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Evangelio Armenio de la Infancia 20 De cómo Jesús fue confiado a Gamaliel para aprender las letras. Nuevos prodigios realizados por Jesús

Creada07-06-2013
Modificada28-07-2015
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Octubre56

El Evangelio Armenio de la Infancia

XX De cómo Jesús fue confiado a Gamaliel para aprender las letras.
Nuevos prodigios realizados por Jesús

  1. Y, al día siguiente, José fue con Jesús a casa de Gamaliel. Y, cuando el niño vio al maestro, se inclinó y se prosternó ante él. Y Gamaliel dijo:
    — Bien venido seas, planta nueva, fruto suave, racimo florido.
    Después, preguntó a José:
    — Dime, venerable anciano: ¿Este hijo es tuyo o de otro?
    Y José respondió:
    — Dios me lo ha dado por hijo, no según la carne, sino según el espíritu.
    Gamaliel interrogó:
    — ¿Cuántos años tiene?
    José contestó:
    — Siete.
    Añadió Gamaliel:
    — ¿Lo has llevado, antes que a mí, a otro maestro, para instruirlo, o para hacerle aprender alguna otra profesión?
    Y repuso José:
    — No lo he llevado a nadie.
    Gamaliel dijo:
    — Y ahora, ¿qué quieres hacer de él?
    José dijo:
    — Por orden del rey y con tu aquiescencia, he venido aquí, atraído por la fama de sabio que te circunda.
    Y Gamaliel replicó:
    — Bien venido seas, venerable anciano. Guardo hacia ti las mayores consideraciones, y siento mi ánimo sobrecogido y confuso, al conversar contigo, y al hablar en tu presencia. Sin embargo, escúchame y te expondré la verdad. Cuando miro a tu hijo, veo claramente en la hermosa expresión de sus rasgos y en la bella semejanza de su imagen, que no necesita estudiar, quiero decir, que no necesita oír o comprender las lecciones de nadie. Porque está lleno de toda gracia y de toda ciencia, y el Espíritu Santo habita en él, y no puede de él separarse.
    José objetó:
    — Pero ¿qué haré de él, sin la ayuda de un maestro que le enseñe una sola palabra de escritura?
    Gamaliel le aconsejó:
    — Dedícalo a un oficio manual, que coincida con tu interés a una que con su inclinación.
    Al oír estas palabras, José se amohinó profundamente, y, con lágrimas en los ojos, cayó a los pies de Gamaliel, y exclamó, suplicante:
    — ¡Buen maestro, sé paciente con mi hijo, y longánimo* conmigo! No me trates como a un extranjero sin patria, y no me desdeñes. Encárgate con benevolencia de este niño. Todo lo que Dios se digne concederle del don de ciencia, se lo concederá. Cuanto a mí, te pagaré en cantidad doble el precio de tus desvelos.
    Y Gamaliel dijo:
    — ¡Basta! Haré lo que deseas.
  2. Entonces el maestro tomó las tablillas que había traído consigo Jesús, y dijo:
    — Escribiré doce letras, y, si el niño es capaz de ajustarse y ordenarse las demás en la cabeza, escribiré estas últimas hasta completarlas todas.
    José dijo:
    — Haz como gustes.
    Y el maestro se puso a escribir doce letras. Y Jesús, colocándose ante su maestro, comenzó a observar primero las particularidades de la escritura, y después las letras. Cuando el maestro las hubo escrito, entregó las tablillas a Jesús. Y éste, inclinándose, se prosternó ante él, y recibió de su mano las tablillas.
  3. Gamaliel expuso:
    — Escúchame, hijo mío, y lee tal como yo te indique.
    Y comenzó a nombrar las letras. Mas Jesús lo hizo observar:
    — Maestro, hablas de tal suerte, que no entiendo lo que dices. Esa palabra que acabas de pronunciar, me parece un término de otro idioma, y no lo comprendo.
    Gamaliel repuso:
    — Es el nombre de la letra.
    Jesús objetó:
    — Conozco la letra, pero dame su explicación.
    Gamaliel replicó:
    — ¿Y qué interpretación soportaría esta letra por sí misma?
    Jesús preguntó:
    — ¿Por qué la primera letra tiene otro aspecto, otra forma y hasta otra figura que las demás?
    Respondió Gamaliel:
    — Es para que, merced a esa circunstancia, hable a nuestros ojos, de modo que la veamos bien, la reconozcamos bien, la discernamos bien, y luego podamos determinar adecuadamente su sentido.
    Y Jesús dijo:
    — Hablas con cordura y con acierto, pero explícame lo que te pido. Yo sé que toda letra tiene un rango definido, en que se manifiesta su sentido misterioso, que es único y determinado para cada letra.
    Y Gamaliel advirtió:
    — Los antiguos doctores y sabios no han parado su atención en otra cosa que en la forma de la letra y en su nombre.
    Jesús dijo:
    — Lo sé perfectamente, y lo que quisiera que me procurases es la explicación de la letra.
    El maestro interrogó:
    — ¿Qué quieres significar con esa petición, que no comprendo?
    El niño contestó a esta interrogación con otras tres:
    — ¿Qué es la letra? ¿Y qué es la palabra? ¿Y qué es la frase?
    Y Gamaliel se humilló, diciendo:
    — Dejo a tu cargo la respuesta, porque yo la ignoro.
    Al oír esto, José se indignó en su alma, y dijo a Jesús:
    — Hijo mío, no repliques así a tu maestro. Comienza por aprender, después de lo cual, sabrás.
    Y, hecha esta recomendación, se fue silenciosamente a su casa, y contó a María lo que había oído decir, y visto hacer a Jesús. Y ella se entristeció mucho, y le dijo:
    — Ya te advertí de antemano que no se dejaría instruir por nadie.
    Mas José la tranquilizó, diciendo:
    — No te aflijas, que todo ocurrirá como Dios disponga.
    Y, al salir de casa del maestro, José había dejado al niño en el mismo lugar que ocupaba. Y Jesús, tomando la tableta, sin decir nada, se puso a leer, primero las letras, luego las palabras, y finalmente las frases. Y depositó la tablilla ante Gamaliel, y dijo:
    — Maestro, conozco las letras qué has escrito. Ahora escribe por su orden las demás letras hasta completarlas todas.
    Y, prosternándose ante Gamaliel, tomó otra vez la tablilla, y leyó de la misma manera primero las letras, luego las palabras, y finalmente las frases. Y nuevamente deposité la tablilla ante Gamaliel, y dijo:
    — Maestro, ¿has acabado la serie de las letras que habías comenzado a formar?
    Gamaliel repuso.
    — Sí, hijo mío. He aquí sus nombres reunidos ordenada e íntegramente.
    Y Jesús dijo:
    — Maestro, todo lo que me has escrito, lo he aprendido y lo sé perfectamente. Ahora, para mi instrucción, escríbeme otra cosa, a fin de que la aprenda y la sepa.
    Y Gamaliel replicó:
    — Pero dame antes la interpretación de las letras, para que la conozca.
    Respondió Jesús, y dijo:
    — ¿Tú eres maestro en Israel, y no sabes esto?
    Respondió Gamaliel, y dijo:
    — Todo lo que sé es lo que he aprendido de mis padres.
    Y Jesús expuso:
    — La letra simple significa por sí misma el nombre de Dios. La palabra que nace de la letra, y que toma cuerpo en ella, es el Verbo encarnado. Y la frase que se expresa por la letra y por la palabra, es el Espíritu Santo. De suerte que, en esta Trinidad, la letra simple o Dios engendra la palabra o Verbo, que se incorpora al Espíritu, el cual, al manifestarse, se afirma en la palabra enunciada.
  4. Al oír estas cosas, Gamaliel lo miró, estupefacto ante el saber de que estaba dotado, y le preguntó:
    — ¿Dónde has adquirido la ciencia que posees? Yo pienso que todos los dones del Espíritu Santo se han reunido en ti.
    Mas Jesús repuso:
    — Maestro, vuelvo a rogarte que me enseñes alguna otra cosa de aquellas que has prometido enseñarme.
    Y Gamaliel dijo:
    — Hijo mío, a mí es a quien toca convertirme en discípulo tuyo, pues has aparecido en medio de nosotros como un prodigio, hasta el punto de que, poco ha, tus compañeros de enseñanza me han pedido que te restituya a tu hogar, por ser demasiado sabio para continuar entre ellos. Soy yo, repito, quien vuelve a rogarte que me des una explicación de la escritura.
    Y Jesús dijo:
    — Te la daré, mas tú no podrás comprender este misterio, que está oculto a las intuiciones de la razón humana, hasta que el Señor, que escruta los pensamientos en todo lugar y en todo tiempo, lo revele a todos los nacidos, y reparta con profusión los dones del Espíritu Santo. Porque ahora, por lo poco que has visto de mí, y escuchado de mis palabras, puedes conocerme, y saber quién soy. Empero más tarde, oyendo hablar de mí, me verás y me conocerás.
    Y Gamaliel murmuró entre sí:
    "Verdaderamente, hijo de Dios es éste. Yo creo que es el Mesías, cuyo advenimiento los profetas han anunciado".
  5. Y Gamaliel llamó a José, y le dijo:
    — Venerable anciano, razón tenías al manifestarme que este niño no era hijo tuyo según la carne, sino según el espíritu.
    Y José preguntó a Jesús:
    — ¿Qué haré de ti, puesto que no te sometes al maestro?
    Respondió Jesús:
    — ¿Por qué te irritas contra mí? Lo que me ha enseñado lo sabía ya, y a las cuestiones que me ha planteado no les ha dado solución.
    José repuso:
    — Te he puesto a instruir, para recibir lecciones, y para adquirir sabiduría, y resulta que eres tú quien enseña al maestro.
    Jesús dijo:
    — Lo que no sabía lo he aprendido, y lo que sé no necesito aprenderlo.
    Y Gamaliel exclamó:
    — ¡No hables más, porque me afrentas! Levántate, ve en paz, y que el Señor te sea próspero.
  6. Y Jesús se levantó sin demora, tomó las tablillas, se prosternó ante Gamaliel, y le dijo:
    — Maestro bueno, otórguete Dios tu recompensa.
    Y Gamaliel contestó:
    — Ve en paz, y realice el Señor tus deseos en bien tuyo.
    Y Jesús marchó a reunirse a su madre, la cual lo interrogó:
    — Hijo mío, ¿cómo has podido aprenderlo todo, en un solo día?
    Y Jesús afirmó:
    — Todo lo he aprendido, en efecto, y el maestro no ha sabido responder satisfactoriamente a nada de cuanto le propuse.
  7. Y José, que estaba muy entristecido por causa de Jesús, consultó a Gamaliel, preguntándole:
    — Dime, maestro, ¿qué haré de mi hijo?
    Y Gamaliel repuso:
    — Enséñale todo lo que concierne a tu oficio de carpintero.
    Y José fue a su casa, y, viendo a Jesús sentado con las tablillas en la mano, lo interrogó:
    — ¿Lo has aprendido todo?
    Jesús replicó:
    — Todo lo he aprendido, y quisiera ser profesor de niños.
    Mas José dijo:
    — Como sé que no quieres estudiar, aprenderás conmigo el oficio de carpintero.
    Y Jesús dijo:
    — Lo aprenderé también.
  8. Y José había empezado a fabricar para el rey un trono magníficamente esculpido. Y una de las gradas era muy corta, y no podía unirse proporcionalmente a la otra grada. Y Jesús preguntó:
    — ¿Cómo piensas arreglar esto?
    Y José dijo:
    — ¿Qué te importa este asunto? Toma el hacha, corta esta grada perpendicularmente, de arriba abajo, y encuádrala regularmente en sus cuatro ángulos.
    Jesús observó:
    — Sí, haré lo que me mandes. Pero explícame lo que quieres hacer de esta madera que pules con tanto arte por medio de cuerda, de compás y de medida.
    José replicó:
    — Tres veces ya me has interrogado sobre este trabajo, que no puedes conocer y comprender.
    Jesús insinuó:
    — Precisamente por ello, te interrogo y me informo, a fin de saber la verdad.
    Y José explicó:
    — Quiero construir un trono real para el soberano, y la madera de una de las gradas resulta insuficiente.
    Jesús dijo:
    — Házmela ver.
    Dijo José:
    — Es este trozo de madera que ves ante ti.
    Preguntó Jesús:
    — ¿Cuántos palmos tiene de largo?
    José contestó:
    — Uno de los lados debe tener doce palmos, y el otro lo mismo.
    Y Jesús tornó a preguntar:
    — ¿Y cuál es la longitud de esta pieza?
    José contestó:
    — Quince palmos.
    Y Jesús dijo:
    — Está bien. Ve en silencio a ocuparte en tu obra, y no temas nada.
    Y, tomando el hacha, Jesús partió en tres la madera que medía quince palmos. Y, cortándola por la mitad, la dividió en dos troncos, puso el hierro sobre la madera, y se sentó.
    Y sobrevino María, y le dijo:
    — Hijo mío, ¿has terminado la obra que comenzaste?
    Y Jesús no sin indignación, repuso:
    — Sí, la terminé. Mas ¿por qué me forzáis a aprender todo género de labores? Verdaderamente, ¿necesito yo aprender nada? Y a ti, ¿qué cuidado te aprieta a ocuparte de mí a costa de tanta agitación e inquietud?
    Y, después de hablar así, Jesús se calló.
  9. Y llegó José, y, viendo la madera dividida en dos partes, exclamó:
    — Hijo mío, ¿qué estropicio es éste, que tan grave perjuicio me causa?
    Jesús replicó:
    — ¿Quieres decirme qué he hecho que te perjudique?
    José repuso:
    — Una de las dos maderas es demasiado pequeña, y la otra demasiado grande. ¿Por qué las has cortado de tal modo que no se adapten apropiadamente en sus dos lados?
    Y Jesús dijo:
    — Las he cortado de ese modo para que queden simétricas.
    Dijo José:
    — ¿Cómo puede ser eso?
    Mas Jesús dijo:
    — No te disgustes. Agarra las piezas por sus dos lados, mide separadamente cada una de ellas, y entonces comprenderás.
    Y José, tomando una de las dos piezas de madera, la midió, y era doce palmos de larga. Luego, midió la otra pieza, y comprobó que daba la misma longitud. Y la madera no era corta, en verdad, pero, en vez de quince palmos, tenía veinticuatro, divididos en dos piezas de doce pies.
    Tal fue el milagro que Jesús realizó delante de María y de José y en seguida, saliendo presuroso de la casa, fue a juntarse con los niños de la población, en el lugar en que se encontraban reunidos. A su vista, todos se acercaron alegremente a su encuentro. Y, puestos ante él de hinojos, lo interrogaron, diciendo:
    — ¿Qué haremos hoy, Jesusito?
    Y éste contestó:
    — Si me escucháis, y si os sometéis a mis órdenes, ejecutad exactamente cuanto os mande.
    Y ellos clamaron a una:
    — Sí, todos te somos afectos, y estamos sometidos a tu voluntad, en todo lo que te plazca.
    Y Jesús les habló así:
    — No violentéis a nadie, no devolváis mal por mal, sed caritativos, y conducíos entre vosotros como amigos y como hermanos. Y entonces yo también viviré entre vosotros con un corazón siempre presto a serviros.
    Y los niños le besaban y le abrazaban con júbilo.
    Y había allí un muchacho de doce años, que, a consecuencia de violentísimos males de cabeza, había perdido la luz de sus ojos, y no podía andar con soltura, a menos que alguien lo guiase, llevándolo por la mano. Y Jesús se apiadó de él, y, poniéndole la mano sobre la cabeza, le soplé en un oído. Y, en el mismo momento, se abrieron los ojos del niño, que recobró su visión normal. Y los muchachos que a tal milagro asistieron, lanzaron un grito, y marcharon a la ciudad a contar el prodigio insigne de un ciego a quien había devuelto la vista Jesús. Y multitud de gentes acudieron de la ciudad a verlo, mas no lo encontraron. Porque Jesús había desaparecido, y se escondió, para no ser notado del público.
  10. Algunos días después, José llevó al rey, ante quien se prosternó, el trono que había construido. Y el rey lo vio, y quedó regocijado y satisfecho. Y ordenó que se diesen a José, en abundancia, los recursos necesarios a su subsistencia. Y, recibiéndolos, José marchó jubiloso a su casa.
  11. Un día, el rey invitó a José a un banquete, al cual asistieron también príncipes del más alto rango. Y comieron, bebieron y se regocijaron todos en la mayor medida. Y el rey dijo a José:
    — Anciano, voy a hacerte una petición, para que la ejecutes.
    José dijo:
    — Ordena, señor.
    Y el rey dijo:
    — Quiero que me construyas un palacio espléndido, con un salón muy elevado y de puertas a dos batientes. Le darás las mismas dimensiones a lo largo que a lo ancho; pondrás, alrededor, lámparas y asientos; lo adornarás con formas, contornos, figuras y dibujos elegantemente esculpidos; representarás, sobre los capiteles, toda especie de animales; con el escoplo pulirás las superficies, y con el cincel formarás ornamentos entrelazados; lo harás accesible por una escalera sólidamente enclavijada; derrocharás todos los recursos del arte decorativo; emplearás profusión de maderas macizas de todas clases; y, por encima, colocarás una cúpula cimbrada, que establecerás sobre el plano de un templo, lo que sabes hacer a maravilla. Y por tu trabajo, te daré el doble de lo que necesitas para tu subsistencia.
    José dijo:
    — Sí, rey, ejecutaré tus órdenes. Pero manda que me traigan maderas incorruptibles, para que las examine.
    Y el rey dijo:
    — Se hará como quieres.
  12. Y el rey, con los príncipes de alto rango y con José, se dirigió a un sitio pintoresco, en que había hermosas praderas, numerosas fuentes, un estanque en forma de anfiteatro y una elevada colina al borde del agua. Y el rey ordenó a José que midiese el emplazamiento. Y José lo midió a lo largo y a lo ancho, como el rey le había mandado, y se puso a construir.
  13. Mas, cuando quiso rematar la labor de la cúpula, halló que una pieza de madera no se ajustaba a ella, por ser demasiado corta. Y José, contrariado, no sabía qué hacer. Y, en aquel instante, el rey sobrevino, y, advirtiendo la turbación de José, le preguntó:
    — ¿Por qué estás preocupado y sin trabajar?
    Respondióle José:
    — He laborado en este maderamen con gran esfuerzo, y salió fallida mi obra.
    Y el rey dijo:
    — Mandaré que te traigan madera más larga.
  14. Y, estando en esta conversación, he aquí que se les acercó Jesús, el cual, inclinándose, se prosternó ante el rey, que le dijo:
    — Bien venido seas, hermoso niño, hijo único de tu padre.
    Y Jesús preguntó:
    — ¿Por qué estáis aquí tristemente sentados, desocupados y silenciosos?
    Y el monarca repuso:
    — Todo está acabado, como ves, y, sin embargo, falta algo.
    Jesús dijo:
    — ¿De qué se trata?
    El rey dijo:
    — Mira esta madera esculpida, y comprobarás que es demasiado corta, y que no encaja en la otra bien.
    Y Jesús dijo a José:
    — Toma el extremo de esta madera, y tenlo fuertemente asido.
    El rey, fijando su mirada en Jesús, lo interrogó:
    — ¿Qué vas a hacer?
    Y Jesús, tomando el otro extremo de la madera, dijo a José:
    — Tira en línea recta, para que no se note que esta madera es demasiado corta.
    Y los allí presentes creyeron que el niño bromeaba. Mas José tuvo fe en la voluntad de Jesús, y, extendiendo la mano, se apoderé de la madera, y ésta se alargó en tres palmos.
  15. Y, cuando el rey vio el prodigio que había hecho Jesús, temió a éste, se prosternó ante él, y lo abrazó. Y lo cubrió con un vestido real, le ciñó la cabeza con una diadema, y lo envié a su madre. Y José terminó todo el trabajo de la construcción. Y el rey, a quien contento en extremo, gratificó a José con mucho oro y con mucha plata, y lo remitió a su casa lleno de alegría.
  16. Cuanto a Jesús, andaba siempre yendo y viniendo por los lugares que frecuentaban sus amigos infantiles. Y éstos lo saludaban con mucho afecto, y se apresuraban a cumplir cuanto él les mandaba.
  17. Y, un día, Jesús, que había salido de su casa, recorría la ciudad silenciosamente y a escondidas, para que nadie lo viese. Y he aquí que un muchachuelo, que lo divisé y lo reconoció, lo sorprendió por la espalda, y agarrándolo, y zarandeándolo, se puso a gritar:
    — Mirad todos, y ved al niño Jesús, al hijo del viejo, al que hace tantos milagros y tantos prodigios.
    Inmediatamente fue asaltado por el demonio, y cayó sin sentido al suelo. Y Jesús desapareció, y él se vio tan maltratado por los malos espíritus, que yació en tierra como muerto, durante tres horas. Y sobrevinieron sus padres, llenos de susto y deshechos en lágrimas. Y lo levantaron, y discurrieron por toda la población en busca de Jesús, mas no lo hallaron. Entonces fueron, llorando, al encuentro del viejo José, para rogarle que Jesús librase a su hijo de los malos espíritus. Y, cuando Jesús conoció su pensamiento, y supo que el niño clamaba también por su propio alivio, se presentó a éste aquel mismo día, de súbito. Y el niño, cayendo a los pies de Jesús, le pidió el perdón de sus faltas. Y Jesús le puso la mano sobre la cabeza y lo curó.
  18. Y, días más tarde, Jesús, saliendo, se fue, como solía, al lugar en que los niños se reunían para jugar. Y, al verlo, todos lo acogieron con mucha alegría, y lo recibieron con gran honor.
    Jesús les preguntó:
    — ¿Qué habéis deliberado y decidido que hagamos hoy?
    Respondieron los niños:
    — Pondremos como jefes nuestros a ti y a Zenón, el hijo del rey. Nos dividiremos en dos campos, y uno de los bandos será tuyo, y del hijo del rey el otro. E iremos a jugar a la pelota, y veremos cuál de los dos equipos triunfa en la contienda.
    Jesús dijo:
    — Bien pensado.
    Y todos, de una y de otra parte, se pusieron de común acuerdo.
  19. Y, en aquel paraje, había una vieja torre muy grande y de muros muy elevados, delante de la cual se citaban siempre los niños de la ciudad para verificar sus juegos.
    Y Jesús dijo a Zenón:
    — ¿Qué te propones hacer ahora? Lo dejo a tu albedrío.
    Zenón repuso:
    — Dividámonos, de nuevo, y de común acuerdo, menores y mozalbetes, en dos campos, y luego iremos juntos a jugar a la pelota.
    Jesús dijo:
    — Haz como gustes.
    Y Zenón, congregando a sus compañeros, los repartió en dos grupos, que avanzaron para lanzar la pelota. Y Zenón, que tenía el primer turno. lanzó la pelota con tal brío, que, remontándola a enorme altura, la hizo caer sobre la torre, a la que era muy difícil subir y bajar. Mas, queriendo recuperar la pelota, emprendió el penoso ascenso, y Saúl, hijo del aristócrata Zacarías, se lanzó en pos suyo. Y, tomando la cesta del juego con sus dos manos, le asestó por detrás un golpe en la nuca. Y Zenón cayó a tierra, desde todo lo alto de la torre, y murió. Y Zacarías (?? Debería poner Saúl) escapó con todos los muchachos que había allí, y Jesús se ocultó a sus miradas, y desapareció también.
  20. Entonces, un gran clamor se elevó en la ciudad, y por todas partes se propalaba que los niños habían matado al hijo del rey, que con ellos jugaba. Al oír esto, todos los habitantes se reunieron, y se dirigieron a la torre. Y el rey, los príncipes, los grandes, los jefes, los dignatarios, los oficiales del ejército, el ejército entero, los parientes, los amigos, los esclavos, los siervos, hombres, mujeres, íntimos, familiares y extranjeros, todos los que sabían la noticia, se apresuraron a ir a la torre, llorando y dándose golpes de pecho. Y, con gran duelo, se lamentaban sobre el niño, que tenía nueve años y tres meses.
  21. Después de pasar tres horas en llantos y en gemidos, el rey y su séquito abrieron una información, y se interrogaban los unos a los otros, a fin de saber quién había cometido el criminal atentado. Y todos dijeron a una:
    — Nadie sabe lo que ha ocurrido más que los niños que en este sitio se hallaban jugando.
    Entonces el rey ordenó que se levantase el cadáver de su hijo, y que se lo llevase al palacio. Y mandó juntar a todos los niños de la ciudad, desde el mayor hasta el menor, y los llevaron a su presencia.
    Cuando hubieron llegado, el rey comenzó por dirigirles palabras bondadosas, y les dijo:
    — Hijos míos, declarad quién de entre vosotros ha causado esta desgracia. Sé que no habéis obrado adrede, y que esto ha ocurrido muy a vuestro pesar, y quizá sin vuestra noticia.
    Los niños respondieron unánimes:
    — ¡Oh, rey, la razón te asiste! Pero ¿quién de entre nosotros hubiera osado cometer esa acción homicida de matar al hijo del rey, entregándose él mismo a la perdición y a una muerte inevitable?
    El rey repuso:
    — Os dije que escucharíais de mí frases benévolas. Pero ahora os repito que procuréis no exasperarme, y no encender en mi corazón la furia. Por el momento nada tenéis que temer. Pero descubridme la verdad. ¿Quién es el autor del golpe que ha hecho perecer a mi hijo con una muerte cruel y prematura? Si alguno me lo manifiesta, lo haré compañero de mi trono, lo asociaré a mi grandeza, y a sus padres les daré poder y rango.
    Los niños dijeron:
    — ¡Oh, rey, justo es tu mandato! Pero a la pregunta que nos haces, contestamos, con toda veracidad, que ignoramos cuál de nosotros es el autor del hecho.
    — No tenéis más que dos salidas ante vosotros, y, si espontáneamente preferís la vida a la muerte, evitaréis perder la primera en vuestra tierna edad. Temed los tormentos y las sevicias que estoy decidido a ejercer sobre vosotros y sobre vuestros padres. Descubridme la verdad sin ambages, y así escaparéis a una muerte cierta.
    Y ellos contestaron:
    — Henos aquí delante de ti. Lo que hayas de hacer, hazlo presto.
  22. Entonces el rey hizo que se llevase a los niños a la puerta del palacio, y que se colocasen entre ellos cantidades muy crecidas de oro y de plata. Y ordenó al jefe de los verdugos que agarrase una espada de acero, y que la hiciese brillar sobre la cabeza de los niños que se acercasen a tomar su parte del tesoro. Y, luego que todos los niños, uno a uno, fueron recogiendo su parte valientemente, y se retiraron sin miedo alguno, se aproximó el matador del hijo del rey. Y, cuando vio relucir la espada en la mano del verdugo, le entró repentino temor y temblor. Y, en el espanto que el arma le producía, no pudiendo sostenerse ya sobre sus piernas, cayó al suelo de bruces. Y le preguntaron:
    — ¿Por qué temes y tiemblas?
    El niño repuso:
    — Dejadme un instante, para que me recobre, y recupere mis ánimos.
    Consintieron en ello, y lo interrogaron de nuevo:
    — ¿Te causa pavor la vista de esta espada?
    Y él asintió, diciendo:
    — Sí, me atemoriza mucho que me hagáis morir.
    Y el monarca indicó al verdugo:
    — Mete tu espada en la vaina, para no provocar pánico en el niño.
    Y éste después de un intervalo de una hora, se levantó, y dijo:
    — ¡Oh, rey!, yo sabía quién es el asesino de tu hijo, pero sentía escrúpulo de darte su nombre.
    El rey replicó:
    — Dámelo, hijo mío, que vale más que perezca el que es digno de muerte que no un inocente.
    Y el niño dijo:
    — ¡Oh, rey, tu hijo ha sido muerto por el niño Jesús, el hijo del viejo!
    El rey, que tal oyó, quedó estupefacto, y mandó que se requiriese a Jesús, y que se lo intimase a comparecer ante él. Mas no se encontró a Jesús, sino sólo a José, a quien se detuvo, y se lo llevé al tribunal. Y, habiéndose inclinado, y prosternado delante del rey, éste le dijo:
    — ¡Bien me has tratado hoy, anciano, en pago de los beneficios que te he hecho! ¡Por duplicado acabas de pagarme mi benévola acogida!
    José repuso:
    — ¡Oh rey, te ruego que no creas en toda vana palabra que a tus oídos llegue! No te irrites contra mí, a pesar de mi inocencia, ni a la ligera y temerariamente me juzgues, pues no soy responsable de la sangre de tu hijo.
    El rey replicó:
    — Ya conocía yo tu espíritu de independencia y el natural indómito del niño Jesús. Viniste aquí a tomar órdenes de acuerdo con tus preparativos, y yo ejecuté cuanto fue de tu gusto.
    José suplicó de nuevo:
    — Te repito, oh, rey, que no des crédito a mentirosas especies, ni me hagas reproches sin testigos en su apoyo, porque no entiendo nada de lo que me hablas.
    El rey cortó el diálogo exclamando:
    — ¿Dónde está tu hijo, para que yo lo vea?
    José juró, diciendo:
    — Por la vida del Señor, ignoro dónde está mi hijo.
    Y el rey exclamó:
    — ¡Muy bien! ¡Primero se comete el homicidio, y después se busca la impunidad en la fuga!
    Y ordenó que se guardase estrechamente a José, y dijo a los suyos:
    — Id a recorrer toda la ciudad, hasta que encontréis al niño Jesús; arrestadlo, y conducidlo aquí bien custodiado.
    Y discurrieron por todas las calles y por todas las afueras de la población, en busca de Jesús, mas no lo hallaron, y volvieron a comunicar al rey el resultado negativo de su pesquisición. Y el rey dijo a sus grandes:
    — ¿Qué haremos de ese viejo? Porque ha facilitado la huida de la madre y del hijo, y no se da con el paradero de este último.
    Los príncipes manifestaron:
    — Manda que ante nosotros comparezca el viejo, y sometámoslo a otro interrogatorio, puesto que él sabe dónde están el hijo y su madre.
    Y el rey dijo:
    — Tenéis razón. No llevaré a mí la tumba, ni probaré bocado, ni beberé, ni dormiré, antes de que la sangre de ese niño no haya compensado la del mío.
  23. Y, cuando hablaba de esta suerte, y deliberaba con respecto a José, preguntándose a sí mismo con qué género de muerte lo haría perecer, he aquí que el mismo Jesús en persona vino a presentársele, e, inclinándose, se prosternó ante él. Y el rey clamó, furioso:
    — A tiempo llegas, niño Jesús, verdugo y matador de mi hijo.
    Mas Jesús repuso:
    — ¿Por qué, oh rey, estás tan enojado? ¿Por qué tu corazón parece henchido de turbación, de cólera y de furia? ¿Por qué me muestras un semblante tan descompuesto? No emplees conmigo un lenguaje tan injusto, que no es digno de reyes, y de monarcas poderosos, condenar a alguien sin testigos de cargo.
    El rey replicó:
    — Si te declaro digno de muerte, es sobre la fe de numerosos testigos.
    Jesús opuso:
    — No basta. Ante todo, infórmate, interroga, razona, y luego juzga en verdad y en derecho. Y, si soy digno de muerte, haz lo que los jueces con poder legítimo hacen en estos casos.
    Pero el rey contestó:
    — No nos aturdas con vanos discursos, y dinos claramente lo que ha causado la pérdida de mi hijo.
    Jesús redarguyó:
    — Si crees en mi palabra, y, si aceptas el testimonio que enuncio, sabe que soy inocente de ese hecho. Pero, si quieres condenarme ligeramente y con temeridad, llama a tu testigo, y ponlo en mi presencia, para que yo lo vea.
    El rey dijo:
    — Tienes razón.
    Y, acto seguido, hizo comparecer al matador de su hijo, a quien preguntó:
    — Niño, ¿depones contra Jesús?
    El culpable respondió:
    — Sí, depongo formalmente contra él. Escúchame y te lo revelaré todo. Pero permíteme hablar ante ti libremente.
    El rey dijo:
    — Habla:
    Y el culpable se enfrentó con Jesús, diciéndole:
    — ¿No te vi ayer en el juego de pelota? Tú tenías la cesta en la mano; tú subiste con Zenón a lo alto del muro, para recoger la pelota; tú le descargaste a dos manos un golpe por detrás de la nuca; tú lo mataste, precipitándolo a tierra; y tú huiste de allí en seguida.
    Jesús repuso:
    — Está bien.
    Y, al oír esto, el rey, 1os príncipes, los grandes, que estaban con él, y todo el resto de la multitud popular, dijeron:
    — ¿Qué tienes que responder a esta acusación?
    Contestando a la pregunta con otra, Jesús dijo:
    — Y, en vuestra ley, ¿qué hay escrito a este propósito?
    Y todos clamaron a una:
    — En nuestra ley está escrito: El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada.
    Y Jesús asintió, diciendo:
    — Tenéis razón.
  24. Entonces el rey dijo:
    — Indica cómo debo tratarte y con qué género de muerte te haré perecer.
    Y Jesús dijo:
    — Siendo, como eres, juez de todos, ¿por qué me pides eso a mí?
    El rey contestó:
    — Sí, lo sé muy bien, puesto que puedo hacer lo que me plazca. Mas yo exijo que se me descubra la verdad, para juzgar con rectitud, a fin de no ser yo mismo juzgado.
    Jesús insinuó:
    — Si quieres interrogarme sobre el hecho, dentro de las formas legales, emitirás un juicio inicuo, sin saberlo.
    El rey exclamó:
    — ¿Cómo así?
    Jesús dijo:
    — ¿Ignoras que todo hombre que ha perpetrado un crimen jura en falso, por temor a la muerte? Y los que, bajo juramento, atestiguan y deponen los unos por los otros, saben muy bien quién es el culpable.
    El rey arguyó:
    — Si el culpable no eres tú, ¿por qué respondes siempre con un aluvión de palabras, declarándote inocente, y desmintiendo a los demás?
    Y Jesús declaró:
    — Yo también sé algo acerca de la causa de este crimen. Pero todo el que ha cometido una maldad, se apresura a protestar de que no es digno de muerte.
    Y el rey replicó:
    — No entiendo lo que dices. Si quieres que crea en la verdad de tus palabras, preséntame un testigo que responda de ti, y serás absuelto.
    Y Jesús observó:
    — ¡Si ellos hablasen con sinceridad! Ninguno de ellos ignora y cualquiera puede, por ende, atestiguar, que soy inocente.
    El rey repuso:
    — A ellos, y no a ti, corresponde rendir ese testimonio.
    Jesús replicó:
    — Su testimonio es falso y perjuro, porque son amigos los unos de los otros, y yo soy un extranjero transeúnte y desconocido en la ciudad. ¿Dónde hallaré el amigo benévolo que examine mi causa con equidad, y que piense en hacerme justicia?
  25. Y el rey dijo:
    — Me atacas y contradices sin descanso, cabalmente en momentos de tribulación, en que no puedo más que llorar, lamentarme y darme golpes de pecho.
    Respondió Jesús:
    — ¿Y qué quieres que haga? Heme aquí traicionado por numerosos testigos, y puesto en tus manos. Haz lo que hayas resuelto hacer de mí.
    El rey dijo:
    — ¿Por qué sigues enfrentado conmigo? Yo sólo te pido que me expliques la exacta verdad, y sólo quiero oír de tu boca la razón de que me hayas devuelto con tamaño mal la benevolencia que usé contigo.
    Y Jesús dijo:
    — Si te decides a abrir una información seria, y enterarte a fondo de las cosas, tu juicio será verdaderamente justo.
    Mas el rey interrumpió:
    — ¿De quién es el juicio justo? ¿Del que tiene un testimonio en su apoyo o del que no lo tiene?
    Respondió Jesús:
    — Del que tiene un testimonio sincero, y sobre él juzga.
    Y el rey observó:
    — Y cuando alguien depone en favor suyo, ¿puede juzgárselo, sí o no?
    Jesús dijo:
    — No.
    Y el rey añadió:
    — Entonces, ¿por qué, deponiendo en tu propia causa, pretendes ser inocente?
    Jesús replicó:
    — ¡Oh, rey, si reclamas de mí un testimonio, opónme otro de la parte adversa, único modo de que se compruebe quién es el bueno, y quién el perverso!
    El rey contradijo, diciendo:
    — La ley ordena a los jueces no juzgar a nadie más que sobre testimonio. Trae aquí tu testigo, como todos hacen, y te creeré.
    Y Gamaliel, que estaba presente allí, tomó la palabra, y exclamó:
    — ¡Oh, rey, te suplico que me escuches! En verdad, este niño es inocente. No lo condenes por las apariencias, con menosprecio de la justicia.
  26. Y toda la multitud clamó a gran voz:
    — Ha sido discípulo tuyo. He aquí por qué hablas de él en esos términos.
    Y de nuevo el rey dijo a Jesús:
    — ¿Qué sentencia debo pronunciar contra ti con justicia? ¿A qué suplicios te entregaré? ¿Con qué muerte te haré perecer?
    Jesús contestó:
    — ¿Por qué quieres intimidarme con semejantes amenazas? ¿Qué te propones, repitiéndome siempre lo mismo? ¿Y qué he de alegar en descargo de mi persona? Si me juzgas conforme al uso legal, quedarás exento de toda falta. Pero, si me entregas a la muerte de un modo arbitrario y tiránico, sin curarte de los procedimientos de derecho, caerá sobre ti el terrible juicio de Dios.
    Y el rey dijo:
    — Varias veces te he perdonado con paciencia. Pero tú no sientes ningún temor de mí, ni te espantan en modo alguno mis amenazas, ni te haces cargo de la inmensa tristeza que me abruma. Respóndeme dándome un testimonio y escaparás a la muerte.
    Jesús le respondió:
    — Dime lo que debo hacer, y lo haré.
    El rey repuso:
    — Ahora me apiado de ti, considerando tu tierna edad, y me inspiras respeto, porque eres hijo de una gran familia. Pero, de otra parte, no puedo soportar el dolor de la desgracia recaída sobre mi hijo. Descúbreme, pues, al verdadero culpable, seas tú o sea otro.
    Y Jesús contestó:
    — Me he esforzado en vano en convencerte, puesto que no has dado crédito a mis palabras. Y, aunque sé quién es el que merece la muerte, me he limitado a dar testimonio de mí mismo, con exclusión de testimonio ajeno. Mas, ya que tanto insistes en que te presente un testigo, voy a presentártelo. Llévame a la habitación en que yace tu hijo.
  27. Y, una vez ante el cadáver, Jesús clamó a gran voz:
    — Zenón, abre los ojos, y ve cuál es el niño que te ha matado.
    Y súbitamente, como si hubiese sido sacado de su sueño, Zenón se despertó e incorporó. Y, con una mirada circular, contemplaba a todo el mundo, y se admiraba de la multitud de pueblo, que se hallaba allí. A cuya vista, todos, padres y parientes, hombres y mujeres, grandes y chicos, lanzaron un grito, y, con lágrimas y transportes de júbilo, lo abrazaban y lo besaban, preguntándole:
    — Hijo, ¿qué te ha sucedido, y cómo te encuentras?
    El niño respondió:
    — Me encuentro bien.
    Y Jesús, a su vez, lo interrogó en esta guisa:
    — Dinos quién ha causado tu muerte violenta.
    Zenón respondió:
    — Señor, no eres tú el responsable de mi sangre, sino Apión (?? ¿No era Saúl?), el hijo del noble Zacarías. Él fue quien, con su cesta, me asestó un golpe por detrás, y me hizo caer a tierra desde aquella altura.
    Al oír esto, el rey y toda la multitud del pueblo, fueron agitados por un vivo terror, y todos, llenos de miedo hacia Jesús, estaban espantados, y decían:
    — Bendito sea el Señor Dios de Israel, que obra con los hombres según sus méritos y su derecho, y que procede como juez justo. En verdad, este niño es Dios o su enviado.
    Y Jesús dijo al monarca:
    — Detestable rey de Israel, ¿crees ahora sobre mi palabra que soy inocente? Ya ves cómo me he procurado a mí mismo el testimonio de que no soy responsable de la sangre de tu hijo, lo que te parecía una mentira de mi parte. ¡Ah, mira a tu hijo, vuelto a la vida, sirviéndome de testigo, y cubriéndote de confusión! Sin embargo, yo te había prevenido, y repetido una y otra vez la advertencia de que abrieses los ojos, que no te dejases engañar por falsos discursos, y que no creyeses en muchachos indignos de fe. No me escuchaste, y ahora, tú y todos tus conciudadanos, lamentáis no haber sacado partido alguno de mi auxilio testifical.
    Y Gamaliel intervino, para decir lo mismo que Jesús, y para echar en cara al rey que no hubiese creído en sus palabras.
  28. Y el hijo del rey permaneció con vida el día entero. Y, sentado en medio de aquellos personajes, conversaba con los grandes y con los príncipes y les contaba alguna visión sorprendente u otras maravillas prodigiosas. Todos, desde el más grande hasta el más chico, fueron a prosternarse ante el hijo del rey, y a ofrecerle sus servicios, hasta la hora en que, finada la tarde, cubrió la noche la tierra con sus sombras. Entonces Jesús interpelando de nuevo al resucitado, le dijo:
    — Zenón, hijo del rey Baresu, vuelve a tu lecho, duerme y reposa, hasta el advenimiento del juez justo.
    Y, apenas Jesús hubo así hablado, Zenón se levantó de su asiento, se acosté en su cama, y quedé otra vez dormido. Y toda la multitud de gentes que vieron el milagro operado por Jesús, presa de temor y de espanto, cayó al suelo, y todos permanecieron, durante una hora, sin respiración y como muertos.
    Después, levantándose, cayeron todos a los pies de Jesús, y, entre lágrimas, le rogaban que devolviese de nuevo la vida al resucitado. Mas Jesús exclamó:
    — Rey, el mismo caso que tú hiciste de mis palabras dulces y benévolas, haré yo de tus intercesiones suplicantes y egoístas. Porque, en esta ciudad, nadie ha pronunciado una sola frase en mi favor, antes al contrario, todos se han concitado y reunido contra mí, y me han condenado a la última pena. Pero yo bien te previne, advirtiéndote que mirases lo que hacías, y que más tarde te arrepentirías, y no ganarías nada.
    Y el rey dijo:
    — ¿Cómo hubiera podido reconocer en ti a un Dios encarnado y aparecido sobre la tierra, para mandar en la vida y en la muerte como dueño soberano?
    Y Jesús dijo:
    — No es por tu causa, ni por mi propia vanagloria, por lo que he devuelto a tu hijo la existencia, sino como respuesta a todas las vejaciones y a todos los ultrajes que de ti he recibido.
    Mas el rey imploró otra vez:
    — Escucha mi plegaria y la de toda la multitud de mi pueblo, y haz que Zenón de nuevo resucite.
    Jesús repuso:
    — No temo a nadie, ni jamás inferí mal a hombre alguno. Y no efectué el milagro en concepto de beneficio, sino para procurarme un testimonio que te diese a conocer e identificase al matador de tu hijo.
    El rey insistió, lloroso:
    — No te encolerices contra mí, y no devuelvas con un mal el que yo te causé.
    Jesús contestó:
    — Tus ruegos son inútiles. Si hubieses atendido a mis palabras, yo tenía el poder de hacer este milagro en favor tuyo, y en consideración a la bondad que habías usado conmigo. Empero tú olvidaste, y no tomaste en cuenta el prodigio que ante ti realicé, cuando la construcción de tu palacio, aumentando una pieza de madera en la medida que faltaba. Así, pues, no te soy deudor de gratitud alguna, puesto que no has creído en mí, y has anulado, con una manifestación de hostilidad, toda la benevolencia espontánea y todos los obsequios amistosos con que me habías gratificado anteriormente.
    Y el rey dijo todavía:
    — Óyeme, Jesús. En el exceso de mi turbación y de mi duelo, no era verdaderamente capaz de prever nada. Completamente aturdido y enloquecido, en fuerza de llorar y a causa del tumulto, perdí la cabeza y el recuerdo de todo.
    Mas Jesús respondió, diciendo:
    — Que yo hubiese producido la pérdida de tu hijo, nadie de la ciudad lo había visto, y nadie podía atestiguar, por tanto, que yo merecía la muerte. Y, aunque efectivamente hubiera causado la pérdida de tu hijo, tampoco lo habría visto nadie. Pero todos sabían quién era el matador, y no lo han denunciado hasta el momento en que, resucitando al muerto, a todos los he confundido.
    Y, habiendo así hablado, Jesús salió vivamente de entre la multitud, y se ocultó a las miradas de los asistentes.
  29. Y José fue sacado de la prisión, y puesto en libertad. Y varias personas fueron en busca de Jesús, y no lo encontraron. Y se interrogaban los unos a los otros, y decían:
    — ¿Quién ha visto al niño Jesús, el hijo de José? Lo buscamos, para que venga a resucitar al hijo del rey.
    Y recorrieron todas las afueras de la ciudad, sin encontrarlo. Y muchos creyeron en su nombre, y decían:
    — Un gran profeta se ha levantado entre nosotros.
    Y el rey, todos los príncipes y los habitantes de la ciudad redoblaron su duelo sobre el niño fenecido, y se afligieron aún más, después de la partida de Jesús.
  30. Y el viejo José y su esposa María desconfiaban del rey y de su ejército, que podían detenerlos a viva fuerza, y encarcelarlos. Y, aquella misma noche, salieron de su casa, y huyeron de la ciudad, a escondidas y sin que nadie supiese nada. Al despuntar el día, sin dejar de caminar, buscaban con la mirada al niño. Y aconteció que, yendo hablando entre sí, y preguntándose el uno al otro, el mismo Jesús se llegó, e iba con ellos juntamente y en silencio. Y, reconociéndolo, su madre le dijo, entre lágrimas:
    — Hijo mío, bien ves las pruebas que pasamos, cómo nos has puesto en mortal peligro, y cómo tu inocencia te ha salvado. ¡Cuántas veces no te encarecí que no te reunieses con desconocidos, ni con gentes de otra nacionalidad, que no saben quién eres!
    Jesús repuso:
    — No te aflijas, madre, porque cuando os persiguieren en una ciudad, huiréis a otra.
  31. Y, así dialogando, prosiguieron en paz su camino. Y llegaron a una ciudad llamada Bosra o Bosora, y en ella residieron largo tiempo. Y Jesús, que tenía ahora ocho anos y dos meses, recorría la comarca, y los niños de esta edad se congregaban a su alrededor. Y él les hablaba, y les daba consejos, con amable dulzura. Y los llamaba a él familiarmente, y les decía:
    — No disputéis, ni riñáis entre vosotros. No os irritéis los unos contra los otros, ni, encolerizados, os peguéis. Y, al oír esto, los inocentes pequeñuelos querían estar siempre al lado suyo, y seguir sus pasos.
  32. Y, un día, como se hubiesen reunido, partió con ellos para un sitio lejano. Y un muchacho de seis años que los acompañaba, y que tenía bello semblante y agradable presencia, estaba impotente, estropeadísimo y tullido de un costado. Y Jesús, al mirarlo, vio que no podía seguir los pasos de los demás niños. Y se apiadó de él, lo llamó a sí, y le preguntó:
    — Niño, ¿quieres curarte?
    Y él, contemplando a Jesús, rompió en llanto, y le respondió:
    — ¿No he de quererlo? Pero ¿quién me curará?
    Jesús dijo:
    — No llores.
    Y llamó a todos los niños de la expedición, y les ordenó:
    — Tomad este niño, extendedlo sobre el suelo, agarradlo unos por las piernas y otros por las manos, y tirad con fuerza.
    Y se colocó delante del niño durante un tiempo muy corto, y alejándose un poco de allí, dijo a sus compañeros:
    — Dejadlo marchar.
    Y el niño se levantó con lentitud, y regresó a su casa muy alegre. Y los otros niños lo siguieron, y contaron a todos el prodigio operado por Jesús. Y éste se ocultó a sus miradas, para que nadie lo conociese. Y se restituyó junto a su madre a escondidas, y sin querer mostrarse en público. Y muchos habitantes de la ciudad fueron a preguntarle, y a examinarlo. Mas él desapareció de los ojos de ellos.
 

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