comenzaba a disminuir hasta establecerse a un octavo de la intensidad normal que había en el resto de la nave. Agradeciendo la disminución del peso del traje, compensó la menor gravedad haciendo movimientos más lentos y cuidadosos para evitar salir flotando de forma incontrolada.

Alcanzó la lanzadera y penetró en ella pasando por la vacía zona de carga hacia la cabina de mando.

Miro, Torio y Diren ocupaban ya sus respectivos asientos ante las consolas de navegación, comunicaciones y control.

Miro estaba terminando de ajustar los mandos.

— Todos los sistemas funcionan correctamente. — dijo al verle entrar — La salida está prevista para dentro de seis minutos.

— Bien, Miro. — dijo Andis — Avísame cuando estemos a punto de partir.

Mientras Miro ultimaba los preparativos hizo un rápido repaso de la misión. Llegarían a una de las torres. Encontrarían la forma de abrir la compuertas. Si no lo conseguían tendrían que taladrar las paredes. Desde la torre pasarían al interior de la esfera y contemplarían lo que allí les esperaba. Analizarían los desperfectos que hubiera en la estación y calcularían el tiempo que necesitarían para repararlos. Después sería Kander quien decidiría lo que había que hacer aunque Andis confiaba en que podrían seguir adelante con los planes que tenían trazados.

Se sujetó con unos arneses a su asiento. No pasaron más de quince segundos antes que notara cómo la gravedad en el interior del hangar se iba reduciendo hasta desaparecer por completo. Se abrieron unas compuertas ante ellos y los hombres que aún quedaban en el hangar se apresuraron a despejar el camino de la lanzadera.

— Torio, — dijo Miro — comprueba las comunicaciones.

— Comprobadas. Todo está correcto.

— Diren, suelta los anclajes de la lanzadera.

Un fuerte sonido metálico resonó por las paredes de la cabina al quedar la lanzadera liberada de los anclajes que la aseguraban al suelo del hangar. Miro conectó los motores y les dio un leve impulso lateral para colocarse directamente frente a las compuertas. Con lentitud, la lanzadera avanzó hacia aquellas.

Andis notó un familiar cosquilleo en cada centímetro de su piel al atravesar el campo de fuerza que retenía el aire de la nave.

¡Estaban por fin en el espacio!.

Andis no había tenido hasta ese momento conciencia plena de ello. Dentro de la nave, con la gravedad artificial, el ambiente controlado, la perfecta iluminación, no se llegaba a asimilar el hecho de encontrarse realmente a más de trescientos mil kilómetros de la superficie de la Tierra, lo mismo podrían haberse encontrado en una sala de entrenamiento que imitara a la perfección el interior de la nave. Ahora en cambio sentía el espacio a su alrededor. Las estrellas que veía a lo lejos no eran proyecciones en unas paredes situadas a cuarenta metros de distancia, su luz había viajado años, siglos y hasta milenios antes de atravesar los cristales de las ventanas e impresionar sus retinas.

Tras ellos quedó la nave con toda la tripulación esperando el resultado de su exploración. Sintió un momento de pánico ante la responsabilidad que recaía sobre sus hombros, pero una ola de Confianza le tranquilizó desde la nave.

Sintiéndose agradecido, respiró profundamente y concentró su mente y sus esfuerzos en observar la estación que seguía girando allá, frente a ellos.

A cinco mil metros de distancia podía apreciar con claridad hasta el más mínimo detalle. La estación daba una vuelta sobre su eje cada algo menos de un minuto, es decir, que si las suposiciones de Diren eran correctas y los Antepasados vivían en la superficie interna de la esfera, en el ecuador de la misma tendrían una fuerza centrífuga muy similar a la gravedad terrestre. Según Diren, los edificios de las torres podrían ser hangares o fábricas donde se procesarían productos difíciles de fabricar en la Tierra.

Se acercaron lentamente. La estación ocupaba cada vez mayor parte de las pantallas hasta que, sin saber el momento exacto en que ocurrió, comenzaron a navegar sobre la superficie del escudo, una superficie recta hacia delante y hacia atrás pero curvada a los lados.

Justo enfrente, asomándose por el borde delantero de la superficie sobre la que se deslizaban, podían ver la parte superior de la torre alzándose hacia la negrura tachonada de estrellas del firmamento.

Alcanzaron el borde donde la superficie del escudo se inclinaba abruptamente hacia la esfera para encontrarse con ella a ciento cincuenta metros de la torre.

Al contemplarla desde tan cerca, apenas novecientos metros, se la imaginó como una brillante lanza clavada en la superficie de la Tierra. Sería imposible construir una torre tan fina y tan alta en la superficie del planeta, el material más resistente conocido no sería capaz de soportar sobre una base de treinta metros de diámetro el peso de una torre de casi tres kilómetros de alto. Y en el extremo había un edificio cilíndrico de un kilómetro de diámetro y casi el doble de altura.

La superficie del escudo estaba detenida, apenas giraba levemente alrededor de la torre, pero a unos doscientos metros por delante vio que la parte interior del escudo sí estaba girando a la misma velocidad de rotación que la torre. Pasaron por encima de dos bandas circulares. La exterior apenas giraba, la interior giraba con la torre y, supuso, con el resto de la estación.

— Miro, ¿puedes examinar más de cerca el borde interno del escudo?

— Sí. Está a unos trescientos metros de la torre. Imagino que el escudo debe estar sujeto a la estación con campos magnéticos, pero no hay energía así que deben ser imanes permanentes. La torre y la estación giran en su interior pero el escudo debería estar detenido. Está girando muy despacio, supongo que los años sin mantenimiento son los que están haciendo que adquiera la velocidad de rotación de la estación.

Llegaron hasta unos ochenta metros de su destino y Miro dio instrucciones para fijar la posición de la lanzadera.

— Bien, Miro, ¿podrás aterrizar aquí?.

— Sí, Andis. La rotación del escudo supone una dificultad pero puedo igualar la velocidad y el giro con el punto de la superficie donde vayamos a aterrizar. Una vez hayamos hecho contacto tendremos que anclarnos magnéticamente para evitar ser despedidos por la fuerza centrífuga.

— ¿Qué fuerza tendrá ésta?.

— Poca, según la distancia al eje a la que aterricemos, será como la décima parte de la gravedad terrestre. Nada que nos deba preocupar.

— Bien. Procede al aterrizaje.

— Sí, Andis. — tras consultar varios datos con el ordenador pidió — Diren, programa el lanzamiento de tres anclajes a diversos puntos de la superficie. Aterrizaremos con la proa apuntando hacia la torre en... Sí, en este punto. Los anclajes deberán tensarse en el momento en que toquemos la superficie.

— Sí, Miro.

Aunque Diren formaba parte del equipo de Lodren y tenía mayor graduación que Miro, al ocupar el puesto de copiloto estaba a sus órdenes. Con rapidez, dio las instrucciones precisas al ordenador. Eligió los puntos y los instantes exactos en que se dispararían los anclajes, y, terminada su tarea contempló a Miro mientras éste terminaba sus cálculos.

A Diren no le gustaba esta maniobra. Miro era un buen piloto, quizás no tan bueno como Trikar, que había conseguido la puntuación más alta de entre todos los que habían recibido entrenamiento en la Tierra, pero allí, en el espacio, a más de trescientos mil kilómetros de la Tierra, ¿qué podría pasar si tenían un accidente?. ¿Y si Miro no conseguía fijar la situación al primer intento?. Al fin y al cabo era la primera vez que manejaba una lanzadera, independientemente de las horas que hubiera pasado en el simulador: podía cometer un fallo. Según la trayectoria que Miro estaba programando pasarían rozando la superficie a la misma velocidad que ésta. Si fallaban continuarían su avance y, retenidos por las cuerdas que iban a asegurarlos podrían verse desviados para estrellarse, sin tiempo para reaccionar, contra la superficie de la esfera.

Volviéndose hacia el ordenador de a bordo, Diren añadió unas instrucciones para que éste soltara los anclajes en caso de emergencia. Más tranquilo, contempló la estación a través de la ventana. Se sentía irresistiblemente atraído hacia ella. Sabía que allí podría encontrar muchísimas respuestas a preguntas imposibles de plantear en la Tierra. Había luchado como nadie para ser de los primeros en abordar la base espacial de los Antepasados y, por fin, lo había conseguido. Incluso convenció a Karel de que él podía comprender mejor que nadie las máquinas que pudiesen encontrar, no en vano había sido su campo de estudio en los últimos ocho años. Intentó calmar su excitación antes de llamar la atención de Kander. Lo había conseguido. Pronto, muy pronto, podría encontrar miles de respuestas.

* * * * *

La lanzadera, guiada por el ordenador según el programa introducido por Miro, comenzó a alejarse de la torre acercándose al mismo tiempo a la esfera. Una vez alcanzada la posición elegida aceleró lentamente hacia aquella. Andis pensó que el rumbo les llevaría a estrellarse contra la estación, pero la pantalla del ordenador mostraba una imagen distinta. El rumbo seguido no llegaría a tocar en ningún momento la superficie aunque en el momento de máxima aproximación pasaría a menos de diez centímetros. Al mirar por la ventana, en cambio, le parecía que se estaban acercando mucho más de lo que informaba el ordenador. A menos de veinte metros de su destino, cuando creía que serían aplastados por la inmensa mole que se cernía bajo ellos, se sintió tranquilizado por Kander.

Aflojó los nudillos que habían estado apretando inconscientemente los brazos de su asiento y se dedicó a observar a sus hombres. Tanto Miro como Torio aparecían relajados, como si comprendieran que no había nada que temer. Sólo Diren permanecía atento al avance hacia la estación de la que ya sólo les separaban quince metros. La velocidad pareció reducirse aunque Andis sabía que no era así. Al estar cada vez más cerca del punto de aterrizaje, la superficie de la esfera iba a pasar justo a diez centímetros bajo ellos y durante un instante tendrían exactamente la misma velocidad que el punto donde Miro había dispuesto el descenso.

Comenzaron a girar para igualar el giro de la estación y que en el momento previsto estuviesen aproados a la torre.

Sintieron un leve sobresalto al oír un fuerte chasquido metálico. No, se tranquilizó Andis, aún no se habían posado. Había sido el ruido del primer anclaje al ser disparado. Unos segundos después se oyeron otros dos disparos casi simultáneos. El movimiento de la lanzadera con respecto a la superficie de la esfera era ya insignificante. Con un fuerte estruendo que resonó en el interior de la cabina, las plataformas de apoyo de la lanzadera se extendieron para entrar en contacto con la superficie de la estación.

Se habían posado.

Unos punteros que había sobre el cuadro de mandos se separaron de la placa magnética que los sujetaba y fueron rodando hasta el borde. Al llegar allí, sin embargo, no cayeron hacia el suelo, sino que se dirigieron flotando lentamente hacia la parte superior trasera de la cabina.

Soltando en un suspiro el aire que había estado reteniendo en los pulmones, Andis alargó el brazo para coger dos de los punteros que iban a pasar a su lado.

— Bien, Miro. Ha sido una maniobra perfecta. Ahora permanecerás monitorizando la expedición y reenviando la señal a la nave. Diren y Torio, seguidme.

Soltándose los arneses se dirigieron hacia la cabina de carga y, una vez en ella, hacia la puerta lateral.

Del torno de su cinturón, Torio extrajo una cuerda cuyo extremo, provisto de un espigón, enganchó en una eslinga que colgaba tras el cinturón de Andis. Lo mismo hizo Diren enganchando el suyo a Torio. La cuerda tenía más de cincuenta metros de largo, la torre estaba a setenta. Andis avanzó por la superficie de la esfera resistiendo el impulso que le alejaba de la torre. Aunque la fuerza centrífuga era escasa, su orientación era casi paralela a la superficie, por lo que Andis sentía como si ascendiera por una pared, no vertical, sino ligeramente inclinada hacia atrás. Intentó mantener la vista fija en la torre, frente a él, pero el paso de las estrellas, a toda velocidad, por detrás de la misma, hacía que se sintiera desconcertado.

¡Las estrellas deberían estar quietas en el cielo!.

Y estaban quietas. El escudo, girando bajo sus pies, convertía las estrellas en una sucesión de luces que se desplazaban con rapidez hacia la derecha.

Y cada minuto pasaba por detrás de la torre un disco brillante en el que apenas era capaz de reconocer el Sol. Los cristales polarizados del casco filtraban los rayos impidiendo que le deslumbraran y eso hacía que su color amarillo apareciera desvaído, casi fantasmagórico.

Sintió que se mareaba así que fijó la vista en el suelo ante sus pies deseando no ver las estrellas que tan sólo una hora antes le habían extasiado.

— Andis, te estás desviando. — advirtió Torio.

Levantó la vista desconcertado y vio que así era. La torre estaba a su izquierda.

La sombra. Al fijar la vista en el suelo, su propia sombra giraba a su alrededor desorientándole.

Se maldijo interiormente y corrigió su rumbo mirando fijamente la torre e intentando no ver las estrellas que rápidamente pasaban tras ella.

Al llegar a unos treinta metros de la torre sintió que la cuerda se tensaba a su espalda. Se dio la vuelta para encarar la lanzadera dándose cuenta de que se había desviado ligeramente a la izquierda. Buscó una posición cómoda y aumentó la fuerza magnética de sus botas para asegurarse firmemente al terreno mientras, primero Torio y luego Diren, llegaban hasta él. Anclándose éstos de nuevo al terreno, Andis avanzó hacia la torre.

De pronto, cuando apenas faltaban veinte metros para tocar la superficie de la torre, sintió un inesperado tirón de la cuerda a su espalda y perdió pie.

Flotando en el vacío, Andis sintió pánico. Agitó desesperadamente los brazos queriendo girar o controlar la caída sin recordar que en el vacío no es posible controlar el giro de esa forma.

Intentó recuperar la calma. Seguiría una trayectoria rectilínea y, como sus dos compañeros estaban firmemente anclados en el suelo y girando con la estación, tarde o temprano la cuerda se tensaría haciéndole oscilar hacia la superficie. ¿A qué velocidad golpearía contra ésta?. A muy poca. No había nada que temer. Al no poder controlar su caída, podría caer de cabeza, pero ni aún así con fuerza suficiente para hacerse daño.

— Andis, ¿te encuentras bien?.

— Sí, Torio. ¿Qué demonios ha pasado?.

— El cable que arrastrabas se ha enganchado en un saliente del terreno.

No continuó hablando pero Andis supo que había sido culpa suya. Intranquilo por la extraña situación en la que se encontraban, había querido alcanzar cuanto antes la relativa seguridad de la torre y había ido demasiado deprisa para notar la inesperada tensión de la cuerda a sus espaldas. Tenía que haber hecho que Torio recogiera la cuerda al avanzar hacia él. Tampoco tenía que haberse desviado de su camino. Y nunca, ¡nunca! debería haberse dado prisa en alcanzar la torre.

Se concentró en la caída que, en ese momento, estaba a punto de tocar a su fin. Iba a caer casi de costado con las manos por delante. Cogió de su cinturón un anclaje magnético y se preparó para activarlo en el momento del choque con el fin de controlar la caída lo suficiente para colocar los pies en la superficie metálica de la esfera.

El choque fue más violento de lo que había imaginado, estuvo a punto de perder pie de nuevo al dar casi una vuelta de costado y sólo la fuerza con que se sujetó al anclaje magnético impidió que saliera despedido en otra serie interminable de rebotes.

Con un brazo dolorido pero los pies firmes en el suelo, desactivó el anclaje y lo volvió a colgar en su cinturón.

Tras recuperar el terreno perdido, avanzó, esta vez con más cuidado, hacia la torre.

Cuando por fin la alcanzó sintió un gran alivio.

La torre ascendía verticalmente durante más de un kilómetro y en su extremo había un edificio que aún en la distancia se veía gigantesco.

Alrededor de la torre había varias barandillas metálicas, supuso que para que los obreros que salieran al exterior tuvieran un asidero donde agarrarse.

Diren enganchó en una de esas barandillas un cable que había venido arrastrando consigo desde la lanzadera y que serviría de pasamanos en los próximos viajes de la tripulación entre aquella y la torre.

Andis giró alrededor de la torre hasta localizar la compuerta.

En ella se veían unos indescifrables caracteres de los Antepasados y varios dibujos esquemáticos de figuras humanas.

— Bien, Diren, — dijo Andis — a ver si puedes encontrar la forma de abrirla.

Éste se acercó a los dibujos y los estudió con detenimiento. Al no poder descifrarlos se dirigió a un panel junto a la puerta en el que había más caracteres extraños. En el panel, una abertura alargada le llamó la atención.

Intentó introducir la mano pero apenas le cupieron los dedos. En su interior no consiguió palpar nada, así que, flexionando los dedos, tiró del panel hacia sí.

Éste se abrió con un leve chasquido que apenas notó a través de sus enguantadas manos. En el interior había dos palancas y una rueda con dibujos de flechas que indicaban con exactitud lo que había que hacer.

— Parece fácil. — murmuró.

Tras subir ambas palancas, Diren hizo girar la rueda en la dirección indicada por las flechas.

La puerta se fue deslizando por unos rieles hacia la derecha, hasta quedar abierta por completo.

En el interior había una habitación de unos diez metros cuadrados y, a un lado de la misma, una puerta similar a la anterior.

Otro panel, otras palancas y su correspondiente rueda. Hicieron lo mismo que habían hecho ya antes pero no consiguieron bajar la segunda palanca ni un milímetro.

— Apartaos. — dijo Andis sacando el desintegrador tras un rato de infructuoso esfuerzo.

— Espera, Andis. — dijo Diren — Déjame pensar un momento.

— ¿Pensar qué? Es evidente que esta puerta está bloqueada desde dentro. Tendremos que hacer un boquete en ella y confiar en no dañar nada al otro lado.

A pesar de todo, esperó unos segundos mientras Diren se esforzaba de forma frenética en pensar.

— ¡Ya lo tengo!. Andis, ¿por qué los Antepasados tendrían una habitación sin ninguna aparente utilidad como ésta?.

Andis no contestó, aunque le observó extrañado.

— ¡Pues como una cámara intermedia!. Los Antepasados entrarían aquí, cerrarían la puerta interior y después abrirían la exterior, así se aseguraban de que sólo perderían el aire de esta habitación.

— Me parece muy rebuscado, ¿por qué no usaban un campo de fuerza?. No impediría que pasaran las personas pero sí que se escapara el aire.

— Tal vez no conocían los campos de fuerza, o, si los conocían, no sabían modularlos. Esto explicaría los escudos antirradiaciones que hay alrededor de la esfera. Si hubieran sabido modular campos de fuerza no les hubiera hecho falta construir esos escudos.

— ¿Entonces?.

— Tenemos que cerrar la puerta exterior. Entonces podremos abrir la interior sin problemas.

A Andis no le gustó la idea de cerrar la puerta exterior. Cerrar el camino a una posible huida de cualquier cosa que allí hubiera podía ser peligroso, aunque... ¿qué peligro podía haber sobrevivido a cuarenta y dos años de exposición al vacío espacial?.

Estaba a punto de negarse cuando Sintió que podía confiar en él.

Se sintió incómodo, nunca había necesitado tanta atención de Kander. ¿Estaba haciéndolo todo mal?

— Está bien. Espero que luego podamos salir sin problemas. — añadió con un último resto de intranquilidad.

Diren cerró la puerta exterior y manipuló en los mandos que había junto a ella, asegurándose de que quedaba cerrada. Después se dirigió hacia la puerta interior y esta vez pudo bajar sin dificultad la segunda palanca y girar la rueda que les daría acceso a la torre.

El interior de ésta era amplio y espacioso y, pegadas a la pared, había varias habitaciones más como aquella de la que acababan de salir. En el centro del suelo había dos pozos oscuros de cuyo centro surgían sendas barras de un material de diversos colores que ascendían hasta perderse en la oscuridad a cientos de metros sobre sus cabezas.

Torio sacó una linterna para alumbrar hacia arriba pero ni con ella se podía alcanzar a ver el extremo de la torre.

— Revisaremos las otras habitaciones. En alguna de ellas debe estar el acceso a la esfera.

— Perdona, Andis. — dijo Diren — creo que los accesos a la estación son esos pozos de en medio de la sala.

— ¿Que te ha hecho creer eso?. — preguntó Andis con escepticismo — No pensarás que los Antepasados subían trepando por esas barras, ¿no?.

— En realidad no trepaban. Esas barras son cables, uno de los cuales ascendía mientras el otro bajaba de la torre. La gente se agarraba a ellos para desplazarse entre la esfera y los edificios de la torre.

— ¡Ridículo!. No podrían agarrarse con suficiente fuerza.

— No es tan ridículo, Andis. Sería la forma más rápida y económica de desplazarse entre la ciudad y las fábricas a través de un túnel en el que no habría gravedad.

Andis contempló a Diren sorprendido. Ya antes se había considerado la posibilidad de que los Antepasados no supieran manipular la gravedad pero habían tenido que descartar esa idea. Era imposible construir una estación orbital de ese tamaño sin ser capaz de alterar la curvatura del espacio.

En todo caso, la gravedad era necesaria para desplazarse, uno no podía moverse en condiciones en un sitio donde no había gravedad. Pero si la torre no era más que un túnel de comunicación entre los edificios de su extremo y la esfera...

Podría tener sentido. Los hombres se agarrarían a los cables y viajarían de un extremo a otro de la torre en cuestión de minutos. En tal caso la gravedad dentro del túnel sería un estorbo más que una ayuda.

— Está bien, probemos a echar un vistazo.

Se dirigieron hasta el borde de uno de los pozos e iluminaron su interior.

Tal como Diren había vaticinado, éste tenía unos tres metros de diámetro, pasando un cable por el centro del mismo. Desde el borde calcularon que tendría más de diez metros de largo para desembocar en una habitación de la que sólo distinguieron la pared del fondo. El cable se perdía por un agujero de unos diez centímetros de diámetro que había en dicha pared. Al observar el cable vio que estaba dividido en secciones de distintos colores, blanco, rojo y azul, siendo las secciones blancas de dos metros de longitud mientras las otras dos eran de uno. La otra barra era idéntica pero los colores estaban colocados en orden inverso; después del blanco venía el azul y luego el rojo, lo que confirmaba la teoría de que en realidad era el mismo cable que daba la vuelta en los extremos. Había otra diferencia entre ambos pozos, mientras el borde del primero presentaba una cornisa definida y había un círculo rojo dibujado a su alrededor, el otro estaba en el interior de una depresión y la pintura que lo bordeaba era de color verde.

— Por este pozo salía la gente de la esfera hacia la torre. —dijo Diren— El otro pozo tiene forma de embudo precisamente para evitar que la gente se pudiera golpear inadvertidamente con el borde al bajar.

— ¿Por cuál bajamos?. — preguntó Torio.

— Bueno, supongo que, como los cables están detenidos, daría lo mismo aunque seguramente el camino sería más fácil por el pozo verde. Podríamos caminar por la pared del pozo y cuando llegásemos al extremo saltaríamos hasta el suelo de la habitación.

Andis recapacitó por unos segundos: no le gustaba la idea de Diren. Por supuesto se había entrenado perfectamente para caminar por las paredes, y hasta por el techo de una habitación, en condiciones de ingravidez, pero no le hacía gracia desconectar las botas magnéticas para pegar saltos hacia una pared sin saber con qué parte de su cuerpo iba a golpear en ella.

— Acabas de decir que los Antepasados bajaban por los cables. Bajaremos por ellos.

Sin esperar más desconectó las botas magnéticas y saltó hacia el cable del que le separaba algo más de un metro. No calculó bien el salto y se sorprendió al alcanzarlo mucho más arriba de lo que había esperado.

De nuevo sintió que una oleada de Tranquilidad y Confianza le invadía la mente desvaneciendo, en parte, el pánico que durante unos segundos le había estado a punto de dominar.

Ligeramente avergonzado de su miedo, descendió lentamente alcanzando el suelo unos segundos más tarde.

Aunque desde arriba del túnel no se distinguía, el suelo estaba inclinado unos cincuenta grados con respecto al cable que se perdía por un pequeño orificio. Mientras Diren y Torio descendían iluminó la habitación observándola.

Ésta tendría unos tres metros de ancho por diez de largo. El techo, completamente liso, tenía la forma de una gota de agua alargada con la punta abierta a un pasillo. A mitad de camino entre el pozo y el pasillo había una estructura con la forma de un pico de loro y de un metro y medio de altura. De su extremo surgía un cable similar a aquél por el que habían bajado que se perdía por el pasillo. El terreno que pisaban se curvaba en todas direcciones para unirse, sin ninguna esquina apreciable, a la superficie que había sobre ellos.

— Creo que estamos en el techo. — dijo Diren.

Andis se sintió irritado pero no respondió. Se dirigió hacia el extremo de la habitación caminando por el curvado techo hasta alcanzar el pasillo. Una vez allí, agarrándose al cable que circulaba por el centro del mismo, maniobró con cuidado para colocar los pies en lo que, ahora sí lo veía, era el suelo.

Empezaba a odiar esta estación. Cada vez que había supuesto algo que parecía evidente se había llevado la sorpresa de comprobar que se había equivocado, que las cosas eran muy diferentes a lo que había imaginado. Intentaba imaginarse el recorrido que estaban haciendo pero le costaba visualizarlo en la mente. Lo que estaban pisando era la cara interna de la esfera, es decir que cuando entraron en la torre estaban justo debajo de este pasillo pero ¡al revés!.

“Olvida cómo has entrado.” pensó irritado. “Esto es el suelo, lo demás no importa.”

Avanzaron con cuidado hasta desembocar en otra sala. El cable que agarraban la atravesaba hasta perderse en un pasillo, bordeado de verde, que había enfrente. A la izquierda del mismo había un pasillo rojo del que salía un cable, seguramente el mismo que estaban sujetando tras dar la vuelta al final de su recorrido, y que se dirigía hacía una puerta verde que había a la izquierda de donde ellos estaban.

“El verde para entrar, y el rojo para salir. ¿Y el azul?.”

Mientras a su espalda tenían dos puertas, enfrente había tres, estando la tercera a la derecha del todo y bordeada por una depresión de color azul.

— Diren, ¿qué puede significar el color azul?.

— No lo sé, Andis, pero por la forma del borde del pozo parece un pasillo de entrada. Quizás el azul sirva para indicar que se puede entrar y salir por esa puerta.

Había una barra curva que se dirigía hacia la puerta azul y Andis calculó que si alguien bajaba por donde habían bajado ellos podría agarrarse a esa barra para desviarse hacia el pasillo azul.

Entendió entonces cómo funcionaba el sistema. Había cables y círculos que se desplazaban a la misma velocidad. Cuando alguien bajaba por el cable, a algo más de un metro de distancia había uno o varios anillos similares que si los agarrabas te ayudaban a desviarte en dirección a otro cable. Pasando de cables a anillos y viceversa podías dirigirte en la dirección que desearas.

Se imaginó unos monos saltando por la selva de rama en rama. Parecía peligroso, pero supuso que en la ingravidez, si los cables se movían a una velocidad moderada, con práctica se podría hacer facilmente. 

No había nada más que destacase en la sala, salvo un par de puertas cerradas que había a su derecha. El techo era de un material plástico transparente y Torio dirigió la linterna hacia él intentando ver cualquier cosa que hubiera al otro lado, pero la luz se reflejaba en la cúpula deslumbrándolos e impidiéndoles ver nada.

— Apagad las luces. — ordenó Andis.

Tras varios minutos en que sus ojos se adaptaron a la más absoluta oscuridad, vieron a través de la cúpula un tenue anillo que brillaba en la distancia.

— ¿Qué es eso?. — preguntó Torio.

— No lo sé. — dijo Andis — Graduad los focos del traje y las linternas para emitir luz roja, así no tardaremos tanto tiempo en adaptarnos a la oscuridad. Torio, informa a Miro que hemos entrado en la esfera pero que aún no hemos podido examinarla con detenimiento. Seguiremos por uno de esos pasillos hasta encontrar un lugar desde el que podamos hacerlo.

— Sí, Andis.

Mientras Torio se comunicaba con Miro, Andis caminó sin soltar el cable y entró en el pasillo verde. Las paredes y el techo del pasillo en el que entró formaban una bóveda del mismo material transparente que formaba la cúpula del vestíbulo. A través de él tampoco pudieron ver más que algunas sombras informes pero imaginó que al estar la estación iluminada sería posible desde allí ver casi todo el paisaje interior de la esfera.

El pasillo en sí era, a excepción del suelo, circular, tenía unos tres metros de diámetro, pero unos diez metros más adelante se unía con el pasillo de la izquierda para formar un único túnel de cinco metros de diámetro que se perdía en la distancia. En el suelo había una depresión de un metro y medio de ancho por treinta centímetros de profundidad por cuyos lados circulaban unos raíles. Enganchados a esos raíles había unos tacos de unos cuarenta centímetros de largo de cuyo centro surgía una barra que cruzaba el espacio hasta otro taco similar en el raíl opuesto. Los travesaños eran de tres colores y estaban dispuestos dos blancos seguidos de uno azul y otro rojo. En el punto donde se unían los dos pasillos Andis vió una estructura similar aunque la sucesión de colores era la inversa.

“Una escalera móvil. ¿De travesaños? En la Tierra he visto que los Antepasados hacían escaleras mecánicas pero con tan baja gravedad esto puede tener más sentido.”

Dos discos de metal que surgieron del techo, uno a cada lado del cable que los había guiado hasta allí, le impidieron seguir sujetándolo.

“Claro, se supone que quienquiera que bajase de la torre, aquí se tendría que soltar del cable y agarrarse a los travesaños.

Entre las dos escaleras había una superficie de un metro de ancho con pequeños resaltes cada dos metros de distancia y Andis decidió que seguirían por ahí su camino.

— Andis.

— ¿Sí, Torio?.

— Miro está recibiendo bastante mal la señal. Hay demasiadas interferencias para las radios de los trajes.

— Tendremos que traer un repetidor. — señaló Diren.

— Bien. De todas formas continuaremos la exploración. Grabaremos todos los datos a partir de ahora y los retransmitiremos a la nave cuando salgamos. Sigamos.

Caminaron por la superficie que había entre ambas escaleras. La fuerza centrífuga de la estación los empujaba levemente hacia delante y conforme avanzaban resultaba más incómodo contrarrestarla. Al recorrer apenas cien metros Andis pensó que resultaba peligroso seguir avanzando de esa forma.

— A partir de aquí descenderemos por las escaleras.

Agachándose, se agarró a uno de los travesaños de la escalera de su derecha y, desconectando las botas magnéticas, puso los pies en un travesaño inferior y continuó descendiendo como si de una escalera de mano se tratara.

Sin duda, cuando la estación estaba en funcionamiento, los tacos de los lados subirían o bajarían de la torre desplazando las barras por las que estaban descendiendo. La gente que quisiera bajar elegiría la escalera adecuada, se agarraría a un travesaño y sería llevada en unos minutos hasta el final de la escalera, probablemente en el ecuador de la esfera.

A unos trescientos metros de distancia de la torre apenas pesaban unos cincuenta kilos incluidos los trajes, por lo que podían descender sin dificultad y con una cierta rapidez, cuando Andis se detuvo al ver una lámina transparente que había a su derecha. Al darse la vuelta para observarla, comprobó que la lámina le había rodeado hasta la espalda sin que se hubiera dado cuenta de ello hasta ahora y formaba un tobogán que le desviaría, de seguir bajando, hacia la izquierda de la escalera. De hecho, el borde más cercano a la escalera empezaba a cubrir ya los travesaños y unos diez metros más abajo le impedirían por completo seguir agarrándolos. A través de la lámina vio que la escalera se introducía en un hueco de una superficie que parecía el final del túnel por el que habían bajado.

— Inteligente. — dijo Diren — Si la escala estuviera en movimiento, estas láminas impedirían que alguien, despistado, pueda chocar con el suelo del andén o, peor aún, que llegue a donde la escalera se introduce en el suelo con el riesgo de pillarse las manos o los pies.

Al oir la explicación de Diren, Andis se sintió molesto. ¿Acaso pensaba que él no iba a darse cuenta?.

Iluminó el tobogán y, tras comprobar que terminaba unos tres metros más abajo se dejó resbalar por él. Ni siquiera trastabilló al llegar a su extremo y poner los pies en el suelo del pasillo. Esperó que Torio y Diren se reunieran con él mientras comprobaba que, en efecto, la escalera estaba inclinada unos sesenta grados con respecto al suelo.

El pasillo estaba dividido en dos por una barandilla y el suelo al otro lado estaba tres metros más abajo. Más adelante, tanto el pasillo inferior como el superior llegaron a unas escaleras mecánicas.

Éstas sí eran como las que había en la Tierra aunque descendían a lo largo de un tunel ligeramente curvado a la izquierda y conservando el desnivel que había entre ambos pasillos. Una bifurcación a la derecha que había al comienzo de la escalera permitía descender por una rampa que se unía al pasillo inferior, unos quince metros más adelante del arranque de las escaleras y en su extremo había una puerta cerrada.

Andis consideró la situación. Hacía veinte minutos que habían entrado en la torre y perdido comunicación con la nave. Necesitarían otros veinte minutos para regresar y poder informar a Karel. Si bajaban por las escaleras mecánicas y éstas llegaban hasta el ecuador necesitarían seguramente una hora más. No sólo eso, conforme descendieran su peso sería cada vez mayor, hasta llegar a los ciento treinta kilos que tendrían que transportar abajo del todo. Podrían tardar mucho más de una hora en volver a subir hasta allí.

— Andis. — dijo Diren.

— ¿Qué?.

— Creo que aquella puerta da al exterior. Quiero decir, al interior de la esfera.

Andis contempló la puerta señalada por Diren, al final de la rampa.

— ¿Por qué piensas eso?.

— Bueno, es evidente que los Antepasados, en condiciones normales, subían por las escaleras mecánicas hasta este apeadero y a continuación seguían hacia arriba por el tramo por el que hemos bajado. Aquí debería haber puertas para acceder a la maquinaria de ambos tramos de escaleras y seguramente cuartos de herramientas, pero lo lógico sería colocarlos cerca de la maquinaria y esa puerta está a más de veinte metros de las escaleras. Eso no tiene sentido a no ser que sea otra entrada hacia el interior de la esfera.

A Andis no le convenció el razonamiento, tenía muchas lagunas, pero una cosa sí era cierta, si existiera esa posibilidad podrían ahorrarse casi dos horas en la expedición.

— Bien, vamos a probar si es cierto lo que dices.

Descendieron por la suave rampa hasta llegar a su unión con el pasillo inferior. La puerta consistía en dos hojas transparentes que cedieron con facilidad al empuje de sus manos. Al notar que intentaban cerrarse de nuevo las detuvo y comprobó que no había nada que las pudiese mantener cerradas por lo que, cuando salieron Torio y Diren, las soltó y volvieron a su posición original. Por lo que pudo apreciar, ya no había ninguna cúpula sobre sus cabezas.

Andis observó que se encontraban en un camino de tierra batida que descendía suavemente como por la ladera de un acantilado. A su derecha había una pared rocosa inclinada unos sesenta grados con cientos de arbustos y árboles. A su izquierda veía las copas de los árboles que había bajo ellos. Ninguna hoja se movía, no había viento que pudiera moverlas. La sensación era la de estar en un camino que discurriera por la pronunciada ladera de una montaña contemplando un sombrío y silencioso bosque a su alrededor.

La luz de las linternas láser era roja y apenas permitía ver los colores de los objetos que iluminaba por lo que se encontraron ante un paisaje de matices grises y anaranjados que les causó una sensación de irrealidad absoluta.

— No es posible que estén vivos. — comentó Torio — Sin luz y sin aire deben haber muerto hace años pero el frío y el vacío han conservado las plantas con el mismo aspecto que tenían cuando ocurrió.

Intentaron iluminar otras partes más alejadas de la esfera pero la imagen que recibían reflejada era una mezcolanza de grises, negros y rojos que les impedía apreciar nada con claridad.

— Torio, lanza una bengala y tomad vistas de todo lo que veáis.

Éste cogió un lanzador de su mochila e introdujo en el cañón una bengala. Apuntando hacia donde supuso estaría el centro de la esfera, disparó.

A treinta metros sobre ellos, la bengala estalló en una llamarada que, por primera vez en más de cuarenta años, iluminó el interior de la esfera.

Contemplaron maravillados el paisaje que se ofrecía a sus ojos. La esfera estaba dividida en varias zonas paralelas al ecuador. En el polo que habían dejado atrás vieron un edificio circular de unos treinta metros de diámetro con varios anexos hemisféricos a su lado. De entre estas semiesferas surgían dos pasillos, uno de los cuales descendía en línea recta. Era aquél por el que habían bajado. Desde allí continuaba por debajo de donde ellos se encontraban descendiendo en oblícuo pero trazando una suave curva hacia la izquierda hasta que los últimos quinientos metros descendían en línea recta para llegar a un edificio alargado que había cerca del ecuador de la esfera. El otro pasillo, al que Andis identificó como el azul, trazaba varias curvas que hacían que su recorrido fuese extrañamente peculiar. Mirando al polo opuesto pudo confirmar que los dos pasillos que surgían del eje sur eran similares aunque las curvas trazadas por el segundo pasillo eran un reflejo de las del hemisferio norte. También vio que allí había varios edificios más, algunos de hasta ochenta metros de diámetro.

Interior de Libertad

El resto de la esfera era idéntico en ambos hemisferios.

Alrededor de los edificios de los polos una zona de rocas en la que crecían numerosos arbustos. Había rocas gigantescas con formas que desafiarían la gravedad en cualquier lugar de la superficie del planeta, pero que allí, a tan poca distancia del eje, se mantenían sin caer debido a la escasa fuerza centrífuga. Entre ellas, un mar de plantas, arbustos y helechos tapizaban el terreno dándole un verdor extraño a la luz que las iluminaba.

A continuación, unos enormes ventanales de cristal a través de los cuales no se veía más que oscuridad. De allí procedía el extraño resplandor en forma de anillo que habían visto antes, pero ahora, con la intensa luz brillando sobre sus cabezas, no podían ver nada a su través.

Seguía una zona de bosques, en medio de la cual estaban en este momento. Mirando hacia arriba vieron que los árboles que había sobre ellos crecían hacia abajo. Aún más extraño les pareció que los situados a los lados creciesen horizontalmente. Una cosa era saber que en realidad todos los árboles crecían hacia el eje de rotación de la esfera, pero otra muy distinta era verlos crecer en lo que parecía una pared.

Y por último, entre los dos bosques gemelos, la ciudad.

No era como la ciudadela en la que ellos vivían, tampoco como las ciudades muertas de los Antepasados, quizás se pareciera más bien a algunos barrios que solía haber en las afueras de aquéllas. Era una colección de pequeñas casas, distribuidas casi al azar, con caminos que comunicaban unas con otras. No había avenidas, ni siquiera caminos rectos, e incluso las casas en sí parecían totalmente individuales, aunque había edificios más grandes distribuidos al azar entre ellas. No había dos casas que fueran iguales en toda la ciudad. Sólo a lo largo del ecuador vieron lo que parecía una amplia avenida que circundaba la estación en línea recta. Demasiado ancha, pensó Andis. No tenía sentido construir una avenida tan amplia en una ciudad tan pequeña.

No había sentido en muchas de las cosas que veían, y una de ellas era el extraño comportamiento de la bengala que Torio había lanzado. En vez de ascender en línea recta para chocar con el extremo opuesto de la estación, la bengala se estaba desviando hacia la derecha. Siguió desviándose cada vez menos hasta que de pronto observaron que se desviaba hacia la izquierda cayendo posteriormente en una zona del bosque del hemisferio opuesto, a bastante altura y a la izquierda sobre ellos donde, poco a poco, fue muriendo su resplandor.

Cuando pudo respirar de nuevo, Torio exclamó.

— ¡Por Kander!. Es más grande de lo que había pensado. Vista desde fuera parecía muy pequeña, en comparación al escudo.

— Sí. — asintió Andis — Creo que Kander estará satisfecho. ¿Lo habéis captado todo con las cámaras?.

— Sí, Andis.

— Bien. Volvamos. Tenemos que enviar los datos a Karel, y prepararnos para la siguiente fase de la misión.

Dándose la vuelta, volvieron a penetrar en el túnel que los llevaría de vuelta a la torre. Andis estaba sorprendido. Lo que había visto era muy distinto a cuanto había imaginado y se daba cuenta de que en realidad había esperado encontrar algo parecido a las salas de entrenamiento Kander.

En la primera bifurcación tomaron esta vez el pasillo de la derecha. Varios metros más tarde pasaron bajo la escalera que descendía del pasillo superior pero no se detuvieron a examinar el mecanismo, ya habría tiempo más adelante para investigar. Tal como habían supuesto, en el pie de la escalera de subida no había ninguna lámina protegiendo los travesaños y Andis comenzó a trepar por ella. Cincuenta kilos no era un peso excesivo y pudieron subir con rapidez.

Al llegar al final de la escalera su peso era tan pequeño que prácticamente estaban trepando sólo con las manos. Una lámina de plástico transparente empezó a cubrir los peldaños al mismo tiempo que sobre su cabeza un pico de loro escupía un cable al que se podían agarrar dándose la vuelta. Ni siquiera entonces llegó a poner los pies en el suelo, sino que siguió trepando por el cable, atravesando el vestíbulo y llegando a una sala donde encontró el túnel que comunicaba con la torre. Tras saltar hacia el cable empezó a descender por él.

Se sintió desconcertado al llegar al otro extremo pues salió del túnel con los pies apuntando hacia la torre, justo al revés de como habían entrado. Maniobró con los brazos para darse la vuelta y, al estar de nuevo en la posición "correcta", se impulsó hacia el borde del pozo.

No debió calcular bien el salto, pues en lugar de caer hacia la superficie que había bajo él, flotó a medio metro de distancia sobre ella en dirección a la pared de la torre.

Aún se sorprendió más cuando vio que el trozo de pared al que se dirigía ya no estaba allí, sino que se había desviado varios metros hacia la izquierda. Si bien iba bastante despacio, una tubería que ascendía por la pared de la torre le golpeó con bastante dureza en el hombro y el casco.

— ¡No saltéis! — gritó ligeramente aturdido.

Mientras intentaba recuperarse comprobando que el traje no estaba dañado, sintió una mano en su hombro, al tiempo que una voz en su casco le preguntaba.

— Andis, ¿Te encuentras bien?

Se volvió y vio a Diren a su lado mientras Torio aún estaba agarrado al cable en medio del pozo.

— ¿No me has oído decir que no saltarais?

— Andis, ya había saltado desde dentro del pozo y me había ayudado de un anclaje magnético para subir cuando tú gritaste. Torio iba detrás mío, por eso aún está en el cable.

Lentamente la rabia en la voz de Andis se fue calmando. Había obrado con precipitación. En su prisa por entregar los informes a Karel, no había tenido en cuenta la rotación de la torre. Una vuelta cada minuto, treinta metros de diámetro, significaba que las paredes de la torre se movían a más de un metro y medio por segundo. Al saltar desde el centro siguió una línea recta en el espacio mientras la pared seguía girando.

Lo mismo había ocurrido con la bengala en el interior de la esfera. La bengala, sin ninguna fuerza gravitatoria que desviase su trayectoria, había seguido una línea recta en el espacio. Y ellos, girando a quién sabe qué velocidad en el interior de la esfera, creyeron que primero se desviaba en una dirección y luego en la otra, y todo dependía de en qué parte del eje de rotación estuviese la bengala y en qué parte estuviesen ellos. Había tenido avisos y los había desoído. Había sido culpa suya.

Intentó calmar su ira y, poco a poco, de nuevo con la ayuda de Kander, lo consiguió.

Cuando Torio saltó, Diren y Andis le estaban esperando en el borde del pozo. Entre los dos le cogieron al vuelo ayudándole a poner los pies en el suelo.

Una vez que hubieron salido de la torre, y tras atarse de nuevo entre ellos, se dirigieron hacia la lanzadera que les esperaba en el cercano horizonte.

   

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