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Evangelio Armenio de la Infancia 7 De cómo María demostró su virginidad y la castidad de José. Se los somete a ambos a la prueba del agua

Creada07-06-2013
Modificada28-07-2015
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Septiembre7

El Evangelio Armenio de la Infancia

VII De cómo María demostró su virginidad y la castidad de José. Se los somete a ambos a la prueba del agua

  1. Cuando el primer resplandor del alba iluminó las tinieblas, José volvió a despertarse, llamó a María, se inclinó ante ella, y le pidió perdón, diciendo:
    — Has sido sincera, querida esposa, y con razón se te llama Sublime. Yo he pecado contra el Señor mi Dios, porque frecuentemente he sospechado de tu virginidad sagrada, y no he comprendido antes lo que encerraban las palabras que me decías.
    Y, en tanto que José, abandonándose a sus reflexiones, hablaba de ese modo, y se absorbía en sus pensamientos, he aquí que sobrevino un escriba llamado Anás, varón piadoso y fiel, adherido al servicio del templo del Señor. Cuando entró en la casa, José se adelantó a recibirlo, se abrazaron ambos, y tomaron asiento. Y el escriba Anás preguntó:
    — ¿Has vuelto felizmente de tu viaje, padre venerado? ¿Cómo te ha ido en tu marcha y en tu regreso?
    Y José repuso:
    — Muy dichoso soy al verte aquí, escriba y servidor de Dios.
    Y el escriba dijo:
    — ¿Cuándo has llegado, hombre venerable, viejo agradable al Señor?
    José dijo:
    — Llegué ayer, pero estaba fatigado en extremo, y no pude asistir a la ceremonia de la plegaria.
    El escriba dijo:
    — Los sacerdotes y todo el pueblo esperaron algún tiempo tu llegada, porque bien sabes cuán considerado eres entre los hijos de Israel.
    José dijo:
    — Bendígalos Dios ahora y siempre.
  2. Y, cruzadas estas palabras, se sentaron a la mesa, comieron, bebieron, se regocijaron, y alabaron a Dios. Pero, en aquel momento, el escriba Anás detuvo sus ojos en la Virgen María, y vio que estaba encinta. Se calló, sin embargo, y fue en busca de los sacerdotes, a quienes dijo:
    — Este José, que suponéis es el tipo del perfecto justo, ha cometido una grave iniquidad.
    Los sacerdotes dijeron:
    — ¿Qué obra inicua has observado en él?
    El escriba dijo:
    — La Virgen María, que sacó del templo y a quien le habíais ordenado que santamente guardase, está violada hoy día, sin haber recibido regularmente la corona de bendición.
    Los sacerdotes dijeron:
    — José no ha hecho eso, por que es un varón muy cabal e incapaz de faltar a su promesa, y de conculcar las reglas de la justicia.
    El escriba opuso:
    — Yo lo he visto con mis propios ojos. ¿Por qué no creéis lo que os digo?
    Y el Gran Sacerdote repuso:
    — No levantes falso testimonio, porque se te imputará como un pecado.
    Y el escriba replicó:
    — Si mi testimonio es falso, declararé ante Dios y ante todo el pueblo que soy digno de muerte. Y, si no das crédito a mi palabra, ordena a alguien que vaya a mirar atentamente a la Virgen María, y quedarás informado a placer y satisfacción.
  3. Entonces Zacarías, el Gran Sacerdote, mandó unos conserjes del templo del Señor, que citasen a José delante de todo el pueblo. Y, cuando los conserjes llegaron a la casa encontraron que la Virgen María estaba encinta, y volvieron al templo, testificando que el escriba Anás llevaba razón. Y los príncipes de los sacerdotes enviaron a buscar a José y a María, para que compareciesen ante su tribunal. Y, cuando llegaron, en medio de una gran afluencia del pueblo, el Gran Sacerdote preguntó a María:
    — ¿Qué acción ilegítima has llevado a cabo, hija mía, tú, que has sido educada en el Santo de los Santos, y que, por tres veces has oído los cantos de los ángeles? ¿Cómo es posible que hayas perdido tu virginidad y olvidado al Señor tu Dios?
    Y María bajó silenciosamente la cabeza, se prosternó humildemente ante los sacerdotes y ante todo el pueblo, y respondió llorando:
    — Juro por Dios vivo y por la santidad de su nombre, que permanezco pura, y que no he conocido varón.
    Y Zacarías la interrogó proféticamente:
    — ¿Serás la madre del Mesías? Pero ¿cómo creer en tus palabras? Auguras no haber conocido varón, y, sin embargo, estás encinta. ¿De dónde, pues, procede tu embarazo?
    María dijo:
    — Lo ignoro.
  4. Entonces Zacarías ordenó que se le llevase a José, y, cuando lo tuvo delante, le preguntó:
    — ¿Qué has hecho, José? ¿Cómo has podido cometer, entre los hijos de Israel, esa falta que te deshonrará entre numerosas tribus?
    Y José repuso:
    — No sé lo que quieres decir. Mas no me condenes a la ligera y sin testimonio, porque te harás culpable de ello.
    El Gran Sacerdote dijo:
    — No te condeno sin motivo y con inhibición de tu inocencia, sino con razón. Devuélveme virgen a la santa y pura María, que has recibido del templo. Donde no, reo eres de muerte.
    José concedió:
    — No te lo niego, pero juro por la vida del Señor Dios de Israel, que no sé nada de lo que me dices.
    El Gran Sacerdote opuso:
    — No mientas, y respóndeme con lealtad. ¿Te has arrogado el derecho del matrimonio? ¿Has despreciado la ley del Señor, sin declararlo a los hijos de Israel, ni doblar tu cabeza ante la poderosa mano de Dios, a fin de que tu descendencia sea bendita, en la tierra entera?
    José respondió:
    Te lo dije ya, y te lo repito ahora, en la esperanza de que me creas. Tú mismo sabes perfectamente que jamás me he apartado de los mandamientos de Dios, y que jamás he sido enemigo de nadie. Y el Señor mismo podría atestiguar que nunca he conocido otra mujer que mi primera y legítima esposa. Sois vosotros, sacerdotes y pueblo, quienes, ligándoos contra mí, me habéis persuadido a mi pesar, a fuerza de instancias y de lisonjas, y yo, por respeto a vosotros y a Dios, me sometí a vuestras órdenes, en lo tocante a la tutela de María. E hice todo lo que convenía, conforme a lo que habíais imaginado imponerme, llevando a esta doncella a mi casa, proveyendo a todas sus necesidades materiales, recomendándole ser prudente, y conservarse en la santidad hasta mi regreso. Yo me puse en camino, y me consagré en Bethlehem a los trabajos de mi profesión, hasta concluir lo que tenía que hacer. Cuando ayer volví, todo el mundo pudo enterarse de las circunstancias de mi llegada. Y, de la virgen, nada he visto, ni nada sé, sino que está encinta.
  5. Cuando la multitud del pueblo oyó esto, exclamó:
    — Este viejo es justo y leal.
    Y el Gran Sacerdote expuso:
    — Admito de buen grado lo que dices. Pero esta joven no era más que una niña, huérfana de padre y madre. Tú, en cambio, eras viejo, y he aquí por qué te hemos confiado la custodia de su virginidad, para que permaneciese intacta e inmaculada, hasta el momento en que recibieseis ambos la corona de bendición.
    Y José dijo:
    Sin duda, pero yo no tenía idea alguna de lo que iba a suceder. Por lo demás, el Señor manifestará, de la manera que quiera, la injusticia de que he sido víctima.
    Y, esto hablado, José se encerró en el silencio.
  6. El Gran Sacerdote dijo:
    — Beberéis el agua de prueba, y el Señor revelará vuestro delito, si sois culpables.
    Entonces Zacarías, tomando el agua de prueba, llamó a José a su presencia y le dijo:
    — ¡Oh, hombre, piensa en tu ancianidad canosa! Contempla este veneno de vida y de muerte, y no te lances con voluntaria e insensata temeridad a la perdición.
    Y José dijo:
    — Por la vida del Señor y por la santidad de su nombre, juro no tener conciencia de falta alguna. Pero, si el Señor quiere condenarme, a pesar de mi inocencia, cúmplase su voluntad.
    Y el Gran Sacerdote dio a beber el agua a José, y luego le ordenó que fuese y volviese rápidamente. Y José fue y volvió corriendo, y bajó indemne, sin deshonra, y sin que su persona hubiese sufrido ningún daño. Y, cuando vieron que no había sido atacado por la muerte, todos se llenaron de un vivo temor.
  7. En seguida, el Gran Sacerdote mandó que se llamase a María a su presencia. Cuando hubo llegado, Zacarías, tomando el agua de la prueba, dijo:
    — Hija mía, considera tu corta edad, y acuérdate del tiempo pasado, en que has sido sustentada y educada en el templo. Ten piedad de ti misma, y, si eres inocente, sálvate de la muerte, y no te advendrá ningún mal. Pero, si quieres tentar con engaño al Dios vivo, Él te confundirá públicamente, y tu fin será desastroso.
    María repuso llorando:
    — Mi conciencia no me acusa de ninguna culpa, y mi virginidad permanece santa, inviolada y sin la menor mancilla. Si el Señor me condena, a pesar de mi inocencia, cúmplase su voluntad.
  8. Y el Gran Sacerdote dio a beber el agua a María y luego le ordenó que fuese y volviese rápidamente. Ella partió, se alejó, descendió (de la montaña) y regresó intacta y sin mácula alguna. Viendo lo cual la multitud, poseída de admiración, quedó estupefacta, y dijo:
    — Bendito sea el señor Dios de Israel, que hace justicia a los que son puros e inocentes. Porque han salido indemnes de la prueba, y en ellos no ha aparecido ninguna obra culpable.
    Entonces el Gran Sacerdote hizo que compareciesen ante él José y María, y les dijo:
    — Bien se os alcanza que era preciso responder de vosotros ante Dios. Lo que la ley nos ordena hacer, lo hemos hecho. El Señor no ha manifestado vuestro pecado, y yo tampoco os condeno. Id en paz.
  9. Y, después de haberse prosternado ante los sacerdotes y ante todo el pueblo, José y María volvieron a su casa y allí discretamente se ocultaron, sin mostrarse a nadie. Y en su casa permanecieron hasta el término del embarazo de María. Y, cuando ésta sintió que se aproximaban los dolores del parto, José tuvo miedo, y se dijo:
    — ¿Qué haré con ella, de modo que persona alguna sepa, para confusión nuestra, lo que va a ocurrir?
    Y advirtió a su esposa:
    — No conviene que quedemos en esta localidad. Vamos a un país lejano, donde nadie nos conozca. Porque, si permanecemos aquí, los que se enteren de que has sido madre, lanzarán sobre nosotros el ridículo y el escarnio.
    Y María dijo:
    — Haz lo que gustes.
 

Perdón por la interrupción

La Ley me obliga a darte el siguiente

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